BuscandoLaVoluntad/Cuba: primer destino. Su “atalaya”

De Wiki Instituto Calasancio
Saltar a: navegación, buscar

Su formación escolapia
Tema anterior

BuscandoLaVoluntad/Cuba: primer destino. Su “atalaya”
Índice

San Fernando: lo más genuino del carisma calasancio
Siguiente tema


Cuba: primer destino. Su “atalaya”

La presencia de los Escolapios en Cuba fue debida al interés político del gobierno español, que quiere seguir teniendo en sus manos la formación de los futuros maestros de Cuba, aún colonia española, y mejorar la situación docente existente en ella. La creación de escuelas Normales en la isla se consideraba una necesidad imperiosa, pues debía ofrecerse “una carrera nueva y honrosa a la juventud” que en muchos casos salía a los Estados Unidos en busca de lo que necesitaba y que suponía un importante foco de influencia independentista[Notas 1].

Influyó también en esta fundación el interés de Antonio Mª Claret, Arzobispo de La Habana, por contar en su diócesis con un colegio de Escolapios. Así quedó patente en la visita realizada al colegio de San Antón de Barcelona en uno de sus viajes a España en diciembre de 1850, manifestando que lo solicitaría a la Reina Isabel II.

Inician los trámites de la fundación el P. Bernardo Collaso y Agustín Botey, que parten para Cuba en diciembre de 1856. Consiguen que en junio de 1857 estén definidas las Bases Fundacionales, que en algunos de sus puntos dicen así:

1º. “Que los Padres Escolapios tomen en usufructo perpetuo el convento Franciscano de San Antonio de Guanabacoa con su Iglesia, huerta y dependencias anejas. Instalarán en él su Instituto y crearán en él una Escuela Normal de Maestros con su correspondiente Escuela Práctica...”
2º. “Apenas se formalice en Puerto Príncipe la elección del convento entre la Autoridad Civil y la Eclesiástica, firmándose por ambas partes cesión análoga a la que ahora se hace de San Francisco de Guanabacoa, se establecerá en Puerto Príncipe un internado de primera y segunda enseñanza.
5º. “El acuerdo quinto y último es que serán de cuenta del Gobierno los gastos de viajes de los Padres y Hermanos, los reparos de edificio, el entretenimiento de escuelas, Gabinetes de Física e Historia Natural, instrumentos de Matemáticas, Astronomía y Agricultura, y formación de una Biblioteca”[Notas 2].

Ante el elevado número de religiosos necesario para dicha empresa, el P. Jacinto Felíu decide enviar Escolapios de las cuatro provincias españolas: tres de Aragón, seis de Cataluña, tres de Castilla y dos de Valencia.

Entre los enviados de la Provincia de Castilla, se encuentran: Faustino Míguez, Luciano Solís, compañeros de noviciado y Pedro Díaz, recién profeso[Notas 3]. Todos ellos pasan a depender directamente del P. Comisario Apostólico. Deben permanecer ocho años en la isla antes de regresar a España y se les concede poder ser candidados, cumplida dicha fecha, para cargos.

Un nuevo viaje para Faustino. Se da cuenta cómo ha de estar siempre preparado. El Dios al que sigue, le pone en camino hacia lo desconocido. Él se fía plenamente; sabe que, por la Profesión religiosa, ha hecho de su vida disponibilidad y ofrece lo que tiene en su haber: 26 años repletos de vitalidad e inquietud.

Se embarca en el vapor Tharsis rumbo a Cuba, cuya tierra pisa el 3 de noviembre de 1857. Allí le espera trabajo duro. Pero cuenta con el apoyo de una Comunidad que tiene entre sus miembros personas de mucha solera religiosa, ya que es preciso cimentar bien los pilares de la naciente obra: los Padres Collaso, Jofre, Querol, Clerch, entre otros.

Esta comunidad supuso, sin duda, una gran riqueza, a todos los niveles, para Faustino que se encuentra aun dando los primeros pasos en su andadura por la Vida Religiosa. En 1862, dirá “que hay en ella muy buena observancia”[Notas 4].

La convivencia se presentaba “difícil por los caracteres de tan variadas provincias”[Notas 5]. Pero en el P. Faustino quedó siempre un hondo y grato recuerdo. Años después de su regreso a España, sigue manteniendo contacto, por carta, con algunos de los que fueron sus hermanos en esta comunidad. A ellos alude en sus escritos con palabras de cercanía y cariño. Con motivo de la Visita Apostólica decretada en 1862, le suplican sea portavoz de sus sentimientos ante el Visitador Apostólico:

“Lo mismo a las casas que tenemos en las Antillas, de donde me han escrito algunos de mis hermanos en el Señor y antiguos compañeros, que esperaban con las mayores ansias la Visita y que han sabido con superior disgusto de parte del Comisario Apostólico, que no llegaría a dichos Colegios, pidiéndome en consecuencia tuviese a bien de manifestárselo así a Vd. y suplicarle de antemano se digne acoger benigno, cuando le envíen su adhesión a los sentimientos que llevo expuestos y que aseguran a ser también los suyos”[Notas 6].

En lo referente a la actividad académica, el P. Faustino imparte en la Escuela Normal, las asignaturas de Agricultura, Geografía e Historia, durante los cuatro primeros meses del curso 57-58. En mayo de este último año, se hace una reestructuración del personal docente, ante la partida de algunos de ellos a la fundación de Camagüey con el P. Agustín Botey. Quedan a su cargo las asignaturas de Agricultura, Física, Química e Historia Natural. Son las materias que decidieron su vocación y actividades de toda su vida. En diciembre llega una segunda expedición de once religiosos, entre los que se encuentra el P. Pedro Álvarez, su maestro de novicios.

La Escuela Normal se regía por un Reglamento General que, en su cap. III, establece cuatro clases de alumnos: los normalistas o aspirantes a maestros, que han de ser internos necesariamente; los externos, que sin aspirar a título tratan de aprender las enseñanzas; los niños asistentes a la escuela Práctica, y los maestros ya establecidos que tratan de perfeccionarse. Por la carta que el P. Faustino escribe a su madre y hermanos, desde Guanabacoa, conocemos que da clases a los maestros:

“...las asignaturas que yo enseño, nada menos que a hombres que habían sido ya maestros de pueblo y ahora lo serán de superior categoría”[Notas 7].

En el Reglamento General de la Escuela se insiste mucho en el carácter práctico que ha de tener la enseñanza. Por ello, en el centro se advierte una extraordinaria preocupación por los ejercicios prácticos que llega hasta implantar la horticultura y la cría de animales. Además la Escuela Normal cuenta con un colegio de prácticas donde se experimenta aquello que se enseña. Existía aparte un “reglamento interior”, al que se alude en los artículos 74 y 75 del general, para “el gobierno interior de la escuela, comprendiendo en él todo lo relativo al orden y distribución de las enseñanzas, a la disciplina y administración económica”. La finalidad del mismo era obtener el máximo rendimiento de los alumnos[Notas 8]. Esta vertiente científica, eminentemente práctica de la Escuela, y la adecuada organización de las actividades del centro marcaron la actividad educativo-académica del P. Faustino a lo largo de toda su vida.

La misión le supone esfuerzo, y Faustino que no entiende de medias tintas, ni en el ser ni en el hacer, se entrega de lleno a la tarea educativa, llegando incluso hasta verse comprometida su salud. Así se lo comunica a su hermano José en una carta que le escribe en 1859:

“Según dictamen del Médico estoy atacado del hígado, efecto de los continuos esfuerzos que por necesidad he de hacerme en tantas explicaciones como de continuo exige mi profesión”[Notas 9].

En este mismo año se inicia, la instalación y puesta en funcionamiento del Museo de Historia Natural, y de los Gabinetes de Física y Química, que llegaron a adquirir mucha fama. En esta tarea interviene el P. Faustino durante el tiempo libre que le deja su actividad docente y académica. En él va perfilándose cada vez con más claridad su vocación científica.

Aquí convive con el P. Clerch, que llegó a ser un gran naturalista, pero que en esta época imparte las asignaturas de Geografía e Historia de España. Por lo que no se puede afirmar que influyera en la vertiente científica del P. Faustino[Notas 10].

Su gran celo pastoral no se agota en la dedicación al ministerio educativo. Colabora también, con el P. Pedro Álvarez, en las actividades de la Iglesia de San Antonio. En ella estaba establecida la Congregación de Nuestra Señora de las Escuelas Pías y las Conferencias de San Vicente de Paúl. A la implantación de estas Asociaciones se adelantó la Conferencia de Caballeros bajo el patronato de San José de Calasanz. “La Congregación de Nuestra Señora de las Escuelas Pías tenía su fiesta principal el día 2º de Pascua de Pentecostés, puesto que dicho día llevó a Frascatti el cuadro original de la Virgen Madre de nuestras escuelas el Santo Fundador. Tenía además el cuarto domingo de cada mes su Comunión General, con ejercicios apropiados, en los que ocupaba puesto principal la Corona de las Doce Estrellas, así como las cinco Avemarías de las cinco letras del Dulcísimo Nombre”[Notas 11].

Estas actividades pastorales le dieron la posibilidad de mantenerse en contacto vivo y directo con la espiritualidad calasancia, que va asimilando cada día más. El P. Pedro Álvarez, buen conocedor del P. Faustino por haber sido su maestro de novicios, nos da unas importantes pinceladas del mismo en la carta que escribe, en diciembre de 1858, al P. Comisario Apostólico para darle noticias de su llegada a la isla: “el P. Faustino tan animoso y entusiasta como siempre, da memoria para todos”[Notas 12].

Pero su salud comienza a resentirse:

“estoy atacado del hígado”; “de la vista ya hace tiempo que también me encuentro mal”[Notas 13]; “voy a salir de ésta porque no me conviene el clima, ya debe llegar pronto el día; no es cosa mía, ni yo sabía nada; más cuidan de mi salud los Superiores que yo mismo”[Notas 14].

Quizás por este motivo el día 20 de marzo de 1859, en la reunión de la Congregación Provincial de Castilla “se acordó respecto a los Padres Luciano y Faustino, que se hallan en La Habana, que se pidiese el correspondiente atestado al P. Rector de aquel punto, para proceder en su vista a lo que hubiere lugar”[Notas 15].

Llega la resolución definitiva: el P. Faustino es enviado, de nuevo a España. En el Catálogo de 1847, en la página dedicada a Faustino Míguez, aparece: “1860. Vino de aquella isla enfermo”.

Vuelve feliz porque cree de verdad que la aceptación de la Voluntad de Dios es lo más importante y se manifiesta a través de las circunstancias ordinarias de la vida. Sólo le preocupa saber que es mucho el trabajo que queda a sus hermanos. Expresa asimismo algo de satisfacción, rasgo propio de su juventud, al afirmar que no hay allí ningún Padre que haya estudiado las asignaturas que él imparte.

“No deja de causar trastornos mi marcha, pues se ven recargadísimos los Padres, y sin uno siquiera que haya estudiado las asignaturas que yo enseño”[Notas 16].

Viaja acompañado del P. Collaso que pidió permiso para descansar en España ya que ha estado dedicado a la construcción del pabellón de Normalistas. El P. Faustino escribe a la familia para comunicarle su regreso:

“El 12 de febrero salí de La Habana para ésta y llegué el 5 del presente; vengo a restablecer mi salud, no porque esté muy quebrantada, sino por haberlo estado”[Notas 17].

Las cartas que el P. Faustino escribe desde Cuba, nos dejan entrever algo de su realidad más honda, sus ideales, anhelos. A través de ellas se nos revelan algunos rasgos personales: no devuelve mal por mal; está dispuesto, gozosamente, a morir al pie del cañón; tiene como meta el servicio de Dios; es recio, austero, y a la vez sensible; muestra un cariño especial a su Madre del cielo, María, y a su madre de la tierra; manifiesta gran confianza en los Superiores.

Guanabacoa, es lugar significativo en su vida. Nos habla de contacto cercano con los alumnos en los pasillos, en las clases; de ratos de ocio dedicados a la investigación; de colaboración en la Iglesia de San Antonio; de amor y cariño por lo calasancio, de entrega sin medidas. Los ecos de su paso por la isla cubana, transmitidos de padres a hijos, perduran aún hoy.

Fueron casi tres años de contacto con nueva tierra, nuevas gentes, nuevas costumbres, nuevos hermanos de comunidad, nueva obra. Faustino se hace permeable para dejar entrar en él todo lo bueno que encierra tanta novedad: la tierra cubana le amplía el “horizonte”; los habitantes de la isla le enseñan la utilidad terapéutica de las plantas; las nuevas costumbres le enseñan la necesidad del respeto hacia las diferentes realidades; los nuevos hermanos le aportan calidez y cercanía, al mismo tiempo que un conocimiento más profundo de las Escuelas Pías, al pertenecer a distintas provincias escolapias españolas; en la nueva obra, vive con intensidad lo calasancio y aprende la importancia de la práctica en la enseñanza.

Sin duda que Cuba fue su “atalaya”:

“...lo mismo a las casas que tenemos en las Antillas, que fueron mi atalaya para descubrir y saber lo dicho y mucho más”[Notas 18].

Cuba le dio la altura necesaria para divisar el amplio horizonte del mundo con la mirada de Dios. Cuba le dio fuerza para proseguir el camino hacia Dios. Y Faustino fue aprendiendo que sólo desde Él se adquiere la profundidad y perspectiva necesarias para mirar la vida, la realidad de cada ser humano, en su totalidad.

Notas

  1. Alonso Marañón, Pedro Manuel: “La Escuela Normal de Guanabacoa y su reglamento interior para los alumnos”, Analecta Calasanctiana, 70 (1993), pág. 299
  2. Vilá Palá, Claudio: Documentos Presentados para la Positio Super Virtutibus, (PSV), Roma 1984, pp. 27-28
  3. Ibid., pág. 20
  4. Ibid., pág. 57
  5. Ibid., pág. 32
  6. Ibid., pág. 58
  7. Ep. nº 6
  8. Alonso Marañón, Pedro Manuel: “La Escuela Normal de Guanabacoa y su reglamento interior para los alumnos”,Analecta Calasanctiana 70 (1993), pp. 307-308
  9. Ep. nº 5
  10. Bau, Calasanz: Historia de las Escuelas Pías en Cuba, Habana 1957, pp.186-187
  11. PSV, pág. 21
  12. Ibid., pág. 32
  13. Ep. nº 5
  14. Ep. nº 6
  15. PSV, pág. 35
  16. Ep. nº 6
  17. Ep. nº 7
  18. PSV, pág. 59