BauFaustino/ANCIANIDAD Y MUERTE DICHOSA DEL P. MÍGUEZ. (1925)

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SEGUNDA SUPERIORA GENERAL (1907 – 1923)
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EXPANSIÓN DEL INSTITUTO BAJO LOS DOS ULTIMOS GENERALATOS (De 1925 a 1953)
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ANCIANIDAD Y MUERTE DICHOSA DEL P. MÍGUEZ. (1925)

No puede precisarse con exactitud cuándo dejó el P. Faustino de ejercitar el ministerio de la enseñanza con los alumnos, porque fue cosa paulatina a partir de la enseñanza con los alumnos, porque fue cosa paulatina a partir de 1904, cuando ya tenía cumplidos los 73 de edad y llevaba 16 de su definitiva estancia en el Colegio de Getafe.

Su actividad literaria por aquel entonces se debió indudablemente al hecho de ir disponiendo de más tiempo libre , a medida que la Obediencia le iba exonerando de la efectiva labor docente, impropia ya de un anciano más que septuagenario, cuando la Comunidad era todavía numerosa, sin los agobios de personal que ha traído circunstancias posteriores.

Este período último de su vida, el de su venerable ancianidad, es el que recuerdan todavía gran número de escolapios supervivientes y el que ha quedado como estereotipado en la memoria de sus Hijas y de las gentes.

Y ese recuerdo del anciano quedó nimbado de respetos y admiraciones con halos de fama de santidad.

Conservó la costumbre inveterada de madrugar para el trabajo. Su misa era la primera que se decía cada día en el Colegio .Asistía puntualísimo a la oración mental común, y luego ocupaba el confesonario. Apenas se le veía fuera de los actos de Comunidad porque su delicia era su celda. Una escapada breve todas las tardes al contiguo Colegio “El Pensamiento” de sus Hijas las Pastoras; y a confesar colegialitos, a confesar a Novicios y Juniores, a confesar a miembros de la Comunidad, o a atender alguna visita o algún enfermo que acudía a la portería, sin las aglomeraciones de antaño, cuando los alrededores del colegio se veían asediados de coches y carretelas, cuando se llegó a la organización de trenes especiales.

La oración en el coro, la visita al Sagrario, el encierro en la habitación para leer, para orar, para estudiar, para contestar correspondencia, para dirigir almas con consejos por escrito, para manejar más la pluma en beneficio de sus hijas…

Era el verano de 1921; en el Colegio de Getafe se reunían por mandato del Provincial, Clemente Martínez, los profesores de Matemáticas de los colegios escolapios de Castilla para asistir a un cursillo de Algebra Superior y de Geometría Analítica a que empezaban a aludir los programas del Bachillerato y que no explicaban suficientemente los textos por exceso de condensación. Al reunirnos el primer día, nuestra admiración no tuvo límites: sentado en su pupitre, con su lápiz y cuaderno, estaba allí como uno de nosotros el P. Faustino Míguez con sus noventa años cumplidos. Y siguió al tanto las disertaciones y permaneció en el aula todo el tiempo que duró la sesión.

Como al terminar le dijeran: “Padre, ¿Por qué hace Vd. eso? resulta ya muy pesado a sus años… “Respondió: “Lo exigen también en algunos programas del Magisterio y deseo imponerme para enseñarlo a mis maestras”. Y sólo cuando se convenció de que nosotros se lo enseñaríamos a ellos cuando fuese necesario, dejó de asistir.

La pasión, pues , de enseñar y de aprender , que llenó su vida toda, dedicada al estudio y a la clase, perseveró en él hasta el fin, como una prolongación del voto de enseñanza más allá de los límites en que lo encuadra y constriñe el santo y fundamental voto de Obediencia. Y ese cuarto voto del escolapio de dedicar especial solicitud a la tarea de la educación de la juventud y de la infancia, tiene la consecuencia natural, como si dijéramos la conclusión teológica, de dedicar también especialísimo interés a la tarea del estudio y aprendizaje. Que el ansia de enseñar ha de estar servida por el afán de saber; y el Padre Míguez hasta sus noventa años nos estuvo dando altísimo ejemplo de esa pasión por las letras.

En cuanto a la Piedad, el fámulo Víctor González que tuvo el Padre en los primeros años de su segunda estancia en Getafe, se encargó de difundir entre las religiosas relatos de éxtasis y visiones que él dice atisbado por las rendijas de la puerta y por el ojo de la cerradura. En uno de dichos casos afirmó haberle visto elevado medio metro del suelo, sonriente, con los brazos en alto y manteniendo conversación con la Virgen, que el fámulo no alcanzaba a ver por estar alta, aunque sí percibía las nubes de su trono y el resplandor que la rodeaba.

Mucho nos tememos que tales visiones no pasasen de toscas exageraciones de un pícaro más avispado que devoto; pero quedan ahí como testimonio del ambiente de alto misticismo de que la opinión revistió la figura del Padre.

En cambio saboreemos con el regusto de lo auténtico e irrefragable las series de conceptos del más sano ascetismo, que en forma de consejos dio a sus Hijas por aquellos años.

El paso último y definitivo para la perfecta estabilización del Instituto como Congregación de derecho pontificio en la Iglesia de Dios, fue la aprobación pontificia de sus Constituciones por el Papa Pío XI el 27 de julio 1922.

Volvamos a decir que el P. Míguez escribió las Bases dela Asociación de las Hijas de la Divina Pastora, que él mismo escribió su Reglamento algo más tarde, y por fin las Constituciones de la Congregación. Todo ello con carácter y aprobación diocesana. En 1910 logró por mediación del P. Homs la aprobación pontificia de la Congregación. Pero en 1918, después de la famosa Guerra Europea o primera guerra mundial, entró en vigor en toda la Iglesia el nuevo Derecho Canónico y a él se tenían que acomodar todas las Reglas y Constituciones de todas las Corporaciones Religiosas. Se emprendió por fin la nueva tarea de las Reglas definitivas e el año 22, como hemos dicho, las aprobó el Pontífice Pío XI, antes que ninguna otra después del Código.

Pues bien; con motivo de esa definitiva aprobación, el Padre, a ruegos de la Rda. M. Julia Requena de Jesús, que aún vivía, la siguiente exhortación que era como su testamento:

Hijas de la Divina Pastora

Jesús Reine En Nuestros Corazones

En muchas ocasiones pensé dirigiros la palabra, para manifestaros el estado de mi alma, por motivos que ya pasaron; y desistí por no estar seguro de la oportunidad, como ahora que ya me creo con un pie en el andén y otro en el estribo del tren (de Ultratumba), y me parece que os agraviaría si callase.

Que, si es censurable hablar a destiempo, no lo parece menos el callar, en el próximo trance de tener que dar cuenta a Dios de la carga que me impuso respecto a vosotras. Qué de veces los sinsabores, disgustos y persecuciones, calumnias y otras lindezas por el estilo, me pusieron a punto de tirarla, Dios lo sabe; que yo no puedo ni quiero recordarlo.

Varias veces me encontré tan fustigado, que a pesar de costarme lo contrario, llegué a dudar de si cumplía o no la voluntad de Dios en seguir dirigiéndoos como se me había impuesto; pero ahora, ¡Loado sea siempre! , ya me consta con certeza que no estaba engañado en proseguir lo que había comenzado, cuando el Señor acaba de aprobarlo, como bueno y útil a la Santa Iglesia, por su Vicario en la tierra.

A nada perdonó el infierno para ahogar vuestra Congregación en su cuna.

¡De cuántos medios se valió para dar al traste con todos sus proyectos! ¡Y lo más raro, cuántas y qué personas le ayudaron en su tarea! Pero escrito está: Dios es Dios, y hace lo que quiere, y nadie triunfa contra él. ¡Bendito sea ahora y siempre!

Ahora bien, hijas mías; los favores de Dios reclaman una correspondencia tanto mayor cuanto lo sean aquéllos, y ¿podéis imaginarlo siquiera? No. Que al poner hoy en vuestras esas Constituciones aprobadas por su Vicario en la tierra como regla infalible de perfección religiosa y de vida cristiana, os diré por Aquél lo que dijo un Antecesor suyo a mi Santo Padre al presentarle las suyas:

“Dadme una religiosa que las cumpla fiel y exactamente hasta el fin, y la pondré en los altares” Sí, hijas mías, eso es vuestro Código por el que habréis de ser juzgadas en el tribunal de Dios. Si no lo observareis con toda la exactitud posible a la humana fragilidad, de nada os servirá vuestra vida aunque hiciereis más prodigios que unas taumaturgas. Nunca olvidéis que sobre la estrecha cuenta que se os ha de exigir la de cada uno de los especiales, que en esas Constituciones se contiene.

Animo, empero, no temáis; que la generosidad que os hizo renunciar al mundo y consagraros en cuerpo y alma a vuestro Divino Esposo, no puede vencer la suya en dárseos a sí mismo en recompensa , no solo en esta vida, sino por toda la eternidad, si cumpliereis hasta el fin, lo que a su tiempo prometisteis.

Líbreme Dios de poner siquiera en parangón los viene y deleites a que habéis renunciado, con las inefables delicias con que el Señor inunda las almas en que reina y viven abrasadas en su amor.

Ni aleguéis vuestra flaqueza; que sois de la misma naturaleza de los santos que hicieron tanto bien y tantas maravillas en la tierra, y gozan ahora en premio, de tanta gloria en el cielo. ¡Y eso que muchos de ellos fueron enclenques y padecieron lo indecible durante su vida!

Si añadís que eran más animosos que vosotras, os diré: Porque amaban mucho a Dios. Imitadlos y lo seréis también; que el ánimo crece con el amor, y toda escusa es hija funesta del amor propio y rémora bastarda de toda buena empresa. Amar, todos podemos; y el que más ama, más puede; y como el amor todo lo puede, si mucho amarais a Dios ¿qué no podríais hacer por vuestra santificación, por la honra de vuestro Pío Instituto, educación de vuestras alumnas, provecho de la sociedad y gloria de Dios? Pues no olvidéis, que el no hacer lo que se debe y puede, es falta de omisión, de la que os ha de pedir Dios cuenta.

Lograréis vuestra santificación, amando y sufriendo; guardando los Mandamientos; amando sin cesar a Dios, como los bienaventurados en el cielo; andando siempre en su presencia para no ofenderle; procurando cumplir en todo su santa voluntad; y haciendo aun las cosas más insignificantes por su amor y gloria, seguras de que en su mandato se incluye la seguridad de poder con su gracia cumplirlo.

Honraréis el Instituto con vuestra conducta y trabajo y llenando sus fines, cada una en su puesto y según sus fuerzas, con la vista siempre en Dios, como los ángeles, para conocer su santísima voluntad y enseguida ponerla en práctica; sin más impulso que su amor, ni más fin que agradarle, ni otra aspiración que la de adquirir todas las virtudes y sobre todo la más profunda humildad, que tan bien cae en una Hija de la Divina Pastora.

Educaréis a vuestras alumnas emulando con ellas la conducta del Ángel Custodio de cada una, estimando su valor por el cuidado que de ella tiene Dios, al darle a un príncipe de su corte por tutor y curador que le asista y gobierne durante la vida.

Extático el Ángel, que por misión se llama Custodio, no puede por menos de amar y respetar a quien el Señor rescató con su sangre; y no menos admirada la Hija de la Divina Pastora de la alumna que el Señor le confió y que tal Custodio tiene, debe amarla y respetarla de igual manera.

El Ángel sin dejar de ver amar y gozar a Dios, ni un instante descuida la misión que le confió en favor de su pupila; tal debe ser la conducta de su profesora. Sea dócil o díscola, agradecida o ingrata, no deja el ángel de conducir a su pupila, ni de volverla a buen camino si se extravía. Eso debe imitar la profesora, que tal nombre merece, con sus alumnas.

Sólo aspira el Ángel en cumplimiento de su misión a preservar de todo mal y a procurar el bien a su pupila. Y no otra ha de ser la aspiración de toda hija de la Divina Pastora, que de tal se aprecie; imitar continuamente con sus discípulas, ese noble y maternal cariño de cada príncipe celestial con su pupila. ¿Qué extraña por dura que sea, no se materniza, al ver desvivirse tan alta dignidad en un empleo al parecer tan humilde y para Dios tan Sublime?

Y qué beneficios no podéis prestar a la sociedad compuesta de familias que son por general lo que las madres de ayer, y las madres de la mañana lo que las niñas de hoy; figuraos lo mucho o poco, lo bien o mal que vuestra conducta y educación puede influir en la sociedad futura, y la cuenta que de ello habéis de dar.

Baldón será para vosotras que acabáis de ser asociadas para siempre a la misión evangélica de la Iglesia, y puestas por decirlo así sobre el candelero, para que brillen vuestras virtudes y celo por la salvación de las almas, si no procuráis llevar el mayor número posible al redil de vuestra Santísima Madre. Honores obligan. Y ¿cómo corresponderíais al de ser reconocidas como hijas de la Divina Pastora y Corredentoras de las almas?

El Instituto debe ser para vosotras una antesala del cielo, donde todas sirváis, améis y alabéis sin cesar a Dios, teniendo presente que este Señor no premia el brillo de las obras, que tiene por baladí, sino el fin y amor con que se practican; que no es la que más puede y hace, la que más merece; sino la que más ama, y hace lo que puede.

Menos que el fango de la tierra respete al sol y a las estrellas del cielo, son todos los bienes y deleites con relación a los que disfrutan los que a Dios se entregan y de su amor se embriagan. N las mismas almas que tienen la dicha de experimentarlo lo pueden explicar; osadía fuera la mía pretenderlo siquiera.

Sin embargo, alerta siempre, hijas mías; que la renuncia absoluta de todo lo del mundo que un día hicisteis y la entrega completa de vuestro ser al Divino Esposo, dio grandísima dentera al enemigo, que desde el mismo instante se propuso tenderos todos los lazos y armaros todas asechanzas que el Señor le permita, para ver de falsear vuestra felicidad o mermar al menos vuestro sacrificio.

Sabe muy bien el precito que el celestial Esposo es celosísimo y no admite participación en el holocausto que se le ofrece, y por eso no pide él el todo sino una partecita, contando ya con el resto de rechazo. ¡Valor! Que si mucho puede él, más vosotras que contáis con la gracia de Dios que es omnipotente, y con la protección de vuestra amantísima Madre la Divina Pastora que es poderosísima.

La misión que la Divina Providencia dio a cada Ángel Custodio para con su pupila, y a la profesora para con sus alumnas, esa misma confirió a cada Superiora respecto de sus súbditas, de cuyas almas ha de pedirle la misma cuenta que de la suya, si no las tratare y condujere como madre cariñosa, mediante el atractivo de su conducta intachable y perfecta observancia, por el camino de la salvación.

La Maestra de Novicias ha de suponer que éstas no entran perfectas, sino para adquirir la perfección. Sólo la alcanzarán con una perfecta abnegación de sí mismas y un absoluto adiós al mundo, tareas que le han de exigir, sobre una gran fuerza de voluntad, una larga y continua serie de actos contrarios, que no todas soportarán; manifestando en el acto, que si fueron llamadas, no todas serán escogidas no aptas para el Instituto.

Como el enemigo trabaja tanto y sin descanso, las Superioras tendrán no pocas veces que extirpar los retoños mal arrancados en el Noviciado, valiéndose con todas sus súbditas de persuasión y caridad; si con alguna no bastare, echando mano de los principios de gobierno que para eso están escritos y aprobados en las Constituciones (Segunda Parte, capítulo V).

Finalmente si, lo que Dios no permita, apareciere en el Instituto algún miembro gangrenado, aplíquese inmediatamente el cauterio, y si no da resultado, ampúteselo cuanto antes, para que no infeccione al cuerpo, que es primero que el miembro.

Hijas de la Divina Pastora, al despedirme de todas, os ruego y conjuro por la Pasión y Muerte de nuestro Redentor, y por los Dolores y Soledad de su Santísima Madre vuestra, que…

1º.sea vuestra hermandad inalterable, y recíproco vuestro amor en los Sagrados Corazones.
2º.sea tan exacta vuestra observancia, que nunca necesite reforma vuestro Instituto.
3º.sea tal la posible imitación de todas las virtudes de vuestra Santísima Madre, que jamás se desdeñe de reconoceros por sus queridísimas hijas.
4º.realcéis humildísimas con vuestra intachable conducta los imponderables timbre de Hermanas y Esposas de Jesucristo.
5º.compadecidas de vuestro siervo inútil, pidáis encarecidamente a vuestro Divino Esposo le perdone sus pecados, y vosotras por caridad sus faltas.
6º.y seáis, por fin, tales, como os desea y quiere para veros en el cielo, bendiciéndoos al efecto en el nombre del Señor que durante 37 años os dio por Director al hoy Ultranonagenario que suscribe, en Getafe a 22 de octubre de 1922.

Así, con tan vibrantes acento, se despedía de sus hijas el P. Míguez, cuando su Obra estaba ya concluida.

Pasado un mes, el Padre enfermó. M. Julia volvió a pedirle otra despedida. Complacióla el buenazo, con otro documento similar al anterior y tan lleno como él de provechosísima doctrina espiritual y de gobierno. No lo reproduciremos, por no fatigar al lector con exceso de nutrición tan substanciosa.

Pero véase el tono casi festivo de su comienzo epistolar: ¡Qué mundo, hija mía! Ni quejarse puede uno de sus achaques, que no se haga palanca de ellos para mayores exigencias. Entreguéte a fines de octubre la carta o testamento que pidieras antes; y ya con fecha 3 del siguiente, te me escurres en demanda de un codicilo. ¿Hay por ventura en aquel alguna cláusula ilegal, o sospechas me haya quedado con alguna carne en las uñas y temes que se pudra?

No, hija mía, no; ni en las uñas ni en el corazón quedó carne ni piltrafa; sino en éste, algo que, a mi ver, vale más que esa podredumbre, y es una cosa que siento y no sé explicar, que noto se multiplica e ignoro de qué procede; veo que a este paso mi corazón debe explotar y observo que se dilata más cada día.

En la cama por mis achaques, recibí y leí tu atenta, en presencia del portador, que me pedía contestación urgente. Al momento empezaron los oídos, con zumbido paralelo al “tíc tac” del reloj que tenía al lado, a repetirme las palabras “ joya , joya, joya”…, que a la verdad no me dejaron dormir, saliéndome cara la ilusión o sueño, por el que me privaron y las reliquias de que dejaron en mi caletre.

La joya era el alma de cada una de sus religiosas, guardada en un estuche de barro más o menos modelado etc. etc.

Así estaba de buen humor, de pensamientos felices, de casticismos, discreteos, galanura y clasicismos la cabeza del P. Míguez aun enfermo y con los noventa y dos años casi cumplidos. La carta pronto se pone seria y trascendente y es un modelo de densidad espiritual, un codicilo con importantísimos legados de perfección

Y aún corre entre libretas y manuscritos de religiosas otro breve tratadito de consejos o reglas que deben observar en el ejercicio de la enseñanza. Va sin fecha. Y nos tememos que no sea de entonces sino de algunos años antes. Lo interesante es lo práctico de dichos consejos, que no pasan de diez, pero son realmente el Decálogo de un competentísimo pedagogo. Cuántos ampulosos y campanudos tratados de Pedagogía dejarán a la maestra más en ayunas y desorientada que las experimentadas y prudentísimas normas de este feliz tratadito.

Pero aquella cabeza tan lúcida, aquel portento de Letras y de Piedad, de santidad y de pedagogía, de virtudes y talentos, aquella testa tan vivaz, aquellos ojos todavía tan penetrantes y vivos, aquel rostro de viejecito no cansino ni mortecino sino lleno de unción y de luz, duró dos años más, después de la Madre que tan cariñosamente le exigía testamentos y codicilos, oraciones y consejos.

Ella murió el 23. El Padre…

Ya no le dejaban balar las escaleras para desplazarse a cada acto de Comunidad. Había otro Padre, Manuel Gómez de Santa Teresa, menos anciano pero más delicado. Ambos hacían juntos el examen de conciencia del mediodía y a ambos les subían la comida a la galería donde se alineaban las habitaciones. El 7 de marzo de 1925 era sábado; el P. Míguez se confesó aquella tarde con la regularidad de todos los fines de semana. A la mañana siguiente, domingo y ocho, celebró como de costumbre a primera hora. Siguió normalmente todas sus habituales ocupaciones, y al mediodía, tras el examen, les subieron a los dos Padres de arriba la comida de costumbre. Era por cierto muy parca, al uno por sus achaques, al otro porque jamás se salió de una moderación extraordinaria en el comer y beber. Dieron gracias, siguieron un ratito sentados, el P. Manuel leía un periódico. De pronto vio que el P. Faustino inclinaba levemente la cabeza como si durmiese. Reparó en él, y estaba cadáver. Así, sin enfermedad ni agonía, con la máxima sencillez; sin pensarlo, porque lo estaba pensando diariamente durante 94 años, y porque siempre estaba con un pie en el estribo del tren definitivo; sin arreglar equipaje porque todo lo tenía preparado; sin sacramentos, porque acababa de recibirlos; sin recomendación del alma, porque siempre la tenía en comendada a su Dios por sí y por sus hijas, inclinó la cabeza como el Maestro, y expiró. Se extinguió su llama tenue sin ruido ni temblor alguno. Su espíritu sí despertaría alborozado a las magnificencias de la vida eterna, que durará más de 94 años.

Entre los sufragios de sus Hermanos, las lágrimas de sus Hijas y el duelo general de todo Getafe fue sepultado en su cementerio en la cripta panteón de los Padres Escolapios.

Entre sus devociones íntimas, el Sagrado Corazón, la Divina Pastora, Santa Catalina de Sena, etc… ocupaba lugar destacado su piedad por las Ánimas benditas del Purgatorio. “Así en Comunidad como en las mismas clases no regateéis, por Dios os pido, vuestros sufragios y especial caridad a las benditas almas. Ellas desde el principio de vuestro Instituto vienen siendo dignísimas acreedoras por la gran parte que tomaron en su defensa; y bien sabéis que favores obligan, y que a quien mucho se debe y quiere, con frecuencia se le recuerda”.

Sufragios y recuerdos a porfía tuvo a su vez el Padre después de su muerte, aunque en aquellos faltara casi siempre la fe de que le fueran necesarios, por la convicción de que ya estaba entre los santos del cielo.

En Sanlúcar de Barrameda se le hizo funeral solemnísimo, del que perduran los ecos de la oración fúnebre predicada por el P. Rector de las Escuelas Pías, que trazó el primer esbozo del conjunto de su larga vida.

Y esa vida se perpetúa además en su obra, que siguió el ritmo de su expansión creciente.

Notas