BauFaustino/DE LA VESTICION A LA PROFESIÓN SIMPLE (1885 a 1890)

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VICISITUDES HASTA LA TOMA DE HÁBITO (1885)
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DE LA VESTICION A LA PROFESIÓN SIMPLE (1885 a 1890)

Solemnísima fue aquella primera e histórica vestición o toma de hábito, el 2 de agosto de 1885 en el carril de S. Diego o calle del Mar, frente al a calle de la Luz, primera casa del Instituto de la Divina Pastora en Sanlúcar. Habíanse repartido muchas invitaciones y asistieron efectivamente los Sres. Curas párrocos, los sacerdotes y las familias de las alumnas. Del colegio escolapio no fue ningún padre.

El Sr. Arcipreste impuso el hábito a las cinco jóvenes que con sus respectivas madrinas ocupaban el sitio más distinguido de la Capilla. La plática fue muy fervorosa, la ceremonia muy emocionante y se terminó el acto con la bendición y con la lectura de los nombres de las cinco novicias:

Hna. Mª de los Ángeles González León, de Sevilla

Hna. Mª de los Ángeles González Lozano, de Jerez

Hna. Ceferina Herrero Fernández, de Córdoba

Hna. Antonia García Marín, de Priego

Hna. Matilde Sánchez Martínez, de Sevilla

De sobrenombre de religión para todas quiso el padre que se llamaran de Jesús.

La Hna. Ángeles González León aun siendo novicia tenía naturalmente que proseguir su cargo de Superiora, Directora y en cierto modo Maestra de las demás novicias. El verdadero maestro del noviciado era el P. Míguez, que con su seriedad, por no decir adustez, imprimía carácter serio y formal a la vida tanto exterior como interior de aquellas jóvenes, que indudablemente sin su orientación y prudente severidad hubieran cecinado hacia la superficialidad y el abandono

Aumentó considerablemente el número de niñas; los señores sanluqueños se hacían lenguas alabando la labor de las jóvenes Hijas de la Divina Pastora; las señoras se sentían orgullosas de poder ser útiles en algo al nuevo instituto y a sus entusiasmadas profesoras.

Quien no se dormía en los laureles ni se satisfacía de congratulaciones humanas era el P. Míguez. Sabía cuánto había que perfilar desde aquel momento, y cuanto distaba lo que había de lo que debía haber; cuanto faltaba al boceto para llegar a obra de consumada perfección. Y menudeaba más las visitas al noviciado para instruir más y más a las novicias en las prácticas de una piedad sincera y honda, para imbuirles el amor al estudio y a la formación intelectual, para capacitarlas con normas de pedagogía y estimularlas a ser apóstoles de la enseñanza que ansiaran y supieran modelar e iluminar el corazón e inteligencia de las alumnas.

“Nosotras- escribe una de las primeras que recibieron el santo hábito- nos quedamos tan contentas y tan abstraídas que no acertábamos a hacer nada. Pero la voz paternal de nuestro padre nos sacaba del ensimismamiento y acometíamos con bríos toda clase de trabajos, así los de las clases que tuvimos todo el verano como los quehaceres de la casa. Pero lo que más preocupaba al P. Faustino era nuestra formación interior y nos repetía con frecuencia que para ser religiosas no basta el hábito. Nos enseñó a rezar el oficio parvo en latín y reglamentó nuestra vida, en especial nuestros actos de comunidad”.

Su mismo carácter, desabrido a veces, influyó de manera poderosa en la formación espiritual de aquellas jóvenes. Jamás se permitió una broma, jamás una palabra que no se encaminase a la piedad. Si alguna vez procedían ellas, como jóvenes que eran, con alguna ligereza, él pronunciaba una seca palabra: ¡quita! Y volvía al instante la seriedad al seno de aquella diminuta y naciente comunidad.

De no haber procedido así, tal vez no se hubiese consolidado la obra, y desde luego sus hijas no lucirían, como preciada joya una virtud sublime que el fundador les inculcara y que es característica de todas las Hijas de la Divina Pastora, La virtud de la humildad.

Por ello, cuando fueron a Sevilla a presentarse ya con hábito al Sr. Cardenal, produjeron tan grata impresión en el ánimo de su Eminencia que no pudo menos de manifestar a determinadas personas su complacencia al ver la óptima orientación y el buen espíritu de aquella naciente Congregación. Y aumentó la estima que Fray Ceferino González tenía a nuestro P. Faustino.

Matiz especial de la piedad que les inculcaba fue la ardiente y confiada devoción al Corazón de Jesús. Repetía que en la fiesta del Sagrado Corazón del mes de junio había sido cuando el Señor infundió a la hermana Ángeles la vocación religiosa y él se sintió impulsado a llamarla al confesionario y declararle resueltamente la voluntad divina.

Sus pláticas más frecuentes versaban sobre el amor al Corazón de Cristo y las componía con tal esmero que unos años más tarde, alternándolas con ejemplos de virtuosos escolapios santificados en la tarea escolar, y sacados de la “Corona calasancia”, del P. Manuel Pérez, (1865) y de los “Escolapios insignes” del P. Llanas (1900), compuso con ellas el devocionario titulado “Junio o mes del Sagrado Corazón de Jesús, impreso en Madrid en 1904 y que tanto ha contribuido a formar el espíritu de las Hijas de la Divina Pastora modelándolas en el troquel del Divino Maestro.

Como a cosa de Dios no podía faltar en aquel noviciado el crisol de la tribulación que lo purificara de escorias. La novicia-maestra Hna. Ángeles González tuvo que sufrir la oposición familiar que quería su vuelta al seno de la familia. Interesaron al que había sido su confesor en Sevilla, antes de su traslado a Sanlúcar para que la disuadiese de abrazar definitivamente el estado religioso pero ella estuvo tan firmen su vocación que solo hizo caso a la voz de su conciencia, iluminada por la dirección del P. Faustino. “Me creí entonces- dirá más tarde- llamada por Dios por varias razones de índole interna y estaba muy resuelta a dar antes la vida que abandonar lo comenzado”.

Más de una vez atacó a todas el enemigo de todo bien con tentaciones colectivas de temores y desconfianzas. “Las visiones terroríficas, las contradicciones se multiplicaban… - escribió una de ellas ya religiosa- lo cual era indicio de que, si el diablo quería deshacer la obra es que veía claramente que era del agrado de Dios”.

Pero el P. Faustino que mostraba a veces por ellas cierto aparente desapego, las consolaba entonces y las animaba a todas a redoblar sus actos de fe y sus oraciones para conseguir la santificación de las niñas y, sobre todo, la propia santificación.

Nuestros rezos -escribió también M. Ángeles- los hacíamos en la pequeña capilla arreglada al efecto. Estábamos un día en oración y se oyó una voz que parecía salir de la imagen del Sagrado Corazón: “confíen en mí y no teman”, palabras que a todas nos hicieron honda y gratísima impresión. Salimos llorando y así fuimos a misa. Al vernos el venerado padre nos animó mucho y calmó todas las inquietudes.

Pero aquel noviciado tuvo que prolongarse hasta cinco años y no con perseverancia de las cinco que lo comenzaron. Hubo cambios, aumentos y disminuciones, a la vez que las vicisitudes externas movían y traían y llevaban la navecilla del naciente Instituto que así con la agitación del oleaje se afianzaba, robustecía y aún se agrandaba.

Notas