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Sanlúcar de Barrameda: un horizonte apostólico amplio

De nuevo hacia el sur. En octubre de 1879, el P. Faustino llega a esta tierra cargada de recuerdos para él... ¡la noche, el río, la barquichuela! Es la tierra que le adoptó como hijo, de la que partió con fama de sabio y de santo y que ahora, en esta segunda estancia, le revelará como un hombre profundamente apostólico. Es una tierra que quiere al P. Faustino. Es una tierra a la que él quiere. Y en ella dio a Dios lo mejor de sí.

El rector de la Comunidad, cuando llega el P. Faustino, es el P. Ángel Miguel Escolano, con quien había coincidido durante su primera estancia. Le sucedió, al frente de la Casa, el P. José del Pozo, que cesó por enfermedad. Entonces fue nombrado Vicerrector, y más tarde, en 1885 rector, Alejandro Corrales. Otros miembros de la comunidad eran los Padres: José Merry, Juan Antonio Herrero, Modesto García, Crisóstomo Hontiveros y Pedro Díaz, que apoyó mucho al P. Faustino en las dificultades de estos años[Notas 1].

Su día, como el de cualquier escolapio, transcurre entre la oración, las clases, la biblioteca de la que nuevamente está encargado, el contacto cercano con los alumnos, el servicio sacerdotal en el confesonario. En el colegio se le encomiendan las asignaturas de Física, Francés, Fisiología, e Historia Natural.

Sabe que son muchas las urgencias a atender a nivel educativo-pastoral, dentro del colegio. Pero ha tenido ocasión de comprobar que también las hay fuera de los muros que le rodean. Como Calasanz en Roma hace ya mucho tiempo, en el contacto cercano con el “pueblo”, descubre que la educación no está al alcance de todos. Es un derecho de todos, pero del que, en Sanlúcar de Barrameda, disfrutan solamente algunos y, sobre todo, los niños, ¡no tanto las niñas! El P. Faustino tiene una mirada benigna para las niñas.

Por eso cuando sus ocupaciones terminan en el colegio, visita “una escuela de amigas” que tiene en su casa una señora, amiga de una dirigida suya. Las anima, les ayuda a enseñar a las niñas. Por su parte, está dispuesto a ofrecerles su apoyo. En este momento el P. Faustino cree que ésa ha de ser su aportación para paliar esta necesidad. El Espíritu le conducirá por otros caminos no sospechados aún en aquel momento.

Poco a poco irá descubriendo que está siendo llamado a ser el samaritano que coge al necesitado y le da su tiempo, pero además le lleva a casa, y emplea en él lo mejor que tiene, la vida. Porque fue siempre un hombre abierto a la acción de Dios, sabrá descubrir cuál es la llamada que Él le hace a través de la realidad educativa que le rodea: ser fundador de una nueva Congregación para la Iglesia, dedicada a la educación y promoción integral de la mujer. A este tema está dedicado el capítulo IV.

No todos sus hermanos de Comunidad entienden las visitas y la colaboración del P. Faustino en la “escuela de amigas”. Es comprensible, pues esto lleva consigo un trato asiduo con una obra iniciada y guiada por una mujer y frecuentes salidas del colegio. Pero es el Espíritu quien le mueve y le urge a dar una respuesta, y por ello no encuentra obstáculos que le detengan.

Por otra parte se emplea también en la atención a los enfermos. Inicia aquí, en Sanlúcar de Barrameda, la elaboración de algunos preparados medicinales. Su fama va cundiendo por la ciudad. Los pacientes obtienen eficaces resultados con el tratamiento que les indica, siempre a base de plantas medicinales.

Pero al mismo tiempo, la situación se complica, ya que ahora los médicos temen que les haga la competencia ¡Comienzan las críticas y presiones de aquellos que hace tan sólo unos años, en 1872, le alabaron por el trabajo realizado sobre el análisis de las aguas de los manantiales!...”Críticas y oposiciones que supo sobrellevar con una gran serenidad y fortaleza”[Notas 2]. Estas quejas llegaron a tal extremo que el rector, Alejandro Corrales, ante la presión de la clase médica, prohíbe al P. Faustino atender a los pacientes.

No obstante, hay que señalar que en la visita realizada a la Comunidad, en marzo de 1885, por el P. Manuel Pérez, como delegado del P. Juan Martra, Vicario General, nada se dejó consignado en contra de estas actividades del P. Faustino. Incluso podemos afirmar, con el P. Anselmo del Álamo, que sería “en esta ocasión cuando el P. Faustino solicitó el permiso verbal, de que nos habla en sus cartas al P. General, Ricci, para disponer en favor de la Institución de las Hijas de la Divina Pastora de las limosnas que le ofrecían los enfermos por los medicamentos de su invención que les suministraba”[Notas 3]. La respuesta que recibió fue afirmativa. Es también significativo el hecho de que en diciembre de 1887, fuera candidado en primer escrutinio por ocho votos de nueve votantes para rector del colegio[Notas 4].

La realidad es que el contacto con la Asociación y, sobre todo, su actividad terapéutica motivaron el traslado del P. Faustino, en 1888, a Getafe. “Los médicos de esta localidad, iniciaron una campaña contra él temerosos de que les disminuyeran los ingresos, quejándose al Padre Rector de las actividades del siervo de Dios. A las protestas de los médicos se unieron algunos religiosos de la comunidad de Sanlúcar, quienes aconsejaban que por prudencia convendría trasladarle”[Notas 5], nos relata el P. Olea Montes.

¡Es en este momento cuando más necesita del apoyo del Fundador, la obra que está comenzando! Hace tres años el Señor le ha puesto en sus manos una sencilla y nueva misión y ahora, cuando se está entregando a ella, le pide seguir siendo “el hombre disponible para ser enviado”. Por su parte ni un rastro de defensa ante las críticas de los médicos, y ni un solo motivo en contra de la decisión de los Superiores.

Estos hechos fueron historia de salvación para él, porque supo hacer de ellos una lectura desde Dios. No se rindió a los hechos, sino a lo que Dios le pedía aunque le fuera difícil entender. “En todos estos momentos se mostró con una gran firmeza y serenidad de espíritu, dando a entender que su fe en la Providencia estaba muy por encima de las circunstancias humanas”[Notas 6]

Su opción clara y segura por lo que Dios, a través de las mediaciones, le pide en este momento, el despojo de la presencia cercana a la naciente obra, convierte al P. Faustino en testigo de que Dios, su Voluntad, su Amor, es lo primero, es el valor por excelencia de su vida; le hace testigo del amor sólo a Dios, sin apegarse a nada, ¡ni siquiera a la obra a la que Él mismo le llamó! Es la prueba de la obediencia que conlleva sufrimiento, pero que él acepta como fruto de su madurez espiritual.

Notas

  1. PSV, pp. 97-99
  2. Decreto Virtudes Heroicas (DVH).
  3. Del Álamo, Anselmo: Biografía del Siervo de Dios, Madrid 1975, pág. 132
  4. PSV, pág. 169
  5. Summarium, pág. 39
  6. Ibid., pág. 10