BauFaustino/HUMILDES COMIENZOS (1884-1885)

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OTRA VEZ EN SANLÚCAR (1880 a 1888)
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SINTESIS PROVIDENCIAL (1885)
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HUMILDES COMIENZOS (1884-1885)

El P. Faustino Míguez, sin dejar las tareas docentes de su colegio escolapio, ni las obligaciones religiosas de la comunidad en cuyo seno vive, empieza a sentir una preocupación nueva, centra su interés en algo que comienza a absorberle. La “escuela de amigas” de su confesada la Sra. Catalina García le atrae cada vez más. Siente la alegría de la catequesis e instrucción religiosa a las almitas de aquellas pequeñuelas, y piensa en le bien inmenso que se puede hacer a la sociedad cooperando al bien delas familias, bien al que puede cooperarse eficacísimamente educando en el santo temor de Dios a las futuras madres de familia.

Buena y fructífera es la sementera en el corazón de los niños, pero quizás más útil y necesaria la formación de la mente y el corazón de las niñas, que serán reinas de un hogar y maestras a su vez de una incipiente escuelita infantil cada una en su propia casa. Y a dos jóvenes que le piden consejo las induce a que se asocien a Catalina y le ayuden a retener más niñas y a que empiecen también a repartirles el pan de la instrucción. La “escuela de amigas” crece; y el P. Míguez, experto pedagogo va dando a las maestras orientaciones y enseñanzas que van introduciendo el orden y la eficacia en la labor. Aquello va dejando de ser una guardería infantil y juvenil para convertirse en algo más semejante a una escuela formal.

Las tres maestras se crecen, pero no es mucho lo que ellas pueden intelectualmente dar. Y el padre les deja caer la sugerencia fecunda: Si encontrasen una maestra titulada e hicieran todas labor de conjunto…

No cayó en saco roto la sugerencia. Dª Catalina tuvo ocasión de ir a Sevilla y habló con diferentes personas, sobre todo con le dignísimo caballero militar D. Gabriel Briones, algo pariente, quien le prometió hablar a la madre de cierta piadosa muchacha que acababa de terminar la carrera de Magisterio.

Regresó Dª Catalina a Sanlúcar y puso al padre al corriente de su gestión. Mediaron cartas y un buen día de los primeros del año 1885 se presentó en la Iglesia de los Padres escolapios de Sanlúcar la srta. Ángeles González León, preguntando por el P. Míguez. Y tras el diálogo en que se concertaron condiciones, sueldo, habitación, etc el padre le dijo confidencialmente: “¡Quién sabe si servirás para piedra fundamental de un gran edificio!”.

En el corazón de la joven no causaron de momento impresión singular. No pensaba otra cosa sino simplemente en un modo cualquiera de empezar a ejercer el Magisterio. Pero Dios iba a hacer lo demás.

Pocos días después era un hecho la colaboración de las cuatro mujeres para algo no bien definido todavía, pero que consistiría fundamentalmente en vivir unidas, regentar la escuela bajo la dirección de la Srta. Ángeles, la maestra titulada y llevar las cuatro una vida espiritual muy intensa bajo la tutela del P. Faustino Míguez

Y naturalmente el número de niñas aumentó extraordinariamente en la primitiva escuela de amigas de Catalina García y las cosas se precipitaron en pocas semanas.

Uno de aquellos días la maestra Ángeles fue a confesarse con el P. Míguez Se retiró a un rincón de la Iglesia después de la absolución y empezó a sentir la voz de Dios en el interior de su alma, por la compasión que le daba ver tan mal de personal apto una obra que empezaba y que podía dar mucha gloria a Dios. Le gustaban mucho los consejos uy reflexiones que le hacía el PF; y después de las frecuentes confesiones los notaba más grabados en su corazón.

Ella antes no había notado jamás impulsos de vocación religiosa; pero pedía ahora al Señor luz y gracia especial para cumplir su santa voluntad.

Hasta que en otra ocasión, después de comulgar, sintió una aflicción interior tan grande que se echó a llorar amargamente. Nunca había pensado en una gracia tan especial para ella, después de una vida bastante indiferente y pobre en las cosas de Dios. Y en estas reflexiones estaba cuando el P. Míguez la llama al confesonario y le dice resueltamente en nombre de Dios que ella es la escogida para emprender en serio la obra.

Él se había preocupado de alquilar un local más espacioso en la calle Carril de S. Diego; había comprado el menaje indispensable para comenzar. Había pedido el permiso competente para abrir una escuela privada regentada por una maestra titulada y había llegado efectivamente la autorización favorable del Ministerio.

A principios de abril de 1885 se hizo el traslado y quedó abierto en Sanlúcar un nuevo establecimiento docente, sin más particularidad que la de vivir habitualmente en la misma casa-escuela las cuatro mujeres que la habían organizado y que bajo la autoridad y mayor capacidad de la Srta. Ángeles formaban una especie de rudimentaria o embrionaria comunidad.

Aquello ya va tomando cuerpo; pero el mismo P. Faustino que las ha embarcado no tiene aún bien definida la idea que le mueve y sobre todo no ve claro que pueda y deba meterse él personalmente a fundador. Porque efectivamente, mientras el asunto no pasó de explicar la doctrina cristiana en la primitiva guardería, nadie se preocupó del quehacer del P. Faustino. Pero apenas se vio que la cosa pasaba a mayores que se metía ruido y que las mejores familias sanluqueñas enviaban a sus hijas a la nueva escuela, se alzó el clamor de los eternos criticones, entre los cuales por desgracia no escaseaban los hermanos de hábito del propio P. Míguez.

La recriminación permanente de que un escolapio no debía ni podía meterse en zarandajas fuera de su Colegio se lanzó entonces y no se cesó de repetir. Más maliciosa era la especie de cuán turbia sería la procedencia de los dineros con que un pobre de profesión religiosa hacía frente a los primeros gastos.

Los dardos de la maledicencia comenzaban ya a afilarse, cuando eclesiásticamente aún no había nada. Se había abierto legalmente una escuela; se habían reunido tres mujeres bajo la dirección de una señorita más capaz que ellas por su carrera y su formación. Eso era todo.

Notas