BauFaustino/OTRA VEZ EN SANLÚCAR (1880 a 1888)

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EL ESCORIAL Y MONFORTE DE LEMOS (1872 a 1880)
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OTRA VEZ EN SANLÚCAR (1880 a 1888)

Aludiendo el historiador P. Calasanz Rabaza a la vuelta de los Escolapios a Sanlúcar después de la sublevación del cantón de Cádiz, consignaba: “la hospitalaria ciudad, que en otros tiempos había recibido al insigne genovés a la vuelta de su último viaje al Nuevo Mundo, tenía nobleza de sangre, abundantes riquezas, alegría perenne, delicioso clima, sentimientos tradicionalmente nobles…” Y en conformidad con ellos –añadamos-recibía con jubilosa amistad al egregio y sabio religioso que había dejado otrora fehacientes testimonios de su competencia y de su cariño a la población, y que después de ocho años volvía a la misma a renovar sus laureles.

La comunidad escolapia, gobernada entonces por el P. Antonio Miguel Escolano hasta 1885 y por el P. Alejandro Corrales desde dicha fecha, estaba compuesta sobre poco más o menos por ocho adres para dirección y bachillerato, tres jóvenes para la primaria y tres hermanos operarios , manteniendo entre los 14 un internado de unos ochenta colegiales y un externado de 320. Total de alumnos 400, de los cuales 130 eran de segunda y 270 de primera enseñanza.

No estaban por tanto sobradamente recargados de tarea y a nuestro P. Míguez, que junto con el P. Merry eran los más antiguos de la comunidad, encargaron las clases de Física e Hª natural, con la de Fisiología e Higiene. Estaba libre de internado y disponía por lo mismo de más tiempo que nunca para sus estudios y para el confesonario.

En los estudios siguió cultivando con creciente interés y éxito el aspecto de la aplicación práctica de sus conocimientos médicos y botánicos a la confección de medicinas y específicos que lograban éxitos cada vez mayores.

De entre los recuerdos del venerado padre conservados con todo cariño, nos enseñó una religiosa un tomito en 8º de 334 páginas, primero de una serie publicada en Valencia en 1839. Su título era: “Manual de medicina práctica”, fundado en la experiencia de cincuenta años por C. Guillermo Hufeland, catedrático de clínica en la universidad de Berlín y primer médico del rey de Prusia. Traducido al castellano por D. Ignacio Vidal, profesor de medicina. Tomo I. Tiene el sello del colegio de las Escuelas Pías de Sanlúcar y grabado con estampilla el nombre del P. Míguez. Nos complació el hallazgo porque es prueba documental y real de que las afirmaciones sobre los estudios de medicina a que se aplicaba con interés el P. Faustino no son cosa puramente hipotética.

Y de que efectivamente iba inventando medicamentos que surtían efectos notables, y de que sin llegar a ejercer como un profesional con sola la observación externa del rostro y las actitudes se permitía señalar y aconsejar remedios que no simplemente consolaban sino que efectivamente curaban a muchísimos pacientes, la fama se encargó de divulgarlo y pronto veremos de ella cómo no fue rumor de milagrerías y curanterismos, sino reconocimiento por parte de facultativos de mucho renombre, de sus conocimientos médico científicos y de su envidiable ojo clínico para aplicarlos.

La otra de las dos ocupaciones que llenaban las horas sobrantes del buen escolapio, después de cumplidas sus obligaciones esenciales de clases y actos de comunidad, fue el apostolado sacerdotal del confesonario. Era felicísimo en la sabia y prudente dirección de almas, que se dejaban guiar por sus consejos y participaban de las luces de un confesor tan ilustrado cuanto piadoso.

Entre los muchos que le tenían por director espiritual contábase una buena mujer que cada vez le cobraba mayor confianza dentro del reverencial respeto. Se atrevió una vez a invitar al padre a que visitase la escuelita que ella regentaba y el padre aceptó bondadoso. Como sacerdote y como escolapio se interesó por la formación intelectual moral y religiosa que la buena mujer podría dar a sus alumnas. Y vio de cerca el problema pavoroso de la instrucción de la mujer en general, en aquella provincia y por aquellos años.

¡Qué importaba que en la Iglesia de Dios hubieran surgido ya muchas almas abnegadas que se dedicaban a la educación de las niñas si por allá por Cádiz no llegaba ninguna de ellas!

Bien sabía él que del propio tronco calasancio habían brotado ramas pujantes y llenas de vitalidad en beneficio de la instrucción y educación femeninas. En la provincia escolapia de Cataluña desde hacía unos cuarenta años había surgido el Instituto de Hijas de María Escolapias fundadas por M. Paula Montal, piadosa joven de Arenys de Mar que había empezado por una escuela de costura en Figueras, bajo la dirección de los PP. Jacinto Feliú y Agustín Casanovas. En Vorselaer de Bélgica crecía vigorosa la Congregación de Hermanas de las Escuelas Cristianas de S. José de Calasanz. En Florencia de Italia se derramaba en caridades para las niñas y niños más abandonados la M. Celestina Donati y sus hijas que tomaban el nombre de Hijas pobres de S. José de Calasanz. Por todo el mundo son incontables las corporaciones femeninas dedicadas a la enseñanza.

Pero ni de Cataluña, ni de Bélgica, ni de Italia, ni de ninguna otra parte iban religiosas a enseñar a las niñas sanluqueñas y era preciso y urgente remediar aquel abandono circunstanciado y concreto.

El analfabetismo, particularmente de la mujer, cundía por la provincia de Cádiz. Aun las niñas de buenas familias no tenían más instrucción que la rudimentaria y deficientísima de las escuelas particulares, llamadas “de amigas”. Estas escuelas, o mejor dicho, estas reuniones de niñas, solían estar dirigidas por una mujer sin título, y a veces de escasos conocimientos, que, por una mezquina retribución, recibía y cuidaba a las niñas durante horas enteras; en este larguísimo tiempo no hacían otra cosa que cantar la doctrina y las tablas de sumar y multiplicar, añadiendo a veces algo de costura y labores rudimentarias. Y a pesar de ello, las mamás estaban tan contentas porque “se quitaban a las hijas de encima y las tenían recogiditas y además… ¡algo aprendían!

Una de estas improvisadas maestras era la confesada del P. Míguez. Su impresión a la vista de tanta ineficacia aún en aquello que se tenía por bueno, debió de ser semejante a la que causó el abandono de la infancia romana en el corazón del Santo de los niños por las calles y plazas de la ciudad eterna.

Precedente inmediato de la fundación de las Escuelas Pías en Santa Dorotea del Trastévere a fines del s. XVI fue la Cofradía de la Doctrina Cristiana, institución de S. Pío V y del Concilio de Trento a la que dio su nombre y sus actividades primeras en Roma S. José de Calasanz. En el libro de actas de aquella gran cofradía de catequistas consta repetidas veces el nombre del cofrade José de Calasanz comisionado con el Sr. Viglioslado para visitador de las escuelas de niñas. S. José de Calasanz, antes de fundar sus escuelas iba por las escuelitas de niñas de Roma dando en ellas sus lecciones y explicaciones de catecismo. La estampa del Santo Calasanz catequizando a las niñas no es tan frecuente ni conocida como las de enseñanza a los niños, pero no es menos real ni menos auténticamente histórica.

El hijo de tal padre, nuestro Faustino Míguez, se nos representa como escolapio de cuerpo entero, sacerdote y maestro por antonomasia, cuando allá en Sanlúcar se decide a visitar regularmente y a enseñar doctrina cristiana a las niñas de la escuela “de amigas” que fue cuna de un nuevo instituto docente y calasancio en la Iglesia de Dios.

Notas