BauFaustino/SINTESIS PROVIDENCIAL (1885)

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SINTESIS PROVIDENCIAL (1885)

Llegamos al año más importante de la vida del P. Faustino. Está en sus 54 de edad. Profesor acreditado de Ciencias Físico-Naturales en la Escuela Pía, confesor prudente y experimentado de buena parte de la sociedad de Sanlúcar, reconocido como sabio de laboratorio y con renombre de estudioso y práctico de la medicina, que ejerce alguna vez en plan completamente particular y privado, el P. Míguez se halla por así decirlo en la plenitud de sus facultades y de su prestigio.

Su celo apostólico le ha llevado a una pequeña obra que trata con todo cariño porque se endereza a fomentar la catequesis cristiana y la elevación del nivel cultural de niñas y jóvenes, muy bajo entre la población gaditana. Pero al empezar a definirse y tomar incremento el granito de mostaza que él echara, teme y vacila porque prevé que quizá no podrá luego prestarle todo el calor de su voluntad tesonera y que levantará, si se lanza, injustificadas pero reales animadversiones de parte de los de su propia acera.

En aquel punto crítico, ante aquella resolución inicial de la que tantas cosas pueden depender, ocurren dos hechos capitalísimos para el decurso de su existencia. El P. Faustino los retuvo siempre en la memoria a través de los años. Y en sus planes divinos quiso el Señor juntar aquellos dos hechos, al parecer inconexos, y de aquellas síntesis divina brotó le chispazo del amor, la Congregación de Religiosas Calasancias Hijas de la Divina Pastora.

Y vamos a los hechos.

Fue el primero la Pastoral Visita a la ciudad de Sanlúcar en 1885 del Emmo. Card. Arzobispo de Sevilla Fr. Ceferino González. El insigne dominico, gloria con Balmes de la Filosofía española en el s. XIX, había sido propuesto para el episcopado en 1873 y el repúblico Castelar con razón se envanecía de ello.

Promovido por León XIII a la Metropolitana de Sevilla, rigió la vasta archidiócesis de 1883 a 1889, excepto los meses del 85 y 8 en que hubo de resistir su delicada salud los fríos toledanos de la Sede Primada. Aunque su inmensa sabiduría brilló en las ciencias filosóficas, cuando estuvo de rector de Ocaña se preocupó de dotar a su colegio de buenos gabinetes de Física, Química e Hª Natural. Era por tanto muy capaz de comprender y admirar a nuestro P. Faustino.

Visitó, pues, muy minuciosamente la parte occidental de su territorio diocesano en los primeros meses de 1885, y tocó entonces turno a la ciudad de Sanlúcar. Y le llamó la atención el pequeño grupo femenino que se lanzaba a la brega contra el analfabetismo gaditano. Habló con la maestrita, se informó de sus colaboradoras y dijéronle tal vez que las dirigía el escolapio P. Faustino Míguez, aunque sin atenderlas demasiado, aparte su constancia en catequizar a las niñas.

Lo cierto es que el Cardenal llamó al P. Faustino y le instó a que redactase un reglamento para el régimen de vida de aquellas asociadas, con el encargo fundamental de que él mismo tomase la dirección de la obra. Aceptó lo del Reglamento porque era una labor personal que de una vez podía dejar cumplida; pero rehusó la dirección porque no podía tomarla siendo escolapio, sin expresa orden de sus superiores. Pues escríbales de mi parte y comuníqueme la resolución- fue la contestación del Cardenal.

Y la carta siguió su curso normal, mientras el P. Míguez quedaba lleno de temores. Preveía envidias y malquerencias de los suyos, dificultades económicas de parte de la obra misma, inconstancias y veleidades, cuando no abandonos, del lado de las mismas asociadas y la incertidumbre de que nuevas almas abnegadas se quisieran asociar.

Dejemos en este punto las vacilaciones e incertidumbres, para ver el otro hecho importante. Otra visita; pero no pastoral ni cardenalicia, sino del Decano de la Facultad de Medicina de Sevilla.

Sea el propio P. Faustino quien nos lo cuente treinta y cinco años después.

“Presentóse a la sazón el Decano de Medicina, suplicándome en su nombre y en el de sus compañeros de Sevilla, me encargase de estudiar y curar la enfermedad de un catedrático por ellos desahuciado, y al ver me extrañaba de su propuesta y me desentendía de lo que ellos esquivaban, me replicó que cuando tan señalado triunfo había conseguido con el análisis y estudio terapéutico de las aguas de Sanlúcar, que tantos habían intentado en vano, también podía lograrlo en lo que me proponía.

Como el Decano era poco afecto al colegio de Escolapios y significaba mucho en la ciudad de Sevilla donde ya se pensaba en establecer las Escuelas Pías para las fundaciones Americanas, hube de aconsejarme y apreció más prudente el complacerle que el convertirlo en enemigo declarado. En este aprieto acudía al Señor, para que si era su santísima voluntad que yo siguiese al frente de la Asociación de referencia, me iluminase para curar dicha enfermedad y me facilitase los medios para ayudar a aquella”.

Y efectivamente el enfermo curó en brevísimo tiempo, y la contestación del P. Martra, Vicario General, fue remitir el caso al P. Provincial de Castilla P. Eugenio Caldeiro, el cual contestó autorizando al P. Míguez para aceptar la dirección de la Asociación naciente, previo el consentimiento del P. Rector de Sanlúcar y “con tal que no faltase a mis obligaciones”.

El P. Rector, o mejor dicho, el Vice-Rector in capite de la casa era el P. Alejandro Corrales por renuncia del P. José Pozo. El P. Corrales dio su formal consentimiento consignándolo por escrito en la misma carta del P. Provincial que le presentó el P. Faustino.

Y así con todas las formalidades que podía requerir el más escrupuloso voto de obediencia, escribió al Cardenal y este le contestó gozoso, confiándole la dirección de aquel pequeño grupo dedicado a la enseñanza y del que iba a salir algo muy de Dios, cuando a los permisos oficiales de los superiores de la Orden, desde el Vicario General hasta el Rector local y a la comisión formal del Emmo. Cardenal y Arzobispo de Sevilla como autoridad eclesiástica diocesana, se agregaba la acción providente de Dios, que empleaba la ciencia del P. Faustino como causa segunda para la curación del catedrático enfermo y para confirmar al cauteloso P. Míguez en la suprema determinación y seguridad de que la Voluntad Divina le quería al frente de lo que iba a ser la Congregación Calasancia de Hijas de la Divina Pastora.

Y así fue providencial la síntesis del religioso y del médico en una misma persona, para deparar un fundador a la nueva congregación que apenas tenía esbozada su vida.

Notas