DelAlamoBiografia/CAPITULO I: Primeros albores de una vida (años 1831- 1845)

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CAPITULO II: EN LA PRECEPTORIA DE LOS MILAGROS (1845 - 1849)
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CAPITULO I: Primeros albores de una vida (años 1831- 1845)

Acebedo dice tanto como lugar y paraje de acebos. Acebedo del Río es la denominación topográfica y política de un municipio de la provincia de Orense, partido judicial de Celanova en el reino de Galicia.

Está constituido fundamentalmente este municipio por un valle reducido, en tiempos antiguos arboleda frondosa de acebos silvestres que se desarrollaban con notable exuberancia al conjuro y la frescura que le proporciona un riachuelo, afluente del Arnoya que a su vez vierte sus aguas en el Miño.

Festoneando el valle se encuentran n menos de 13 aldeítas, si así se pueden llamar a pequeñas agrupaciones esporádicas con diversos nombres: Trasmirás, Xamirás, etc., sin que ninguna de ellas ostente el nombre del municipio, que en la actualidad cuenta con unos 900 habitantes[Notas 1]

Al fondo del valle se halla la hermosa iglesia, dedicada a San Jorge, que cobija bajo su sombra protectora y santificante a todos los fieles del contorno.

En uno de esos lugares, llamado Xamirás, ya casi en la cumbre y a la vera del camino que conduce a Celanova, de la que dista cinco kilómetros existe una vivienda entre prados y cerezos donde nació nuestro Manuel Míguez y González de padres honrados y piadosos.

De la casa nativa solamente perdura en el día de hoy la parte posterior, adecentada y modernizada en su fachada con un mirador o solana de cristalería, que le proporciona empaque moderno. La fachada primitiva, por donde tenía su entrada la mansión, fue pasto de voraz incendio en el año 1918.

Aquí vivía un matrimonio de recia personalidad cristiana, formado por Don Benito Míguez y Doña María González, labradores dedicados a las faenas del campo, cultivo de los prados y cría de ganado vacuno[Notas 2].

Cuatro fueron los frutos de bendición otorgados por Dios a este honrado matrimonio. Carmela, Antonio y José. El benjamín de la familia fue Manuel, nuestro Faustino en religión[Notas 3]

La vida en aquel valle recatado y silencioso, de ambiente tranquilo y bucólico, discurría con la monotonía del quehacer cotidiano, sin complicaciones ni contratiempos. Las faenas del campo, el cuidado y educación de los hijos, la consecución de un honesto bienestar material constituían las únicas preocupaciones de aquellas buenas gentes. Los acontecimientos del mundo o los incidentes de la vida política nacional llegaban a aquellos lugares como una resaca amortiguada por las distancias y las ondulaciones y vericuetos de aquellas intricadas escabrosidades serranas[Notas 4].

La historia de España en su vertiente religiosa, fue muy agitada en este período, “fiel trasunto de las convulsiones políticas que llenan todo el siglo XIX“, escribe el P. Llorca, S.J. Para ambientar todo este período de la vida política y religiosa de nuestra Patria, creemos conveniente dar unas pinceladas del mismo autor que nos patenticen el ambiente que se respiraba entre nosotros, durante la niñez y adolescencias de nuestro biografiado. “El reinado de Carlos IV fue un tejido de debilidades frente a las amenazas constantes de la Revolución Francesa, Al fin, España se dejó arrastrar por el torbellino de la Revolución y del espíritu antirreligioso. El más culpable de toda esta política fue Manuel Godoy, el cual hizo al fin traición a la Patria, prestándose a Napoleón en sus planes de conquista de España. Entre tanto, el pueblo de Madrid, y con él la parte más sana de España, se levantó el 2 de mayo contra los invasores, dando principio a la Guerra de la Independencia. Desde el punto de vista religioso José Bonaparte y Napoleón cometieron en España continuos atropellos, que contribuyeron a enajenarles la voluntad del pueblo español.

Por donde quieran que pasaban las tropas francesas dejaban señales de su vandalismo antirreligioso. Gran parte del tesoro artístico religioso de El Escorial y de otras innumerables iglesias despareció durante este tiempo.

Más por desgracia, la reacción del elemento directivo no correspondió ni en su patriotismo ni en su religiosidad al entusiasmo del pueblo.

A la Junta Central siguió un CONSEJO DE REGENCIA. Este Consejo manifestó una tendencia elevada y católica; pero las Cortes de Cádiz, que empezaron a actuar en septiembre de 1810, estaban animadas de un espíritu jansenista y anticatólico, que dio por resultado la libertad de imprenta, la abolición del Voto de Santiago y la abolición del Santo Oficio. En una palabra: elaboraron, el año 1812, una Constitución y reformas anticlericales.

REINADO DE FERNANDO VII (1814-1833).- La vuelta de Fernando VII a España puso término a este estado de cosas: Pero la restauración adoleció del mismo defecto que la francesa. Mezclando cuestiones políticas y religiosas y sin hacer caso de la situación real, se procedió a un radicalismo exagerado, que hirió susceptibilidades y creó enemigos. Se llamó inmediatamente y colmó de honores al Nuncio; se restableció la Inquisición; se admitió de nuevo a las órdenes religiosas, etc. La Iglesia obtuvo de nuevo sus antiguos privilegios.

Sin embargo, bien pronto comenzaron a conspirar las sociedades secretas, con el fin de resucitar la Constitución de Cádiz. Realmente Fernando VII se esforzó por levantar el estado de la nación en lo material y en lo religioso. En este empeño la Iglesia colaboró dándole toda clase de facilidades; pero al fin estalló de nuevo la Revolución en 1820. Sus iniciadores fueron el comandante Riego y el coronel Quiroga, detrás de los cuales estaba la masonería… Todo lo que se había hecho desde 1814 a 1820 quedó completamente aniquilado. Más aún cuando el Romano Pontífice se negó resueltamente a admitir como embajador al clérigo jansenista y galicano VILLANUEVA, el Nuncio se vio obligado a salir de Madrid en enero de 1823.

Este estado de anarquía y descomposición de España terminó en 1823, con la intervención de Francia. En efecto, preocupadas las potencias europeas del estado de la Península, llegaron a un acuerdo en el Congreso de Verona de diciembre de 1822, según el cual en abril de 1823 entró en España el duque de Angulema con un fuerte ejército, el cual encontró en todas partes el apoyo del pueblo, que no estaba, conforme con sus gobernantes. Restablecida l autoridad real y dominados los focos rebeldes, inicióse un nuevo período de reacción católica, que restableció el estado de cosas el año 1820. Se permitió la vuelta de los jesuitas y se restituyo a sus puestos a los clérigos y obispos.

ISABEL II hasta 1848. En los últimos días de Fernando VII, la situación se iba agravando cada vez más, pues aumentaba la oposición entre los partidos extremistas. Esta situación empeoró cuando, por muerte de la reina Josefa, en 1829, se casó el rey con María Cristina de Nápoles, de la que pronto tuvo una hija, en cuyo favor suspendió la ley sálica, dejándola heredera del trono. Don Carlos, hermano de don Fernando, presunto a quien seguían los elementos más sanos, protestó contra este acto; pero de parte de la infantita Isabel se pusieron los liberales y revolucionarios, que confiaban en su debilidad para apoderarse de nuevo del Gobierno.

En estas circunstancias murió el rey en 1833 e inmediatamente estalló la guerra civil, pues mientras los liberales aclamaban a Isabel, bajo la Regencia de su madre María Cristina, don Carlos alzaba bandera en las Vascongadas y Aragón. Con esto se dio principio a la primera de las guerras entre carlistas y liberales, que ensangrentaron el suelo español en el siglo XIX. La situación religiosa en el territorio dominado por los liberales o cristinos se fue poniendo cada vez peor, pues bien claro se veía que el elemento católico estaba con don Carlos. A esto contribuyo la rotunda negativa de la Santa Sede a reconocer el gobierno de Madrid, según éste exigía con instancia. De esta manera se preparaban los tristes sucesos de 1834 y 1835.

En efecto en 1834 se dio principio al período del terror para la Iglesia española. Los exaltados aprovecharon el pretexto del cólera, que estalló en Madrid en 1834, para presentar a los frailes como sus causantes. Coincidió con la entrada de don Carlos en Navarra, seguida de una serie de triunfos del general Zumalacárregui, por lo cual el 17 de julio se lanzaron a la calle algunos sicarios y asesinos azuzados por la masonería y asesinaron bárbaramente a 15 jesuitas del colegio Imperial, luego un buen número de Padres Dominicos del convento de Santo Tomás y unos 50 franciscanos en el de San Francisco el Grande, terminando el día con el asesinato de ocho religiosos mercedarios. Al mismo tiempo saquearon y destrozaron sus respectivos conventos.

Fue la señal de batalla dada a todos los revolucionarios, masones y anticlericales. El gobierno no hizo nada para impedir, y menos para castigar, tanta barbarie. Martínez de la Rosa echaba la culpa al general San Martín, éste a sus subalternos. Al año siguientes se repitieron los degüellos en diversas provincias: en Zaragoza, Murcia, Reus, donde fueron asesinados casi todos los franciscanos y carmelitas de los dos conventos de aquella población; en Barcelona fueron incendiadas innumerables casa religiosas, etc.

El gobierno entre tanto, más que cómplice de estos crímenes, dio principio a una verdadera inundación de decretos vejatorios y persecutorios de la Iglesia, a la que trataba de aniquilar. Las Cortes de 1834 lo empujaban por este camino. Se presentó a los obispos ante los tribunales eclesiásticos con la acusación de favorecer a los carlistas; se castigó severamente a los predicadores y confesores por supuestas faltas a la Constitución; en julio de 1835 se suspendió de nuevo la Compañía de Jesús. Desde octubre de 1836 quedó a los fieles prohibida toda comunicación con Roma. En forma parecida continuaron las cosas durante los años siguientes, en que os diversos gobiernos que se sucedían parecían disputarse la primacía en la persecución religiosa. La guerra carlista terminó por fin, gracias a las traiciones de algunos y a la división de los católicos, con el Tratado de Vergara en agosto de 1839. Parecían iniciarse mejores tiempos para el catolicismo; pero entonces estalló una nueva revolución en septiembre de 1840, que arrojó a María Cristina de la Regencia y puso en su lugar a Espartero.

Con la regencia de Espartero se renovaron todas las violencias y vejaciones contra la Iglesia, la persecución y destierro de los obispos y párrocos, la plaga de los administradores eclesiásticos intrusos, el cierre del tribunal de la Nunciatura. Entonces se procedió a la más inicua confiscación y venta de los bienes eclesiásticos. Este robo general, unido al cometido años antes de todos los bienes de las órdenes religiosas, constituye el robo sacrílego denominado DESAMORTIZACION de los bienes de manos muertas, realizado por el ministro Mendizábal y otros sucesores, con el que se enriquecieron a poca costa todos los amigos de los gobiernos liberales.

Estas iniquidades movieron finalmente al Papa para que, en febrero de 1842, dirigiera una encíclica a toda la cristiandad, pidiendo oraciones por España, concediendo para ello jubileo extraordinario. Sin duda oyó Dios las oraciones del Papa y de los fieles, pues la reacción católica que alboreaba ya en España fue adquiriendo cada vez más consistencia, y en julio de 1843, el general Narváez arrojó de Madrid a Espartero, hizo declarar mayor de edad a Isabel II y estableció un gobierno moderado, que entró al punto en relaciones con la Santa Sede y puso orden en la Iglesia española. Con esto se anuncia un período de relativa paz y tranquilidad para los católicos españoles.”

Esta era la situación de España, a grandes rasgos, en los que comprenden la niñez y juventud de nuestro joven Míguez. Con ellos como fondo de panorámica podemos calibrar con mayor acierto y veracidad las reacciones y comportamiento de la familia patriarcal de los Míguez. Por tradición, se sabe que esta dichosa familia era muy piadosa y trabajadora, y en su hogar se vivía el cristianismo con verdadera reciedumbre e intensidad. La parroquia que se hallaba y halla al fondo del valle, constituía para aquellas buenas gentes el foco de atracción y descanso de sus agitadoras faenas y un sedante para mantener en paz sus conciencias y la armonía de sus relaciones sociales.

El ayuntamiento y las escuelas comunales se hallaban ubicadas en otro de los agregados más céntricos, ya que los accesos de comunicación de unos con otros resultaban con frecuencia difíciles e intransitables.

Un índice concluyente y revelador de esta vida tranquila y piadosa, de intenso espíritu cristiano, lo tenemos en el hecho de que los tres hijos varones de este hogar ejemplar y macizo pretendieron el sacerdocio como meta de sus aspiraciones en aquellos tiempos calamitosos de persecución violenta que corren, como hemos visto desde la muerte de Fernando VII hasta la funesta Regencia de Espartero.

Pero volvamos a los albores de la puericia de nuestro biografiado. Nació el 24 de marzo de 1831 en Xamirás de Acebedo del Río, un año después que Isabel II, la Reina de las tristes venturas. Fue bautizado al día siguiente de su alumbramiento por el presbítero don Juan Antonio Fernández, de Santiago de Rubias, con licencia del párroco de Acebedo, don José Sousa Álvarez. Se le impuso el nombre de Manuel, que trocó por el de Faustino en la toma de hábito de las Escuelas Pías, sin que sepamos hasta ahora los motivos determinantes de esa resolución. Piadosamente, y según su manera de pensar posterior, para romper todo lazo y sentido con su vida pasada, al empezar un nuevo derrotero en su existencia; pero quizá en los altos designios de Dios podía presagiar (Fausto y Faustino, etimológicamente acontecimiento agradable, feliz augurio) el fausto acontecimiento carismático con el que debía verse adornado en el decurso del tiempo para padre y fundador de una nueva familia en el seno de la Iglesia Católica.

Recibió el sacramento de la confirmación, en la misma iglesia de San Jorge de Acebedo, el día 24 de octubre de 1832 de manos del Obispo de Orense, don Dámaso Iglesias Lago[Notas 5]

Iniciado en las primeras letras en la escuela municipal, después cursó con su hermano Antonio el latín y las humanidades durante cuatro años en la preceptoría del famoso santuario de los Milagros, situado en el monte Medo a unos 35 km. del lugar de su nacimiento. No ha llegado a nuestro conocimiento ningún acontecimiento digno de memoria durante esta etapa de su vida, pues la primera comunión no recibía en aquellas fechas la solemnidad y boato con que se la dignificó en tiempos posteriores. Solamente ha perdurado en el recuerdo de los más ancianos de aquellas aldeas, como lejana reminiscencia, que ya mayorcito, quizá cuando era estudiante seminarista en los Milagros, ayudaba al señor Cura en la explicación de la doctrina cristiana los domingos y días de fiesta y obsequiaba a los más aventajados y estudiosos con aceitunas; presagio anticipado o balbuceos apostólicos del que iba a emplear después su larga y fecunda vida en la generación de la sociedad por medio de la instrucción.

Notas

  1. Cf. F Acebedo del Rio.- Arciprestazgo de Raminares.- Ayuntamiento de Acebedo del Rio – Partido judicial de Celanova.- Dista de Orense 30 Km. y está integrado por 12 pueblecitos o aldeas. Población de hecho: 200 familias; 900 habitantes. Guía Eclesiástica de Orense. 1956. El riachuelo se llama Tuño y las aldeas: Cabadeiro, Casal. Cerdedo, Cerdediño, Chousa, Ermide, Lamas, Cuterio, Pazos, Prados, San Ciprián, Telado, Torrado, Trasmirás, Villaverde, Xamirás. (Cf. Diccionario Geográfico, Mados, pág. 65, tomo I: Madrid 1846.
  2. “Los padres del Siervo de Dios eran de condición humilde, dedicados a la agricultura y eminentemente religiosos”. (Declaración del Proceso Diocesano del Siervo de Dios, P. José Olea Montes, pág. 42.)” Los padres del siervo de Dios eran de buena posición social y muy cristianos“(Proc. Diócesis de Beatificación del siervo de Dios. Testimonio de la Rvda. M. Gema Martínez, general del Instituto al iniciarse el Proceso, pág. 348). Por referencias que estimo fidedignas, el hogar del D. de D. era de virtudes acrisoladas, sin que haya tenido ocasión de oír que hubiera en el mismo hogar ninguna nota desfavorable“. (Test. del Proc. Dioc. de Beatif. P. José Olea Montes, pág. 42-r) El padre del S. de D. era viudo cuando contrajo matrimonio con la madre de nuestro Manuel, Doña María González.
  3. El P. Calasanz Bau afirma que el P. Faustino Míguez era efectivamente el último de los hijos de la familia Míguez. a la única hija la llama simplemente María; en os demás suele conocérsela por el nombre de Carmela; sin duda sería María del Carmen. Contiene varias inexactitudes en el artículo que le dedica en su HISTORIA DE LAS ESCULAS PIAS EN CUBA (pág. 85 y siguientes), como veremos en sus lugares correspondientes. Cuatro fueron los vástagos de esta acrisolada familia: María del Carmen que nació el 10 de junio de1822; Juan Antonio, el 14 de mayo de 1826; José María, el 22 de octubre de 1828 y el benjamín de la familia nuestro Manuel, que vino al mundo el día 24 de marzo de 1831. Así consta en las partidas correspondientes que se conservan en la Parroquia de Acevedo.
  4. Nos consta por el testamento de sus padres, otorgado en 1858 que era un matrimonio profundamente religioso y cristiano práctico. Después de hacer prestación de fe católica, dicen que desean ser enterrados con el Hábito de San Francisco o San Benito; que se lleve como ofrenda de cuerpo presente por cada uno de nosotros, cuatro ferrados de maíz con lo demás ; que en el día del entierro de cada uno, se de a los pobres otros seis ferrados que a nuestros respectivos entierros y más funciones asistan doce Sres. Sacerdotes, etc..;que se diga por cada uno de nosotros doscientas Misas rezadas…y además treinta Misas por cada uno de nosotros, etc. Todos estos datos son demasiado elocuentes para certificarnos de la fe y religiosidad de tan cristianos progenitores. (Cf. Testamento otorgado por D Benito Míguez y D. María González el 9 de noviembre de 1858, y que firman como testigos: José Pérez , Ramón y Manuel Seoane, Pedro Salgado, Ramón Rodríguez , Benito Martínez y Juan Antonio Martínez y Manuel López, todos vecinos de dicho lugar de Jamirás )
  5. Fueron sus abuelos paternos: Don Juan Antonio Míguez y su difunta mujer, María González: José González y su mujer Gertrudis Esteve. Confirmado el 24 de octubre de 1832 en esta misma Iglesia Parroquial por el Ilmo. Sr. Obispo de Orense D. Dámaso Iglesias Lago; siendo padrinos D. Jerónimo Montenegro y D° Josefa Feijoo. (Cf. Libro de Confirmados del Archivo Parroquia, fol. 189.) D. Benito Míguez, padre de nuestro biografiado, era natural de Xamirás, hijo de Juan Antonio Míguez y María Seoane. La madre del P. Faustino Míguez fue María González, de Trasmirás, hija de José González y Gertrudis Esteve. Ambos también de Trasmirás, Benito y María González contrajeron matrimonio en S. Jorge de Acebedo el 30 de julio de 1821. Benito era viudo y María González soltera; ambos eren parientes en cuarto grado, de cuyo impedimento solicitaron la correspondiente dispensa (como consta en la partida referida). María González falleció el día 19 de enero de 1874, y fue enterrada el 20 del mismo mes en el cementerio de Acebedo del Río. Tenía ochenta y un años. Consta en la partida que recibió los sacramentos de la Penitencia, Comunión y Extremaunción y demás auxilios espirituales. Igualmente consta que hizo testamento judicial, disponiendo que a su entierro asistieran doce sacerdotes (lo hicieron 30), se aplicaran por su alma 250 misas, se tuviera un servicio de aniversario con 8 sacerdotes y se diera al párroco 4 ferrados de maíz de ofrenda de cuerpo presente y demás derechos de costumbre, y a los pobres, el día de su entierro, 6 ferrados y 6 pardillos, y se alumbre un año con 4 fachas (sic) y 50 reales para responsos. (Tomado de la partida de defunción del Archivo parroquial de Acebedo del Rio).