DelAlamoBiografia/CAPITULO XVIII: EXPANSION DEL INSTITUTO: FUNDACION DE CHIPONA (1893 – 96)

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CAPITULO XVIII: EXPANSION DEL INSTITUTO: FUNDACION DE CHIPONA (1893 – 96)

Fenecía el año 1892 cuando providencialmente se iniciaron los primeros trámites para la fundación de un colegio de MADRES PASTORAS en Chipiona, población de la provincia de Cádiz. “Este pueblo agradó siempre a nuestro fundador, por lo sano“, dice la primera cronista de esta casa en sus interesantísimas Memorias[Notas 1]No podía prever el padre Míguez entonces el desarrollo y expansión demográfica alcanzada y la concurrencia turística, que hoy la convierte en uno de los polos de máxima atracción veraniega, pero ya su buen instinto catador de bellezas y oteador del futuro le hace intuir su expansión y grandeza.

Vamos a seguir en extracto las incidencias principales de este primer brote de la Asociación fuera del ambiente e influencia de la casa – madre de Sanlúcar.

Una señora de origen mexicano, doña Veneranda de la Vega, tenía la pretensión de fundar una casa en honor de la Santísima Virgen María. Llegó esta pretensión a conocimiento de una novicia, sor Rosario, y ésta puso en la pista y anhelos a M. Ceferina, que entonces hacía de Superiora por renuncia de M. Ángeles. Decidió ésta, en una tarde soleada, acercarse hasta la vecina población de Chipiona (ocho kilómetros), para comprobar con sus propios ojos lo que había de verdad en la proposición de la novicia. Llegaron a la población y se dirigieron de momento al famoso santuario de Nuestra Señora de Regla, regentado por los padres franciscanos, para venerar a la Virgen e impetrar su bendición[Notas 2].

Gobernaba entonces la Comunidad, como prior, Fray Miguel de Berasaluce, que había de ser verdadero padre y mentor de la futura fundación. Este religioso oyó a M. Ceferina y le confirmó en las pretensiones de doña Veneranda para fundar una casa en honor de la Santísima Virgen, pero le advirtió que todavía estaba indecisa sobre el instituto a quién encomendársela. Asimismo le insinuó que tenía el presentimiento de que eran insuficientes los recursos para la obra que se proyectaba. Hablaron por fin con la misma promotora de la fundación y se pusieron acordes para concretar las estipulaciones pertinentes.

En enero de 1893 acercose M. Ceferina a Sevilla y puso al corriente al prelado diocesano, Sanz y Forés, de estas tramitaciones, solicitando de él orientaciones y permisos.

En estas incidencias hubo de pasar M Ceferina muchas fatigas y contratiempos para recabar la aprobación del arcipreste de Sanlúcar, don Francisco Rubio y Contreras, que hacía entonces de Director de la Institución.

El P. Míguez, apartado de la obra y relegado en Getafe, por renuncia casi obligada, se hallaba desvinculado de su obra o unido solamente por alguna comunicación epistolar esporádica a todas luces insuficientes para mantener la conexión y disciplina de la naciente institución.

El arcipreste, de momento, rechazó la instancia, cursada por M. Ceferina y redactada bajo la inspiración del P. Berasaluce, por considerar insuficientes los recursos para mantener la subsistencia de un colegio como el que se proyectaba. (pág.5).

Transcurrió un año en estas perplejidades, hasta que un día mandó M. Ceferina a sor Antonia García para que fuera a hablar con el señor vicario, Rubio y Contreras, para tratar de convencerle.

De tal manera y con tales persuasiones le habló que, como de milagro, le arrancó el permiso deseado. Rápidamente alquilaron una “casita preciosa”, a juicio de la cronista, y empezaron a disponer y preparar habitaciones, enseres y menaje para la fundación de la nueva casa. A su sostenimiento y ayuda contribuyeron numerosas personas con cuantiosas limosnas y ofrecimientos desde el primer momento.

No sabía M. Ceferina a quién poner al frente de la nueva fundación, y cuando llegó el momento decisivo, la mayor parte de la pequeña Comunidad de Sanlúcar se opuso tenazmente a los intentos de esta fundación. Todas, sin embargo, coincidían en que, caso de aceptarla, debería nombrarse Superiora de ella a M. Antonia[Notas 3]. Esta regentaba entonces el cargo de maestra de novicias del primer grupito de pretendientes que se cobijaba en la casa de San Jorge, llamada posteriormente de González Hontoria[Notas 4], y le repugnaba ponerse al frente de la nueva fundación. ¿Qué hacer entonces? Accedió por fin M. Antonia a las insinuaciones de la Superiora, y lo consideró como manifestación y designio de la voluntad de Dios, que se lo hacía patente por ciertas sugerencias íntimas. “Aquel sacrificio era el primero y nos costó mucho, pues jamás nos habíamos separado las cuatro fundadoras”[Notas 5]. Comenzó el colegio a funcionar con buenos augurios, y después de diversas incidencias quedaron las clases constituidas de la siguiente manera:

1. ° De gratuitas, a cargo de sor Pastora de Jesús.

2. ° Clase regentada por sor Rosa de Jesús.

Al frente de la cocina pusieron a sor Teresa y a M. Antonia como superiora, llevaba la inspección general. Una aspirante ayudaba tanto a las clases como a los demás trabajos de la casa.

El día 19 de abril de 1893 tuvo lugar la bendición e inauguración oficial de la casa y colegio y a continuación se trasladaron todos para la ceremonia religiosa a la parroquia, presidiendo el acto el señor Rubio y Contreras y predicando un elocuente panegírico de circunstancias, don Antonio Bellido, capellán del colegio de Sanlúcar.

En el mes de junio siguiente, ante la crecida asistencia de niñas, hubo de abrirse una nueva clase, recibiéndose como refuerzo a sor Luisa Villegas, que atendió también a la clase de labores, para la que se hallaba excepcionalmente dotada.

Con este último auxilio quedaban establecidas en total tres clases de gratuitas y solamente una de pago, desde los siete años de edad. Se admitieron también las tres primeras niñas huérfanas internas, según las estipulaciones de la fundación. Entre los insignes bienhechores que favorecieron desde un principio a las religiosas pueden consignarse, además de los Padres Franciscanos de Regla y la ilustre fundadora doña Veneranda de la Vega, a su hija, señorita Luisa Carrascosa, doña Isabel de Montalbán, doña Dolores Romero, doña Carmen Molina, etc.

El día 14 de agosto de 1893 llegó a esta nueva casa el Rvd. P. Manuel de la Oliva, conocido de nuestros lectores y, como saben también, director espiritual en la niñez y juventud de M. Ángeles. Era a la sazón confesor del arzobispo de Sevilla, Sanz y Forés y había sido nombrado ahora visitador oficial de la Casa y Asociación en nombre del prelado. Mostrábase, por otra parte, muy devoto del Santuario de Regla y favorecedor de M. Ángeles, su hija espiritual, y por ella de la Institución de las Religiosas de la Divina Pastora. Le acompañaron esta vez las Madres Ceferina, que como hemos visto ejercía ahora el cargo de Superiora Mayor, Ángeles, su patrocinada, Concepción, Corazón y sor Ana de Jesús, las primeras religiosas de la pía asociación, que venían a pasar el día con sus hermanas de hábito en la NUEVA CASA. También las acompañó en esta ocasión el famoso escritor ascético Fray Ambrosio de Valencia, Superior por aquellas fechas de los capuchinos de Sanlúcar.

El padre Oliva estaba mal prevenido contra esta fundación de Chipiona, por motivos no fáciles de precisar pero presumibles por lo que después aconteció. Realizadas diversas indagaciones, quedó en volver otro día para proseguir sus averiguaciones sobre ingresos, orden, paz interior y otros motivos objeto de su visita.

Así lo hizo el día 15 de agosto, exigiendo que M. Antonia, como Superiora, le presentara los libros de cuentas, inventario de la casa e ingresos, quedando complacido de que estuviera todo en regla, una vez inspeccionados.

Pocos días después sin poder precisar fecha, recibió M. Antonia una carta de Sanlúcar en la que se le comunicaba que había sido nombrada maestra de novicias en la casa-madre, y que a Chipiona vendría a sustituirla M. Ceferina. “Esto - dice la cronista – no lo extrañé, pues la considero mucho más digna que yo de cuidar de lo que en tantos trabajos había fundado. Aquella noche recibí el oficio del Vicario notificándome la orden de su Eminencia nombrándome maestra de la casa de Sanlúcar. “No deja ciertamente de extrañar estos nombramientos, puesto que hasta este momento hacía M. Ceferina de Superiora Mayor por renuncia de M. Ángeles. ¿Qué había sucedido? M. Ángeles, que debía saberlo, no lo comunicó nunca y nos dejó en la incertidumbre y con sospechas no aclaradas.

Vuelta M. Antonia a Sanlúcar, apenas pudo tomar posesión de su cargo, porque inmediatamente surgió una serie de extrañas y desconcertantes enfermedades que la pusieron en trance de muerte. En el mes de diciembre de aquel mismo año juzgó prudente la nueva superiora mayor, M. Ángeles, enviarla de nuevo a Chipiona para reponer la salud gravemente quebrantada. Pero tan pronto puso los pies por segunda vez en Chipiona se sintió curada casi milagrosamente, según el sentir de la misma interesada.

Sin nuevos incidentes terminó aquel curso (1894-95) con la tranquilidad y prosperidad de los años anteriores. Sin embargo, una fragosa tempestad se cernía ya en el horizonte y amenazaba con estallar en cualquier momento.

Por causas desconocidas que M. Ángeles cela muy sagazmente, como hemos indicado anteriormente, había renunciado al superiorato de la Institución. M. Ceferina había sido nombrada en su lugar y lo había ejercido, al parecer, con eficacia expansiva durante un año o más. ¿Qué había sucedido para que ahora, desde Sevilla, fuera de nuevo repuesta M. Ángeles sin causas o motivos aparentes? ¿Qué explicación tenía el nombramiento de M. Ceferina para regir la casa de Chipiona y por consiguiente el desplazamiento de M. Antonia para maestra de novicias? ¿Quién movilizaba todos estos resortes? No podemos responder, pero nos es lícito sospechar. .. El padre Oliva actuaba en Sevilla. Por otra parte, la influencia muy señalada de los Padres franciscanos, y de manera especial el P. Berasaluce, sobre la casa de Chipiona, casi desligada de la de Sanlúcar no parecía la más adecuada para la buena marcha de la Institución, salvada la recta intención de todos y los beneficios espirituales y materiales aportados de una manera desinteresada y apostólica por los religiosos franciscanos. No cabe duda que las directrices diversas – Padres Franciscanos - arcipreste Rubio y Contreras - P. Oliva- y la autarquía que se imprimió a la de Chipiona en una obra en ciernes y con sólo dos casas; privadas, por otra parte, de las inspiraciones y consejos del fundador, ponía en peligro la estabilidad y unidad del Instituto. La misma M. Antonia confiesa ingenuamente ante la perspectiva de su marcha: “Mi corazón temblaba, presentía la tormenta y no dejaba de rogar al cielo por esta obra que con tanto cuidado había ayudado a formar en unión del padre Berasaluce. Nada se había hecho, nada pensado que no fuera bajo su aprobación y gusto” Queda patente la autonomía que había impreso a la casa de chipiona la influencia de los Padres Franciscanos y el alejamiento de la dependencia del carisma fundador. Algo semejante, pero de distinto signo, ocurría en la Comunidad de Sanlúcar, sometida más directamente a las directrices de don Francisco Rubio y Contreras, pero en cierta manera suplantado por las inspiraciones e interferencias del padre Oliva y de don Antonio Suárez, que en distintas esferas influían con sus palabras, costumbres y derroteros, que no se avenían con los principios y órdenes señaladas por el legítimo Fundador. El P. Míguez estaba lejos, maniatado en su actuación y reducida su influencia a algunas recomendaciones por carta. Últimamente ni ese nexo tan precario anudaba sus relaciones. Fiel a su carácter y manera de comportarse, desde 1892 a 1897 no nos queda de él ni una sola carta dirigida a sus queridas hijas. No tenemos documentos para iluminar este penoso período de tinieblas. ¿Había renunciado en efecto a la DIRECCION DE LA OBRA?, ¿le habían admitido la RENUNCIA?, ¿Cómo volvió a ponerse, y por qué motivos, al Frente de su CONGREGACION, COMO PADRE FUNDADOR O DIRECTOR PERPETUO? Son preguntas que quedan ahora sin respuesta. Tenemos que atenernos a simples conjeturas. Nuestros intentos, como nos suponíamos, por desentrañar el misterio han quedado casi frustrados, Sólo sabemos, y de una manera indirecta, que el arcipreste Rubio y Contreras atendía a las religiosas en la parte espiritual y era su CONFESOR ORDINARIO. Discretamente intervenía en los asuntos de alguna importancia… pero no podía dirigir una obra para la que carecía del carisma fundacional y se sentía desligado. El tiempo que todo lo borra, iba naturalmente difuminando la figura del padre Míguez en la penumbra del olvido… pero él desde su retiro de Getafe, esperaba en el silencio y trabajo la hora de Dios… que es la hora de la verdad.

Así lo vislumbró con clarividencia el Vicario General del Arzobispado de Sevilla, don Santiago Magdalena, que conocía y estimaba al Padre cordialmente. Al hacer, por aquellos años, la visita pastoral, siendo ya don Marcelo Spínola arzobispo de la Metropolitana de Sevilla, se dio cuenta de las perspectivas nada halagüeñas que presentaba la situación de la corporación y recomendó con urgencia la vuelta del Padre a la dirección de la OBRA, pues de lo contrario podía naufragar aquella pobre barquilla entre los embates turbulentos de ambiciones e incomprensiones.

Los años que corren de 1892 a 1897 fueron los más delicados y peligrosos para la Institución de las HIJAS de la DIVINA PASTORA. Sin guía, SIN ORGNIZACION PLANIFICADA, SIN APROBACIONES DEFINITIVAS, sometidas a inspiraciones y directrices diversas podía ser, como otras muchas instituciones en el decurso del tiempo, víctima de los corsarios enemigos o juguete de las olas.

PRIMEROS CONATOS DE ESCISIÓN (1896 )

“Dios permitió – continúa M. Antonia en su relación fundacional de Chipiona reunirnos para secretos fines que El sólo conoce (se refiere a su vuelta de Chipiona y su encuentro con M Ceferina), y aunque la malicia del demonio, para perturbarnos, metió muchas intrigas y quiso destruir la base que Dios, por medio del padre Berasaluce, había formado, la gracia de Dios nos fue sacando de estas asechanzas… Paso en silencio las grandes luchas que sintieron nuestras almas, las persecuciones que tuvimos que sufrir y los trabajos que tuvimos que soportar, mucho hizo el demonio para desunir nuestros ánimos y oponerse al adelantamiento de la Obra. Hasta la M. Ceferina, que tanto había sufrido y con tanta constancia, se vio tentada de un desaliento grande, que me hizo temer por esta pobre barquilla. “

Entre esos angustiosos temores y sobresaltos se llegó al año 1896, y la M. Ceferina, disgustada por la sustitución intempestiva y sin motivos conocidos, “vacilaba sin saber qué hacer entre tanta tribulación, pues hubo falta de recursos y siempre padece más la que va al frente”.

Por otra parte, la casita que habitaban era muy enfermiza por la mucha humedad, a juicio de todas, y cumplido el plazo del contrato no sabía la Madre que determinación tomar. Ella estaba decidida a marchar por algún tiempo a una finca que tenía doña Veneranda en el campo. En estas perplejidades se presentó un caballero, llamado señor Del Pino, que hacía algún tiempo venía ofreciendo e compra o arriendo una casa que tenía en l más céntrico de la población y, por otra parte algo alejada del bullicio del pueblo.

Agradó la idea a doña Veneranda, y una vez consultada la Comunidad y concedida la aquiescencia del P. Berasaluce, que hizo el borrador para el contrato, se llevó a cabo el traslado con gran satisfacción de todos el día 15 de marzo de 1896. Justo es que, una vez más, reconozcamos públicamente el interés y solicitud que derrocharon desde un principio los Padres Franciscanos de Regla y de manera especialísima el venerable padre Miguel Berasaluce, santo y humilde religioso, universalmente admirado y respetado por todos los que le conocieron y al que toda la Congregación de Hijas de la Divina Pastora debe eterna gratitud. Hacemos la salvedad consignada anteriormente respecto a la marcha de la humilde Institución que estando en sus comienzos, involuntariamente y con las mejores intenciones, tomaba rumbos desligados de la forzosa dependencia de todo organismo bien conformado.

“Él nos animaba a trabajar, a seguir los buenos ejemplos y a guardar todo aquello que nuestro FUNDADOR había establecido, sobre todo nos animaba a la santa observancia de las REGLAS, con tanta insistencia, que sabíamos que fuera de ellas no nos permitía nada. Parecía en todas las ocasiones el ANGEL DE LA GUARDA DE LA OBSERVANCIA, según se oponía a todo abuso, a toda libertad que pudiera mitigar el espíritu religioso. “Maravillosas palabras que ponen de relieve el espíritu que animaba a este hijo del seráfico San Francisco y la vida de fervor que animaba a las primeras religiosas de la fundación de Chipiona.

El día 1 de junio, con pretexto de hacer una postulación para allegar recursos que satisficieran las necesidades más perentorias de la casa, salió M. Ceferina en dirección a Sevilla. Se presentó al Prelado y éste le indicó que diera razón a la Superiora de Sanlúcar de su determinación; pero ella esquivó la obediencia y lo hizo de tal suerte que quedaron incumplidas y desvirtuadas las órdenes del Arzobispo, haciendo patente el distanciamiento con M. Ángeles. Mientras tanto quedó al frente de la casa M. Antonia, casi sin recursos ni de donde procurarlos. En estas circunstancias y con atribuciones amplias que le había otorgado la Superiora al marchar, continuó actuando y dirigiendo la Comunidad y el desenvolvimiento del colegio por medio de las providencias oportunas, que exigían la necesidad o conveniencia del buen gobierno.

Poco tiempo después recibió una comunicación de M. Ángeles, desde Sanlúcar, suspendiéndola de sus actuaciones, y quedando depuesta de todo cargo y jurisdicción respecto a la Comunidad. M. Ceferina llevaba mes y medio fuera de casa y su conducta parece que dejaba mucho que desear, y juzgaba que M. Antonia obraba de común acuerdo, ocultando tal proceder y obrando por cuenta propia, y desvinculadas de la sujeción a la Superiora de la otra casa. Sin embargo nada más ajeno a la verdad por parte de M. Antonia. Avisó a M. Ceferina de lo que acontecía, suplicándole volviera rápidamente al colegio en evitación de mayores males; pero esta no hizo caso y continuó sus correrías por diversas villas de la archidiócesis.

Por fin, en vísperas de la festividad de Nuestra Señora del Carmen, se presentó M. Ceferina en Chipiona. “Al pronto me alegré, refiere M. Antonia, pues creía sería la misma que siempre había sido para la casa… Pero ¡oh dolor! Sólo la ocupaban deseos de venganza contra las de Sanlúcar que, enteradas de muchos desaciertos que nosotras ignorábamos, habían dado quejas al Prelado, pues hacía tiempo venía perdiendo mucho la casa con su proceder. Siempre con seglares, poniendo en ridículo a sus hermanas y fuera de casa; en todo pensaba menos en la vigilancia de la casa. Me entristecí al hablarle, pues vi en su pecho deseos profanos, bien ajenos de una esposa de Cristo, que sólo debe respirar amor divino. Yo no sabía qué hacer ni a quién creer. Todos los ánimos estaban perturbados. Se había pedido por las de Sanlúcar su o, y nosotras no sabíamos que pensar. Corrió entre nosotras la voz de que esto se deshacía, no solo esta casa, sino toda la Orden (sic) entera y esto nos ponía en agudos sufrimientos, pues a las de Sanlúcar no las veíamos ni entendíamos y así sacar en claro la verdad”.

En medio de estos sinsabores e inquietudes se presentó un cuñado de M. Ceferina, que no la dejaba ni a sol ni a sombra, y sin duda bajo su presión y para complacerle había contraído una serie de deudas que no podían pagar. Los acreedores se echaron encima y empezaron a asediar al colegio con sus reclamaciones.

Por haberla recriminado su conducta y proceder tomó una terrible ojeriza contra M. Antonia y las demás religiosas a las que les negaba aún los alimentos más indispensables, mientras ella se regalaba a escondidas. De lo recaudado en la postulación no permitía que se tocara ni un céntimo.

Por aquel tiempo llegaron a Chipiona unas religiosas de Córdoba, con las que entabló estrechísima amistad de tal forma que apenas pisaba el Colegio (?). Ya llevaba tiempo apartada también de la recepción de los sacramentos y de la oración y como es lógico huía del P. Berasaluce y sólo vivía de exterioridades. En consecuencia empezó a maltratar a las hermanas y a decir que se marchaba con aquellas religiosas, incitando a algunas a que siguieran su ejemplo. La turbación que siguió a esto fue muy grande, porque, además, empezó a vender las cosas de casa, cubiertos de plata y otros enseres, y a llevarse todo lo que podía.

M. Antonia, ante esta situación, tuvo que dar cuenta al P. Berasaluce, que le ordenó en virtud de santa obediencia, fuera a comunicárselo al señor Vicario, Rubio y Contreras. “Llegué a Sanlúcar – escribe ésta – y fui directamente a casa del señor Vicario, y al principio estuvo muy severo, mas luego nos animó a perseverar en la Obra que el Señor nos había encomendado y nos aseguró que no teníamos que temer, pues la Orden (sic), no se desharía”. . Al día siguiente, a su vez, la superiora de las hermanas de Córdoba fue a solicitar a Sanlúcar, al mismo señor Vicario, para que M. Ceferina y su cómplice, una postulante, pudiera pasar a su Congregación, según compromiso que había contraído con ella. Esperaban que su ejemplo cundiera y que otras varias les secundaran. La turbación fue muy grande, porque las religiosas de Sanlúcar, por creer a M. Antonia cómplice de estos manejos y perturbaciones, la insultaron y la amenazaron con la expulsión del Instituto. Todo el mundo se puso en contra de ella menos el padre Berasaluce y las demás religiosas de la casa, que habían visto su proceder y eran testigos fehacientes de sus sufrimientos y fidelidad. La situación llegó a ser tan violenta, “Que decidí – escribe la cronista- en mi interior pasar a otra Orden de clausura, donde con júbilo me admitían, pero el padre Berasaluce no aprobó esta idea y me animaba a sufrir” (¿?).

Mientras tanto las fugitivas, aprovechándose del desconcierto, se llevaron ropas, cubiertos, medicinas y cuanto hallaron a mano, hasta el hermoso piano que les había regalado doña Trinidad Trechuelo. Unos hombres, dirigidos por ellas, lo transportaron durante la noche a casa del señor cura párroco, que siempre se había mostrado esquivo a las religiosas Hijas de la Divina Pastora.

Cuando amaneció al día siguiente y aquellas desdichadas realizaron su propósito de fuga, quedaron solas aquellas religiosas fieles, sin ayuda ni provisiones, faltas de todo recurso humano, pero con la paz en el corazón, y la protección de la Divina Providencia, que de múltiples modos, casi maravillosos, acudió pródiga a socorrer con prontitud a aquellas almas que habían puesto en ella toda su confianza.

“El día 28 de agosto de 1896 recibí orden del señor Arcipreste para que de nuevo me hiciera cargo de la casa. Aquella misma tarde vino M. Ángeles y sor Concepción a vernos y tuvimos el consuelo de ver cumplidos nuestros deseos, esto es, la unión de la Orden (sic) y sus miembros”.

Pasó la tempestad renació la calma y con ella la trayectoria ascendente del colegio. Por muerte del esposo de doña Veneranda recibieron dos mil reales de los siete mil que les había dejado en el testamento. Con otras limosnas y donativos hubo que hacer frente poco a poco a las deudas contraídas en el período borrascoso de M Ceferina, y sufriendo y batallando en las clases y el cumplimiento del deber se puso remedio a la situación precaria en que habían quedado sumidas[Notas 6].

Con el saldo de estas incidencias y sus repercusiones se llegó a las postrimerías del siglo XIX. El padre Berasaluce fue sustituido por el padre Barver en el priorato del convento de franciscanos. Las deudas de los acreedores fueron cancelándose paulatinamente y la situación del colegio pasó de angustiosa a esperanzadora.

Un día, ante las exigencias apremiantes de un antiguo acreedor que importunaba a M. Antonia, propuso ésta a la Comunidad y niñas hacer un Triduo al Sagrado Corazón de Jesús, suplicando el remedio de aquellas necesidades y apuros… No habían pasado tres días cuando la Divina Providencia les socorría con la mayor alegría que podían esperar y soñar. El padre Míguez , su antiguo y verdadero fundador, una vez superadas las borrascas, que habían entenebrecido su existencia por unos seis años, escribía a las religiosas una cariñosísima carta, anunciándoles además que se acercaran a Sanlúcar para cobrar 1.500 pesetas que les enviaban para satisfacer las necesidades más perentorias. Igualmente les comunicaba un envío de permiso para Oratorio público con misa y reservado que había obtenido de Roma.

Posteriormente y en distintas ocasiones, les remitió estipendios de misas y nuevas remesas de dinero para la adquisición de un solar y la erección de colegio definitivo de nueva planta, que se levantó algunos años después y que perdura hasta nuestros días.

Remesas de tres mil y siete mil pesetas no fueron únicas ni infrecuentes en los primeros años de este siglo, índices claros y fehacientes del interés del Padre por este colegio y su amada Congregación.

Hay que tener en cuenta la depreciación sufrida por la moneda desde aquellos tiempos para interpretar estas aportaciones materiales del fundador en favor de sus hijas y prosperidad de la Institución. Recuérdese que el frasco corriente de los”. Específicos Míguez “, que entonces se expendía en las farmacias, costaba solamente cuatro pesetas y el estipendio de una misa era una peseta y a veces seis reales.

El 2 de febrero de 1901 recibió M. Antonia el nombramiento de superiora de la nueva fundación de Villamarín (Cádiz) y entregó la dirección de la casa de Chipiona a sor Concepción Hidalgo.

Parece ser que pasados los nueve años del provincialato del Padre Marcelino Ortiz, o mejor todavía del sexenio 1891-97, en el que fue sustituido en la dirección de la obra por el señor arcipreste de Sanlúcar, señor Rubio y Contreras, el padre Míguez fue repuesto en el cargo de DIRECTOR efectivo a sugerencias de las jerarquías eclesiásticas hispalenses, en vista de estas tensiones que hemos reseñado y otras que han quedado en el olvido de la historia. Por desgracia, tenemos que movernos en todo esta período 1891 – 97 en el simple terreno de las conjeturas.

Con gran sentimiento, tenemos que declarar a nuestros lectores que hemos experimentado una decepción inmensa en nuestros trabajos investigadores al comprobar, como lo auguraban nuestros fundados temores, que en el Archivo de la Curia de Sevilla no se halla la más mínima referencia a estos sucesos que constituyen la clave única para interpretar con seriedad crítica este período borrascoso de la Institución.

El decreto de erección de la Asociación piadosa por el eminentísimo cardenal Fray Ceferino González , el nombramiento del padre como DIRECTOR de la OBRA por seis años, su renovación en 1891, la renuncia posterior, si la hubo, y la interinidad sustitutiva de don Francisco Rubio por fin la reposición en el cargo del verdadero FUNDADOR. Todos estos sucesos y otros posteriores de notable importancia para la historia de la Obra tuvieron que estar consignados en documentos de la máxima trascendencia que desearíamos conocer, pero que personas interesadas… han hecho desaparecer, dejándonos sumidos en una oscuridad sensible y lamentable ante la que no cabe otra postura que reforzar nuestras pesquisas para hacer luz cuanto sea posible, por todos los medios a nuestro alcance, que son por cierto bien precarios, y acatar la voluntad de Dios que permite que la vida humana transcurra entre misterios y zozobras y que las almas de mayor altura y exigencia tengan que sostenerse entre estos riesgos y tensiones, porque como dice Möeller: “El impulso hacia la santidad no suprime las tentaciones, sino que las aumenta. Cuanto más se sube, más profundo se ve el abismo que se abre abajo”. Sólo el que vive asido a los brazos de la Providencia mira todas las cosas y acontecimientos como juegos de niños, y el padre Míguez tenía siempre su corazón anclado en la Providencia de Dios.

Notas

  1. Cf. Narración de los Hechos mas notables de la fundación de Chipiona, 1895. Cuaderno sin numerar existente hoy día en el Archivo General de las Hijas de la Divina Pastora, Madrid. Su autora, la que después sería por tantos motivos famosa Antonia García Marín, conocida también por Sra. de Arcos.
  2. Cf. Nuestra Señora de Regla . P. José Martín Franciscano. Jérez de la Frontera. Imp. M.Martín, 1953.
  3. Antonia García Marín, de la que ignoramos los orígenes y y primeras actividades hasta el ingreso en la Pía Asociación. Después tendremos que tratar más despacio de su personalidad y trágico fin.
  4. Calle de San Jorge, llamada así por encontrarse en ella una capilla dedicada a este santo patrón de los ingleses. La colonia inglesa de Sanlúcar siempre fue muy numerosa e influyente y llegó a levantar esta capilla y un hospital adjunto. Después se llamó de González Hontoria, en honor al ilustre general español que nació en Sanlúcar de Barrameda en 1844 y murió en Carabanchel en 1884. Estudió en Estados Unidos. En la fábrica de Trubia, de la que fue director, proyectó en 1873 un cañón de 16 cm., considerado por los expertos extranjeros como el más potente de su calibre de Europa. (Cf, Enciclopedia Universal Europea- Americana, tomo 26, pág. 667) un hermano del ilustre militar fue discípulo del P. Míguez, como lo insinnúa en algunas de sus cartas. “A Don Manuel González Hontoria no lo conozco siquiera; a su hermano, D. Julio lo tuve por discípulo pero hace tiempo que murió, según me dijo el P. Juam Antonio Herreros. Además es Ministro de Estado y no tiene que ver eso de los colegios. Si cooce ahí alguna persona que puede influír con González Hontoria, aprovéchala.” (carta 20 de abril de 1.919).
  5. Eran estas M. Ángeles. M. Ceferina, M. Antonia y Hna. Ana, quizá no cuenta a esta por no ser de Coro y se refiera en su lugar a M. Concepción, que la suceería en el Superiorato.
  6. Al principio fueron solo dos religiosas, pero después que se estabilizó la Fundación llegaron a contar con cinco clases, tres de gratuitas, una de párvulos y otra de paga, bajo la dirección de las Religiosas: Sor Rosa, Sor Pastora Sor Teresa y, últimamente, Sor Luisa Villegas, que llevaba una clase de labores, para la que estaba excepcionalmente dotada. También hace referencia a una postulante llamada Maria, que no tendría nada de particular fuera la famosa María Casáus, que tenía el título de maestra y frisaba ya en los treinta años.