CerdeiriñaFaustino/07

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Capítulo VII

Admirablemente dispuesto y adiestrado para la lucha, saltó a la arena el P. Faustino Míguez como un gladiador dispuesto a vencer y a no ser vencido nunca. Empeños de gran aliento –que habían sido hábito constante y norma inflexible de su conducta- le tenían ya en sazón, y nada del objeto preferente de su misión le era desconocido, y aún en aquello, que no constituía taxativamente su vocación sería un coloso.

Detalles insignificantes eran los que se le podían presentar en la palestra de la enseñanza. Las esperanzas que hizo concebir cuando seguía paso a paso las diferentes etapas de su carrera, no estaban defraudadas y tenían un feliz cumplimiento. En el mismo colegio de San Fernando de Madrid, apenas había salido de las aulas, hizo sus primeras armas en el campo de la enseñanza. Pero aquello no era más que un ensayo. Mayores rendimientos científicos y pedagógicos se esperaban de sus disposiciones intelectuales poco comunes y de su religiosidad profundamente arraigada en su alma y en todo su ser, en forma tal que aparecía a los ojos de todos como la rectitud y la gravedad en marcha.

Había dicho ya su primera misa en el susodicho colegio de San Fernando de Madrid. Eran los años que siguen a la terminación de una guerra; y el espíritu ávido de ciencia, de verdad y hasta de nombre, busca posiciones para apoderarse de esa verdad. La verdad es infinitamente polícroma, la gama del saber es tan variada que con facilidad se encuentran aficiones y gustos que no es posible clasificar y sujetar a mandamiento. Los espíritus superficiales y vanos, pasando por alto sublimes filosofías, cuestiones de verdadera enjundia y temas abstrusos de ciencia profunda y positiva, buscan para su entretenimiento y solaz – y como justificante de su vida frívola y de su erudición a la violeta- lecturas fácilmente asimilables y que no exigen gran dosis de reflexión. Las almas fuertes y recias, que han nacido para el combate, para la polémica, para la reflexión y para el laboratorio, para el libro y para la tribuna , se enfrascan de lleno en lecturas hondas; están horas enteras ante volúmenes de consideración y tupidos de ciencia fundamental, meditabundas se extasían con el teorema y el problema que tal vez confirme un principio de la ciencia, o sean expresión de una ley de la naturaleza y enmudecen y no ven ni oyen sus sentidos , sus intermediarios, los ecos prolongados del mundo , porque las verdades resuenan rítmicamente ante su llamamiento que las convida a conversar amigablemente, para que accedan a sus ruegos y les presenten el hilo de Ariadna que las lleve a posesionarse de la sabiduría, su gran desideratum y anhelo nobilísimo de todas sus aspiraciones.

Los días se iban deslizando entre el estudio y la escuela, cuando un día llamó a la puerta de su habitación la obediencia. Entraba en pleno período de actividad su magisterio, y su función docente le ofrecía un puesto verdaderamente honroso. En 26 de noviembre de 1852 había firmado Isabel II un decreto, por el que se autorizaba la fundación de dos colegios de Escolapios en la isla de Cuba. Pero las circunstancias no habían sido del todo propicias, porque escaseaban los hombres y hubo que buscarlos en todas las provincias escolapias de España, y todas rivalizaron en contribuir a la gran obra. Y aun cuando la dirección la llevó la provincia de Cataluña, las otras enviaron hombres de verdadero mérito. En la provincia de Castilla hemos conocido hombres eminentes, que estuvieron en Cuba en la fundación de los Colegios calasancios, como el literato P. Pedro Álvarez; el naturalista P. Modesto García, muy conocido por sus trabajos de Botánica; el gran latino P. Ildefonso Barba Polo no menos célebre por sus obras sobre la lengua latina que por sus trabajos caligráficos que son verdaderas filigranas, y otros, entre los cuales está nuestro P. Faustino Míguez. En enero de 1857, llegaron a la “Perla de las Antillas” los primeros escolapios.

Entre estos ilustres Escolapios iba el P. Faustino Míguez, que con muchos de ellos ciertamente no podía condenarse pues era a la sazón un joven de 26 años. Con todo era una esperanza para la orden calasancia por sus grandes virtudes aún en plena juventud y por los buenos estudios que había hecho ya en tan tempranos años. Alguien ha dicho que era veterinario, y se ha afirmado también, según alguna vez he oído referir, que él mismo se había adjudicado este título en consulta que algunos pacientes le habían hecho. El título que poseía era indicador tan sólo de los curso de ciencias naturales, físicas y químicas, que con tanto provecho había seguido, como de ello he hecho ya mérito. De todos modos, la misión que se le había asignado al P. Faustino Míguez en la Isla de Cuba, no era una cosa baladí. Fue, pues, en el colegio de Guanabacoa un valor de primer orden y dejó allí a gran altura su nombre como profesor de ciencias naturales. Cuba, por otra parte, es un punto culminante en la gráfica de la vida del P. Faustino Míguez, pues fue aquí donde se reveló como conocedor de la Medicina. Envenenado inconscientemente por una infusión de tabaco - a pesar de que no fumó nunca, ni aún en la misma isla de Cuba, lo cual era en él un borlón que se complacía en ostentar- cuando los médicos andaban desorientados en fijar el pronóstico de su enfermedad, llamó al Rector del Colegio, el P. Bernardo Collazo, y le pidió permiso para medicinarse por su cuenta; y, conseguida la licencia, la farmacopea, que él se propinó, fue toda formulación suya. Era este un punto que le oí tratar algunas veces a mi ilustre paisano durante mi estancia en el colegio de Getafe desde enero de 1904 a septiembre de 1907. Sin duda quería desvanecer un concepto, que he visto salir a flor de labio en muchos Escolapios. No faltan quienes aseguran que el P. Faustino Míguez se dedicó por vez primera a estudios y a la fabricación de específicos y de licores en el Escorial, cuando se hallaba allí de residencia, y, al mismo tiempo que desempeñaba sus clases, era también bibliotecario en el Real Monasterio. Añaden también que en compañía de un italiano Sacci? aprendió el Escolapio mucho, que después le supo dar muy buena dirección y aplicación. Tengo para mí que todas estas apreciaciones carecen de fundamento. Desde un principio enfiló el P. Faustino Míguez el sector de las ciencias naturales, físicas y químicas con aplicación a la Medicina y lo constituyó su especialidad predilecta con una originalidad y un éxito nada común, digan lo que quieran ciertos calendarios que no están bien informados.

Por lo demás, el P. Faustino Míguez, estuvo solamente tres años en Cuba. La provincia de Cataluña, que ya desde el principio tuvo la dirección de los dos primeros Colegios -Guanabacoa y puerto-Príncipe- En los PP. Bernardo Collazo y Agustín Botey, se encargó también de todas las enseñanzas, y Escolapios catalanes asumieron el desempeño total de las clases. Los religiosos, que no eran de la provincia de Cataluña, se volvieron a sus provincias respectivas. Y con los de Castilla se volvió el P. Faustino Míguez, que en el curso de 1860 a 1861, figura en el cuadro de profesores del Colegio de S. Fernando de Madrid, aun cuando solamente un curso estuvo por esta vez en su antiguo Colegio.

En el curso siguiente aparece como profesor de empuje en el Colegio de Getafe, donde, además de las clases que desempeñó tuvo bajo su cargo la dirección de interesado. Su ciencia -que de día en día se iba ensanchando merced a su carácter, inteligencia y laboriosidad- y su práctica pedagógica - que con el ejercicio le daba paladinamente facilidades asombrosas en su actuación- le granjearon la confianza y el respeto de los de arriba y la sumisión y el cariño de los de abajo. Getafe será siempre una piedra blanca en la vida de nuestro P. Faustino. Joven y de bríos, inteligente y buen religioso sólo aspiró a realizar la voluntad de Dios, conduciéndose, lo mismo en el terreno religioso que en el voto de enseñanza de la manera que él sabía hacer todo lo que hacía, es decir, digna y decorosamente. Los niños eran el desvelo constante, que absorbían todas sus facultades, y para ellos vivía en absoluto. Pero en el otro platillo de la balanza estaba Dios, su conciencia y su alma, que no le dejaban, que le llamaban a cada instante, que le buscaban en el silencio y en el reposo de la noche y en la algazara y faena del día, que le inspiraban acierto y reflexión, que le conducían por la vereda de la santidad, que no le dejaban disiparse ni entre los preceptos sublimes y teorías peregrinas de la ciencia ni entre las retortas del laboratorio. En este equilibrio se deslizaron los años más felices de su vida, ensanchando su ciencia y su fama de profesor competente y agrandando su santidad, viviendo para los niños, que tenía bajo su dirección, y sirviendo a Dios, a quien rendía pleitesía y vasallaje en los niños, a quienes instruía y educaba. Solícito para los actos de piedad y cuidadoso hasta la exageración en el ejercicio de la enseñanza, su nombre fue una garantía en el Colegio de Getafe.

Seguro de sí mismo, supo siempre defender su terreno palmo a palmo. Sus prestigios científicos y hasta literarios -aun cuando las Letras no fueran su fuerte- le autorizaban para sostener su opinión y sus puntos especiales de vista, sin que fueran óbice para ello el renombre y los lauros justamente reconocidos de sus contendientes. Fue famosa la discusión que sostuvo con Raimundo de Miguel, el célebre latinista y preceptista, cuyas obras fueron para los que hoy peinamos canas nuestro pan literario allá en los años de la infancia, cuando empezamos a atormentar nuestras cabezas con los primeros vagidos de la ciencia. Su entereza no se doblegó por la autoridad, pues sobre ésta dominaba la razón. Y lo que comenzó por unas calificaciones más o menos racionales de unos exámenes, tornóse luego en polémica filológica. Pues el P. Faustino Míguez no era sólo naturalista y físico, sino que también en lenguas tenía probada su competencia, como lo supo acreditar esta vez, aun con disgusto suyo y con el disgusto, por supuesto, mayor del gran humanista, que salió de Getafe, echando chispas y llevándose de cuando en cuando las manos a la cabeza, porque también le demostró el Escolapio, que algún pasaje del Homo Apostolicus, de San Ligorio, vertido por el catedrático del Instituto de San Isidro del latín al castellano, no estaba bien traducido.

Y el hombre, que con ese tesón cultivaba la ciencia y la defendía; que era una eminencia en las ciencias naturales, físicas y químicas; que dominaba a maravilla el latín y el griego, como de ello dio señaladas pruebas en la enseñanza de estas disciplinas en el mismo Colegio de Getafe; que, como hombre de gobierno, era un carácter, pues dirigió con habilidad suma el internado sin consentir el más mínimo desorden, pero sin llegar nunca a hacer su autoridad odiosa; que en cuestión de observancia su nombre se pronunciaba con respeto y hasta con veneración por tirios y troyanos; este hombre, a quien se le brindaron los más altos honores en el sacerdocio, era naturalmente humilde, y supo rehuir esos honores y seguir siendo un modesto religioso, un amante de la ciencia y un educador calasancio…

Tal vez, si alguno de mis hermanos de hábito lee este pobre artículo necrológico, se pregunte de donde me ha venido a mí la noticia sobre el ofrecimiento de una mitra, que se le hizo al sabio y virtuoso P. Faustino, cuando estuvo la primera vez en Getafe, es decir, desde el año 1860 a 1868, y, por consiguiente, cuando aún no había cumplido los 40 años… Hay momentos en la vida, en los cuales los hombres más reservados se difunden, se descubren y franquean con sinceridad. Y saben muchos de mis colegas, que, aun cuando entre el P. Faustino y mi humilde persona había un abismo de diferencia por la edad, por su indiscutible ciencia y por su santidad por todos reconocida, un lazo de simpatía nos unía a los dos, de tal suerte que no faltará en el Colegio de Getafe quien me suponga a mi perfectamente enterrado de este asunto y de otros; pero yo hago entorpecer de intento los gavilanes de mi pluma… por lo demás el asunto de la mitra no paró aquí sino que, ante la renuncia formal y seria del P. Faustino, a ruego del oferente, acudióse para que aceptase, a su hermano sacerdote, quien, por lo visto debía ser de la misma madera, y contestó como un espartano, diciendo que no aceptaba más puestos que aquellos que le diesen sus propios méritos y trabajos.

Notas