BauFaustino/HACIA LA PROFESIÓN PERPETUA (De 1892 a 97)

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PROFESIÓN PERPETUA Y ATRACCIÓN DE GETAFE (1898 – 1902)
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HACIA LA PROFESIÓN PERPETUA (De 1892 a 97)

Los cuatro años penosos de inhibición que pasó el P. Míguez sin contacto con enfermos ni elaboración de medicinas, tocaban a su fin.

Sus hijas en Sanlúcar pasaban hambre y necesidad, y esto era lo más urgente. Por otra parte, ecos anteriores trajeron nuevos compromisos de enfermos y nuevos éxitos favorables, que determinaron un goteo continuo de suplicantes, pronto a transformarse en riada y en avalancha. Y para atender a tanto paciente se hacía precisa la preparación de medicamentos en gran escala.

“Aquí mi aprieto –dice él mismo – sin tiempo, local, ni medios al efecto, ni personas de confianza de quienes valerme” .En Getafe no contaba con aquel ascendiente moral que en Sanlúcar había tenido sobre los médicos de la localidad por la fama del análisis de sus aguas y el prestigio de la curación del catedrático de Sevilla.

Aquí era preciso comenzar de nuevo y eran de temer las denuncias de facultativos y farmacéuticos que podría considerar lesionado sus intereses.

Recurrió, pues, al arbitrio de preparar él mismo los extractos de los medicamentos y confiárselos a un Farmacéutico de Getafe que aportase el excipiente, los envasase, presentase y vendiese al público bajo su responsabilidad profesional y por un tanto por ciento.

Así se hizo por algunos años y recomenzó la cola continua de enfermos, sobre todo de Madrid, que iban en busca del Fraile de Getafe. Tomó un famulito llamado Víctor González, que le ayudaba en el laboratorio y que pronto sintió por el Padre una veneración y admiración profundísima. Él nos dice que la avalancha de enfermos llegó a veces a ser tal, que pusieron trenes especiales a Getafe desde la capital y la fama de sus curaciones superó en mucho la que en los días de Sanlúcar.

Y este es el momento de consignar una tradición divulgadísima cuyo origen hasta ahora desconocemos. Ambientemos antes la escena con unas pinceladas históricas para calibrar el alcance del acontecimiento.

Casi todo el siglo XIX, que entonces agonizaba, había sido para nuestra patria de continuos vaivenes y funestas revoluciones. Desde 1868 con la Gloriosa que destronó a Isabel II, madre de Alfonso XII , las cosas habían entrado en un torbellino de vértigo .A los Amadeístas sucedían los republicanos de primera República con sus facciones de cantonales y unitarios, mientras los carlistas revivían y se organizaban. En medio de aquella vorágine el general Martínez Campos proclama la Restauración de los Borbones en la persona del joven Alfonso XII que se educaba en el Colegio Stanislás de los Marianistas de París, y con aquella proclamación de Sagunto el país entra en una fase de paz y tranquilidad. Era ello el año 1875. Pero a los diez años, el 1885, precisamente cuando nacía sin ruidos en su rinconcito de Sanlúcar la Congregación de las Pastoras, moría prematuramente y sin sucesión masculina el rey Alfonso XII, dejando al país en la más sombría incertidumbre. Su esposa la reina María Cristina quedaba encinta. Si nacía varón, todo continuaría en paz; si nacía hembra, se temían la reincidencia en los tremendos desórdenes de antes de la Restauración. Afortunadamente nació Alfonso XIII, pero de mezquina y delicada salud. Considérese en aquellas circunstancias de la Regencia de la Reina Madre, la importancia nacional de la salud y vida del rey niño. Y en aquel ambiente de extrema responsabilidad tiene lugar la tradicional intervención del P. Míguez.

Una enfermedad en la cabeza tiene desahuciado de los médicos de la corte al real pequeñuelo. La Reina Madre en último y desesperado recurso hace llegar a Palacio secreta y oficiosamente al escolapio de Getafe. Recétale determinados globulillos .A la segunda visita el regio enfermito ha reaccionado favorablemente. El Padre Míguez prescribe nueva toma y puede ya decir confiadamente a María Cristina que esté tranquila; que la madre tendrá hijo y España tendrá Rey. Antes de partir el médico sin título, la Reina le ofrece generosa y agradecida cuanto desee. El humilde religioso responde que nada necesita; que otra Reina, la del cielo, ya les asiste. Y quedó asegurada la forma de gobierno de España hasta más de 36 años después.

La localización cronológica de este hecho debe situarse entre el 1892 cuando sale el Padre de su cuadernillo de inactividad médica y el 1896 cuando cumplía Alfonso XIII sus diez años. De concretar algún año nos placería el 95 para dejar algún tiempo de formación de la nueva nombradía, cosa no fácil de improvisar. Por otra parte si se aproxima demasiado al fin de siglo, quedan inexplicables las denuncias oficiales que surgen inmediatamente y que facilísimamente hubiera obviado la protección regia. Repetimos que no hemos hallado los fundamentos ni las fuentes de tal tradición.

Entre tanto allá en Sanlúcar de Barrameda la M. Ángeles González sorteaba dificultades y comenzaba con gran espíritu la expansión del Instituto. Una señora mejicana trató de beneficiar con alguna fundación caritativa a la población de Chipiona, no lejos de Sanlúcar y mediante los PP. Franciscanos de Regla vino a recaer el ofrecimiento sobre las Religiosas hijas de la Divina Pastora. Dichos Padres agenciaron el permiso del Cardenal Spínola, sucesor del dimisionario Fray Ceferino, y que miró a las Madres con no menos afecto que su predecesor. Con la venia asimismo del Padre, según suponemos ya que positivamente no consta, se aceptó la fundación y surgió así la segunda casa del Instituto.

Ante un gran disgusto que no nos quiso especificar, la Madre Ángeles dimitió su cargo de Superiora de la Congregación en manos del Vicario General de la Archidiócesis, y el Cardenal Spínola confirió el superiorato a la segunda de abordo M. Ceferina Herrero. Pero tras un año de gobierno que sería el 1894, agenció secretamente su salida o fuga del Instituto para ingresar en un convento de Córdoba, donde naturalmente el Obispo diocesano no le permitió el ingreso.

Tomó de nuevo las riendas de mando la Madre Ángeles por mandato del Cardenal Spínola, y creció el número de niñas en Sanlúcar, sobre todo el de gratuitas, en tal modo que precisó abrir dos sucursales, una en el Barrio Alto y otra en la calle de Barrameda, las dos en lo alto de unas bodegas, cedidas en su departamento superior por señores sanluqueños amigos del P. Faustino.

El 1896 se ofreció la fundación de Villamartín, a unos setenta kilómetros al éste de Sanlúcar. El Vicario ordenó consultar al P. Míguez quien puso la condición de que a los dos años debían ceder en propiedad casa definitiva. Pasaron allá seis religiosas, que trabajaron y gastaron mucho en levantar casa. Pero luego la villa no cumplió su promesa y el Padre mandó el abandono y vuelta de las Hermanas a Sanlúcar. Así que Villamartín quedó tan solo en fundación efímera y frustrada.

Una serie de pequeñas circunstancias en 1897 contribuyó a crear un ambiente de mayor formalidad y prestigio en torno a la Congregación. Tenían en depósito los Franciscanos de Jerez una preciosa imagen de la Divina Pastora, propiedad de la mitra. No tenían ellos gran interés en retenerla y aconsejaron que se pidiera formalmente al Arzobispo. Así lo hicieron las Hijas de la Divina Pastora y al poco, retocada por un buen escultor, la tuvieron en Sanlúcar, llenando uno de los más vehementes deseos de las buenas religiosas. Nombráronle camareras que llenaron de alhajas e iniciaron series de cultos y novenarios que daban vida a la capilla de casa. Y no eran las chicas mayores las que menos frecuentaban la devota imagen.

Sucedió, pues, que una de aquellas señoritas se encomendó a la Virgen y preguntó después a la Madre Ángeles su opinión sobre la representación de una comedia que habían organizado y estaban ya ensayando los jóvenes elegantes de la población, en la cual comedia tenía ella un papel principal y había alguna escena un tanto atrevida. La Madre no vaciló en aconsejarle que se desdijera del compromiso, pero en buena forma y sin crear disgustos. Estos, sin embargo llovieron a granel y recayeron sobre las monjas aguafiestas. Un hermano de la interesada llegó a amenazar con que por encima de la cabeza de la Superiora se tendría la función. La Madre contestó sin cobardía ni jactancia que por encima de su cabeza solo estaba Dios.

Y el día del último ensayo enfermó la interesada, Srta. Carmen Ángulo, que salía a la fuerza a las tablas, y el día siguiente fiesta del Corpus, en lugar de la comedia, se tenía el entierro de la pobre joven.

La impresión de todos fue dolorosísima, pero acreció el respeto hacia las monjas, al igual que la muerte de Ananías y Safira fue provechoso para la primera comunidad cristiana en tiempos de San Pedro.

Al enterarse de todos los detalles el P. Faustino que era íntimo de la familia Angulo , y que consultado antes por la familia misma se había hecho el indiferente sin dar gran importancia al problema planteado, recibió un disgusto imponente ,llevando su enojo hasta volver de sus enojos, aunque mediasen súplicas y perdones por carta. Y precisamente entonces surgía entre ellas un asunto difícil que necesitaba muchas consultas.

Pero dejémoslo para el próximo capítulo siguiente.

Notas