BauFaustino/VICISITUDES HASTA LA TOMA DE HÁBITO (1885)

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SINTESIS PROVIDENCIAL (1885)
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VICISITUDES HASTA LA TOMA DE HÁBITO (1885)

Con todos los permisos en regla el Director de la inexistente corporación empieza a tomar parte más activa en la marcha de los acontecimientos e inculca verdaderos actos de comunidad en la realización de los menesteres colectivos, como rezos y comidas fuera de las tareas con las niñas.

Estas han llegado al centenar sumado por unas cincuenta de las principales familias y otras tantas gratuitas. La limpieza y manutención de la casa del Carril de S. Diego unida a la constante tarea escolar no deja reposo a las cuatro futuras religiosas, a quienes el padre en sus frecuentes visitas habla de perfección espiritual y les manda que se toquen la cabeza con un sencillo velo blanco.

La Srta. Ángeles recoge con verdadera avidez todas las palabras del padre. Sus progresos en las viñas del espíritu son evidentes y correlativo con su fervor el fruto que obtiene en la enseñanza de sus alumnas. Ella lleva el peso y la dirección efectiva del establecimiento. La buena Catalina y sus dos compañeras no parecen afectadas de tanto entusiasmo, la idea de la vida religiosa no prende en ellas, aunque nada dicen y siguen entregadas al trabajo con toda normalidad por no añadir con todo afán.

Un día llama a la puerta otra señorita que quisiera detalles sobre aquella forma de vida porque dice que le gustaría vivir retirada como ellas y enseñar a las niñas. La remiten al colegio de los escolapios a que hable con el P. Faustino. El padre dio en su interior gracias al cielo y dio su beneplácito a aquella primera admisión. Precisamente se llamaba la joven igual que la srta. maestra. Ángeles González León era esta y de Sevilla. La aspirante era Ángeles González Lozano y tenía su familia en Jerez.

A la srta. Catalina y a las dos colaboradoras del primer momento cuyo nombre no se ha conservado en el Instituto, no les fue dado permanecer mucho tiempo en aquel estado de frialdad e indecisión religiosa. Ellas mismas decidieron con su conducta la salida. Eran de familia humilde las dos jóvenes y la propia Catalina García no había salido de n estado de pobreza que procuraba remediar con su escuelita “de amigas” a la que invitó al padre la vez primera. Ahora, en la casa del Carril de S. Diego, con la abundancia de niñas de pago, reinaba una relativa abundancia y sin escrúpulo alguno comenzaron a llevarse las provisiones de casa para sus familiares o para su repuesto particular. Era la negación absoluta de su espíritu colectivo y, por supuesto, la confesión palmaria de la inexistencia de religiosa vocación.

Ellas mismas, al quedar descubiertas “in fraganti” se ruborizaron de vergüenza e indicaron que se querían marchar.

La comunidad quedó reducida a las dos Ángeles que atendían a todo con solicitud y se enfervorizaban más y más.

El cielo proveyó bien pronto. Al saber que se trataba en serio de hacerse monjas, dos dignísimas señoritas de Córdoba y poco más tarde otra de Jerez, conocida de Ángeles Lozano, pretendieron el honor de consagrarse a Dios y a la enseñanza. Ceferina Martínez, Antonia García y Matilde Fernández eran los nombres de las tres nuevas señoritas, que con las dos Ángeles, formaron las cinco la que podríamos llamar segunda comunidad del Instituto.

El padre pensó entonces en el Reglamento que le encargara el Cardenal Arzobispo, en el nombre oficial de la institución y en el hábito definitivo.

Todas las tardes, terminada la tarea escolar de su colegio, se trasladaba el venerado padre a la casita de las asociadas. Se informaba de lo ocurrido durante el día. Aprobaba, corregía, orientaba siempre con paciencia y oportunidad sumas.

Después se sentaba, rodeado de sus hijas, y les dirigía fervorosas palabras referentes a la Piedad, terminando siempre con temas de pedagogía. Así, poco a poco y con la gracia de Dios, iba echando los cimientos y cultivando el plantel de lo que llevaba en sus proyectos para la gloria del Señor.

Y en una de aquellas apacibles sesiones les propuso un día cual querían que fuese el nombre que habían de dar a la Congregación. No hubo uniformidad en los cinco pareceres. Entones el padre decidió echarlo a la suerte. Cada una escribió en un papelillo el título de su preferencia. Se echarían los cinco papelillos en una bolsa y el primero que saliese decidiría la cuestión. Así se hizo y salió el título de “la Divina Pastora” que en verdad complació a todas. Dícese que se repitió tres veces la suerte y las tres salió la Divina Pastora. La metáfora del Buen Pastor tan grata a Cristo Jesús en el santo evangelio, se aplicaba a la Virgen santísima como Pastora Divina de las ovejuelas de la grey del Divino mayoral.

Mas para no confundirse con las Terciarias Franciscanas de la Divina Pastora, tuvieron que anteponer el dictado de Hijas, “Hijas de la Divina Pastora”.

Bajo tan hermosa advocación emprendió luego el padre la seria tarea del Reglamento. Quiso antes pulsar la opinión de las mimas asociadas, mandándoles con toda formalidad que en silencio y con reflexión escribiese cada una lo que sobre el particular creyese más conveniente. El P. Míguez recogió en secreto las opiniones sin leerlas ni comentarlas en público y se retiró a encomendarse a Dios con el máximo fervor y recogimiento para redactar el Reglamento. ¡Cómo se acordaría entonces de su santo Patriarca y Legislador, cuando en el retiro de Narni, entre oraciones y penitencias, escribió las Constituciones de la Escuela Pía!

Establecía el Reglamento del P. Míguez que el fin principal de la asociación era la santificación de sus miembros por la exacta observancia de la Pobreza, Castidad y Obediencia que en su día ratificarán con votos ante el Santísimo Sacramento. Y siempre bajo el patrocinio de la Santísima Virgen con el título de la Divina Pastora. El fin secundario es la enseñanza gratuita de niñas pobres, sin excluir a las ricas. Así, con claridad y sencillez iba discurriendo por todos los aspectos de la vida religiosa, en aquel periodo de preparación que había de ser forzosamente provisional. Al hacer la distinción entre Madres y Hermanas, es decir entre maestras y legas, la señorita Matilde Fernández, de Sevilla, fue la primera en solicitar vestir para lega.

Enviado el Reglamento a Sevilla para aprobación del Cardenal, Su Eminencia lo aprobó en el acto.

A elección de hábito para distintivo de la congregación resultó un acto demasiado alegre. Quiso el padre, como en tantas otras cosas, saber la opinión de sus hijas y fue preguntando en público a cada una su parecer. Y como en este punto es fecunda la inventiva de todas las mujeres, se emitieron proyectos que causaban excesiva hilaridad. El padre, con su seriedad característica, zanjó la inocente sesión dándoles un plazo de dos días para determinarlo, con el pie forzado de que habían de llevar sobre fondo azul, la imagen de la Divina Pastora.

Ultimado todo satisfactoriamente y obtenidos los pertinentes permisos de la Curia del Arzobispado, se dio cuenta y se invitó para que diese el hábito en solemne ceremonia al Sr. Arcipreste D. Francisco Rubio y Contreras y se fijó para ello la fecha del 2 de agosto de 1885. ¡Cuánto se había corrido en pocos meses desde la apertura legal de la escuelita hasta esta hora de la toma de hábito en que ya brillaba claramente definida la estrella de la vocación! Y no vacilemos aquí en asociar a los méritos del P. Faustino las virtudes y benemerencias de la cofundadora, la maestrilla de Sevilla que iba a ser ahora la Hermana novicia Ángeles González León.

Notas