BauFaustino/VOCACIÓN ESCOLAPIA (1850)

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VOCACIÓN ESCOLAPIA (1850)

Mucho se ha escrito sobre si el sacerdocio es estado de perfección, en mayor o menor grado que la vida religiosa. Más interesante que el estado de perfección es la perfección del estado; que cada uno tienda a ser perfecto en el estado en que Dios le puso.

Vocación se necesita para el estado sacerdotal, pues nadie puede arrogarse tal honor sin ser llamado; y vocación se necesita para el estado religioso, puesto que el Divino Maestro no a todos invitó como al joven del Evangelio, a despojarse de los bienes de este mundo, a negarse a sí mismo y a ir y a seguir en pos de Él.

Vocación sintió en sí Manuel desde sus tiernos años al estado sacerdotal; y cuando estaba ya encaminado a tamaña dignidad en el santuario de los Milagros, sintió de nuevo la llamada y vocación de Dios, no para desvirtuar la primera, sino para que la siguiera más cumplidamente juntando al estado sacerdotal el estado de profesión religiosa.

Mas la vocación religiosa con que se sintió llamado ahora el seminarista del Santuario no fue una invitación a los votos en general, una petición de generosidad para abrazar la pobreza evangélica, la castidad angélica y la rendida obediencia, sino una llamada concreta a la guarda de los tres votos tal como se practicaban en una orden determinada, que añade además un cuarto voto que es el de dedicar la vida a la tarea de la enseñanza para llevar a Cristo almas de jóvenes y de pequeñuelos, porción predilecta de su Divino Corazón.

Ya se comprende que estamos hablando de la Orden de las Escuelas Pías. Al pretendiente encauzado hacia el sacerdocio, Dios le llamó para algo más. Le agregó vocación religiosa, pero no en general, sino vocación concreta y determinada para la religión escolapia. Le infundió vocación de religioso escolapio.

¿Cómo fue ello? Poco sabemos, pero ese poco fue confidencia tardía del propio P. Míguez a su amigo y hermano del alma el P. José Cerdeiriña.

Entre los condiscípulos que allá en el Santuario de los Milagros se aprovechaban de las luces y buscaban la compañía de Manuel para estudiar con mayores provechos, había uno que tenía un tío escolapio. No había por entonces colegio de las Escuelas Pías en toda Galicia ni nuestro seminarista había tenido ocasión de tratar a ningún miembro de la orden Calasancia: Un día se presentó el tío a saludar al sobrino y lo halló en compañía del seminarista Míguez. Tuvieron lugar las consabidas presentaciones y se entabló animada conversación sobre tema escolapio

Desde 1836 todas las corporaciones religiosas con sus monasterios, conventos, comunidades y colegios, habían sido radicalmente suprimidas en toda España por los gobiernos progresistas. Las únicas excepciones habían sido los Colegios de Misioneros para las provincias de Asia, los Hermanos de S. Juan de Dios, para que siguieran cuidando enfermos y los PP. Escolapios para que continuaran enseñando al pueblo. Pero aún a las tres congregaciones exceptuadas se les cerraban los noviciados y se les prohibía nombrar y obedecer a Superiores Mayores. Cada colegio habría de ser totalmente independiente a los demás.

Se comprende que en toda la nación no quedaba nada de vida religiosa y aún las Escuelas Pías, sin novicios ni superiores, no hacían sino prolongar su lenta agonñia.

Pero a los nueve años de aquella triste situación, en 1845, los dos rectores de S. Fernando y S, Antón de Madrid se aventuraron a solicitar de las Cortes que se les permitiese abrir noviciado y reagruparse en torno a sus superiores y, como con “los moderados” las cosas se habían ablandado algo, tuvieron la alegría inmensa de conseguirlo. Antes pues que ninguna otra orden, las Escuelas Pías abrían las puertas de sus noviciados a las nuevas vocaciones religiosas. El Papa designaba en la persona del P. Jacinto Feliú un Comisario Apostólico para toda España; la provincia de Castilla obedecía a un legítimo provincial P. Julián Alejandre y este nombraba Maestro de Novicios en el noviciado de S. Fernando al célebre humanista y varón piadosísimo P. Pedro Álvarez del Espíritu Santo, uno de los hombres más beneméritos de la restauración de la provincia castellana.

Y por estos derroteros seguía la conversación cuando el seminarista Míguez se le metió en el alma la ilusión de aprovechar cuanto antes aquel primer portillo que se abría en España para restablecer la vida religiosa, y para ligarse a Dios con unos votos que por algo el infierno había tenido tanto tiempo prohibidos, y para entregarse a la labor docente con los niños, único modo eficaz de limpiar de podredumbre al infecto país, cuidando de sus semillas todavía no emponzoñadas.

Y Manuel ya no descansó hasta haber dado a Dios lo que le estaba pidiendo y para lo que le estaba llamando con aldabonazos en su alma.

Notas