BauFaustino/SANLÚCAR DE BARRAMEDA (1869-1872)

De Wiki Instituto Calasancio
Revisión a fecha de 22:57 30 dic 2017; Ricardo.cerveron (Discusión | contribuciones)

(dif) ← Revisión anterior | Revisión actual (dif) | Revisión siguiente → (dif)
Saltar a: navegación, buscar

MADRID, GETAFE. CELANOVA (1860 a 1869)
Tema anterior

BauFaustino/SANLÚCAR DE BARRAMEDA (1869-1872)
Índice

EL ESCORIAL Y MONFORTE DE LEMOS (1872 a 1880)
Siguiente tema


SANLÚCAR DE BARRAMEDA (1869-1872)

No vaya nadie a suponer, por el incidente anteriormente relatado, que el año pasado por el P. Míguez en su país de Celanova fue como de inhibición o fracaso, ni menos de retraimiento y tristeza. Lejos de defraudar a sus superiores y menos al alumnado y público, aquel curso académico de 1868 a 1869 fue brillantísimo en el aspecto pedagógico y sorprendentemente fecundo desde el ángulo del apostolado sacerdotal.

Baste decir que los exámenes de bachillerato se celebraron en el colegio de Celanova aquel año con asistencia del Rector de la Universidad de Santiago de Compostela conforme a las normas del Decreto del ministro de Fomento, Ruíz Zorrilla; y en ellos los alumnos de los PP. Faustino Míguez y Felipe Fernández rayaron a tal altura, que el Rector compostelano, realmente entusiasmado declaró a la comunidad que centros culturales como el que acababa de demostrar su sobrada competencia en Celanova, no debían incorporarse a los Institutos, sino reclamar para sí la enseñanza libre, sin la rémora de las trabas oficiales.

El P. Faustino, a pesar de sus éxitos personales cuando se sentaba en el tribunal al lado de los examinadores oficiales del Estado, participaba de la opinión del Rector universitario, en oposición al criterio de los Superiores de la Orden que estimaban más conveniente la incorporación al Instituto oficial. Y esta nueva divergencia contribuyó sin duda a su traslado tal vez demasiado prematuro, para parecer normal y corriente.

Pero había otro tribunal en que obtenía el P. Míguez triunfos de mayor consistencia y envergadura. En el tribunal de la penitencia se destapó entonces también maestro consumado y apóstol incansable. A la cabecera de enfermos desviados de la religión experimentó muchas veces la íntima alegría de reconciliarlos con Dios antes del instante definitivo, después de muchos años de indiferencia o de hostilidad más o menos impuesta por el progresismo de ña política entonces imperante.

Y con tales prestigios de maestro eximio y confesor celoso, con la doble aureola de su saber y de su piedad, veámosle ya trasladado de Galicia a Andalucía, en el nuevo palenque que la obediencia le asigna.

De tres años fue este primer periodo de su estancia en el colegio sanluqueño, fundado como el de Celanova el 1868. Los recuerdos de esta etapa versan casi todos sobre su labor intelectual.

Por de pronto esta vez y ya a sus 38 años el Rector de su nuevo colegio, P. Cayetano Vellón, acierta a darle las asignaturas de antaño que habían sido el objeto de sus predilecciones. La Física, la Química y la Hª Natural vienen a manos de aquel hombre que no solo gozaba en la cátedra y en el estudio, sino que se aplicaba a la experimentación en el laboratorio y gabinete y salía a observar y buscar en plena naturaleza.

Tan destacada era su afición al estudio, que se le encargó además la custodia de la biblioteca.

Quien no haya visitado el antiguo colegio escolapio de Sanlúcar hoy seminario menor de la archidiócesis de Sevilla como asimismo los colegios de Carriedo y Yecla, no acierta a imaginar en oblaciones de tercera categoría centros docentes tan amplios y aun suntuosos para aquellos tiempos con internados numerosos y excelentemente montados. La pasión urbanística de estos últimos años no se había desarrollado todavía y especialmente para centros de educación se preferían sitios recatados y recoletos.

El edificio del colegio de Sanlúcar era soberbio y su dotación de biblioteca y gabinetes sencillamente envidiable.

Allí el P. Míguez madrugaba inverosímilmente para dedicarse a sus estudios favoritos, en tanto que algún otro prefería el estudio nocturno acostándose a las horas de la madrugada. El P. Faustino le decía donosamente: “Entre los dos podemos suplir al sereno de la casa. Ud. vela la primera mitad de la noche, cuando ud. se acueste yo me levanto y prosigo la vigilancia hasta el día siguiente”. Ambos vivían en habitación superpuesta y se oían mutuamente los movimientos nocturnos.

Y el prestigio científico del P. Faustino subió tanto que el Ayuntamiento de la ciudad le confió un cometido difícil, que él resolvió airosamente.

Al hermoso paisaje sanluqueño, a su atmósfera apacible, a las brisas de su mar que templan los ardores de su clima cálido, junta Sanlúcar la abundancia de sus aguas y la calidad de sus manantiales, muchos de ellos altamente beneficiosos para diversas clases de enfermos. Ya de antiguo y de una manera puramente empírica los médicos de la población, Drs. Pedro Díez, Antonio González, Juan Rebollo y Joaquín Martín recomendaban la toma de aguas de los diversos manantiales para determinadas dolencias, pero sin base científica que apoyase y confirmase sus terapéuticas.

La Corporación municipal encargó oficialmente al P. Míguez el análisis químico y estudio médico de las aguas de los principales manantiales. Y el Padre lo llevó a efecto con entera satisfacción de galenos y de público, tanto entre los vecinos de Sanlúcar como entre el elemento médico de Sevilla y sus aledaños.

El resultado lo tuvo que publicar a petición de muchos y fue el primer trabajo que el P. Faustino dio a la imprenta. Es un folleto en 4º, de 96 páginas y 3 grabados. Reza así en su portada:

“Análisis de las aguas públicas de Sanlúcar de Barrameda, con indicación de sus virtudes medicinales, por D. Faustino Míguez presbítero escolapio. Edición publicada bajo los auspicios del Municipio de la expresada ciudad y precedida de un prólogo por D. Manuel Pizarro y Jiménez, Dr. En medicina y cirugía, catedrático de Higiene de la Escuela de Medicina de Sevilla y socio de varias corporaciones científicas y literarias, nacionales y extranjeras. Hay un escudo con la leyenda Luciferifani Senatus). Sevilla. Juan Moyano. Litografo de la escuela de medicina. Sevilla, 1872.

No cabe duda. No se trata de ponderaciones admirativas trasmitidas y aumentadas por tradición. El P. Míguez se había forjado un nombre y un prestigio científico entre el mundo sabio que le rodeaba. Su laboriosidad en el estudio daba aquel primer fruto maduro y dejaba entrever que las aficiones del padre no solo se concentraban en la parte teórica de la Química e Hª Natural, sino en sus aplicaciones a la medicina. Aquel sacerdote que gozaba como un apóstol a la cabecera de los enfermos, tenía también inclinación a la medicina. Devoraba en particular muchos libros médicos y demostraba de vez en cuando con sus consejos y recomendaciones tener un ojo clínico nada común, sin despertar recelos, antes bien ganándose las aprobaciones y conformidades de los profesionales de la ciencia médica.

Y con este predicamento vivía en Sanlúcar enseñando, estudiando, dirigiendo colegiales y acreditando las Escuelas Pías, cuando los acontecimientos de la inoportuna política vinieron a turbar aquella plácida felicidad.

La revolución del 68 había derribado del trono a Isabel II; el general Serrano había formado gobierno provisional; Prim traía de Italia para el trono de España al rey Amadeo I de Saboya; coincidía con los comienzos del año 1871 en comienzo de su reinado que no había de durar un bienio. Pero a la mitad de tan corto reino ya ardía en España en torbellino de desorden y confusión. Los Carlistas apretaban por el norte; los republicanos federales o cantonales se desbocaban por el sur y los alfonsinos se retraían e inhibían por todas partes. El 1º de julio de 1872 entraron los cantonales en Sanlúcar, constituyendo una Junta Revolucionaria dependiente del Cantón de Cádiz. Con aire de victoria redujeron a prisión a la inocente e indefensa comunidad escolapia, como si con ello hubiesen logrado la salvación de la patria. Fueron los padres conducidos al Ayuntamiento y pasaron momentos muy graves a dos jemes de la muerte, porque todo era de esperar de aquella desorientada Junta Revolucionaria que no sabía qué hacer ni contra quién descargar sus furias. Un buen señor, D. Rafael Ortega, pidió permiso para llevárselos y custodiarlos en su casa. A la madrugada los metió en un humilde falucho y así embarcados por el río Guadalquivir, lo remontaron desde Sanlúcar hasta Sevilla. No existía todavía colegio escolapio nn la capital andaluza, pero en la populosa ciudad ya era fácil encontrar refugio.

Pasó pronto el turbión cantonalista, preludio inmediato de la primera república que se proclamó el 73. Los padres fueron volviendo a Sanlúcar. El P. Faustino recibió obediencia para El Escorial.

Notas