BauFaustino/EL ESCORIAL Y MONFORTE DE LEMOS (1872 a 1880)

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SANLÚCAR DE BARRAMEDA (1869-1872)
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EL ESCORIAL Y MONFORTE DE LEMOS (1872 a 1880)

El rey Amadeo, a fines de 1871, sin propia iniciativa según parece, y sin sospechar tal vez que apenas le quedaban dos meses de reinado, quiso por Real Decreto reanimar el culto divino y la utilidad docente en el célebre Monasterio del Escorial, la obra maravillosa de Felipe II.

Concedió a las Escuelas Pías de Castilla el uso del soberbio edificio y huerta contigua, con exclusión naturalmente del Panteón de Reyes y de Infantes, el Real Palacio y la Casa del Príncipe.

Sobrevenida la caída del Rey “Caballero”, la primera República en su efímero y turbulento año de existencia no tuvo inconveniente en que fuera realidad el pensamiento del Rey sobre el famoso Monasterio, y las Escuelas Pías abrieron en él un internado de un centenar de colegiales, varias clases gratuitas para los niños de la población y trasladaron al sobrado edificio el noviciado y juniorato que a la sazón había pasado ya de San Fernando de Madrid a la casa de Getafe.

Era natural que para la comunidad de tan importante fundación se llevara personal verdaderamente selecto, y allí efectivamente convivieron nuestro P. Faustino Míguez y el P. Vicente Alonso Salgado, más tarde obispo de Cartagena, después de serlo de Astorga.

El P. Faustino desempeñó allí excelentemente las clases de Física y Química, sin que podamos confirmar la repetida noticia de que fue también bibliotecario del Monasterio, y que para estar a la altura del cargo se dedicó al estudio de las lenguas orientales.

Pero a los dos años, el 75, correspondía celebrar Capítulos con la consiguiente renovación de superiores. Y el P. Casimiro Serrano del Corazón de Jesús, nuevo Provincial de Castilla, puso sus ojos en el P. Míguez, para que volviendo a sus tierras de Galicia se encargara del Rectorado de la casa de Monforte, recién fundada al sur de la provincia de Lugo, en el mismo año 73 en que se abrió la del Escorial.

Era en cierto modo una reparación del precipitado traslado de Celanova a Sanlúcar a raíz del Capítulo del 69.

Entre tanto recordemos en brevísima digresión que la fundación del Escorial, aunque funcionó los primeros años con vida próspera, no logró consistencia y su vida no pasó de cuatro años. Los padres no llevaban a gusto la carga del coro al estilo de los antiguos Jerónimos y que estaba impuesta como condición fundacional.

El sostenimiento de los capellanes que tenían ya derechos adquiridos en el Monasterio resultaba gravoso. Pero hubo también razones de otra índole.

El breve reinado de Amadeo de Saboya se apoyó, muerto Prim, en dos columnas políticas que fueron Sagasta y Ruiz Zorrilla. Y un escolapio célebre de la provincia de Castilla era entonces el P. Juan M. Zorrilla del Smo. Rosario, que corría muy bien con su primo el jefe radical Ruiz Zorrilla. No cabe duda de que Zorrilla había inspirado la encomienda del Escorial a los PP. Escolapios. Y como este político no hostilizó a la República tras la marcha de D. Amadeo, la República no obstaculizó lo del Escorial. Pero ante la restauración de Alfonso XII en Sagunto el año 75, Ruiz Zorrilla se lanzó a una ruda oposición contra el nuevo rey y aun cuando los superiores escolapios enviaron a Roma al primo del intrigante para que no sonase su nombre, no se pudo evitar la represalia que otra no fue sino la serie de triquiñuelas que condujeron al abandono de la fundación en 1877.

Volvamos a Monforte, cuyo rectorado aceptó el P. Míguez de manos del P. Martra, Vicario General elegido entonces.

Nadie mejor que su compaisano y amigo, el P. Cerdeiriña puede contarnos las dificultades de dicho rectorado y los triunfos en él del P. Míguez.

Precisas eran todas sus grandes condiciones, porque su virtud había de pasar por pruebas de consideración. Las contradicciones se habían de multiplicar hasta el infinito por pleitos sobre todo de reclamantes de antiguos derechos. Pero las informalidades del Ayuntamiento revistieron mayor interés.

El colegio de los PP. Escolapios de Monforte se había inaugurado el 1º de octubre de 1873. El edificio había sido en un principio allá por el siglo XVI colegio s delos PP Jesuitas fundado por munificencia del Cardenal D. Rodrigo de Castro, el gran Arzobispo de Sevilla. No había sido del todo terminado y luego con la expulsión de los jesuitas en tiempo de Carlos III y más tarde con la desamortización y las revueltas que a ella siguieron, amén de las vicisitudes de la francesada de 1808, había quedado muy maltrecho y con las rentas y bienes extraordinariamente mermados. Los Escolapios al establecerse allí habían negociado con el Ayuntamiento de Monforte, que debía pagar un canon insignificante; y el Duque de Alba patrono del colegio por ser de la familia del fundador, debía aportar su cantidad correspondiente… Pero -ecco il problema- pronto las pesetas municipales se hicieron invisibles para so Escolapios. Y en estas circunstancias entra en funciones el P. Faustino, que supo llamar al orden al Ayuntamiento de Monforte. La vitalidad y el temple de acero del P. Faustino Míguez se impusieron y triunfaron en toda la línea: Los señores ediles si no se llenaron de pánico ante la actitud del Rector del colegio de los Escolapios, por lo menos no las tenían todas consigo pues se dijo que llegaron a sortearse para ir a parlamentar con un religioso. Esto podía obedecer a dos causas: o al miedo que les acuciaba o a la injusticia manifiesta que estaban perpetrando, y se iban a presentar ante un hombre modelo de bondad y rectitud: Pero la nota melancólica al par que cómica la daba el alcalde Sr. Guitian que doliéndose de su desdicha, ponía su grito en el cielo lanzando de despecho al aire esta exclamación: ¡y que un fraile me atormente de esta manera! El tormento es lo que habían buscado unos y otros negándose a pagar lo que en instrumento público se había pactado. El P. Míguez defendía sin amilanarse los intereses de la comunidad, según era de ley y de orden.

Firme y derecho esperó a la comisión del consejo monfortino; y no temblaron las esferas ni se hundió el firmamento, como creían las tímidas gacelas que se dedicaban a hacer calendarios sobre lo que iba a pasar en la entrevista, cuando su deber en aquella hora critica era estar a su lado y acompañarle, aun cuando él rechazase su asistencia, porque se bastaba para cualquier desmán, toda vez que la confianza que tenía en la justicia de la causa que estaba defendiendo, le daba alientos para permanecer tranquilo, y ni por maravilla abrigaba un pensamiento de maldad de sus adversarios.

Esta actitud arrogante y digna deshizo los planes de un alcalde egoísta e hizo torcer el curso de los acontecimientos. El que parecía que llevaba todas las de perder, porque no tenía más armas que las d de la razón, que en tiempos de injusticia no se reconocen como tales armas, salió victorioso; los grandes, los prepotentes, los que abusaban del poder y de la fuerza, obcecados por su orgullo, tuvieron que morder el polvo y deponer sus iras y arrestos ante el hombre que, todo modestia y compostura, no hizo alarde de las razones poderosas que fluían a través de su cálido verbo, ni de tener más inteligencia de leyes que sus contendientes, y ni perdió la tranquilidad en medio de la victoria ni en la hora solemne del fallo de la justicia publicó a los cuatro vientos su triunfo que era un canto al orden, a la rectitud y a la ciudadanía.

Las múltiples atenciones de aquel rectorado no pudieron impedirle los goces de los estudios. Al tener que recoger las asignaturas que menos placían a sus súbditos, hubo de encargarse de cursos de Matemáticas, Francés, Química y Agricultura; pero las noches eran para sus aficiones a libros de medicina que le permitían aconsejar tratamientos en casos de dolencias que los médicos de la localidad dejaban por incurables. Los remedios a que recurría no eran naturalmente del tipo de los antibióticos actuales que tanto han revolucionado los procedimientos médicos. Se basaban principalmente en propiedades curativas de muchas plantas, que estudiaba con interés este botánico consumado.

Presentósele un caballero en quien habían tomado carta de naturaleza buena cantidad de males. El P. Faustino se abstenía siempre de cuanto fuera función propia del facultativo; pero sin tomarle el pulso ni auscultarle ni reconocerle de ninguna manera sensible le fue acompañando como para enseñarle la casa, mientras fijaba en él su penetrante mirada y observaba con ojo clínico todos sus movimientos. Lo llevó por fin a la huerta, y al tenerle delante de las plantas medicinales que sabía serle convenientes le insinuó: Vd. está enfermo porque quiere. Pruebe a medicinarse con esas plantas y verá. A los pocos días volvía el caballero a dar al padre las gracias por su radical curación.

Y el P. Cerdeiriña que recogió el anterior relato de labios del mismo P. Míguez, oyó también contar con todo lujo de detalles la curación en el plazo de cuatro días de un pequeñuelo ya desahuciado de los médicos y que tenía todo el cuerpo en una llaga.

Así iban dando frutos de bendición aquellos sus incesantes estudios orientados hacia la aplicación práctica, en que el instinto y la ciencia reflexiva se aunaban a la firme voluntad de hacer el bien a los que sufrían.

Duró su rectorado desde 1875 a 1880. Al concluir el trienio en 1878 quiso dejar la carga con la que no se encontraba a gusto. El Vicario Gral. P. Martra consiguió para aquel año una radical mutación del sistema de elecciones, que vino a aumentar su disgusto. Resistió dos años más, pero en 1880 renunció a pesar de la aprobación continuada que su gestión merecía en el alto concepto de sus Superiores. Once años después afirmaba de sí con mirada retrospectiva: “Renuncié al rectorado y nombrado otra vez rector de nuevo renuncié, aún con la promesa de darme en breve el provincialato; y mil veces renunciaré en conciencia cuanto me ofrezcan”.

Este estado de latente resquemor o insatisfacción no le impidió lo más mínimo lanzarse con el más juvenil entusiasmo a la continuación de su permanente tarea escolar y a la magna obra de apostolado fundacional en que iba a meterle la Divina Providencia. Frisaba en los 50 años y Dios le colocaba ya en el lugar elegido parta el nacimiento de su gran obra. Empieza la segunda estancia del P. Míguez en Sanlúcar de Barrameda.

Notas