BauFaustino/MÁS AMARGURAS (1890 – 91)

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MÁS AMARGURAS (1890 – 91)

El hecho que vamos a relatar en este capitulillo es quizá penoso de la del P. Faustino, y su relato el más difícil. Quizá lo permitió el Señor para darnos la oportunidad de que, llegados sus instrumentos documentales a Roma y salvado allí de la persecución que ha hecho perecer los archivos de casi todas las Corporaciones Religiosas en el nefasto año 1936, pudiéramos ahora a través de sus agrias líneas llegar a conocimiento de algunos hechos y circunstancias, que sin estas cartas romanas no hubiéramos sabido jamás.

El año 1890, a raíz del dos de agosto , fecha de la Profesión de votos simples con que se ataron a su Dios las cinco hasta entonces Novicias, ya vimos cómo el Cardenal Fray Ceferino González se dolió de la soledad en que habían quedado sus Pastorcitas privadas de su Director y Padre. Fuera por espontáneo impulso, fuera a ruegos de ellas o de otros que han quedado en el misterio, lo cierto es que tanto el Cardenal Arzobispo como otras muchas personalidades empezaron a menudear cartas y besalamanos al M. R.P. Provincial de Castilla, Marcelino Ortiz de la Natividad de Ntra. Sra., sin dejar de dirigir alguna que otra al Rmo. P. Vicario General Manuel Pérez y al P. Rector del Colegio de San Antón de Madrid, Tomás Sáez, coincidentes todas en la unánime petición de que el P. Faustino Míguez fuera reintegrado a su Colegio de Sanlúcar de Barrameda, o trasladado a la reciente fundación de Sevilla.

Que las personalidades demandantes eran de influencia y peso no cabe duda. De entre las del brazo eclesiástico el Cardenal Arzobispo como hemos visto, y el M. I. Sr. Deán de la Santa Iglesia Catedral de Sevilla; del brazo académico el Magnífico Sr. Rector de la Universidad Literaria de Sevilla; del estado civil y político el famoso diputado conservador, entonces subsecretario de Gobernación y luego Presidente del Consejo de Ministros, D. Joaquín Sánchez de Toca , y el insigne jerezano D. Miguel López de Carrizosa y Giles, marqués de Mochales, diputado por el Puerto de Santa María , senador del Reino y subsecretario del Ministerio de Hacienda. Esos, que sepamos. Y del estado llano, serían innumerables.

El número y la calidad de las recomendaciones o reclamaciones impresionaron a los Superiores y aun las cosas se enredaron algún tanto porque en el Colegio de las Escuelas Pías de Sanlúcar desde que marchó el Padre Míguez había entrado el desconcierto y faltaba peso y aplomo entre la gente demasiado joven, sin lastre ni contrapeso de experiencia y de años.

Y sucedió que el P. Marcelino Ortiz, de por sí, o mal aconsejado por algún adlátere, se destapó con una carta terrible dirigida al P. Faustino, que hacía más de dos meses había vuelto de Sanlúcar y estaba tranquilamente en Getafe dedicado a sus clases y a su confesonario, sin saber ni una sola palabra de cuanto se estaba agenciando por el mundo para moverle de su santa quietud y retiro.

La carta del Provincial de Castilla era realmente ofensiva. Reconocía que el Padre había sido siempre buen religioso y tenaz en el trabajo; pero por malaventura suya se le ocurrió hacer historia de cosas que no sabía más que por malintencionadas sugerencias, y de los gavilanes de su pluma cayeron palabras mortificantes, conceptos depresivos y desprecios innecesarios, envueltos todos en la suposición temeraria y absolutamente falsa de la intervención directa y positiva del Padre en la organización de todo el tinglado.

“De una forma u otra – le decía con imprudente ligereza – su honra de buen religioso le obliga a protestar e insistir con los recomendadores a que desistan de tales recomendaciones… El religioso que busca recomendación o no la rechaza, quiere hacer su voluntad y va directamente contra el voto de Obediencia… Apenas fundó Vd. la referida Asociación, vivía V. R. más para ella que para la Escuela Pía. Pasaba casi todo el día en la casa de las Asociadas escatimando los minutos al Colegio, lo que dio que decir dentro y fuera … aflojaron los bríos que siempre desplegó V.R. en sus clases…hasta tuve quejas formales de los exámenes de sus alumnos … Prescindo de las quejas por haberse metido a curandero… Comprendí o me malicié que todas las recomendaciones eran promovidas por Vd. mismo… Veo el peligro que hay en que vuelva V.R. a Sanlúcar… No accedí ni accederé a su traslado… Ha creado V.R. un gravísimo disgusto y conflicto a los Superiores…”

De este tono eran las recriminaciones violetas y virulentas del P. Marcelino.

La reacción del Padre fue la de no sentirse herido en su persona privada, pero sí en su carácter de Director de una Institución de pleitos y apelaciones, en carta que lamentamos se haya perdido aquí en España. Y entonces el P. Míguez le contestó con otra larga epístola en la que rendidamente se somete a cuanto el P. General le ha rogado. “Sea así”, Reverendísimo Padre, sea así, y reciba mi acción de gracias.” Así comienza la carta. Ese era el epílogo de humildad que había que esperar del óptimo religioso, después de vilipendiado.

Pero tras la sumisión humilde y la obediencia perfecta el Padre Míguez pide al P. General romano que era el P. Mauro Ricci de San Leopoldo, permiso para explayarse, y con estas confidencias adquirimos noticias que agradan la personalidad del Padre Faustino en grados insospechados.

Resulta de sus sinceras afirmaciones que el P. Faustino en el desempeño de su misión docente fue un profesor sencillamente extraordinario. De 35 cursos académicos consecutivos (incluye toda su vida escolar hasta entonces, tanto de primaria como de bachiller) sus incontables alumnos solamente experimentaron el sabor amargo de ¡tres! Únicos suspensos, y los tres precisamente en una misma asignatura de las muchas que explicó. Y añade con ironía: Son menos en todo ese tiempo, que el P. Marcelino o el P. Manuel Pérez han tenido en cada asignatura y en cada año. Y en cuanto a Sanlúcar, el Padre que se encargó de sus asignaturas el año de su partida, tuvo nada menos que 28 suspensos.

Realmente apenas habrá pedagogo en la historia del Magisterio que pueda presentar un historial tan limpio y brillante como esa serie de cursos y de listas de alumnos aprobados, salpicada tan solo de tres bien contados suspensos. Nos atrevemos a sospechar la envidia posterior del P. Carlos Lasalde el gran teórico de los tratados de Pedagogía.

Con razón después de tantos laureles en el palenque de prueba del verdadero escolapio, el ilustre maestro podía exclamar amargor en los labios: “¿Es acaso hacer una observación echar pellas de barro a la cara de un religioso sexagenario que en nada se mete, que siempre está en casa y no atiende sino a sus obligaciones?” Y piénsese que el venerable sexagenario, aún permanecería un decenio más, en el campo de lucha, en la tarea de la enseñanza, cumpliendo como buen escolapio hasta más allá de lo que la Regla pedía, hasta casi cumplir como San José de Calasanz el cincuentenario, las bodas de oro con la enseñanza efectiva

¿Y es para mí un crimen –añade – haber desempeñado mis obligaciones durante tantos años y haberme portado en ellas de tal manera que me haya conquistado la amistad y benevolencia de muchas personalidades investidas de alta dignidad civil y eclesiástica, que me han ofrecido el Obispado y ventajosísimas proposiciones que muy pocos hubieran rechazado, y que yo siempre postergué al amor de mi santo hábito?

¡Bendito sea el Señor que nos ha permitido dar con algo del Obispado! Porque en las anteriores biografías del Padre, se reitera la afirmación de que le brindaron con una Mitra, y al no aceptarla él, la ofrecieron a su hermano Antonio el párroco de Santabaya, que tampoco la aceptó. Ignoramos el fundamento de tales aserciones y nos quedamos con que la única basa histórica hasta el presente para el ofrecimiento del Obispo son las escuetas palabras que al propio interesado le acabamos de oír.

Notas