BauFaustino/VOCACIÓN SACERDOTAL (1845 a 1850)

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PARTIDA DE NACIMIENTO Y PUERICIA DE MANUEL (1831 a 1845)
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VOCACIÓN SACERDOTAL (1845 a 1850)

El hombre, dice San Agustín, ha sido creado para conocer a Dios y para que conociéndolo le ama, y amándole le posea y poseyéndole le goce. Esta lección, oída en el seno familiar y en diversas formas explicada, en contraposición a la impiedad creciente del siglo, la aprendieron y asimilaron maravillosamente los hermanos Míguez.

Carmiña contrajo matrimonio y vivió y murió santamente aunque sin dejar sucesión.

Antonio, José y Manuel ofrecen el caso singularísimo de pretender los tres el sacerdocio. La gracia divina tan bien acogida y cuidada en aquella familia cristiana floreció en la vocación al altar de los tres varones, demostrando complacencias y predilecciones de lo alto, pero creando al propio tiempo doloroso conflicto para los padres.

Benito trata de disuadir a sus tres hijos de aquel abandono total de la casa. Alega bondadosamente, pero con reiteradas instancias, que alguno ha de quedar para hacerse cargo de las tierras. Los tres declaran que tiene de sobra razón, pero cada uno piensa que debe ser el otro quien se pliegue a los deseos paternos. Y como no se produce el acuerdo, el padre impone la solución de echarlo a suertes para ver quien tendrá que quedarse en el mundo. Y la suerte designó a José, el de en medio.

Casó pues, José Míguez con Concha Buján y tuvieron a su vez cuatro hijos, un varón y tres hembras. De una de ellas, Obdulia, sobreviven en la actualidad sus cinco hijos; y otra, Faustina, mantiene todavía su venerable ancianidad, apoyada en sus cuatro vástagos, José, Luís, María y Adolfo (Montero Míguez), resobrinos ya del P. Faustino.

Este, es decir el pequeño Manuel, y Antonio, su hermano mayor, son los que se salieron con la suya de hacerse sacerdotes, aunque por diferentes caminos.

El Rvdo. D. Antonio se doctoró en Derecho Canónico en la Universidad de Santiago. Fue nombrado cura párroco de Santabaya de la Bola, y vivió y murió con prestigio de eclesiástico culto y celoso.

Pero dejemos a los familiares, para centrar nuestra atención en Manuel que cuenta a la sazón sus quince años.

Tenía y tiene la Diócesis de Orense el Santuario de los Milagros, a unos 18 Kms al este de la capital, como casa de preparación y de estudios de latín para los aspirantes al sacerdocio, o sea como seminario menor, antesala y paso obligado para el Seminario Conciliar.

A dicho célebre santuario, confiado hoy a la solicitud y cuidado de los PP. Paúles, tuvo que acudir nuestro joven con licencia y bendición de su buen padre, y a él le llevó desde Acebedo la diligencia de Celanova, con escala en el propio Orense.

Allí, en aquella casa de estudios, sin más preocupación que la Piedad y la Letras, empezó a vivir el ambiente de colegio, en que, sin él sospecharlo, habría de desenvolverse el curso de su prolongada existencia.

El mundo seguiría con sus vaivenes, las luchas políticas continuarían sus afanes de poderío y sus rivalidades partidistas amagando peligros contra la Iglesia; el joven seminarista no pensaba sino en hacerse digno ministro del Señor a fuerza de aplicación al estudio y de formalidad y constancia en el cultivo de su vida interior. Su carácter serio y su laboriosidad incansable comenzaron a perfilarse como características de su temperamento, troquelando su alma en molde que no desmentirá jamás.

Con el tiempo dirá de él persona autorizadísima: “Es un yunque en el trabajo”. Y otro añadirá: “Es siempre igual a sí mismo”. En su primer periodo de estudiante en el Santuario de los Milagros, empezaron ya a ser verdaderas aquellas futuras afirmaciones. Su conducta respondía a un ideal de perfección. Era fiel al impulso divino que le movía.

Y si en casa descollaba entre sus hermanos, en el seminario menor comenzó a destacarse entre sus compañeros de estudio. Frecuentemente le consultaban. Se iban percatando de su superioridad intelectual. Incluso hubo quien buscó la manera de estudiar con él. Y el Dios sin cuyo permiso no se mueve una hoja de un árbol, aprovechó la insignificante coyuntura para los altos designios de su Providencia.

Notas