BauFaustino/CUATRO AÑOS PENOSOS (1888-1892)

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CUATRO AÑOS PENOSOS (1888-1892)

Escribiendo años después el P. Faustino al Rmo. P. General Romano, decíale: “Muchas y muy grandes satisfacciones me han proporcionado, gracias a Dios, los buenos resultados de mis Específicos; pero han sido tantas y tan grandes las amarguras que me han hecho devorar los nuestros especialmente, que varias veces, Reverendísimo Padre, estuve por dejarlos”.

Esta vez efectivamente los dejó por cuatro años. El mismo nos dice que cuando fue trasladado al Colegio de Getafe “pasé unos cuatro años sin preocuparme de enfermos ni medicinas”.

Pero de las Novicias que dejó en Sanlúcar no podía menos de preocuparse como buen Padre. A ellas permaneció unido su pensamiento y por ellas elevaba a Dios su corazón en oración frecuente.

De cuánta ternura y delicadeza es a este propósito la interpretación de un pequeño incidente que les ocurrió todavía en Sanlúcar pocos días antes de la partida del Padre. Teníamos – cuenta M. Ángeles –una Inmaculada preciosa, regalo de la condesa de Monteagudo y del conde de Bustillo Dª Matilde de D. Fernando; estábamos haciendo la oración y sentimos un fuerte golpe; era la imagen de la Santísima Virgen que se había caído al suelo. La cogimos y cuál nuestra sorpresa al notar que por la mitad se le había roto la cabeza; lo demás estaba intacto; unimos las dos partes de la cabecita, sin pegarla ni ponerle nada, y quedó perfectamente. Cuando llegó el Padre le contamos nuestra pena, cogimos la Virgen y después de registrarla muy bien, solo se le vio la rayita de lo que había sido roto, pero nada más. Cuando el Padre lo vio dijo: “Así le pasa a la Congregación; le será dividida la cabeza; pero como ésta se ha unido milagrosamente, así ocurrirá con vosotras; estaréis unidas a mí hasta la muerte, por mucho que trabaje el demonio para destruirnos”.

Por de pronto en Getafe se dedicó a escribir para las Novicias un Reglamento, distinto de las normas primeras que escribió para la Asociación a instancias del Cardenal Ceferino González, cuando aquella no era todavía Congregación. Había de ser este Reglamento más extenso que las Bases anteriores. Iba escribiendo los Capítulos y los mandaba por correo a Sanlúcar para que vieran sus hijas si les sería fácil cumplir lo que en ellos preceptuaba. Si encontraban algo difícil, se lo decían y él lo enmendaba. Así se fue perfilando el trabajo que después fue aprobado en Sevilla como primer Reglamento de la Congregación. Fue esta aprobación del Cardenal González en 12 de junio de 1889.

Tenía el Padre 57 años al partir de Sanlúcar. El Colegio de Getafe, en el corazón de la meseta baja de Castilla, casi en el centro geográfico de la Península, tocando al cerro de los Ángeles donde se erigió más tarde el famoso monumento al Sagrado Corazón de Jesús, era la segunda casa de la Provincia escolapia en orden de antigüedad, y en cuanto a su importancia baste decir que tenía entonces una Comunidad de cerca de veinte Padres , seis Hermanos, treinta Clérigos Novicios y otros seis Novicios Operarios, sosteniendo entre todos un espléndido internado de doscientos cincuenta Colegiales, a más , como hemos visto , del Noviciado, y en tiempos , del segundo Juniorato.

En este venerable Colegio vivió todavía el Padre Míguez 37 años, felicísimos por cierto en todo lo concerniente a su vida escolapia, a sus relaciones con la observante Comunidad, a su propia santificación en la constante regularidad de la guarda de sus Reglas y Constituciones, y al desempeño de su vocación docente. El P. Míguez siguió enseñando en Getafe sus ciencias favoritas, las Químico – Naturales, hasta muy entrado el siglo XX y por tanto hasta sus setenta años bien cumplidos, cuando las Santas Constituciones de sus Escuelas Pías designaban los sesenta como fecha de merecida jubilación voluntaria. Y en su tarea de confesor y director espiritual de Comunidad y Noviciados, de niños y de colegiales, de gentes de dentro y de fuera del Colegio, el P. Faustino fue siempre el mismo, el apóstol de la enseñanza y del confesonario, la encarnación de la piedad fervorosa y edificante.

En este largo y último periodo de su vida tuvo de Superiores locales o Rectores a los PP. Pompilio Díaz, Emilio Latorre, Jenaro Miján, Melchor Rodríguez, Hipólito Guijarro, Alfonso Peralta, Juan Crisóstomo González, Anselmo Tomás y Ramón Navarro. Con todos ellos convivió en relaciones cordiales, y su vida escolapia revistió entonces las más gratas formas de la compenetración colectiva. La única nota discordante en la total armonía fue quizás el célebre literato y pedagogo P. Carlos Lasalde, en ocasión de lo que ya veremos.

Pero es innegable que la mitad del corazón del Padre volaba hacia la casa de la calle de González Hontoria en Sanlúcar, la que la familia Argüeso había cedido a las Novicias mientras la Congregación, aun formada por solas Novicias seguía subsistiendo, lejos del Padre, pero bajo su mirada y sus desvelos.

Al segundo año de la estancia del P. Faustino en Getafe, las Novicias en Sanlúcar iban a cumplir cinco de Noviciado. Era tiempo más que sobrado para pensar en dar un paso más adelante. La Hermana Madre Ángeles escribió al Padre en ese sentido y el P. Director desde Getafe contestó que formalizaran la solicitud al Cardenal de Sevilla, todavía Fray Ceferino González. Mándales éste como Visitador a D. Santiago Magdalena, quien en su informe no puede menos de hablar a su Eminencia de la perfecta unión que ha visto entre las Hermanas, de la laboriosidad que despliegan en la educación de tantas niñas, de la tristeza en fin que da el ver el abandono y soledad en que están las ovejuelas sin el pastor.

El Cardenal concedió inmediatamente que pudieran emitir los votos simples las cinco primeras.

Era verano de 1890. Madre Ángeles suplicó al Padre que no las privase de su presencia para el día de la profesión Pidió el permiso al Provincial P. Zatón, quien fácilmente lo concedió tratándose de las vocaciones. Y las Hermanas tuvieron el consuelo de pasar unas semanas felices, pendientes de los consejos del Padre, que las miraba con singular ternura, como quien sabía que las había de dejar pronto y quizá para mucho tiempo, pues por aquellos días pasó el Provincialato de Castilla a manos del P. Marcelino Ortiz, a quien el P. Míguez difícilmente se resolvería a pedir permisos.

Mas la alegría del momento de la Profesión nadie podría ya quitarla. Como la Capillita de la casa – colegio resultaba insignificante se pidió para el acto la iglesia de la Abadía de Rubio Contreras nombrado confesor de la Congregación y suplemente en cierto modo del Padre Faustino en su forzosa y prolongada ausencia. La fiesta organizada por el Padre en todos sus detalles resultó brillantísima.

Estaba en el apogeo de sus facultades oratorias el gran predicador y delicadísimo poeta P. Francisco Giménez Campaña, y el P. Míguez le hizo venir de Granada para el sermón de la fiesta. El clero, las autoridades municipales, las familias de las religiosas y de las niñas del colegio, llenaron por completo el templo, con el atractivo de la no frecuente función religiosa y el aliciente de la fama del predicador de moda. Los PP. Escolapios estaban como doloridos y avergonzados de haber contribuido a la partida del Padre dos años antes, cosa que todo el mundo les achacaba con más o menos malicia. El P. Rector y el P. Eduardo Camallonga ostentaron la representación del Colegio. Todo salió espléndidamente y dejó impresión profunda. Era un paso importante en la vía de la Congregación. Según el Reglamento aprobado, tendrían que esperar ahora a que pasasen veinte años para proceder a la Profesión Perpetua.

El Padre volvió a Getafe. Las Hijas quedaron en la avanzada bregando valerosamente entre alegrías y sinsabores.

Fueron las alegrías la llamada de nuevas postulantes que pedían el Hábito. Algunas de ellas eran muy dispuestas e inteligentes. Púdose con ellas proceder a la reorganización de las clases, separando las mayores de las pequeñas, con criterio pedagógico, y abriendo una escuela de párvulos, hermanitos casi todos de las niñas del Colegio. Era un éxito y una delicia aquella escuela de chiquitines. Así como se acreditó también sobremanera la casa de piano y de labores.

Se formalizó el tiempo de seis meses para el Postulantado y de dos años para el Noviciado. Se amplió el local con los altos de la casa contigua y todo prometía prosperidades.

Pero los sinsabores eran que los médicos declararon lo que ahora llamaríamos “boicot” a los específicos Míguez. El Padre, cuando estaba en Sanlúcar, haciendo uso del permiso que le concediera el Rmo. P. Manuel Pérez, transmitió a las Religiosas la propiedad de las fórmulas de sus preparados, y ella, y antiestéticamente, pero los vendían bien y se ayudaban con su producto y el ingreso de las alumnas y párvulos. Habían crecido las clases, había aumentado el número de bocas con la gozosa admisión de bastantes postulantes; pero los médicos cegaron la fuentecilla de los Específicos, y la pobre Madre Ángeles, verdadera heroína, se vio ante el espectro del hambre. La situación llegó a ser extremadamente comprometida. Días hubo en que no tenía para cada Religiosa más que un pedazo de pan o un poco de fruta. Y la brega diaria con la avalancha de alumnas era ininterrumpible.

Y era lo peor que no se atrevía a comunicar sus amarguras al Padre lejano, por no aumentarle la pena de su separación forzosa.

Y arreciarían todavía más las pruebas amargas.

Notas