CerdeiriñaFaustino/09

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Capítulo IX

Muy a pesar suyo dejó el Escorial en 1875, en cuyo año fue nombrado Rector del Colegio de Monforte de Lemos. Aquí estuvo tres años: tiempo que aprovechó muy bien, y en Monforte dejó la estela luminosa de su saber y de su virtud. Habían pasado muchos años; y al Sr. Novoa, procurador de los Tribunales, discípulo del P. Míguez, oía yo ponderar la sabiduría y los métodos de enseñanza de su maestro, con el cual, como él decía, se aprendía con sólo oírle y aún sin libros. Trabajó como buen soldado de Cristo en todos los órdenes. Se difundía como la caridad misma. Aquí enseñó Historia Natural, Física, Química, Geografía, Francés e Inglés. Todos los hombres nacen para el trabajo; pero son muchos los que se empeñan en testificar lo contrario. Las riberas del Cave, que corre mansamente entre alisos corpulentos y adormecidos sauces, le contemplaron asiduo vigilante de la casa del Señor; pues no había él dejado las agrestes faldas del Guadarrama para entonar melancólicas barcarolas en esta fecunda y apacible vega.

Si antes su labor respondía a un deber de conciencia, ahora había una razón más poderosa sobre esa misma conciencia, la cual tenía que emplear todo su ascendiente, para que su voz, lejos de ser desoída, fuera suscitador de aquellas energías que siempre quedan latentes en el hombre a pesar de todos los trabajos que ejecute, pues nadie puede justipreciar y aquilatar la capacidad inmensa de que el hombre está dotado. El cargo le ponía en el trance de ser espejo fiel, donde muchos debían mirarse. Siempre había sido modelo en todo el P. Faustino: hoy lo era necesariamente. Si alguno flaqueaba, no podía aducir en defensa suya que arriba se hacía lo mismo. El que nunca había tenido que imitar buenos ejemplos, ni aun de los Superiores, pues siempre había procedido con suma corrección, puesto al frente de la colectividad, había de producir la sensación de la grandeza, de la generosidad, del desinterés, de la abnegación y del sacrificio. Si siempre había sido el primero en la enseñanza y disciplina regular en todos los Colegios donde había estado, ¿Qué no sería, cuando fuese el encargado de imprimir el movimiento, la vida la ley y la piedad como Superior de la casa?

Precisas eran todas estas grandes condiciones de que se hallaba espléndidamente adornado el P. Faustino Míguez, porque su virtud había de pasar por pruebas de consideración. Las contradicciones se habían de multiplicar hasta el infinito. El Colegio de PP. Escolapios de Monforte se había inaugurado el 1º de octubre de 1873. El edificio había sido en un principio Colegio de PP. Jesuitas, que no lo terminaros, ni estaba tampoco terminado cuando los PP. Escolapios de él se posesionaron.

La munificencia del Cardenal D. Rodrigo de Castro, el Arzobispo de Sevilla, su ilustre Fundador. Le había dotado de copiosas rentas y bienes que, con la desamortización y las revueltas que siguieron a ésta, fueron desapareciendo paulatinamente. Los Escolapios al establecerse allí habían negociado con el Ayuntamiento de Monforte, que debía de pagar un canon insignificante; y el Duque de Alba, Patrono del Colegio por ser de la familia del Fundador, debía aportar su cantidad correspondiente… Pero - ecco il problema- con el tiempo, las pesetas se hicieron invisibles para los Escolapios. Y en estas circunstancias entra en funciones el P. Faustino, que supo llamar al orden al Ayuntamiento de Monforte. La vitalidad y el temple de acero del P. Faustino Míguez se impusieron y triunfaron en toda la línea. Los señores ediles, si no se llenaron de pánico ante la actitud del Rector del Colegio de PP. Escolapios, por lo menos no las tenían todas consigo, pues se dijo que llegaron a sortearse para ir a parlamentar con un religioso. Esto podía obedecer a dos causas: o al miedo que les acuciaba, o a la injusticia manifiesta que estaban perpetrando, y se iban a presentar ante un hombre modelo de bondad y de rectitud. Pero la nota melancólica al par que cómica la daba al alcalde Sr. Guitián, que, doliéndose de su desdicha, ponía su grito en el cielo, lanzando de despecho al aire esta exclamación “¡Y que un fraile me atormente de esa manera!” El tormento se lo habían buscado unos y otros, negándose a pagar lo que en instrumento público se había pactado. El P. Míguez defendía sin amilanarse, los intereses de la Comunidad, según era de ley y de orden. Por eso el P. Faustino se podía aplicar esta quintilla de Rodrigo Manrique, que para los caballeros y custodios del Alcázar de Toledo dejó estampada en uno de los lienzos de la gran escalera del susodicho Alcázar.

“Por los comunes provechos
Dexad las particulares:
Pues vos fiso Dios pilares
De tan riquísimos techos
Estad firmes y derechos”

Firme y derecho esperó a la comisión del Consejo monfortino el P. Faustino; y no temblaron las esferas ni se hundió el firmamento, como creían las tímidas gacelas que se dedicaban a hacer calendarios sobre lo que iba a pasar en la entrevista, cuando su deber en aquella hora crítica era estar a su lado y acompañarle aun cuando él rechazase su asistencia, porque se bastaba para cualquier desmán, toda vez que la confianza que tenía en la justicia de la causa que estaba defendiendo, le daba alientos para permanecer tranquilo, y ni por maravilla abrigaba un pensamiento de maldad en sus adversarios.

Esta actitud arrogante y digna deshizo los planes de un alcalde egoísta y desaprensivo, e hizo torcer el curso de los sucesos. El que parecía llevaba todas las de perder, porque no tenía más armas que las de la razón, que en tiempos de injusticia no se reconocen como tales armas, salió victorioso; los grandes, los prepotentes, los que abusan del poder y de la fuerza, ofuscados por su orgullo, tuvieron que morder el polvo y deponer sus iras y arrestos ante el hombre que, todo modestia y compostura, no hizo alarde de las razones poderosas, que fluían a través de su cálido verbo, ni tener más inteligencia de las leyes que sus contendientes, y ni perdió la tranquilidad en medio de la victoria ni en la hora solemne del fallo de la justicia que publicó a los cuatro vientos su triunfo que era un canto al orden, a la rectitud y a la ciudadanía.

Son envidiables los hombres que viven entregados al bien y a la ciencia: no se entregan a las pasiones, respetan a todos aun a los indignos, y, si llegan a alterarse e indisponerse, sólo por breves instantes pierden su natural apacible. Después del triunfo buscan el olvido de los otros hombres, y siguen dedicándose en el retiro a buscar el bien de los demás.

Son los placeres espirituales los que ellos apetecen, son los goces del descubrimiento los que les atraen, son manjares divinos los que nutren aun las fuerzas materiales de su ser. Y de aquí la clave que explica el apartamiento definitivo de los cargos en el P. Faustino Míguez. Vivía una vida superior a la del ajetreo, que acompaña siempre a que manda, aun cuando el gobierno sea sólo espiritual y religioso.

Sentía, por otra parte, la nostalgia de sus años mozos, en que no vivía más que para el trabajo intelectual y para la vida verdadera del alma. En la primera ocasión que se le presentaba sabría declinar con dignidad y con rendida sumisión los poderes que se le habían confiado.

Mientras no llegaba ese día feliz, seguía compartiendo las delicias con que le brindaba la ciencia que profesaba y aquellas otras que recibía de hacer el bien entre las penalidades y sinsabores del cargo. Su preparación vastísima en el orden científico le adaptaba al ambiente de manera admirable, asegurándole gran conquista de voluntades y de admiradores, que repetían su nombre con veneración y respeto. Los recursos de su especialidad médica le proporcionaban triunfos a diario. Aún viven los que me han referido con gran lujo de detalles la curación de un niño ya desahuciado de los médicos, y hecho todo su cuerpo una llaga; curación que hizo en P. Faustino Míguez en el breve espacio de cuatro días. Y en el mismo Monforte, donde había realizado esta buena obra hizo otra que yo le oí al mismo P. Faustino y que tuvo lugar en un caballero atribulado por enormes padecimientos, que en él habían tomado parte la naturaleza y a quien fue acompañando por todo el Colegio y por fin lo llevó a la huerta; y, cuando lo tuvo delante de las plantas medicinales, que habían de darle la salud, le dijo que estaba de aquella manera porque quería, pues el remedio lo tenía en la mano: “Estas plantas -le añadió- le pondrán a usted bueno, si se medicina con ellas”. Al poco tiempo volvía aquel caballero ya curado a dar las gracias al P. Rector del Colegio de Monforte. Así empleaba su vida el P. Míguez, así se ejercitaba buscando el bien de los demás. En aquella deliciosa huerta del colegio Calasancio de Monforte, donde los Escolapios dedicados a la lectura de los clásicos, han encontrado un Rubicón en el pequeño arroyuelo que atraviesa la finca, y un Parnaso en uno de los ángulos del frondoso vergel, incomparable estancia, donde los rayos del sol en el estío se quedan pegados a las hojas de los árboles gigantescos y seculares, que forman la bóveda de aquella mansión, ejemplar rarísimo de belleza natural; Allí donde los literatos y poetas del Colegio de Monforte han encontrado un remanso de quietud y de solaz, que los ha movido al cultivo de las musas y de las letras, había también veneros riquísimos de su especialidad médica para el P. Faustino, que, en todas partes, desde los días dorados de su juventud en el Colegio de S. Fernando, a través de las diversas vicisitudes de su vida, había ido aumentando el fondo inagotable de sus medicamentos con el conocimiento cada día más acentuado de la Botánica.

Son dones y aptitudes que tienen una objetividad la más diametralmente opuesta, y que Dios reparte, como le place, entre los hombres, pero que éstos no los aprovechan en la medida que deberán, porque son pocos los mortales que emplean bien los talentos que se les han confiado. No puede decirse esto del P. Faustino Míguez que descansaba de un ejercicio buscando otro de especie distinta. Su vida era una luz que estaba siempre encendida, fuera de aquellas horas - las más breves por cierto- que dedicaba al descanso y a reparar las fuerzas perdidas y gastadas, para luego -“a la del alba”- volver a comenzar de nuevo.

Notas