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Cuba: primer destino. Su “atalaya”
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San Fernando: lo más genuino del carisma calasancio

Desembarca en España, el 3 de marzo de 1860, procedente de Cuba. Viene lleno de la bondad de sus gentes, de aprendizajes adquiridos con la lectura de los hechos y acontecimientos diarios, de pasión por el hombre, por el niño y el joven, pero su salud llega algo debilitada. Y San Fernando, en Madrid, realidad cercana y conocida, es el lugar elegido por los Superiores para su recuperación.

En este primer período de su estancia en el colegio vive como miembro de paso. No forma parte de la comunidad hasta el 24 de julio en que se le da el destino. Él nos describe muy bien en 1861 cuál es su situación comunitaria en este momento: “por hallarme de huésped”[Notas 1].

Toda la actividad y el quehacer de Cuba quedan ahora lejanos, también las relaciones entabladas, los primeros experimentos con las plantas... La circunstancia externa que le toca vivir parece traspasar su realidad interior más profunda. Es tiempo de soledad, de despojo.

Este despojo llega a afectar a algo esencial y muy querido para el P. Faustino, que ya no sabe definirse de otra forma más que como sacerdote y escolapio: al desempeño, de forma total y sin limitaciones, de su ministerio sacerdotal.

La Iglesia del colegio de San Fernando tenía mucho culto pues en ella se atendía no sólo a los alumnos, sino también a sus familias y a los congregantes de la Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias y de la Congregación de Nuestra Señora de las Escuelas Pías y San José de Calasanz, que estaban establecidas en ella.

Se contó con que el P. Faustino pudiera colaborar en las confesiones y predicación, sin que ello le supusiera una excesiva carga. Antes que nada necesita la concesión por parte del Arzobispado de Toledo, de quien depende entonces el Vicariato de Madrid, de las oportunas licencias para confesar y predicar. Se le conceden, en mayo de 1860, pero con carácter temporal.

El P. Faustino no entiende esta limitación ya que ha gozado de ellas con toda su amplitud en la isla de Cuba. Expone su punto de vista sobre el particular con la sinceridad y rectitud que siempre le caracterizarán. Desde su ímpetu juvenil y fuerte carácter, defiende lo que considera un derecho de los religiosos.

Defensa que nos delata a un hombre urgido por un gran celo apostólico y sacerdotal, pero que le conduce a la suspensión temporal de dichas licencias. Acata la decisión final.

En el mes de julio de 1860 se incorpora a la Comunidad de San Fernando como miembro de pleno derecho. El superior es el P. Domingo Sierra. Algunos de los religiosos con quienes convive en esta Comunidad son: Inocente Palacios, Superior Provincial, Calixto Soto con quien coincidirá nuevamente en Sanlúcar de Barrameda y El Escorial, Julián Alejandre, Francisco Pérez de la Concepción, Cayetano Bellón, Cipriano Tornos, entre otros. Y permanece aún en la Comunidad el P. Ramón Cabeza, como maestro de novicios[Notas 2].

Los destinatarios más directos de la misión pedagógica que ahora se le encomienda, la de maestro de escribir, son los pequeños. Su dedicación a ellos le permite vivir lo más genuino del carisma calasancio, lo que fue una de las grandes intuiciones de José de Calasanz: “Si desde la más tierna infancia el niño es imbuido en la Piedad y las Letras, ha de preverse, con fundamento, un feliz transcurso de su vida entera”[Notas 3].

En Cuba ha sido feliz entre los maestros, ahora es feliz también con los pequeños. El espíritu calasancio va impregnando cada vez más su corazón.

Pero su paso por la Comunidad de San Fernando no estuvo exento de dificultades. Él las afrontó, y lo hizo desde una gran fidelidad a la voz de su conciencia, “única que contra todo su carácter le obliga a hablar”. Se nos muestra como un profundo conocedor del Derecho de los religiosos, cuyo cumplimiento exige ante el P. Jacinto Felíu, Comisario Apostólico, en una carta que le envía el 26 de enero de 1861.

Este escrito es importante para conocer un poco más al P. Faustino, pues en ella reconoce el fuerte “carácter que le es propio, aunque le cueste la vida”, y se manifiesta inclinado a examinar los hechos en el “crisol de la verdad”[Notas 4].

También, por fidelidad a su conciencia y animado de un auténtico espíritu calasancio va a alzar su voz ahora ante el Nuncio, Lorenzo Barilli, al que envía dos memoriales, en febrero de 1861, pidiendo el restablecimiento de las Constituciones. En el segundo, que escribe a los dos días del primero, aporta otros datos y razones para aclarar lo manifestado con anterioridad sobre la situación por la que atraviesan las Escuelas Pías.

“Temiendo abusar más de su benévola indulgencia, contuve mi pluma al dirigir a Ud., la otra, fecha 11 del actual, concretándome a asentar las premisas de las circunstancias que de seguro había deducido ya Ud. y me propongo aclarar más y más con su generoso pláceme añadiendo alguna que otra consideración capaz por sí de entrañarle de lleno en la cuestión que lo motiva”[Notas 5].

Se va desvelando ya, más claramente, el hombre que “no pasa de largo ante nada ni nadie” sino que se compromete hasta el final con la realidad que le toca vivir, y se muestra siempre dispuesto a aportar su pequeña parte de la verdad.

En estos memoriales descubrimos a Faustino Míguez como un incansable defensor de la verdad, un fiel seguidor de su conciencia, y un defensor del cumplimiento de las Reglas y Constituciones.

Notas

  1. PSV, pág. 206
  2. Archivo Provincial. Tercera Demarcación. Madrid. Caja 13. Catálogo de fecha 1.1.61
  3. Constituciones de José de Calasanz, nº 2
  4. Copia de la carta en el Archivo General del Instituto Calasancio H.D.P. Madrid. Carpeta archivo secreto.
  5. Memorial al Sr. Nuncio, 13 de febrero 1861. Copia en el Archivo General del Instituto Calasancio H.D.P. Madrid. Carpeta archivo secreto.