BuscandoLaVoluntad/Un adolescente solidario

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Un adolescente solidario

El benjamín de la casa de los Míguez va creciendo, madurando. Su vida transcurre entre el estudio, la colaboración en las faenas del campo, el encuentro con los amigos, los buenos ratos en pandilla, la oración. Como la de cualquier muchacho de su edad y de su aldea. Y aún le queda tiempo para colaborar con el párroco en la catequesis de los pequeños. Es un gesto sencillo cuyo recuerdo ha perdurado, según relata el P. Anselmo en su biografía: “ya mayorcito, ayudaba al Sr. Cura en la explicación de la doctrina cristiana los domingos y días de fiesta, y obsequiaba a los más aventajados y estudiosos con aceitunas”[Notas 1]. Desde joven le vemos apostar por el estímulo, como elemento educativo.

Manuel es un adolescente inquieto, alegre, compañero, solidario, decidido. Descubre y ama la vida que se le regala y aún en medio del mar agitado en que se encuentra por su etapa adolescente, se da cuenta que sólo tiene una cosa clara, y es que no quiere malgastar el don que ha recibido.

Comienza a preguntarse qué hacer con ella, qué rumbo seguir. El caer de la tarde con su bella puesta de sol, espectáculo natural que puede contemplar cada día, es para él momento de encuentro consigo mismo; y su corazón se llena de gozo al descubrir dentro de sí el deseo de entregar su vida a Dios, como sacerdote.

Probablemente influye en él la decisión de su hermano Antonio que ya un año antes ha comenzado los estudios de Latín y Humanidades, con el deseo de ser sacerdote, en el Santuario de la Virgen de los Milagros, situado en el Monte Medo a unos 30 km. de Orense.

También su hermano José quiere seguir este mismo camino y, Benito, el padre, experimenta por una parte gran gozo y, por otra, una honda preocupación por quién será, entonces, el que continúe al frente de la hacienda familiar[Notas 2]. Busca una salida para lo que parece tener difícil solución por las intenciones de sus tres hijos: echa a suertes quién se hará cargo de la administración de las fincas. Y la suerte recae en José.

Manuel sale de casa con dieciséis años rumbo al Santuario de los Milagros para iniciar sus estudios de Latín y Humanidades con un horizonte claro: ser sacerdote. Atrás queda todo lo más querido: sus padres, amigos, compañeros. Su vida va llena del aire limpio, fresco, sano y sencillo que le ha proporcionado su escondida aldea y el entorno familiar. Un aire que sabrá mantener siempre en sus gestos, en su mirada, en su quehacer, en sus relaciones, porque ha penetrado en él por ósmosis.

En esta época al lado del Santuario había una Preceptoría. Era el lugar donde se formaban los alumnos para pasar más tarde al Seminario. Permanecían allí tres años. Los sacerdotes de la parroquia de San Juan de Vide eran los encargados del Santuario, y los alumnos estaban atendidos por dos sacerdotes. José María Martínez Pazos, administrador del Santuario entre 1861-1869 y autor de un libro sobre dicho centro, dice: “de los muchos beneficios que hace el santuario, era éste uno de los más notables y de imperecedera memoria, no sólo para los padres de los alumnos sino para estos mismos que jamás se olvidaban de la vida inocente, alegre y de cariño fraternal que pasaban en los Milagros”[Notas 3].

Manuel estuvo en el Santuario desde 1847 a 1850. Su permanencia en este último año nos la certifica el párroco de Acebedo, D. Felipe Sousa, en un informe con fecha del mes de junio de 1850: “Es hijo de unos honrados padres que viven y se ocupan en la labranza, y D. Manuel en la actualidad se halla dedicado al estudio de la Gramática en el Santuario de los Milagros”[Notas 4].

Su hermano Antonio estuvo allí hasta el año 1849, según consta en el certificado expedido por D. Manuel Garrido el 24 de septiembre de 1849, donde se afirma que ha concluido sus estudios de Gramática y Latinidad. Durante el curso 1849-1850 realizó primero de Filosofía en el Seminario de Orense[Notas 5]. El último año Manuel no gozó, por tanto, de la compañía de su hermano en el Santuario.

En este centro aprendió latín y números, y también diferentes oficios pues “en la Iglesia, los estudiantes servían de sacristanes, ayudantes de las misas y entonadores en el órgano; ellos daban cuerda al reloj, limpiaban la Iglesia, tocaban las campanas, hacían, en fin, todo lo necesario en el templo”[Notas 6].

Progresó en el amor a la Virgen, razón de ser de aquel lugar, y de Ella recibió la lección del servicio, de la sencillez, de la fidelidad.

Durante su estancia en este centro Manuel destacó como uno de los mejores alumnos, por su aprovechamiento en el estudio[Notas 7] y por sus cualidades humanas y religiosas. En su hogar había aprendido la solidaridad con los necesitados y ahora tiende la mano a un amigo suyo, igualmente necesitado de ayuda en el estudio. Es un destello de una vocación educadora, velada todavía, en este momento, para Manuel. “Ya de estudiante procuraba ayudar a los alumnos o condiscípulos menos aventajados para que se pusieran al mismo nivel en las disciplinas que cultivaban”[Notas 8], nos dice el P. Olea Montes, escolapio y gran amigo del P. Faustino.

En el Santuario convivió con Fray Teodoro Feijoo, un franciscano que había sufrido la exclaustración y supresión de Comunidades religiosas de 1835 y se había instalado allí. Era famoso por su afición a las hierbas. Con ellas elaboraba un licor, en cuya composición entraban más de treinta plantas, y del que dejaba degustar, en pequeñas cantidades, a sus amigos y a los alumnos de la Preceptoría.

Notas

  1. Del Álamo, Anselmo: Biografía del Siervo de Dios P. Faustino Míguez, Madrid 1975, pág. 21
  2. Summarium, pág. 19
  3. Martínez de Pazos, José María: Historia del célebre Santuario de Nuestra Señora de los Milagros, Santiago 1891, pág. 93.
  4. Summarium, pág. 241
  5. Datos tomados del Archivo del Obispado y del Seminario de Orense, por la Comisión de Espiritualidad del Instituto Calasancio Hijas de la Divina Pastora.
  6. Martínez de Pazos, José María, o.c., pág. 94
  7. Summarium, pág. 20
  8. Summarium, pág. 11