CerdeiriñaFaustino/02

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Capítulo II

En Acevedo - cabeza de Ayuntamiento y perteneciente al partido judicial de Celanova en la provincia de Orense- nació Manuel Míguez y González, que más tarde, al ingresar en la Orden de las Escuelas pías había de cambiar su nombre de pila por el de Faustino, como después se llamó toda su vida, el 24 de marzo de 1831. Iba, pues, a cumplir los noventa y cuatro años, que estuvieron siempre consagrados a la virtud y a la ciencia, al buen nombre de la Escuela Pía y a la salvación de las almas. La vida longeva del P. Faustino Míguez no tuvo otra modalidad, ni tampoco se la puede designar y clasificar de otra suerte. No hay en esa vida accidentaciones en su panorama, ni ondulaciones en su paisaje; no presenta esa vida alejamientos de la virtud y retornos penitentes y arrepentidos a Dios. Esa vida es una llanura inmensa y de horizontes amplísimos, que, en el correr de sus largos años, estuvieron siempre iluminados por la luz indeficiente de los cielos. Si el paisaje de esa vida resulta un tanto monótono, poco importa: en cambio, tiene valores sin cuento y muy estimables, que hacen destacar del fondo de ese conjunto tan poco variado la figura prócer y gigantesca del renombrado Escolapio, que ya en sus primeros años indicó lo que había de ser con el tiempo.

Sin violentar la máquina, sin aparato, sin afectación , sin pretenderlo ni quererlo, con solo el noble anhelo de hacer el bien, pero sin que por ello pretendiera distinguirse, doquiera estuvo hizo dilatar la fama de su nombre; heraldos de esa fama fueron su conducta recatada y religiosa, su competencia científica a toda prueba y su especialidad en su misión docente, que ni por ensalmo fueron puestas nunca en tela de juicio, ni sufrieron desmayos, ni se apagaron con los vapores de la lisonja excelsa y pregonera y con los triunfos extraordinarios, ni se amortiguaron ni debilitaron con el homenaje y la alabanza, ni se quebrantaron con las contrariedades a granel, sino que fueron lo que fueron por su propia virtud y por el dominio completo y omnímodo del hombre viejo y por la gracia de Dios, fuente inagotable de dones, de aguas puras y cristalinas, donde sacian su sed las almas puras y nobles, las almas grandes, las almas como la del P. Faustino Míguez, para las cuales este mundo no es más que la antesala y el vestíbulo del mundo sobrenatural, en el que esperan confiadas, sean cuales fueren los contratiempos y reveses, que en legión menudean y se difunden sobre todas las latitudes de la tierra.

Notas