BauFaustino/MADRID, GETAFE. CELANOVA (1860 a 1869)

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EN LA ISLA DE CUBA (1857 a 1860)
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BauFaustino/MADRID, GETAFE. CELANOVA (1860 a 1869)
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SANLÚCAR DE BARRAMEDA (1869-1872)
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MADRID, GETAFE. CELANOVA (1860 a 1869)

Si es cierto, como se ha repetido, que en Cuba el P. Faustino desempeñó brillantemente clases de Hª Natural, debió de sufrir no pequeña desilusión, cuando, de vuelta a España y no bien restablecida su precaria salud, le destinaron a la misma clases de escribir de S. Fernando de Madrid, que le había absorbido el primer año de su docencia, antes de su partida a Guanabacoa.

Porque lo que consta con toda certeza es que en Madrid tuvo primera enseñanza otra vez dedicado a la misma tarea de comunicar su correcta caligrafía a los pequeñuelos, con todos los aditamentos y variantes que completaban la llamada clase de escribir. Fundamentalmente la enseñanza primaria abarcaba entonces la escuela de leer, que si se subdividía, comenzaba por una de párvulos llamada la escuela de Chafallada. Veníale este nombre de una frase extravagante que pretendía tener todas las consonantes y que habría de servir de clave para un rápido aprendizaje del deletreo y del silabeo. La frase era, si no recordamos mal: mañana vendrá chafallada la gayata caparajabarra.

De la clase de leer se pasaba a la de escribir. Tener un buen carácter de letra era entonces parte integrante de la educación. Las recetas médicas alardeando de ininteligibles y la difusión de máquinas de escribir han quitado ahora valor a lo que se tuvo en tan alta estima.

La escuela de cuentas coronaba el ciclo primario. Y a veces se refundían las cuentas con la escritura. La doctrina cristiana entraba naturalmente en todos los grados. Por aquellos años, con la ley Moyano que había aparecido en 1857, la diversidad de asignaturillas como la Urbanidad y la Geografía y la Historia comenzaron a animar la primera enseñanza que pecaba antes de excesiva monotonía.

Nuestro P. Míguez se afanó en inculcar la famosa letra escolapia, al par que trataba de grabar en las almas las graves sentencias de religión y moral que trazaba para muestras.

Transcurrido un año en S. Fernando la obediencia le llevó a Getafe con la misma clase de primaria y en aquel importante colegio, que sería más tarde el tramo más largo de su carrera, el palenque de sus combates más meritorios y la cátedra de sus enseñanzas más eficaces, se mantuvo seis años de continuo ajetreo con los niños de primaria en esa labor de desbrozo y primer laboreo de inteligencia y corazones infantiles, tanto más agradable a los ojos de Dios cuanto oscura y humilde a los de los hombres.

La figura del P. Faustino se hizo en Getafe conocidísima, sobre todo de las tandas de niños que pasaban por sus manos y que años después, ya mayores, aureolarían su renovada presencia con halo de veneraciones y respetos.

El bienio de 1866 a 1868 fue quizá el más feliz para el carácter de nuestro padre. Su afición a los altos estudios contrastaba tal vez demasiado con su escuela de primaria. Desde el año 66, organizado el colegio de Getafe en centro de segunda enseñanza agregado a los Institutos de Madrid, conforme al Plan de Claudio Moyano, el P. Faustino se encargó en él de las clases de matemáticas y comenzó a través de sus alumnos de bachillerato la carrera de sus grandes triunfos académicos. Pertenecía al grupo de educadores graves y austeros, más que al de benévolos y optimistas. Hacía trabajar hasta con dureza. Trabajaba él a su vez con tenacidad inquebrantable. Explicaba y desmenuzaba con paciencia y sobre todo con claridad asombrosa. Preparaba con minucioso cuidado la tarea de cada día. El día de los exámenes en el Instituto era el día de su triunfo. Al P. Faustino no le suspendían los catedráticos ni un solo alumno. La Escuela Pía en cierto modo acababa de descubrir uno de sus valores más auténticos en aquel profesor de segunda enseñanza que contaba entonces 35 años.

Pasáronle inmediatamente al internado y fue allí en Getafe el curso 67-68 Director de internos sin dejar las clases de matemáticas, pedestal de sus sólidos prestigios.

Pero aquel año de 1868, las aguas de la política española volvieron de nuevo a enturbiarse y encresparse. La “Gloriosa”, nombre que se le dio a la revolución triunfante en Alcolea, desterró a Isabel II. Y sobrevinieron días de perturbadora agitación.

Ello no obstante, como los acontecimientos revolucionarios tomasen esta vez tinte más político y dinástico que antirreligioso, las Escuelas Pías continuaron, apolíticas e impertérritas, su labor docente y aún se atrevieron a la apertura de nuevos colegios.

Se había erigido la Provincia escolapia de Castilla en 1753, desglosando de los de Aragón los cuatro colegios de San Fernando de Madrid, Getafe, Almodóvar y Villacarriedo. Pronto fundó el de San Antón (1754), luego el de Archidona (1757) y por breve tiempo el de León (1799-1808).

Las revueltas de la primera mitad del siglo XIX paralizaron su crecimiento; pero tras la restauración de 1845, se fundó Granada (1860), Yecla (1857), Úbeda y Alcalá de Henares en 1861, y finalmente en 1868 iban a abrirse, a pesar de las turbulencias políticas, Sanlúcar de Barrameda en Andalucía y el colegio de Celanova en el antiguo monasterio de Benedictinos llamado por su magnificencia el Escorial de Galicia. Contó, pues, la Provincia seis colegios antes del ingreso del P. Míguez, e iba ya a sumar doce con los otros seis que se abrían después de vestido el hábito por el P. Míguez.

Sabemos que Celanova era cabeza del partido judicial a que pertenece Acebedo, patria del P. Míguez.

Para acreditar la fundación de Celanova creyeron los superiores, P. Ramón del Valle, Vicario General y P. Pascual Peña, Provincial de Castilla, que nada más oportuno que sacar de Getafe al P. Faustino y agregarle a la comunidad fundadora. Él sería el prestigio cultural y académico del naciente colegio. Él marchó en efecto en alas de la obediencia y él tuvo con universal admiración y aplauso el discurso inaugural

Podría parecer que el apego a los suyos y a su tierriña iba a afincar por mucho tiempo en Celanova el hijo de Acebedo. Pero no contó quien tal pensase con la rectitud inquebrantable de su carácter ante lo que su conciencia le presentó como ineludible deber.

Correspondía celebrar aquel año capítulos locales para poder celebrar los capítulos provinciales y proceder en 1869 a la celebración del Capítulo del Vicariato General en Madrid.

Algunas serias irregularidades debió ver en la administración del nuevo colegio, cuando en la Relación que se hizo del Estado de la Casa para llevarla su Rector al Capítulo Provincial, nos hallamos con que el P. Míguez y el P. Francisco Blanco no quisieron firmarla, por razones que se reservaban. Ambos escribieron sendas cartas, que por mano del P. Hemeterio Rubio vocal de Granada entregaron al presidente del capítulo para que las leyera a los capitulares pero el Capítulo decidió que se tuvieran por no presentadas.

Al verificarse el Capítulo General, el P. Hemeterio trató de demostrar que la venerable asamblea estaba viciada de nulidad, por tener en su seno vocales inválidamente elegidos en uno de los Capítulos Provinciales, ya que el Capítulo Provincial de Castilla estuvo a su vez viciado de nulidad, por la presencia del Superior de Celanova, el Estado de cuya casa no habían podido firmar en conciencia algunos subordinados.

El Capítulo General estimó que aun concediendo las pretendidas irregularidades, estas no estaban sancionadas con privación de voz activa; y por tanto la presencia del Rector de Celanova no viciaba el Capítulo Provincial de Castilla ni la presencia de los vocales por este elegidos viciaban en modo alguno el Capítulo General. Pero a pesar de todo ello y para mayor abundamiento, recabarían de la Santa Sede, como lo hicieron efectivamente enviando ex profeso al P. Martra, la sanación en raíz de los defectos que hubiere.

Fue pues correcto el proceder de los Capitulares, aunque dejó en los reclamantes de Celanova el amargor de no ver sancionados los defectos que trataban de corregir. El P. Faustino particularmente se sometió de hecho a las decisiones capitulares y acató a los Vicarios Generales como a Superiores de hecho. Pero guardó siempre en el alma la impresión dolorosa de su deficiente justificación objetiva y se alegró indudablemente a lo largo de sus días de ver llegar la supresión de la secular institución del Vicariato.

Lo interesante de este desagradable incidente, lo aleccionador de este primer choque con las imperfecciones humanas y el dolido resentimiento de la impotencia para suprimirlas, fue que además el P. Faustino cargó aquella vez con la nota de arbitrario e indócil y se le sacó de Celanova con obediencia a un colegio lejano. A la también reciente fundación de Sanlúcar de Barrameda.

Pero allí le esperaba el Señor para darle a conocer de antemano el escenario de su futura gran obra y para darle a gustar de momento las satisfacciones y alegría más intensas.

El P. Míguez se va aproximando al sitio y momento de sus providenciales destinos.

Los exámenes de bachillerato se celebraron en el colegio de Celanova aquel año con la asistencia del Rector de la Universidad de Santiago de Compostela conforme a las normas del Decreto del ministro de Fomento, Ruiz Zorrilla; y en ellos los alumnos de los PP. F. Míguez y Felipe Fernández rayaron tal altura que el Rector compostelano realmente entusiasmado declaró a la comunidad que centros culturales como el que acababa de demostrar su sobrada competencia en Celanova, no debían incorporarse a os Institutos, sino reclamar para sí la enseñanza libre, sin la rémora de las trabas oficiales.

El P. Faustino participaba de la opinión del rector universitario, en oposición al criterio de los superiores de la Orden que estimaban más conveniente la incorporación al Instituto oficial. Y esta nueva divergencia contribuyó sin duda a su traslado tal vez demasiado prematuro, para parecer normal y corriente.

Pero había otro tribunal en que obtenía el PM triunfos de mayor consistencia y envergadura. En el tribunal de la penitencia se destapó entonces como maestro consumado y apóstol incansable.

Y con tales prestigios de maestro eximio y confesor celoso, con la doble aureola de su saber y su piedad, veámosle ya trasladado de Galicia a Andalucía, en el nuevo palenque que la obediencia le asigna.

Notas