BauFaustino/NOVICIADO Y JUNIORATO (de 1850 a 1855)

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VOCACIÓN ESCOLAPIA (1850)
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INICIACIÓN EN EL SACERDOCIO Y EN EL MAGISTERIO (1855-1857)
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NOVICIADO Y JUNIORATO (de 1850 a 1855)

Formulado el propósito y manifestada la resolución a sus padres, Manuel no encuentra dificultades para llevarlo a cabo. Después de todo, aunque la Escuela Pía no tiene colegios por la región gallega, hay una docena de escolapios galaicos que profesaron en la provincia de Castilla en el primer tercio del s. XIX. Cuatro de aquellos eran precisamente naturales de Celanova y los padres de nuestro aspirante no dejarían de saber de ellos para dejar correr a su hijo por senda trillada ya.

Tenía, o mejor dicho, abrió entonces la provincia de Castilla dos casas de Noviciado, una en Villacarriedo (Santander) y otra en San Fernando de Madrid. A esta última se encaminó desde Acebedo el hasta entonces Manuel Míguez.

Pidió la sotana calasancia, puesto que con las ceremonias su vestición daba comienzo el noviciado canónico, y al despojarse de su anterior traje eclesiástico para tomar la nueva librea, quiso cambiar hasta de nombre para emprender una vida completamente nueva, y por supuesto de más acuciantes empeños por lograr la perfección espiritual. Dejó el nombre de Manuel y tomó el de Faustino sin que sepamos las razones íntimas que le indujeron al cambio. También nosotros habremos de olvidar el tantas veces citado sustantivo propio Manuel “Dios con nosotros”, para n volver a ocuparnos sino del Hermano Faustino, y luego hasta sus 94 años del breve pero inconfundible nombre de P. Faustino.

Tuvo lugar aquella vestición de hábito y comienzo de vida religiosa el 5 de diciembre de 1850. Duraba normalmente dos años la prueba noviciado y fueron bien cumplidos e este caso, pues permaneció novicio el hermano Faustino hasta el 16 de enero de 1853.

Si siempre se había preocupado seriamente del ejercicio de la virtud y del adelantamiento en las vías del espíritu, puede afirmarse sin atenuante que los 25 meses de su formación y prueba fueron los más intensos y fecundos para su orientación definitiva hacia las simas de la santidad.

Compartió su noviciado con quince connovicios, de entre los que dejó más largo recuerdo el Hermano Marcelino Ortiz de la Natividad, Provincial que fue de Castilla, y por cierto no el más afecto al Hermano Faustino Míguez de la Encarnación. Mas con esto hacemos alusión a tiempos muy posteriores. Allí en el noviciado reinaba la más afectuosa cordialidad y los ejercicios de perfección no mermaban un ápice de la sana alegría que fundía los caracteres de las más variadas regiones. Los había madrileños, burgaleses, asturianos, cartageneros, manchegos y hasta aragoneses. Orensanos había dos: el hermano Federico López, de Castro de Escuadro, y nuestro Hermano Faustino, de Acebedo.

Sobre todos derramaba por igual sus atenciones y desvelos el Maestro de Novicios, el citado P. Pedro Álvarez del Espíritu Santo. Mente cultivada en Humanidades y Retórica, preparó las numerosas y siempre mejoradas ediciones de la Gramática latina del P. Hornero, libro de texto donde han bebido sus clásicas latinidades las generaciones de la Escuela Pía Española. Publicó un tomito de Retórica del más atildado gusto, para la formación literaria de sus novicios y neoprofesos. Dio a la estampa una Gramática Castellana y se disputaron sus reimpresiones los editores y libreros de Madrid hasta 1874.

Mas era en la parte espiritual donde brilla con luces más nítidas el magisterio del P. Álvarez. Conforme a las normas de S. José de Calasanz ejercitaba vigorosamente a sus novicios en todo género de devoción, en la oración y en la lectura espiritual, en la meditación y en las varias mortificaciones, en la humildad del hábito y en la bajeza de los ministerios, en el silencio y en la modestia e los ojos, en todo cuanto moldea para la victoria sobre las pasiones a semejanza con Cristo Jesús.

Y más especialmente cuidaba de que se avezasen a quebrantar su propia voluntad y juicio y a sobrellevar con paciencia y mansedumbre los alfilerazos que hieren el amor propio.

El Hermano Faustino se entregó con ardor y aprovechamiento a los estudios humanísticos, aunque sus aficiones, como se vio después, le llevaban más bien hacia las ciencias de la naturaleza, pero en el tomar a pecho su formación espiritual y la adquisición de las más sólidas virtudes a nadie cedió la palma.

Así probada la sinceridad de su vocación, fuele dado emitir los votos solemnes en la que fue grandiosa iglesia del colegio de S. Fernando, el 16 de enero de 1853.

No había introducido todavía el gran Pontífice Pío IX la sapientísima innovación de que a los votos solemnes precedieran tres años de votos simples. Por lo que se refiere a la madurez de la edad de veintiún años, en ellos estaba el Hermano Míguez, cerca ya de los veintidós.

Con plena deliberación y conciencia de sus responsabilidades hizo la total entrega de su ser a Dios mediante los votos solemnes de pobreza, castidad, obediencia y enseñanza. Y los cumplió con fidelidad durante la larga jornada de los 72 años que aún le quedaban de vida.

Manejó en algunas épocas grandes sumas de dinero, pero procedió siempre con la aprobación y permiso del Rmo. P. Vicario General, que era entonces su suprema autoridad corporativa, y vivió en cuanto a su persona como verdadero pobre, en la comida, en el vestido, en el ajuar... que la magnanimidad en el emprender no está reñida con la austeridad de la pobreza en el vivir.

Guardó con esmero exquisito la flor delicada de la castidad. Y aun cuando la misión de fundar una corporación femenina le obligó a alternar con no pocas religiosas y seglares, la tendencia adusta de su carácter, un tanto acentuada al tratar con ellas, puso diques infranqueables a posibles arrumacos y roncerías de temperamentos mujeriles y meridionales por añadidura.

Y cumplió el voto de obediencia en la dura verdad de difíciles pruebas, como la de ser el primer escolapio de Castilla que cruzó por obediencia el Atlántico, y la del traslado de Sanlúcar a Getafe cuando más necesaria parecía humanamente su presencia para la consolidación de su reciente fundación sanluqueña

Y del voto de enseñanza no hace falta ponderar gran cosa. Comenzó por la escuela de escribir y terminó enseñando preferentemente las Ciencias Naturales. Hubiera podido, según las santas Constituciones, dejar la escuela sexagenario, con 38 cursos de docencia activa. Y prosiguió no obstante, en la enseñanza hasta que le abandonaron las fuerzas para la clase, hacia 1917 con 63 cursos de labor efectiva. Verdaderamente pudo celebrar las bodas de plata y las de oro con su cuarto voto de especial cuidado sobre la erudición de los niños. Al Santo Fundador y Patriarca S. José de Calasanz pasó 51 años entre niños, desde Sta. Dorotea hasta su última comunión en S. Pantaleón. No le quedó atrás en ello su amante hijo el P. Faustino.

Y en cuanto a sus éxitos docentes él mismo pudo declarar en instante de urgencia, que a través de un periodo de 35 cursos académicos de segunda enseñanza sólo había tenido el disgusto de tres suspensos entre todo su incontable alumnado en las múltiples asignaturas de que tuvo que encargarse. ¡Qué poquísimos escolapios podrán alardear de estadística semejante!

Terminado con la profesión el santo noviciado, el Hno. Míguez quedó en el mismo colegio de S. Fernando de Madrid, en calidad de estudiante neoprofeso. Sus estudios anteriores en el Santuario de los Milagros le facilitaron la tarea; pero no pudo prescindir de los otros tres años de estudio que con el segundo de noviciado constituían el cuatrienio fundamental de la formación escolapia de entonces.

Precisamente en S. Fernando pasaba largas temporadas el Rmo. Comisario Apostólico P. Jacinto Feliú de la V. de los Ángeles y él era quien a raíz de la restauración escolapia de 1845 había impuesto un plan de estudios que elevara el nivel intelectual de los escolapios de la nueva hornada.

Era eminente en las matemáticas el P. Feliú y acababa de publicar para la Academia Militar de Segovia los seis volúmenes de aquellas ciencias, desde la Aritmética hasta el Cálculo Diferencial e integral; por lo que su plan de estudios abarcaba en dos grandes corrientes paralelas grandes dosis de teología con otras no menores de ciencias matemáticas.

Con todas apechugó con gusto el Hno. Míguez y echó así bien hondos los cimientos de su formación sacerdotal y de su ulterior imposición en las ciencias de la naturaleza y del hombre, que agregó a sus conocimientos de Dios.

Fueron pues los años 1852, 53, 54 y 55 los de sus estudios eclesiásticos y científicos propiamente dichos. Tras los cuales se dio por oficialmente terminada su carrera y recibió la ordenación sacerdotal.

Entonces mismo se le confió la escuela de escribir del propio colegio de S. Fernando, a la mira del Rector P. Inocente Palacios de la Asunción, otro literato, pedagogo y publicista de tanto o más empuje que el P. Pedro Álvarez.

Y el Hermano Faustino dejó de ser el Hermano, para comenzar a ser sacerdote escolapio completo, el definitivo P. Faustino Míguez de la Encarnación.

Notas