CerdeiriñaFaustino/06

De Wiki Instituto Calasancio
Saltar a: navegación, buscar

05
Tema anterior

CerdeiriñaFaustino/06
Índice

07
Siguiente tema


Capítulo VI

Oraba y estudiaba, todo en él era oración, hasta el trabajo, pues todo lo dirigía y encaminaba a cumplir la voluntad de Dios, haciéndose apto para desempeñar en día no lejano el voto de enseñanza, característica de su vocación; porque en lo demás , es decir, en las virtudes que deben adornar al sacerdote y al religioso, si antes de su ordenación sacerdotal no había llegado a las cumbres de la santidad, modelo viviente era ya entonces de virtudes, y altas prendas morales informaban su conducta hasta el punto de que en sus mismos años juveniles podía servir de ejemplar y modelo, en quien muchos encontraban su inspiración. Era profundamente piadoso, y a la luz de la lámpara del santuario, la virtud le daba aliento para seguir impávido las empinadas cuestas de la ciencia. Si cada paso que dio en el estudio e investigación de las ciencias, fue o no una conquista, no lo afirmaré yo de forma categórica pero lo que si en principio sostengo es que echó los cimientos de su formación científica en forma tan sólida que fue después en varios sectores de la ciencia, investigador de primera fuerza, experimentador original y felicísimo, y descubridor con éxito sin par de tesoros científicos de mérito indiscutible. Realizó cuanto se propuso, y para él la ciencia no tuvo secretos ni enigmas. Lo que muchos creyeron que eran bagatelas y rarezas fue luego una realidad, un invento maravilloso, algo que traspuso los horizontes y los lares patrios, y dio a su autor un renombre universal que a sí mismos se asignarían de buen grado aquellos mismos que en un principio no sólo habían sido sus contradictores más empedernidos, sino que habían puesto en la picota al invento y a su autor. Pero no adelantemos conceptos. Cúmplenos tratar ahora de los preliminares y de la propedéutica de aquellos inventos.

Su preparación científica y literaria fue todo lo completa y variada que debe tener un sacerdote, que aspira estar a la altura de su misión evangelizadora, y aquella otra que debe tener un sacerdote, que aspira estar a la altura de su misión evangelizadora, y aquella otra que debe ostentar un profesor competente de segunda enseñanza. En el P. Faustino Míguez revistió esta preparación un aspecto especial y fue a más de los estudios susodichos una serie de cursos de ciencias naturales y físico-químicas bajo la dirección de profesores oficiales; preparación que, dicho sea de paso, no fue exclusiva suya, sino que la recibieron hijos como el de S. José de Calasanz y otros condiscípulos suyos, que han dejado también un gran nombre en las escuelas Pías de Castilla.

Varios de ellos han desempeñado cargos elevados en el gobierno de la nave calasancia, como el P. Antonio Miguel Escolano, que murió siendo ya octogenario, y el M.R.P. Marcelino Ortiz, que hace muy poco tiempo ha pagado también su tributo a la muerte. Pero abrigo la convicción de que ninguno rayó tan alto ni se elevó tanto en este sector científico, como el P. Faustino Míguez, aun cuando en la época de los estudios daban la preferencia por algunos al P. Escolano como oí referir al P. Ortiz. El tiempo se encarga de deshacer la presión que presenta accidentalmente la atmósfera, y basta que el viento cambie de dirección, para que el sol luzca con toda su majestad y todos sus esplendores.

Después de todo, estos son tan sólo prejuicios de escuela, que después desaparecen, cuando la vida se desenvuelve unilateralmente, aisladamente, merced a las propias fuerzas nada más y en pleno individualismo a la vista del mundo entero y no en el pequeño recinto y congregación de nuestros admiradores. Por otra parte, las carreras enseñan el camino por el cual deben marchar sus cultivadores; inician, no dan la solución de los problemas; abren la trocha entre la maleza espesa de vegetación, a veces inútil; reúnen materiales y conglomerados de muy diversa naturaleza; en una misma carrera se repite en sus diversos grados y en distintos aspectos y objetos formales de la ciencia las mismas cuestiones con los mismos argumentos y los mismos puntos de vista. Resulta, pues, que en la adaptación del saber a la realidad cambian los valores de las disposiciones intelectuales: unas veces por el descuido y olvido de los estudios o porque el científico “en ciernes” se mueve mucho, no se para, no se posa, no cristaliza, sino que es versátil, se ratifica y expande mucho, abarca demasiado, queda momificado con el aforismo pluribus intentus minor es ad singula sensui, y es semejante a la abeja, que va de flor en flor para recoger el polen con el que ha de libar su rico panal de miel, y mucho de ese polen se pierde necesariamente; otras veces el sabio precoz es un capullo, que no llega a abrirse ni a romper, porque no enfoca la materia científica y la cuestión vital allí donde están el núcleo y el germen de su fecundo y progresivo desenvolvimiento, que, encauzado convenientemente será pródigo de resultados admirables y en éxitos luminosos, que servirán de provecho a la humanidad y de gloria inmarcesible al venturoso que ha tenido el acierto de saber manejar el resorte, del que depende el enigma científico.

Es todo cuestión de vocación, lo mismo en el orden espiritual, que lleva al alma al éxtasis, al arrobamiento y al sacrificio, que en aquel otro orden del espíritu, donde este es subyugado y arrastrado, para contemplar la verdad cara a cara, y en alas del descubrimiento y de la investigación se caldea el ánimo, olvida las menudencias y menesteres de la vida material, las oriflamas de los honores, las brillanteces de las riquezas, y se consagra de lleno y en firme a servir a esa verdad. La naturaleza habla constantemente; pero hay necesidad de interrogarla. Fuerzas innúmeras, que se hallan ocultas en las profundidades de su seno misterioso, están esperando el saludo y el encuentro del sabio para dejar de vivir en recónditos misterios y presentarse a la faz del mundo y convertirse en luz, que le ilumine y le lleve por nuevos derroteros. El olvido del mundo y el sacrificio de sí mismo ponen al hombre en contacto con esos arcanos al parecer insondables de la ciencia. Y la ciencia no es más que una gran inercia, que se vence con la palanca de la constancia. En esta constancia es donde surge como una evocación el sabio, o donde aparece el genio como una expresión o como un símbolo de una ley. Hay quien asegura que la habilidad y la destreza y el talento son artes y prendas muy frecuentes en los que acostumbran a vivir en completa holganza o sea que el talento y la aplicación se repelen. Si esto fuera un hecho, habría que renunciar al progreso, que es ley de la Humanidad. Pero. Sea de ello lo que fuere, la constancia y la laboriosidad son secuela lógica del talento y del genio, o por mejor decir, su complemento. El sabio es dechado de paciencia, de laboriosidad y de trabajo. Los ensayos repetidos hasta el infinito ponen al genio en presencia de la ley, que él en hipótesis había presentido, o dan descubierta al sabio la fórmula científica, en cuya indagación silenciosa iba. La laboriosidad y la mentalidad, más que dos líneas paralelas, son dos fuerzas, que obran de consuno para producir una única resultante, que es el invento. Con sólo querer no se vencen las dificultades; es menester hacer irrumpir la luz del fondo mismo de la obscuridad.

Pues bien: ante un hombre de la talla del P. Faustino Míguez, estas disquisiciones no van fuera de propósito, sino que son flores que sirven para tejer la corona científica, a que es, como nadie, acreedor. Su vocación a la ciencia es postulado indiscutible; y su entrenamiento en la misma se verificó de manera tan insinuante y tan asequible; y su iniciación en el saber le facilitó el camino, le dotó de medios de trabajo, le suministró armas hábiles, le dijo tan persuasiva y elocuentemente cómo se trabajaba que después los resultados vinieron naturalmente y por lógico proceso. Por eso, en el sabio Escolapio se notaron desde luego dos cualidades eminentes; una asimilación grande de los métodos ajenos y una iniciativa propia, que se había de traducir en base de conquista, la cual le haría ser un poco más que repetidor más o menos inteligente de lo que otros habían dicho . En efecto: se encuentran con frecuencia hombres que sólo saben lo que les han dicho los maestros o lo que han leído en los libros; pero son rara avis aquellos otros que, además de lo que saben los primeros, son propietarios intelectuales , cuentan con el saber de los primeros y son guías y bienhechores de la humanidad, porque han trazado nuevas líneas de progreso, porque han proyectado gran luz sobre los arcanos insondables de la naturaleza, porque han sorprendido a esa misma naturaleza y le han arrancado los secretos que guardaba recelosa. De todo esto ha dado pruebas inequívocas el ilustre Escolapio. Reunió un gran acopio de erudición y aprendió mucho en los libros; amén de ese almacenaje, en que ejercitó su actividad y sus aficiones, supo él también fabricar por su propia inspiración e inventiva.

Notas