CerdeiriñaFaustino/11

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Capítulo XI

Pero la obra maestra del espíritu religioso del P. Faustino Míguez fue la fundación del Pío Instituto de las Hijas de la Divina Pastora. Con ser tan excelso el P. Míguez, con ser tan grandes sus prestigios y tantos los méritos por él contraídos, nada significan estos méritos y estas preseas, si todo ello se lo compara con el título de Fundador de una Congregación religiosa. Por esta razón la vida del P. Faustino entra en una fase nueva, disfruta de un honor y una gloria especial. Probablemente debió nacer esta obra en el confesonario. Algunas almas de acendrada virtud, algunas almas santas, a las cuales él dirigía, debieron ser las piedras fundamentales del edificio espiritual que levantó en Sanlúcar de Barrameda. Este Pío Instituto nació a la vida religiosa el día 2 de enero de 1885. Sus religiosas hacen los votos de pobreza, Castidad y Obediencia, y se dedican a la enseñanza de las niñas pobres y ricas en sus Colegios; cuidan además del sostenimiento de asilos para niñas huérfanas y desamparadas. Uno de estos asilos tienen en Getafe, y está sostenido por los productos de los específicos del P. Faustino Míguez, por disposición de la Santa Sede, con cuyo beneplácito se contó en súplica que se elevó a Roma.

El Pío Instituto de Hijas de la Divina Pastora, fue aprobado por Su Santidad Pio X, el día 6 de Diciembre de 1910; las Constituciones por las cuales se rige la Congregación, recibieron la aprobación del Papa Pío XI, el día 27 de Julio de 1922. En la actualidad tiene el Pío Instituto de Hijas de la Divina Pastora 170 Religiosas, y cuenta con 11 colegios de niñas. En España son nueve las casas. Últimamente han empezado a extenderse estas religiosas por América, y han fundado un Colegio en Santiago de Chile y otro en Buenos Aires. Hay en perspectiva nuevas fundaciones, tanto en España como en América, y dos de ellas estarán ultimadas este mismo año, como me informa la Superiora General. La casa matriz está en Sanlúcar de Barrameda, donde además tiene el Noviciado, y cuentas con muchas vocaciones. Háyanse estas religiosas animadas de un gran espíritu de piedad, pues a ello tendió siempre su preclaro Fundador, como se deduce de sus Constituciones y de las instrucciones que frecuentemente les dirigía. [Notas 1]

No necesitaron estas almas escogidas de espigar en las Congregaciones similares de mujeres para trazarse su pauta y acreditar y concretar su personalidad propia. Un hombre tan versado en la perfección religiosa y tan competente en materia de enseñanza, un hombre, modelo entre millares de religiosos, el P. Faustino Míguez, les dio todo hecho, lo mismo las Constituciones que el plan de enseñanza y funcionamiento religioso y escolar; les facilitó el camino para el buen desempeño de su ministerio y para el orden interior del Instituto; las presentó en la Iglesia de Dios como un nuevo vástago de la vida de la misma Iglesia, de esa vida variadísima e infinita, que se está manifestando a todas horas de una manera siempre creciente y siempre nueva. A su vez, estas religiosas serán el coro de alabanzas, de oraciones y de frutos de cristiana educación en las almas de las niñas, que educan en sus Colegios, y con todas esas buenas obras tejerán la corona más pura, santa y legítima de su fundador el P. Faustino Míguez. Por estas religiosas principalmente el nombre del P. Faustino correrá los mares y continentes, y mil voces cantarán ese nombre, a través de los tiempos y de las edades y entre las alternativas y vicisitudes que sufra su Pío Instituto. Si, como es de suponer, el Instituto. Si, como es de suponer, el Instituto se afianza –y las pruebas de esta aseveración están en sus últimos avances-; si los augurios son todo lo favorables para conjeturar que la nueva Congragación se ha de difundir y ha de tener éxitos cada vez más grandiosos; en cada plantel que nuevamente se forme, se ha de grabar una lápida a la memoria del santo e ilustre Fundador que supo encauzar tan bien esta institución que hoy está llamada, como todas las congregaciones similares a “restaurar todas las cosas en Cristo”, como nos lo acredita la experiencia de todos los días, pues el mundo, alejado de Dios nuestro Señor, ha de volver a Él por la juventud dirigida y gobernada según las enseñanzas de la Iglesia, que en esta punto confía grandemente en las almas, que de por vida se entregan de lleno a esa misión cristiana y civilizadora. De la educación cristiana de la niñez y de la juventud depende en absoluto la transformación del mundo; porque las primeras nociones que reciben las almas jóvenes, no se borran nunca, y, si alguna vez el espíritu del mal las separa de Dios, un accidente en la vida, un golpe de la gracia, un llamamiento divino las pone otra vez en amistad con ese mismo Dios. He aquí los móviles y el pensamiento del P. Faustino Míguez al fundar el Pío Instituto de las Hijas de la Divina Pastora; pensamiento que no era otro que el calasancio, es decir el reinado de Cristo en las almas jóvenes, para que Cristo sea siempre Rey y Señor de esos corazones, que a Él se ofrendaron en los primeros pasos de la vida.

A lograr este resultado en las almas, a cooperar a la obra de Dios aspiró el P. Faustino, cual nadie. Demostró hasta la evidencia en Sanlúcar de Barrameda, que su espíritu religioso estaba probado en la fe y cimentado en la gracia de Dios. Parecía, pues, lógico que este gran religioso, que ejercía un apostolado de tanta importancia y tan a gusto de propios y extraños en Sanlúcar de Barrameda, no se moviese ya a sus años de esta ciudad. Sobre los pensamientos de los hombres están los juicios de Dios, que no se pueden volver a sondear. Por lo visto la ciencia médica del P. Faustino necesitaba otros horizontes, y Dios disponía que su nombre debía ser más divulgado. Con frecuencia los hombres buscan un fin en sus acciones, y luego Dios se complace en hacerles ver y resaltar otro, que está en flagrante contradicción con el primero. Cuando el P. Faustino dejaba Sanlúcar de Barrameda, no creo que pensase que en su nuevo destino, aunque muy lejos, iba a hacer más por su reciente Congregación, que estando a su vera, ni opinó tampoco que pensasen sus émulos y admiradores –pues el P. Faustino tuvo de todo, porque, como hombre que pasaba del nivel, fue naturalmente discutido- en hacerle blanco de sus iras y de sus odios por sistema. Era una cuestión bizantina sobre competencia, que cada uno interpretaba a su manera y desde su especial punto de vista. Dios ha dejado el mundo a las vanas disputas de los hombres: hay quien se siente profeta y adivino, y, sentado en el trípode, pasa de lo lírico a lo catastrófico sin el menor esfuerzo; y hay también quién es más prudente, y por lo mide mejor sus palabras y hasta sus pensamientos, y sólo juzga del porvenir por el pasado, estimando que aquel es sólo lógica consecuencia de éste. En cambio, el P. Faustino ni se corrió de ligero ni fue jamás incorrecto: acudió como competente en medicina, allí donde le llamaban; dio su consejo por amor al arte, y nada más. Por eso ante la perspectiva del destino, lejos de pensar en sí, fiaba en la Providencia y a priori juzgaba que la felicidad verdadera, que es el Reino de Dios, está dentro del hombre mismo. Lo dice el Evangelio: Regnum Dei intra vos est.

Hombre de recio temple, de lógica inflexible, seguía abundando en las ideas de siempre, y en Getafe haría lo mismo que había hecho en Sanlúcar de Barrameda. Pero lo que no adivinó nadie fue que andando el tiempo, las consecuencias se habían de ver escritas y hasta con exceso y profusión, aunque sin reclamo en los grandes rotativos de Madrid. Los que creyeron que el P. Faustino podía ser anulado y suprimido de un plumazo se engañaron de medio a medio. Las circunstancias no hacían al P. Faustino: era él el que se destacaba por su propia virtud, por su saber y por su talento. Dicho se está, con todo y con eso, que el P. Faustino Míguez pasaría lo suyo, máxime cuando ostentaba su frente orlada de laureles y de triunfos; pero éstos se consiguen en medio del infortunio y quizá por esa tan celebrada ley de las compensaciones, que equilibra los dolores y las victorias. Tal vez al atravesar la trocha, que abrió en Getafe con sus conquistas científicas, repetiría lo que para consuelo de intelectuales perseguidos y sabios desgraciados escribió Fray Luis de León:

“Aquí la envidia y mentira
Me tuvieron encerrado.
Dichoso el feliz estado
Del hombre que se retira
De aqueste mundo malvado.
Y con pobre mesa y casa,
En el campo deleitoso,
Con sólo Dios se compara
A solas su vida pasa,
Ni envidiado ni envidioso”.

Y en Getafe estuvo el P. Faustino Míguez desde su traslado de Sanlúcar de Barrameda en septiembre de 1888, hasta su muerte acaecida el 8 de marzo del presente año. Es imposible sintetizar lo que en Getafe hizo, y lo que allí llamó la atención, pues desde Getafe estuvo en comunicación con el mundo entero, sobre todo en algunos años, como fueron los de principio de siglo. Aunque el tiempo lo destruye todo, bien puede asegurarse que su memoria formará época, pues las grandes obras que llevó a cabo, lo estarán pregonando a cada momento.

Siguió teniendo clase hasta principios de siglo, y explicó las asignaturas de su especialidad. En la espiritual, era el hombre apostólico que había sido en Sanlúcar. Decía la misa primera del Colegio, y a continuación acudía al confesonario. Cuando concluía, se retiraba para hacer sus clases y dedicarse a sus estudios y trabajos, pues no conocía la ociosidad. No dio paz a la mano, y pasaba largas horas en su laboratorio, y también escribió algunas obras. En el año 1904 publicó –que yo sepa- cuatro obras, que naturalmente debió haberlas escrito antes, pues no es de suponer que entonces mismo estuvieran aún frescas las cuartillas. Estas obras son: Junio o Mes del Sagrado Corazón de Jesús, obra de elevados conceptos místicos, que da testimonio de su gran fervor religioso y de su acendrada piedad, pues allí se lee lo que él practicaba, en tal forma que el libro es una autobiografía de actuación religiosa; Nociones de Historia Natural; Nociones de Física Terrestre; Diálogos de las Láminas de Historia Natural. Estas tres últimas obras, a pesar de ser elementales, revelan grandes conocimientos sobre ciencias naturales en su autor, que ocupó en ellas sus energías físicas e intelectuales durante gran parte de su vida. En todas campean la franca lucidez de un espíritu, acostumbrado este linaje de estudios, y la manera clásica de enfocar los asuntos vitales de la ciencia a tratar. Al escritor se le debe juzgar, no por la cantidad de la materia expuesta, sino por la calidad del trabajo. Al que tiene ciencia propia se le conoce en el índice del libro y en el programa, que es una derivada del índice como función. Por la distribución, y por el plan, por la precisión de ideas y de palabras, por el contenido de cada lección, por la sucesión lógica de las cuestiones y asuntos, por las síntesis compendiosas, que hace de clasificaciones y de teorías, y por la facilidad, con que hace surgir el encadenamiento total de la asignatura, demostró hasta la evidencia el P. Faustino con estas obras que era un maestro de la enseñanza y un conocedor profundo de las condiciones que deben adornar al publicista.

Pero no está la celebridad del P. Faustino Míguez en el mayor o menor número de obras por él publicadas. No hubiera escrito más que los folletos de sus específicos y su nombre se pronunciaría con respeto porque esa sola literatura bastaba para colocarle entre los profesionales y cultivadores de la ciencia. Y esa fama volandera tuvo su punto álgido, y fue aquél en que la prensa izquierdista lo denunciaba por ejercer la Medicina y se despachaba a su gusto diciendo, como es costumbre entre cierto linaje de hombres, una porción de lindezas del religioso y de su saber. No había tal; y los que le conocimos podemos afirmar que nunca tuvo encuentro de ningún género con los médicos de Getafe, pues no admitía en consulta a los del pueblo. Y, a mayor abundamiento, si algún religioso o alumno o servidor del Colegio, necesitaban de auxilio médico, los médicos de la población, que lo eran todos del Colegio, lo asistían. Los argumentos y sus consecuencias prácticas se volvieron en contra de los buenos propósitos de los que tamañas cosas decían. Y yo tengo para mí que “el género se lo hicieron”. “El fraile curandero de Getafe”, como se le llamaba en ciertos periódicos de Madrid, era cada día más conocido y visitado, cuando, ya jubilado de la enseñanza, su laboriosidad proverbial no le permitía estar mano sobre mano. Los comunicados, que sin duda reconocían como autores a algunos que quisieron ser amigos suyos, y cuya amistad él no aceptó por razones que ahora no hacen al caso; comunicados, que con frecuencia se publicaban en los primeros años de este siglo en la susodicha prensa de la izquierda divulgaban su nombre y su ciencia, y hacían famoso a su autor, cuando precisamente buscaban reducirle a la nada.

Y eran entonces necesarias recomendaciones eficaces para el P. Faustino Míguez recibiera a los que acudían a visitarle en demanda de consulta. Hay más: la correspondencia, que sostenía, era tan intensa que él no se bastaba para despachar las cartas, que recibían todos los días. Y, como quiera que su medicina era cosa personalísima suya, el trabajo, que con esto se imponía era inmenso. Amén de esto, recibía visitas de personajes de Madrid, y a otros los visitó personalmente por imposición y a ruegos de quien tenía autoridad para mandarle. Fue entonces cuando en todos los círculos de Madrid era asunto obligado hablar de las curas estupendas del P. Faustino Míguez. No era, por consiguiente, posible deshacer los halos luminosos; que se habían formado en torno de su figura gigantesca. Contra su voluntad le habían elevado quince codos sobre los más altos montes los que ciertamente le hubieran puesto sus correspondientes grillos después de encerrarle en una mazmorra.

Era pintoresco el jubileo interminable de viajeros, que en todos los trenes bajaban y subían en las dos estaciones de Getafe. Todos eran clientes del P. Faustino Míguez, que, contra viento y marea, era cada día más consultado y venerado. Muchos al pasar por Madrid hacían su correspondiente viaje a Getafe, que se hizo entonces tan célebre como Aranjuez y el Escorial, aunque Getafe, que tiene muchas cosas buenas, no sea en su frondosidad ni con mucho el Versalles de Madrid. Pero no eran los encantos de los vergeles y arboledas los que se iban a admirar en Getafe, sino que se le visitaba por la salud tan amable, por esa salud, que el cierzo desbarata con su hálito funesto, y son después insuficientes los enormes adelantos de la ciencia para devolverle sus ritmos antiguos y la tonalidad de los viejos colores, que le daban todos los síntomas de una vida vana y vigorosa. Y aun cuando disminuyó con el tiempo el fervor entusiasta para con el P. Faustino Míguez, es preciso confesar que su personalidad y su reputación estaban tan arraigadas en la conciencia y opinión españolas que hasta el último día de su vida fue consultado como un oráculo, y se pidió su parecer, y se buscó su consejo, porque él era por sí solo postulado imprescindible de acierto; hasta su última hora se le escuchó, porque la fe en sus palabras era algo natural, lógico y consecuencia forzosa de su inmensa sabiduría que además estaba contrastada en la fuerza de una experiencia poco menos que secular.

Hasta el último día, hasta la última hora fue oído como un hombre extraordinario. ¡Triste ley de los mortales!... Llegó ese día y vino esa hora… Aquella vida tan preciosa se había de eclipsar. Antes que el sol se hundiese en las extremidades del horizonte tras el cerro de Buenavista, en una tarde de marzo se había de ocultar este sol de sabiduría, de piedad y de fervor religioso.

El último día de la vida del P. Faustino Míguez había de ser como todos los demás del resto de su vida, según profecía suya. Ya no celebra el buen Padre el santo sacrificio de la misa; pero recibía la sagrada comunión todos los días en su cuarto. Y el día 8 de marzo se levantó, oyó misa y recibió la sagrada comunión. Después hizo su vida ordinaria. Por la víspera, como sábado, se había confesado. Sus días estaban contados en el reloj de la eternidad. Dios le llamaba y él acudía a su llamamiento sin aprestarse a defender su vida, con los recursos y reservas de su ciencia prodigiosa. No era ya hora de luchar: demasiado había luchado en su larga vida. Esta hora era la hora del premio. Había servido fielmente a Cristo, e iba a comparecer ante su presencia. En las filas de Cristo había militado; y por servir a este Señor había dejado el mundo; y por el celo de su honor y de su gloria había llevado su nombre allende los mares; y más tarde, para amarle más y seguir viviendo en la humildad y en la pobreza, había renunciado amores y dignidades; y luego, en la lontananza de los años, para que el reino de Dios fuese más dilatado y le conociesen más los pueblos había buscado almas santas y privilegiadas, que hiciesen el sacrificio de abandonar las dichas efímeras y caducas de este mundo y enseñasen su doctrina pura e incomparable; y en toda esa vida de 94 años, considerándose siempre como un altar y como un sacrificio, consagrados a Dios, no había sentido desmayos en la práctica del bien, en el cultivo de la ciencia y en la enseñanza de los niños… Era la hora de la partida: a despedirle acudieron sus hermanos de Religión, para quienes había sido siempre ejemplo viviente de virtud, de sacrificio y de amor al trabajo. Ya no vería la primavera y con ella el resurgimiento del Parque del Colegio, ni vestirse los campos de frondas ni cuajarse de pomas los árboles. En plena tarde del día 8 de marzo de 1925, con una tranquila y dulce agonía sin hacer un esfuerzo, sin contraer ni un músculo de su rostro, exhaló su último suspiro, murió en la paz del Señor el P. Faustino Míguez.

Su vida pletórica de hechos grandes, y que honran en gran manera a un hombre, se escribirá –así lo creo, fiado en la justicia de los hombres- en plazo no lejano. El estudio que yo he hecho del ilustre e insigne Escolapio gallego, es sólo un homenaje que debe tributarle la prensa de mi tierra. Obedeciendo a las indicaciones de mi maestro, el erudito y buen sacerdote Don Vicente González Trabazos, he puesto a contribución las veladas antiguas que pasé en mi juventud con el malogrado P. Faustino Míguez, para rendirle este testimonio de admiración y de gratitud, pues fui cliente suyo en mis padecimientos. Todos los días le tengo presente en mi memoria y por su alma pido al Señor para que, aunque fuesen excelsos sus méritos, la misericordia divina perdone sus debilidades y flaquezas, porque ante la santidad infinita de Dios, todos somos pecadores.

Madrid 1970
Depósito Legal: M. 15686/1970

Notas

  1. La Casa Generalicia se encuentra en Madrid a partir del año 1962 y el Noviciado trasladado a Getafe, hay en esta fecha 10 casas en América y 18 en España.