BauFaustino/EN LA ISLA DE CUBA (1857 a 1860)

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INICIACIÓN EN EL SACERDOCIO Y EN EL MAGISTERIO (1855-1857)
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MADRID, GETAFE. CELANOVA (1860 a 1869)
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EN LA ISLA DE CUBA (1857 a 1860)

El año de 1857 es notable en las Escuelas Pías de España porque en él y por primera vez se lanzaron los escolapios a una empresa de transcendencia: su expansión ultramarina, la implantación de sus colegios por el Nuevo Continente, empezando como Colón por las islas del mar de las Antillas, para esparcirse luego por Argentina y Chile, y después por Brasil y Venezuela, y más también por Colombia y Nicaragua, y por Méjico y por los Estados Unidos, ora mirando al Pacífico, ora al Atlántico, aventurándose por fin por el Océano Indico hasta subir a las islas del Japón.

No vamos a exagerar el papel que tocó en ello al P. Míguez, pero no se puede olvidar que su nombre figura en la expedición primera de ese grandioso movimiento expansional.

El santo fundador de los Misioneros Hijos del Corazón de María, Antonio María Claret, siendo Arzobispo de Santiago de Cuba, comprendió que para la persistencia del bien espiritual que pudiera esparcirse por aquella entonces colonia de la corona española, era preciso contar con fundaciones de órdenes religiosas, particularmente de misión docente. Y pidió a la reina Isabel II que estableciera allá algunos colegios de PP. Escolapios. Pasáronse algunos años en los trámites preparatorios y al llegar la referida fecha del 57 el Rmo. P. Jacinto Feliu enviaba de hecho hacia las Antillas la primera expedición escolapia.

Llegó a la Habana en el vapor Velasco el 10 de enero y entonces se cumplía el mes de salida de Cuba del Santo Arzobispo que zarpaba de la isla para ser en Madrid confesor de la Reina.

No hubo por tanto convivencia entre el P. Claret y los escolapios en Cuba, sino sólo gratitud y continuidad en las miras apostólicas que caracterizaron el pontificado del Santo Arzobispo.

No se fundó en La Habana propiamente dicha sino en Guanabacoa y en Camagüey, llamado entonces Puerto Príncipe. Las fundaciones antillanas quedaban bajo la jurisdicción inmediata del P. Comisario General y se nutrían de personal de todas las provincias españolas. El mínimo de permanencia de cada religioso sería de 8 años.

Era Provincial de castilla el P. Ramón del Valle del Corazón de Jesús, años más tarde sucesor del P. Feliu en el Vicariato General. Fuera por carencia de sujetos de edad madura aptos para aquel lejano desplazamiento, fuera por confianza en el elemento joven recién formado, o fuera por saber que el peso de la expedición la formaban los padres de Cataluña, verdaderos representantes de aquella empresa, lo cierto es que el P. Valle escogió para la misma a los tres religiosos más jóvenes de su provincia castellana. El P. Faustino Míguez que llevaba solo un año de enseñanza en la escuela de escribir de S. Fernando; el P. Luciano Solís, su connovicio, que llevaba también un año de magisterio en la escuela de escribir de San Antón; y el Hno. Operario Pedro Díaz, más joven que ellos y que acababa de profesar aquel mismo año.

Quizás entrase también en las intenciones del P. Ramón del Valle hacer resaltar en aquellos colegios que iban a ser la primera agrupación de escolapios de todas las provincias de España, la esmerada formación que Castilla daba a sus juniores. Y ello cedería en los PP. Míguez y Solís.

Ambos fueron destinados a Guanabacoa que se fundó antes. Pero dícese que el problema más arduo que la Perla de las Antillas planteaba a los recién llegados era la aclimatación. El P. Solís se aplatanó y pasó magníficamente ocho años en Guanabacoa y uno más en Puerto Príncipe o Camagüey y se volvió luego a su primitivo colegio de San Antón de Madrid. Pero el P. Míguez no podía aplatanarse. Su tez blanca y sonrosada no adquiría ese indefinible amarillo cetrino de los criollos. Y el Hermano Pedro menos aún. Lo que adquirió el Hermanito Díaz a los tres años escasos de permanencia en la isla fue la definitiva palidez de la muerte. Cayó como primera semilla del árbol calasancio en el campo americano, para fructificar mucho después.

Los escasos datos positivos que se conservaron de la presencia del P. Míguez en Guanabacoa guardan relación con quebrantos de salud y con sus estudios predilectos, la Fisiología y las Ciencias Químicas y Naturales. Una infusión le intoxicó una vez inconscientemente. El médico no acertaba con el remedio. Pidió al P. Rector permiso para medicarse por su cuenta y en poco tiempo recuperó la salud.

Pero no fue de modo definitivo. Siempre andaba malucho. Aquel clima no estaba hecho para él. Y él, no obstante, callaba y seguía desempeñando como podía sus clases y dedicándose con pasión al estudio particularmente de la Hª Natural en la que reconocía como eximio cultivador al P. Clerch, que allí en la Escuela Normal de Guanabacoa estaba, hasta que pasó a regentar la fundación de Camagüey.

El año siguiente al arribo en las Antillas, el 1858, hubo nueva expedición de escolapios de las cuatro provincias. El nuevo provincial de Castilla, P. Inocente Palacios de la Asunción, cambió de táctica y envió nada menos que al que había sido maestro de novicios del P. Míguez y del P. Solís. El P. Pedro Álvarez del Espíritu Santo, con sus 46 años se embarcaba para Cuba en compañía del Hno. José Pardo que tenía 50

El que había sido bondadoso maestro se constituyó naturalmente en mentor y protector de quienes habían sido sus novicios, y ante el rumbo que tomaba la salud del P. Faustino y sobre todo ante la muerte del Hno. Pedro Díaz, informó al P. Inocente Palacios de la conveniencia del retorno del P. Míguez, si se quería evitar una segunda catástrofe. En 1860, desandaba en efecto la ruta por donde había cruzado el mar. En julio de dicho año volvía a quedar incorporado al Colegio de San Fernando en su antigua escuela de escribir.

Notas