CerdeiriñaFaustino/08

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Capítulo VIII

En agosto de 1868 pasa desde Getafe el P. Faustino Míguez a la fundación del Colegio de Celanova. Prescindo de la historia ya hecha, que sin duda podía indicarme cual fue su gestión en su país y a muy pocos pasos de la casa paterna. Entra solamente en mis cálculos aquello que es personal y propio del P. Faustino, y doy de lado a muchos datos que sus discípulos de Celanova sobre él tienen, aun cuando van quedando pocos, como nos decía hace poco tiempo uno de ellos, el culto sacerdote y arcipreste de Allariz, don Vicente González Trabazos. La vida del P. Míguez entra en Celanova en una nueva fase, pues aquí es llamado como confesor hábil para reducir a muchos enfermos graves y traerlos al buen camino para hacerlos morir como buenos cristianos. En aquellos tiempos progresistas era esta una fruta muy común. Hasta ahora, si se había dedicado al confesonario, era tan sólo esporádicamente; pero desde su estancia en Celanova aparece esta nueva tónica e imprimiendo en él el carácter indeleble, que viene a valorar su vida, dándole estos acentos místicos, que le sirven para conquistar otros títulos y aumentar con nuevas piedras preciosas su corona ya repleta de lauros y de glorias.

El Colegio de Celanova se abrió el día 15 de agosto de 1868. El discurso de inauguración, aun cuando entre los que fueron a fundar el Colegio se hallaba un hombre de tanta prestancia como el literato y publicista P. Pedro Álvarez, estuvo a cargo del P. Faustino Míguez, que no dejó defraudadas las esperanzas. Fue un discurso lleno de bellezas literarias y de fondo positivo, característica de todo lo que él hacía. A mieles supo aquel discurso, que fue muy sinceramente aplaudido y luego comentado por todos los concurrentes, entre los cuales se hallaba lo más granado de la provincia de Orense. Allí estaban el Sr. Obispo de la Diócesis, el Gobernador Civil don Lucas García Quiñones, el eminente médico D. Cesáreo Fernández losada, cirujano de gran nombradía, y otros, cuyo recuento no hace al caso en estos momentos. Su fama de hombre de ciencia fundamentada y de santidad acrisolada corrió como reguero de pólvora por toda su tierra, sin que por ello deje de ser cierto que el profeta no es recibido como tal en su patria.

Y viene ahora la palpitación más notable de la vida del P. Faustino, en Celanova, lo que nadie sabe, pues los que actuaron como maestros en la fundación del Colegio han desaparecido de esta vida. El Rector de la Universidad de Santiago asistió a los exámenes, y en ellos quedaron a gran altura como maestros los PP. Faustino Míguez y Felipe Fernández. El entusiasmo del Rector compostelano fue tan acentuado que en medio del fervor dijo a los Escolapios de Celanova que un centro cultural, como el suyo, debía vivir independiente de todas las trabas oficiales. No era ajeno a esta idea el P. Faustino, que simpatizó enormemente con el pensamiento del magnífico Rector. Pero los directores de la barquilla calasancia celanovense se asustaron, creyeron que naufragaban y que iban a desaparecer de la escena de la vida.

Por fortuna debió Eolo mandarles vientos más bonancibles que hicieron calmar las olas, que ya no se presentaban tan amenazadoras, ya puestos los pies en tierra firme, respiraron a pulmón lleno. De todas aquellas ansiedades y zozobras, de todo aquel amago de naufragio hicieron responsable al ilustre P. Míguez, que demostró más videncia de la realidad que los grandes mandarines dueños de la situación, y que, aun cuando no habían dirigido el timón de la navecilla calasancia de Celanova, podían todos fiarse de su pericia y elegirle en el pavés como piloto, pues bajel que él dirigiese no podía naufragar. Los pusilánimes, los que no están templados para la lucha, los que se marean con el solo soplo de las brisas del mar, esos están juzgados y a lo sumo serán hombres de escritorio o de gabinete, pero directores y hombres de gobierno, nunca… ¡La libertad de enseñanza! Esta es una cuestión que a la hora presente tenemos sobre el tapete. Véase, pues, como procedía el P. Faustino Míguez, proyectando su vista hacia el porvenir y previendo con la variación de los tiempos el cambio de opiniones y de métodos de vida. Este es el coloso, que se adelantaba a su tiempo y sabía leer el futuro. Los demás eran unos asustadizos, que estaban encerrados en los moldes de los preceptos clásicos, seres amomiados y anodinos que solo sabían lo visto, que por otra parte, nada les decía de lo que había de suceder. Aquellos coetáneos del P. Faustino Míguez leerían la historia, como todo lo demás, porque probablemente, estaban infiltrados del oficialismo burocrático, y por lo tanto hablaban y obraban influenciados por las ideas corrientes. Y en Madrid repitieron estos señores con manidos argumentos lo que habían visto y, hasta a su juicio, adivinado… ¡Cosas del P. Faustino, exclamaron! ¡Donosa suerte la de los hombres de talento, expuestos a las contingencias e insanas medidas de los hombres aferrados a lo ya conocido y trillado, que temen que una idea poco frecuente les levante dolor de cabeza!

Dejó pronto su país el P. Faustino Míguez, y el 9 de septiembre de 1869 llegaba al colegio de Sanlúcar de Barrameda, donde había de tener tan buena acogida, donde había de dejar tan gratos recuerdos y donde su nombre figuraría en primera línea entre los sanluqueños como prudente y santo confesor, como profesor culto y hábil y como hombre de laboratorio. Como profesor de Física y Química se salió de los moldes hasta entonces en uso. Feliz experimentados dio a la Química un carácter esencialmente práctico, que por aquel entonces no estaba en uso en la segunda enseñanza. Su nombre salió pronto del aula a la palestra del público que reclamaba sus auxilios científicos. Analizó las aguas de Sanlúcar y sus contornos. Aún hoy siguen llamándose “Pozo de San José de Calasanz”, las piletas de aguas acidulo-ferruginosas sulfuradas e hidrosulfuradas por él analizadas. Todo esto lo puso a contribución en un folleto que publicó en Sevilla en 1872, y que fue prolongado por el señor Pizarro, catedrático de medicina de Sevilla y Rector de su gloriosa Universidad.

Pero vino el año 1873. El día 1º de julio de este año entraron los cantonales en Sanlúcar de Barrameda, y quedó la ciudad en manos de la soldadesca. Los Escolapios pudieron huir en barcas y llegar a Sevilla con su Rector el P. Manuel Pérez. Las cosas amainaron, y pasado algún tiempo los Escolapios volvieron a Sanlúcar, pero no el P. Faustino que tenía su destino en el Escorial. El rey Don Amadeo de Saboya había concedido el uso de aquel Real Monasterio a las Escuelas Pías de Castilla. En enero de 1873 los Escolapios abrían en él un Colegio. Al Escorial, pues, fue el P. Faustino que allí había de seguir su labor de siempre. Puesto al frente de la Biblioteca del célebre Monasterio estudió lenguas orientales para estar a tono con su cargo.

Notas