CerdeiriñaFaustino/04

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Capítulo IV

Los tiempos no eran muy bonancibles en ningún orden de cosas en España, y mucho menos lo serían para las corporaciones religiosas. La Escuela Pía no había sido suprimida como corporación religiosa; pero sus noviciados habían estado cerrados por disposiciones gubernativas. En el año 1845 se había permitido a los Escolapios poder abrir sus noviciados y admitir novicios; pero la cristalización de las vocaciones, lejos de ser un problema de fácil solución, presentaba una dinámica tan complicada que no permitía acoplar y combinar elementos ad hoc, de cuya adaptación se pudiesen augurar felices resultados. El permanecer fieles a la vocación en aquellos críticos momentos era casi tenido por una señal, por un símbolo, por un eco de predestinación eterna. ¡Tan difíciles, tan inseguras, eran las circunstancias en aquellas calendas, en aquella época de verdadero vértigo!

España estaba en pleno equilibrio inestable; y, en lo espiritual, solamente corazones decididos como el del joven Míguez, eran los que no volvían la vista atrás. A una constitución seguía otra, y la guerra civil, ese duende de las almas religiosas y de la Iglesia, flotaba en la atmósfera. Los ánimos más esforzados, en la virtud tenían que sentir la zozobra y el desmayo. Asusta la sola consideración de lo que fue España en el siglo XIX. Ideas nuevas, de novísimo cuño, en una nación, que vivían del lastre de la tradición, que la había hecho grande, tenían que dar al traste con muchos valores. España no se perdió entonces; pero sus cimientos quedaron tan socavados, que desde entonces data su desorientación, y, si la ruina no dio con ella en tierra, fue porque sus hombres no se dieron maña ni tuvieron fuerzas para perderla. Admiremos a los que fueron en días tan aciagos buenos cristianos y religiosos de corazón.

Entre éstos se contaba el joven Faustino Míguez, en los días felices de su noviciado. Lo que hizo en sus años juveniles lo suponemos muy fundadamente los que le conocimos por vez primera, cuando ya frisaba en los sesenta años. Su modestia, su recogimiento, su persona toda envuelta en aureolas místicas e impregnada de ascéticas fragancias, fueron en el curso de los años lo que habían sido en el ritmo aleteador de la época de la lucha, a base de sacrificios, de contradicciones y de penitencias, siguiendo el camino de la mortificación, imponiéndose el yugo suave de Cristo y echando sobre sus hombros esa carga ligera de la cruz, que a pesar de su suavidad y de su peso liviano, será siempre yugo y carga.

Así pensando y así obrando, afianzó su espíritu en la práctica del bien y modeló su corazón según el corazón de Dios. Cualesquiera que fuesen después los peligros de la vida, los vaivenes y los contratiempos a que tuviera que hacer frente, le encontrarían denodado y esforzado, firme en su puesto y con el arma en el brazo para ganar en buena lid el premio que da Dios a los que le siguen… Míguez no se arredraría nunca.

Celta por su raza, por su complexión física, por la contextura de sus rasgos y caracteres antropológicos, por su cutis blanco y sonrosado, por la sensibilidad y firmeza de su alma, una vez hecho de Dios y consagrado a ese mismo Dios, no doblaría la rodilla ante ninguna vana deidad, ni prestaría adoración y vasallaje a los placeres bajos y rastreros de la carne, ni rendiría homenaje y pleitesía a los ídolos de este mundo, del cual se separaba para siempre e irrevocablemente. Su palabra estaba empeñada, y su fe era trasunto de la fe de los santos. La trayectoria del camino que había de seguir, estaba trazada con un gesto, que en él bastaba para que tomase carta la naturaleza.

Notas