CerdeiriñaFaustino/10

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Capítulo X

En agosto de 1888 dejó el P. Faustino Míguez el rectorado de Monforte, y fue destinado a Sanlúcar de Barrameda. La ciudad le recibió de la manera más honrosa, cual convenía a un hombre de la estirpe nobilísima de su talento y de su cultura científica y del linaje clarísimo de su virtud y observancia religiosa. Eran cinco años los que había estado ausente de los sanluqueños, y en esos años no había descuidado sus papeles ni se había adocenado con los viejos materiales. No sólo no se habían envejecido y marchitado sus laureles, sino que de día en día reverdecían con los datos de actualidad y las atinadísimas observaciones que le hacían imprescindible hombre de consulta. Estaba en lo mejor de su vida. No llegaba aún a los cincuenta años y con la siembra tan a buen tempero hecha en su juventud, estaba en la época del más abundante rendimiento del capital científico acumulado y en condiciones de producir los más abundantes frutos. Hombre metódico y dedicado al estudio, tenía por ello el pleno goce de su salud, y no contaba con ningún achaque que le hiciera perder el tiempo en la cura de sus alifafes.

Al contrario, esta es, a juicio de muchos, una de las características de su fecunda y segura medicina. Cuando estaba ya para cumplir los 80 años, y gozaba de la mejor salud en su cuerpo, y se hallaba completamente capacitado y útil en su espíritu, y escribía como un joven, y en sus funciones de relación no había sufrido el más mínimo quebranto, oía yo decir a un intelectual: “que creía en la ciencia médica del P. Faustino, porque él mismo era la prueba más elocuentes de sus procedimientos terapéuticos”.

En las dolencias y enfermedades que tuvo, él fue el médico; y, si su vida se hizo tan longeva, además de la ley de la Providencia, que tiene contados los días de todos, debió intervenir sin duda en tan dilatada vida -pues Dios deja obrar a las causas segundas- el conocimiento que tuvo del ser humano bajo su aspecto físico y fisiológico, y de los medios indispensables para mantener el organismo en condiciones de vida.

Sanlúcar fue el retiro que necesitaba el P. Faustino para completar los trabajos comenzados y para desenvolver lo que hacía tiempo estaba ya trazado en sus líneas generales, de suerte que su nombre saliera de las aulas y traspasase los horizontes de la patria. El P. Faustino Míguez - conste para gloria suya- es conocido en el extranjero, sobre todo en Sud-américa. Pero sin Sanlúcar de Barrameda, sin ese oasis, donde pudiera tener tiempo para perfeccionar sus estudios hubiera sido uno de tantos: un gran profesor, pero sin más labor positiva que la modestísima de una clase, y no hubiera de ninguna manera dejado un nombre a la posteridad. Las obras publicadas, los libros aunque poco voluminosos suponen una enormidad de tiempo. Quien no cuente con el factor tiempo puede renunciar a escribir, al laboratorio y, por consiguiente a perpetuar su nombre. Y es el caso que hay necesidad de resignarse. Consagrado el religioso a Dios, la obediencia puede marchitar y tronchar en flor todas sus iniciativas. Con las mejores disposiciones y los grandes estudios hechos, puede darse el caso de que no salga uno del montón y su nombre se sumerja en la sima de los anodinos. Los diez años que pasó en Sanlúcar de Barrameda, le libraron de este sambenito; esos diez años - desde 1878 a 1888- fueron eminentemente fecundos y gloriosos. Asusta el solo recuento de su farmacopea, que supone una enormidad de las horas robadas al sueño y al higiénico solaz. Dicho se está que no basta el aislamiento: hay quien vive retirado, y no produce nada; si acaso un inverosímil e insustancioso artículo del periódico. Amén del retiro se necesitan iniciativas, entrenamientos y base, que sirva de punto de apoyo. Y cuenta que la labor del P. Faustino Míguez es enormemente ingrata, como pasa con todos los inventos; y es fuerza suponer una inteligencia nada común con una capacidad portentosa de trabajo, que, con gran confianza en sí, no flaquee, cuando proyecta una transformación en la vida o un nuevo camino para dirigir por él a la humanidad.

Los hombres de ciencia son mucho más beneméritos de lo que se cree. El inventor y el sabio son, como los santos, los que más y mejor entienden de sacrificios. El desengaño es un tópico frecuentísimo en los que a la ciencia y al descubrimiento de la verdad se dedican. Por eso se los ve siempre reservados. Cuando se creía encontrada la ley o cristalizada la fórmula, es preciso esperar. ¡Ahí es nada suponer la ley o tejer la fórmula! ¡Qué cálculos se necesitan para lo primero! Y en cuanto a lo segundo, ¿qué hacer para el hallazgo de las primeras materias, las plantas por ejemplo, esas vidas que duran unas auroras nada más algunas de ellas, esos seres de los cuales utiliza el sabio partes las más distintas, de unas las raíces y de otras las hojas o las flores? Son secretos del estudio y frutos del trabajo y de la paciencia, enigmas siempre, que sus inventores se reservan o que venden a precio muy elevado en muchas ocasiones. Esos resultados admirables son precio de su sangre y de vida, que los sabios esperan con ansia, con anhelo y con fe en lo que hacen, aun a pesar de las torturas, que en el estudio de las fuerzas ocultas experimentan, cuando la naturaleza no se obedece pronto, y se hace indispensable seguir en el terreno de la hipótesis, cuando todo hablaba, cual si fuera pura realidad. Las bagatelas más rivales, las frivolidades más frecuentes y comunes, esos formulismos simplistas que casi no merecen los honores de la ciencia, no han brotado a la existencia por generación espontánea sino que han irrumpido por la vara mágica den la ciencia, que las ha detenido en sus sendas misteriosas.

Dicho se está que para tamaña empresa se necesita una tranquilidad grande de espíritu, que raye en lo inverosímil. Es en la tranquilidad, cuando el sabio recibe la inspiración en su mente, que caldeada por la reflexión, y por la meditación, en sus alas se elevan hasta las más altas contemplaciones. Deja, “en este hondo valle hondo obscuro” los cuidados que le impiden remontarse a las alturas más sorprendentes de la ciencia, o bien se sumerge hasta penetrar en la médula substancial de las esencias de las cosas. Por eso se ha dicho que los sabios no sirven para los menesteres prosaicos de la vida. No es así: lo que pasa es que se abisman en sus meditaciones y trabajos y prescinden de la realidad que los rodea. No hay, pues, más norma a seguir que ésta: o se atiende al tráfico práctico de la vida que nos exige ganar el pan con el sudor de nuestras frentes –y es fuerza entonces volver las espaldas a la ciencia- o se abandonan estos cuidados prosaicos de la lucha por la existencia, y se los sustituye por el platonismo de las verdades e inventos, que subyugan y fascinan.

El sosiego, la tranquilidad del alma, el absentismo de las pasiones, cualesquiera que ellas sean, la paz del espíritu y el sacrificio, que se hace de intereses en ocasiones muy dignos de ser preferentemente atendidos, con la condición sine qua non, que necesitan los hombres dedicados a la ciencia, si es que esa ciencia ha de ser algo más que la reproducción más o menos fiel de lo que otros han dicho y hecho. En estas condiciones hallóse el P. Faustino Míguez en el Colegio de Sanlúcar de Barrameda, que por su tranquilidad ideal fue para él el alma mater, bajo cuya égida salvadora había de llevar a feliz término muchos de los trabajos ya de antaño ensayados. Estaba el camino jalonado con gran antelación y con dominio completo de la topografía del conjunto pero faltaba lo material; se tenía el estudio perfectamente hecho, y se necesitaba ahora darle cima; se habían visto en el trazado innumerables dificultades, que se habían podido vencer; lo que quedaba era cuestión de tiempo, y por él había suspirado tanto el P. Faustino, que le había añorado en medio de los cuidados del cargo, que no le habían permitido más que mantener el fuego sagrado de la ciencia, conservándole con religioso respeto y aumentándole de día en día, pero sin poder romper los moldes que en su vida estaba vaciada.

Si en Sanlúcar de Barrameda se salió del marco, todo ello fue debido al sosiego de su espíritu, que pudo poner a contribución sus grandes dotes intelectuales, sin que nadie le estorbara en la empresa, a que de buen grado se había consagrado e hizo colaborar de consumo las energías propias de su inteligencia y las condiciones exteriores en que su actuación se desarrollaba.

En aquel hermoso Colegio de Sanlúcar de Barrameda, en aquella apacible atmósfera, en aquel aire tibio, en aquellas brisas saturadas de yodo sano, cuando todo dormía entre las oscuridades de la noche, se levantaba y se dedicaba al trabajo el P. Faustino Míguez. Otros colegas suyos seguían un sistema inverso; velaban en las primeras vigilias de la noche, se entregaban al respeto y buscaban el lecho, cuando él lo abandonaba. En medio de su seriedad habitual, comentaba con singular gracejo el P. Faustino estos procedimientos diametralmente opuestos con el P. Pedro Díaz gallo, que después fue Vicario General de las Escuelas Pías de España. “Entre los dos, le decía –ya que usted se acuesta, cuando yo me levanto- podíamos comprometernos a desempeñar el cargo de sereno de la casa. Usted se hace cargo de la vigilancia en las primeras horas de la noche, y luego sigo yo hasta la hora de levantarse todos”. Se oían los dos, porque vivían en habitaciones que estaban la una encima de la otra. No parecía sino que ambos habían profesado la orden de velar las armas a la ciencia, mientras la noche tenía tendido su negro manto de sombras sobre la tierra. De día, eran decididos y esforzados paladines que profesaban esta ley de la caballería calasancia, enseñando a los niños la piedad y las letras, la ciencia y el temor de Dios.

Y para las aficiones particulares de su devoción y de su cariño, robaban al sueño el tiempo que no podían reunir durante el día. El sabio no se sacia nunca: está ávido de saber y de profundizar más y más en la ciencia; busca la verdad con el mismo afán con que el minero remueve los estratos terrosos para encontrar el rico filón de mineral que ha de saciar su sed de riqueza. En el silencio y en el retiro se encuentra la verdad, y no entre el bullicio y ruido de los hombres. La verdad es luz que luce entre las sombras de la soledad, y se esfuma entre el brillo de los oropeles mundanos y la compañía y el consorcio con los frívolos.

La ciencia no se hosca ni se huraña, pero vive solitaria como el águila en el picacho, desde donde lanza su mirada dominadora sobre toda la comarca. El sabio se encarga de hacer la ciencia atractiva, insinuante y encantadora con la virtud y gracia de su pluma, con la magia de su palabra, con la palanca de sus inventos, que polarizan esa luz de la ciencia en sus distintos sectores, transformando de esta manera la sociedad y haciéndola marchar por caminos y derroteros nuevos. Pero el sabio es además artista de su saber, que difunde con su propia paleta, la cual exterioriza y pinta en los momentos fecundos y productores de su actividad prodigiosa, lo mismo lo que él recibió y asimiló de los demás que lo que produjo por su propia cuenta y por su personal invención e inspiración.

Tal es la labor del P. Faustino Míguez en los dos lustros que pasó en Sanlúcar de Barrameda, pues es algo que tiene atisbos de visión sublime y de penetración en los arcanos de la ciencia, porque traspasó el dintel que encierra la vida de las plantas y descubrió sus virtudes curativas con tal acierto que de ella dan fe sus numerosos específicos que han dado la vuelta al mundo, aliviando tantas dolencias y devolviendo la salud perdida a otros muchos que se tenían ya por incurables. Llamó a las puertas de la vida, y ante esas puertas misteriosas permaneció horas innúmeras en observación constante. La vida, que circula por las plantas y por el hombre, esas dos fuerzas que giran en mundos distintos, convergieron merced a su sabiduría, y él las acopló y las sumó para provecho del hombre. La vida de las plantas había de beneficiar por sus manos de sabio y la vida del hombre.

Pulsó la vida y escuchó silencioso sus ritmos; y éstos le hicieron notar y conocer las leyes que presiden y gobiernan la vida de las plantas y de los hombres: los misterios que envuelven esa vida; los enemigos que tiene y los peligros a los que se halla expuesta. Extasiado ante los portentos que realizaba, y los enigmas que descubría, y los secretos que se le esclarecían e iluminaban, transcurrían para él las horas sin darse cuenta más que de la vida que manejaba, y que hilo a hilo se deslizaba fluidamente ante sus ojos. Cuidadoso recogía el P. Faustino en cada momento la vida, objeto de sus desvelos, para encerrarla con más cuidado aún y curar con ella la Humanidad. Con la paciencia del sabio, con la constancia del sabio, encontró tesoros inagotables, veneros riquísimos y fuentes caudalosas de vida. Su ciencia se ensancha en círculos cada vez mayores, como se ensanchan las ondas del lago cuando se tira una piedra en medio de sus tranquilas aguas.

El P. Faustino Míguez, desvelado por la ciencia, afanosos por descubrir la virtud curativa de las plantas, ocupado constantemente en el estudio de la vida humana y en el de los males sin cuento de que adolece por desgracia y que la ponen a menudo en serios peligros, háyase retratado, como el primero en estos versos de Tirso de Molina:

“Desvelos y naturales
Son las partes principales
Que con vigilias inmensas
Hacen al médico sabio”.

Pero en Sanlúcar de Barrameda no era sólo hombre de cátedra, de gabinete y de laboratorio el P. Faustino Míguez, a quien la ciencia contaba entre sus leales y convencidos servidores. Jamás descuidó la piedad y la virtud, que fueron en él sólido fundamento de su vida eminentemente científica y perfectamente religiosa. La vida metodizada que llevaba, le suministraba recursos con los cuales no pueden contar ordinariamente los que se limitan - sujetos a la letra, que mata- a cumplir, pero viven dentro de determinadas y precisas cuadrículas, y dan culto idolátrico a la costumbre y a la tradición, como si en ello consistiese la esencia del bien. El águila caudal de raudo vuelo domina las alturas, y los hombres-cumbres no pueden enmarcarse dentro del prosaísmo de cualquier ramplón, porque su destino les impulsa a hacerse visibles, no por espíritu de vanidad, sino por el espíritu de Dios, que los mueve, los guía y los inspira. Cuando el Colegio en las primeras horas de la mañana se ponía en movimiento, ya el P. Faustino había llenado y cumplido muchos de sus deberes religiosos, y ordenados tenía también sus trabajos de clase. Por eso podía compartir sus funciones docentes y científicas con el ministerio espiritual. Hombre completo y profundamente religioso, docto no sólo en materias profanas sino también en los estudios religiosos y teológicos, con la seriedad por norma y la virtud por divisa, no podía menos de inspirar una confianza inmensa como confesor. Asiduo en el ministerio del confesonario, tenía su séquito y su corte de almas devotas; y como director espiritual tuvo gran aceptación en Sanlúcar de Barrameda; y almas piadosas de todas las clases sociales rivalizaron por hacerle padre y maestro de sus conciencias; y su apostolado fue muy fecundo, porque ganó muchos corazones para Dios, y fomentó en gran manera la frecuencia de los santos sacramentos. Su lema fue siempre hacerse todo para todos para ganarlos a todos para Cristo. No podía esperarse menos del religioso, que lo era de corazón, y no sólo de nombre. Quien, como el P. Faustino Míguez, practicaba tanto y vivía tan unido a la virtud y al bien, estaba indicado por razón y por derecho para dirigir a otros por las sendas de la virtud y de la perfección.

Notas