CerdeiriñaFaustino/05

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Capítulo V

Con estos augurios, que cualquiera llamado al claustro, podría envidiar, hizo su profesión solemne en el día 16 de enero de 1853. Los buenos propósitos y las santas inspiraciones de sus años de noviciado cristalizaron admirablemente en toda su prolífica variedad; no hubo faceta de ese cristal que no cuajara perfectamente y tuviera ángulos, líneas y plano concretamente modelados. Enseñoreado en absoluto y cabalmente dueño de sí mismo, examinó todo el alcance de su vocación; analizó al detalle la trascendencia de su profesión religiosa y docente; y el programa que entonces hizo de su vida religiosa; las lecciones tan grandes y tan sublimes, que explanó aquel espíritu tan sutil y tan diestro; aquellas culminaciones en que se columpió su alma gigantesca y noble; y los derroteros que trazó su imaginación pura y convenientemente entrenada en las cosas del espíritu; y todo ello en una pieza fue el plan vasto y admirable de ejemplaridad y religiosidad, que proyectó delante de los horizontes de su alma, para seguirle inflexiblemente y sin distingos; cadencias son éstas de otros tantos ecos de vida espiritual y religiosa, ecos, que se han venido repitiendo a través de los años, como prolongaciones de un ruido de aguas de torrente, que, bajando de las alturas de sus años mozos, manifestándose rítmicamente en infinitas cascadas, bajan, descienden y se confunden entre las aguas del mar inmenso de su larga vida, intensa y profundamente religiosa.

Dentro de su ser vivía la virtud; y él era el asceta, el cenobita que sólo se alimentaba de ese divino néctar del misticismo. Vivía en la casa de Dios, y, como nadie, quería honrar esa casa. En esto se cifraban todos sus empeños, y a nadie cedió la palma en el celo por la gloria de Dios. En lo más oculto de su corazón tenía el joven Míguez como estereotipados los grados de todas las virtudes, que él iba subiendo paulatinamente. Se propuso ser un religioso ejemplar y observante, y para ello contaba con un alma pura y un corazón desligado de las impurezas todas de esta vida caduca y terrena, como cimiento y base del edificio espiritual, que pretendía levantar. He aquí por qué razón no hay, en absoluto, en toda su vida un solo hecho que pueda empañar esa fama de religioso macizo y profundamente espiritual. La religiosidad era su idiosincrasia, la piedad, era su característica y el cumplimiento de sus deberes era el marchamo de todas sus acciones.

Diríase de Míguez que había nacido para el bien, para la virtud y para la religión. Hay, en efecto, seres refractarios al bien; los hay, en cambio, que son con él perfectamente compatibles. La virtud en unos es fruto de un trabajo continuo, de una labor constante y en muchas ocasiones de un sacrificio a toda prueba y con todas las agravantes; en los otros no hay dificultades, no hay alturas, todo es perfectamente asequible, la bondad es la cosa más natural, con sólo querer se resuelven los problemas más arduos de la virtud y de la vida religiosa y cristiana. Se encuentra con frecuencia naturales ásperos difíciles y hasta incompatibles con la virtud; los hay, por el contrario, que parecen ser la expresión de la candidez y de la fórmula de la dulzura. Estas variantes son cualidades distintas, atributos especiales, constitutivos específicos y diferenciales que forman el ser personal, y que manifiestan a ojos vistos hasta dónde puede llegar el hombre por sí solo. La fuerza de voluntad llevó a Míguez hasta límites inconcebibles.

Pero sobre la naturaleza está la gracia; sobre el poder del hombre está la virtud de Dios, que levanta a los débiles, que los sublima y ensalza, que se complace en ellos y que se vale de esos mismos débiles, que los sublima y ensalza, que se complace en ellos y que se vale de esos mismos débiles para confundir a los fuertes. La fortaleza le viene al hombre de la fortaleza de su alma, la cual a su vez se deriva de Dios. Nadie es fuerte por sí sino en Dios, que es el que da fuerzas, una cuando haya sido arrebatado hasta el tercer cielo, como S. Pablo. La virtud es fuerza; y la fortaleza, que da la virtud, es la renuncia del amor propio; la virtud se consigue a fuerza de sacrificios y abnegaciones; es semejante a la palma, que orla la cabeza del mártir; se llega a conquistar a precio de sangre. La gracia del martirio, esa gracia que se otorga al atleta de la fe, el ser sin duda más extraordinario de la tierra, es un don, que Dios concede por misterios inescrutables suyos y por correspondencias especialísimas del hombre a esa gracia redentora.

Es un misterio, sin duda, la formación espiritual del hombre, y asunto muy superior a las fuerzas humanas es que ese hombre, así formado, no vacile, no dude, no se vuelva atrás y cumpla leal y generosamente lo que ofreció a Dios. Precisamente la obra de la gracia, el pródigo de la gracia, se va prolongando insensiblemente y sin que se la note, a medida que el tiempo se desliza. Si muchas almas nos contasen su historia, se vería cuánta verdad hay encerrada en esa apreciación. Pero la lectura es insuficiente, la narración es efímera y hasta frívola, si falta la experiencia propia, si no existe el sentimiento. Ideas que no se sienten, que no se encarnan en la parte material del ser, que no vibran al unísono del corazón, corren peligro de perderse, de evaporarse, de esfumarse entre las penumbras de la imaginación. El cuerpo necesita del alma para vivir la vida material, pero necesita más de ese concurso del alma para ser su principal servidor. La disciplina espiritual no se arraigará en hábitos profundos, si se la trata superficialmente y a la ligera; y no se hace provechosa esa disciplina sino con la lentitud de los años y con la práctica perseverante del asceta.

Al socaire de estos postulados que, como faros luminosos conducen y guían al hombre hasta donde sea preciso , se mantuvo siempre de buen ánimo el joven religioso Míguez en aquellos años de prueba, en que se estaba formando religiosa y científicamente.

Cuando Moisés bajó del monte, después de hablar con Dios, todo su pueblo lo encontró transformado; y aureolas de luz radiante, circundaban su rostro, presentándole ante los suyos como una visión. No de otra suerte se preparaba también nuestro Míguez para ejercer su apostolado. Su voluntad ardiente y poderosa se templaba en aquel ascetismo de su segundo noviciado, entre las alternativas de la oración y de la penitencia y los torneos de sus estudios. A un natural hermoso y de perfecto acuerdo con la ley añadía él la consideración ininterrumpida de que sin Dios las obras todas del hombre y sus más halagüeñas y felices disposiciones no pueden reflejar ni ostentar la luz verdadera que embellece toda obra, que en Dios tiene su comienzo. Hasta la saciedad estaba convencido de que la gracia es la única savia que nutre y vivifica al hombre, que sin ella es erial, seco y estéril. Y no podía menos de ser así, tratándose de un espíritu perfectamente equilibrado como el del religioso Míguez. Los espíritus equilibrados se mantienen imperturbables, serenos y confiados en el choque con las pasiones, con el mundo y con el imperativo categórico de las circunstancias que, a la inversa del verdadero imperativo, obra sobre el alma para corromperla y para perderla. Son sin duda alguna, dechados singulares de la obra de la gracia de Dios en el hombre; ni se abaten por la contradicción, ni los amedrentan los combates que amenazan perderlos, ni salen de la tentación y de la prueba deshechos, sino más íntimos y leales amigos de Dios, ni tienen sus delicias en las frivolidades y pasatiempos, propios de espíritus enfermizos, ni se ensoberbecen con los laureles y con los triunfos fruto de sus vigilias y trabajos, ni dejan de pensar hoy lo que ayer pensaron y volverán a pensar mañana… Y con todo, a pesar de que estas grandes dotes son sólo patrimonio de seres excepcionales, figuraron en grado eminente en este gran religioso, constituyeron indispensablemente su bagaje espiritual, se le hicieron familiares y consustanciales, fueron él mismo en históricos momentos, en días críticos de su vida, que sabemos por confidencia suya los que tuvimos la honra de oírle; porque a pocos dispensó el P. Faustino esta franqueza de contar su vida, y esto no por capricho, ni por temperamento e idiosincrasia, ni por soberbia, ni por desconfianza de la humanidad, sino por verdadera modestia, por virtud profunda y castiza y por su laboriosidad, que no reconocía igual y que lo tenía ocupado constantemente y lo embargaba por completo. Era de buen natural y de buena índole, pero su santidad le hacía desconfiar de sí mismo y confiar mucho en Dios. Pensaba bien y obraba como pensaba.

Notas