BauFaustino/TRASLADOS Y MUDANZAS (1885-1902)

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TRASLADOS Y MUDANZAS (1885-1902)

La casa cuna del Instituto calasancio de la Divina Pastora fue indudablemente la escuelita “de amigas” regentada en Sanlúcar por Dña. Catalina García. Para formalizarse con maestra titular y colegio de niñas en toda regla se trasladó la escuelita en abril de 1885 a una casa de la calle Carril de S. Diego o calle del Mar frente a la calle de la Luz y allí es donde comenzó el noviciado.

Pero terminado el primer curso 85/86 la casa resultaba pequeña y el P. Faustino de decidió a su traslado. En la calle de la Bolsa tenía D. Domingo Martín una amplísima casona desalquilada y en ella puso los ojos el padre para nuevo domicilio del Colegio y Noviciado. Apuntó alto en el alquiler D. Domingo y no hubo más remedio que aceptar sus duras condiciones. Las religiosas se trasladaron a ella muy contentas, se afanaron en arreglar la mejor habitación para capilla; las demás para aulas; su parte separada para noviciado y aun sobraba local que aprovecharían para admitir colegialas internas. Fue un gran paso para el desenvolvimiento de la obra. Multiplicaba el trabajo pero daba consistencia a la Fundación. Por ello se ha conservado el nombre de las primeras que pidieron ser admitidas. Rosario Delgado Ñudi fue la primera en inscribirse, siguiéronla Carmen de la Serna, tres hermanitas de la familia Manjón, dos de la casa Heras y otras varias con multitud de mediopensionistas y externas. Dios bendecía la obra y “daba gusto ver la casa llena de niñas. Todo se nos iba arreglando sin darnos cuenta y crecía nuestro contento al ver en nuestras aulas las niñas más distinguidas de la población y abarrotadas las escuelas de niñas gratuitas”.

Ante las enhorabuenas y parabienes que de todos recibíamos, el buen padre nos recordaba que lo atribuyéramos todo únicamente a Dios y que no tardarían en venir días de amargura.

Aquel segundo curso de vida oficial del Instituto se había distinguido por una actividad escolar mayor que el primer año de noviciado, que como tal había tenido que ser de más intensa formación religiosa de las novicias. Aún seguían siéndolo pero el padre les permitía mayor entrega a la tarea docente y a la labor de costura en bien de las niñas y de su propia capacitación.

Al final del mismo hubo una fiesta solemnísima y no vista hasta entonces en Sanlúcar. Dejó recuerdo en la ciudad y quedó escrita con letras de oro en la historia de la congregación de la Divina Pastora. Fue la fiesta de la primera comunión de las niñas. El ímprobo trabajo a que se entregaban las jóvenes religiosas había llenado la casa de alumnas, aun internas y los ingresos económicos habían permitido pagar atrasos, saldar alquileres, comprar menaje escolar abundante y, lo que más plació al P. Míguez, destinar el sobrante a la compra de trajecitos de primera comunión, en número de un centenar, regalo a las niñas pobres, con universal aplauso de la población. ¡Ah! y ¡qué fiesta más lucida y más nueva! “la procesión, dice un testigo ocular, resultó magnífica. Dos largas filas de niñas que parecían ángeles, fusionadas ricas y pobres en el fuego del amor cristiano, precedidas de rico estandarte, y en el centro siete monísimas criaturas vestidas con los emblemas de las virtudes teologales y cardinales. ¡Espectáculo hermoso, con sabor de cielo! La calle Ancha, junto a la Parroquia del Carmen, resultaba estrecha para contener tanto público… al regresar al colegio se cantó el “te deum” y se sirvió un rico desayuno a las niñas, quedando las familias agradecidas y edificadas.

Pero el padre no estaba del todo contento. Para el curso siguiente 87/88 quería otra cosa. Aquel año había salido todo bien, pero el alquiler excesivo hacía pensar en la conveniencia de casa propia.

S. José de Calasanz en los comienzos de las Escuelas Pías también había cambiado de casa hasta cinco veces. Santa Dorotea en el Trastévere romano, la plaza de las Flores, el edificio Vestri, el palacio Mannini y por fin en propiedad la casa de S. Pantaleón

El P. Míguez meditaba el cuarto traslado. Y este era ya a casa en propiedad: una casa en la calle González Hontoria, donada por D. Juan Argüeso y un local en lo alto de la bodega de Celis, perfectamente adaptable a clase de gratuitas.

Dios había hecho una vez más la síntesis del pedagogo y del médico para sacar a flote al Fundador. Concediole el acierto ruidoso de la curación de D. Juan y la familia Argüeso no quiso mostrarle su inmensa gratitud con menos que con la donación a su bienhechor P. Faustino de lo que más necesitaba en aquellos momentos, casa para las alumnas y religiosas de la Congregación no naciente sino creciente. Si se deshacía la congregación la propiedad de la casa revertiría a sus dueños.

Y el P. Míguez dio al asunto inusitada prisa. Vuelta a la tarea de las mudanzas y de acoplamiento de locales. Cabían menos internas. Pero tuvieron en compensación más mediopensionistas y externas y más gratuitas. Y se abrieron clases nocturnas para las criadas de servicio, con un bien inmenso para la población. Iban entrando vocaciones. Podía aumentarse el radio de acción y sobre todo la propiedad de la casa afincaba y enraizaba la obra, principal pensamiento del padre. No había en adelante que pensar en alquileres. Dejarían ya de estar en plan provisional. Podía ya bien suceder lo que le padre ya se sospechaba. Los éxitos levantan siempre a su alrededor mezquinas malevolencias. Sería el padre víctima de ellas. Pero la congregación en flor, el noviciado en casa propia podría subsistir y consolidarse. Dios trabajaba a favor aunque los hombres maquinaran en contra.

Y el curso 87/88 transcurrió y terminó en la casa de la calle González Hontoria y tuvo por colofón unos exámenes públicos verdaderamente brillantísimos, que demostraban no solo la buena marcha del colegio sino el fruto de la labor y orientaciones con que el padre iba forjando el personal docente de la Congregación.

Nunca se había visto en Sanlúcar cosa igual. Los chicos de las Escuelas Pías cifraban sus triunfos en las notas de sus asignaturas de bachillerato, sin dar tanta importancia a los exámenes de primaria. Pero que las niñas hasta entonces descuidadas en su aspecto intelectual, luego de trabajadas por las jóvenes monjitas, dieran una muestra tan completa de su labor escolar era simplemente maravilloso. Las contestaciones a toda clase de preguntitas eran seguras y contundentes, las autoridades hojeaban los extensos programas y se complacían en buscar las menos corrientes; la exposición de los trabajos y labores atraía todas las miradas; y los cuadros, mapas, planos, redacciones, problemas, planas caligráficas y demás pequeños alardes del saber infantil rivalizaban con el número y calidad de los bordados, labores, encajes y filigranas características de la educación femenina.

Mucho más tarde, después de acontecimientos que aún hemos de narrar, en 1902, el P. Faustino tuvo para sus religiosas de Sanlúcar el último gesto, el de adquirirles la finca del Picacho, hermosísima posesión con jardín y naturales escarpes, aptísima para noviciado y para casa-madre de la Congregación. Cuando se ganaba la licitación de la subasta del Picacho, el padre no estaba ya en Sanlúcar. Antes de seguirle a Getafe hay que esclarecer y vindicar aspectos de su actuación en esta segunda vez de su paso por Sanlúcar de Barrameda.

Notas