DelAlamoBiografia/CAPITULO XX: CURACIONES ESPECTACULARES, EL REY - NIÑO ALFONSO XIII

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CAPITULO XIX : EL CARISMA ESPECIAL DE LA MEDICINA
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CAPITULO XX: CURACIONES ESPECTACULARES, EL REY - NIÑO ALFONSO XIII

En este acontecimiento como en otros que hemos tratado o trataremos en lo sucesivo, hemos procurado indagar e investigar los datos más auténticos de que pueda haber constancia. Confiamos haberlo logrado en sustancia hasta límites imprevisibles, hace unos años, debido a las lagunas que se encuentran en las referencias de la vida del Padre y de la desaparición actual de las primeras religiosas que le conocieron y trataron, que podrían aportar datos y elementos de interés para clarificar muchas actuaciones de su vida.

Procuraremos exponer las investigaciones llevadas a cabo, escuetas, descarnadas en su más simple realidad, dejando a la perspicacia de los lectores el juicio sobre ellas y su encuadramiento dentro del contexto general. Eso sí, queremos exigirnos en cuanto sea posible la verificación y depuración de los datos y testimonios de toda hojarasca retórica que sea poco convincente. Preferimos parodiar a Santa Teresa de Lisieux, que decía: “Hay que decir la verdad siempre. Que no se me busque si no quiere oír la verdad”. En definitiva, ¿no es la verdad el alimento de la inteligencia? , ¿Qué utilidad reportaríamos en intoxicarnos con falacias e inexactitudes? Hemos expuesto en el capítulo anterior la intuición admirable y las cualidades excepcionales de que estaba dotado el siervo de Dios para el estudio de las plantas y sus virtudes terapéuticas y diagnosticar las enfermedades que afligen a la Humanidad, aplicándoles el remedio conveniente. De aquí los éxitos clamorosos y las curaciones sorprendentes que consiguió en el tratamiento de los enfermos. Cualidades son éstas que señala el estudio grafológico de su escritura con una precisión admirable: asombrosa asimilación intelectual, lógica irreprochable y agudísimo don de observación. La alianza de estas tres cualidades y agudísimo don de observación. La alianza de estas tres cualidades constituyen en ocasiones un verdadero don de adivinación deductiva”[Notas 1]. No fue por consiguiente un curandero improvisado, sino un hombre dotado de facultades excepcionales para la Medicina. Lo demostró en circunstancias múltiples que ya hemos indicado, y en otros muchos acontecimientos de que haremos mención. Vamos ahora a dilucidar el asunto referente a la enfermedad y curación del Rey Alfonso XIII, cuando era niño y que ha llegado a nosotros a través de distintos relatos y tradiciones. Existen dos versiones ambas muy borrosas, sobre dicho suceso. Pondremos en primer lugar, como hemos hecho en otras ocasiones, los testimonios más o menos directos que han llegado a nosotros y trataremos de explicar algunas otras sugerencias.

No debemos esperar por consiguiente una declaración taxativa del siervo de Dios al respecto, ya que, por temperamento y virtud, era refractario a hablar de sus intimidades, y menos cuando redundaban en su honor y alabanza. Por otra parte, parece lógico y natural que en esta ocasión le hubieran impuesto en PALACIO LA MAXIMA RESERVA, porque la indiscreción podría acarrear implicaciones políticas imprevisibles y desagradables. Como complemento y aclaración explicatoria de esta determinación de las altas jerarquías de palacio, hemos oído a persona solvente y que desea permanecer en el anonimato, que la Reina –madre, doña Cristina de Habsburgo, era partidaria fervorosa, desde su juventud, de las curaciones homeopáticas. También es conocida su reacción ante unas indiscreciones de su confesor, P. Fernández Montaña, que fue relevado de su honroso cargo sin contemplaciones[Notas 2].

Transcribimos a continuación el primer relato que poseemos, proveniente de los procesos y debido al señor arcipreste de Daimiel. Quizá es el más chocante e incongruente: “También me contó el siervo de Dios que la misma Reina María Cristina, al nacer su hijo don Alfonso XIII, lo llamó porque el rey tenía la cabeza deforme y no se le unían los huesos de la cabeza; el siervo de Dios vio al enfermo, le prescribió unas medicinas y unos baños al bajo vientre y el niño sanó. Y me refería cómo en muchas ocasiones tenía que esconderse el siervo de Dios en la Cámara Real detrás de unas cortinas para que pasara el médico de cabecera que veía cómo el enfermo mejoraba. Y cuando se marchaba el médico, volvía a salir el siervo de Dios y seguía la curación del enfermo. La Reina agradecida, quería premiar al siervo de Dios y no consiguió de él que tomara nada; le decía que el premio habría de ser dar gracias a Dios y a la Divina Pastora que lo habían hecho”.

Que el siervo de Dios no se conformaba con aplicar sus conocimientos y las medicinas pertinentes, sino que se apoyaba en la fe y la oración para conseguir sus ruidosas curaciones, lo podemos colegir, entre otros muchos testimonios, por este que nos proporciona el mismo don Tiburcio Ruiz de la Hermosa: “El mismo me manifestó también que en una ocasión en que le presentaron una mujer con pulmonía gravísima, él acudió al Señor en oración, que si era su voluntad que él se dedicara a la medicina, que le diese una señal, la cual sería que aquella mujer se curase. En efecto, subió a su habitación, bajó con unos globulillos que dio a la enferma y a los cinco minutos comenzó a convalecer, marchándose ya casi del todo bien, con lo que el siervo de Dios comprendió que era la señal que le daba el Señor para que se dedicase a la medicina[Notas 3].

La relación del párroco de Daimiel me parece algo sospechosa de inexactitud, porque, aunque es verdad que el niño en rey había nacido con deficiencias especiales y deformación en el cráneo, como creo haber leído en mi juventud en unas crónicas del famoso poeta Rubén Darío, que por aquellas fechas hacía de corresponsal para algunos periódicos extranjeros. “La leyenda de un reyecito enclenque y cabezudo, de un niño raquítico”, según sus expresiones.

Sin embargo, don Julián Cortés Cabanillas escamotea muy hábilmente estas anormalidades y se contenta con decirnos: “que cuando el Rey cumplió cinco años no tenía nada de enclenque su figura, ni era exangüe su fisonomía, y en cambio se manifestaba ágil y aguda su incipiente inteligencia” (pág.12). Nos quedamos, por tanto, sin saber que enfermedades o anomalías aquejaron a la regia persona en sus primeros años. Muchas dificultades se nos presentan para admitir la intervención de nuestro padre Faustino en la curación del Rey en los primeros meses de su nacimiento, porque el Padre se hallaba a la sazón en Sanlúcar de Barrameda (mayo de 1886) y no hubiera podido fácilmente trasladarse a Madrid sin llamar la atención y sin que la noticia se trasluciera en las esferas externas del mundillo oficial. Por otra parte, aunque el Padre había realizado por aquellas calendas algunas curaciones espectaculares, se hallaba enfrentado con el ambiente de la Comunidad en estas intervenciones y no era conocido fuera de los círculos más reducidos de la población y de la minoría de sus admiradores.

Me inclino, por tanto, a considerar estas referencias muy imprecisas y sin la debida consistencia, como deformes de la realidad, referentes no a la época de su nacimiento, sino a 1890, cuando el Rey-niño tenía casi cuatro años y el Padre se hallaba destinado en Getafe.

Vamos a ambientar la situación de esta intervención de Dios de cuya certeza con dificultad podemos dudar y de la que, aunque sea indirectamente, nos quedan distintas aseveraciones de testigos de los procesos y otros particulares que hemos podido conseguir, con muchas dificultades, por la desaparición de las personas que más directamente podían habernos transmitido sus impresiones garantizadas[Notas 4].

Copiamos la escena y su ambientación colorista del historiador don Julián Cortés Cabanillas en su reciente”. Vida de don Alfonso XII“.

“El año 1890 – no había cumplido Alfonso XIII aún los cuatro años – nació con la dureza implacable de la desgracia. Nieblas y nieve en el horizonte y las calles madrileñas. Moría la gente por la acción de la gripe y de la pulmonía, en terribles proporciones, y la laringe portentosa de Julián Gayarre se rompió al cantar en el teatro Real la romanza de PESCADORES DE PERLAS.

Se extinguió su vida en aquel comienzo del año, y cuando la figura yacente del mejor tenor del mundo, encerrado en una caja de ébano, se detenía ante el teatro Real y la orquesta interpretaba el SPIRITU GENTIL, la Reina madre, con el chiquitín a su lado, lloraba detrás de los balcones del palacio viendo… desfilar el cortejo fúnebre del inmenso Gayarre, cuya voz había sido recobrada por la infinita armonía de los cielos.

No sospechaba María Cristina que el dolor que sentía por el malogrado tenor había de aumentarse hasta la locura al ver caer a su hijo, el Rey, gravemente enfermo en los días siguientes. Para colmo de males Sagasta le presentó la dimisión del Gobierno que presidía, porque sus secuaces habían entablado entre sí una lucha denodada. España se puso en pie con angustia en torno de la cuna del pequeño monarca, Alfonso XIII se moría. Junto a la madre dolorosa, los doctores Ledesm, Riedel, San Marín, Sánchez, Ocaña y Candela, escrutaban con ojos de Argos la terrible enfermedad del regio”. chiquitín” y luchaban con bravura de campeones de la ciencia, María Cristina e Isabel II blandían las armas de la oración, con una constante plegaria a la Virgen y las vigilias permanentes junto al hijo y al nieto bien amado no eran capaces de rendir la fortaleza de sus esperanzas. El Gobierno se constituyó en Consejo permanente y dos ministros velaban en la regia alcoba. Castelar, con su enorme preocupación española, se hacía informar varias veces al día del proceso de la enfermedad. Pero afortunadamente el peligro de la meningitis pasó (pág.91) y la Reina abuela pudo escribir esta carta con su estilo característico: “Queridísima hija. Paz, de mi vida: Hace unos días que te escribí largo en el cuarto de mi queridísimo nieto el Rey y te contaba mis impresiones y angustias en los terribles días que hemos pasado con la enfermedad de Alfonso XIII. ¿Has recibido mi carta? , era anterior a la que Isabel te escribió. El reyecito está otra vez monísimo y encantador y despegadísimo y te confieso que me tiene encantada con sus gracias y dichos. Aún está muy débil, pero yo espero en Dios y en la Virgen que se repondrá pronto; es un verdadero milagro que yo no te puedo explicar todo lo que llevo sufrido desde que he llegado aquí, pero lo doy por bien empleado con tal de ver al Rey , mi nieto, bueno. Te estoy escribiendo sin poder abrir los ojos de sueño y de cansancio, porque entre subir y bajar las escaleras que hay para el cuarto del Rey, mi nieto, y entre ocupaciones y cosas estoy cansadísima, y ahora que es la una de la madrugada aprovecho para escribirte, hija mía, ¡Ay! Alfonso XIII se repuso por completo y la vivacidad y la risa armoniosa volvieron a alegrar las estancias de Palacio”[Notas 5]. Exponemos en gracia al lector, en primer lugar, los testimonios hallados en el proceso de Beatificación y a continuación otras declaraciones de testigos ajenos al proceso, que históricamente hacen indubitable la intervención del padre Míguez. Helas aquí en su lacónica y espontánea sinceridad:

“Para mí el motivo inicial de estas aficiones del siervo de Dios hacia la medicina fue el deseo de practicar la caridad con los enfermos, culminando en la curación del mismo Alfonso XIII a instancias de Su Majestad la Reina madre, que, prescindiendo de los médicos, acudió al “fraile curandero de Getafe”, como a la sazón le llamaban, obteniendo la curación de su real hijo”. (Testimonio del reverendo padre José Olea Montes. Summarium proc. ord. Matriten., págs. 24-25).

“He oído que cuando nació Su Majestad el Rey y enfermó (Tenía agua en la cabeza), el siervo de Dios lo visitó ocultamente y lo curó sin darse a conocer”. (Testimonio de M. Aurora de Jesús Rea Fernández. Summarium proc. ord. Matriten., pág. 169).

“Creo que he oído decir que los médicos tildaban al Padre de que usaba las artes de la magia. Los médicos continuaron haciéndole mucho daño, de tal manera que cuando le llamaron para curar al Rey Alfonso XIII le hubieron de subir por una escalera oculta con el fin de que los médicos no se enteraran.” (Testimonio de la Reverenda Madre Gemma Martínez, Superiora General del Instituto. Summarium proc. ord. Matriten., pág.221)

“Tengo oído que habiendo intervenido en la curación del Rey Alfonso XIII , siendo niño, la Reina le ofreció la recompensa y él no le pidió a la Reina sino que le dejara hacer el bien a sus enfermos”. (Testimonio del padre Leonardo Rodríguez. Summarium. proc. ord. Matriten., pág. 232).

“Una de las religiosas vivas, en un cuestionario que le propuse hace unos años para aportar datos a varias ilustraciones sobre la vida y virtudes del siervo de Dios, responde a este respecto: “Yo he recibido de los mismos labios del Padre que había sido llamado dos veces a Palacio por uno de los confidentes de la Reina – madre para que viera al augusto personaje; que había estado el Padre escondido entre los cortinajes cuando había junta de doctores; que los médicos habían desahuciado al pequeño y que una vez que se ausentaron entró el siervo de Dios y, sin tocarle ni tomarle el pulso, dijo que aquello no tenía importancia, que tomara unos sorbitos de agua con unos globulillos proporcionados por él y que la enfermedad pasaría enseguida. Por la tarde volvieron los médicos y, asombrados, dijeron: ¿Qué es esto? El enfermo estaba fuera de peligro. El Padre volvió también por la tarde y tuvo que estar oculto entre los cortinajes, y después de aconsejar al enfermito unas tomas más de los globulitos le dejó ya sentado sobre la cama. Retirándose él a su Colegio de Getafe. Su serenísima madre, doña Cristina, antes de morir, dejó escrito que, después de Dios, España tenía Rey debido a la mediación de un venerable religioso, cuyo nombre no declaraba por habérselo prohibido el mismo interesado”[Notas 6].

Otra religiosa me comunica: “Que estando en Getafe con el padre Faustino, salió la conversación sobre el entonces obispo auxiliar de Toledo, don Prudencio Melo Alcalde, que murió después siendo arzobispo de Valencia y nos dijo: que estando (el padre Faustino) en la antesala del Palacio Real, porque le había llamado la Reina María Cristina, entró también dicho obispo y le dijo: Usted también aquí, Padre Faustino, y el Padre contestó: fui llamado”[Notas 7].

Otro testimonio muy notable es el que nos transmite desde Comillas la famosa ex madre Margarita Artime, a sus ochenta y dos años: “Era el padre muy humilde y rehuía hablar de cuanto tuviera visos de grandeza y redundara en su honor, así que en varias ocasiones y a retazos oí lo que copio, como lo recuerdo. Estaban curando al Rey niño Alfonso XIII los más afamados médicos que se conocían entonces, y como la Reina Madre viera que no adelantaba nada el niño, estaba sumamente apenada, y un alto personaje, creo recordar Pidal y Mon, que conocía al Padre y tenía noticias de las curaciones que estaba haciendo, habló de esto a la Reina, que encargó llevase a Palacio al reverendo Padre. Fue el Padre a palacio, vio al Rey- niño, observándole detenidamente, como tenía por costumbre, sin tocar ni pulsar al enfermo, dijo a su Majestad la Reina que su hijo curaría prontamente, siguiendo el plan que iba a ponerle y tomando solamente las medicinas que él daría. La Reina prometió hacerlo así, encargándose ella misma de administrárselas. El Padre dio las medicinas, puso el plan curativo y fue varias veces a palacio, observando que el Rey mejoraba rápidamente. En más de una ocasión tuvo que ocultarse, porque los médicos, de los que fue perseguidísimo, hicieron su visita estando allí el Padre. La curación del Rey – niño, decía el Padre que la conceptuaba poco menos que imposible, pero que era porque lo curaban equivocadamente. Se negaba a dar explicaciones, y si le preguntábamos hacía ademanes de no saberlo y se marchaba diciendo: “Ya pasó todo, ya pasó”[Notas 8].

Como minúsculo detalle que patentiza la estancia del Padre en palacio podemos señalas estas palabras de otro testimonio de los procesos: “No puedo decir que gustase de viajar en coche, ya que los viajes que realizaba, siempre modestamente, los hacía los hacía por los procedimientos ordinarios, excepto, claro está, cuando en alguna ocasión alguna persona distinguida lo llamaba, como ocurrió cuando su Majestad la Reina lo llamó para que viera al príncipe enfermo, que le mandó su coche”[Notas 9] .

Qué haya de verdad en todo este asunto es muy difícil discernirlo, mientras no podamos conseguir nuevos elementos de juicio, lo que no deja de ser muy problemático transcurridos tantos años. Parece verdad indiscutible que fue llamado a palacio, que debió hacerse por medio del señor Pidal y Mon, que tuvo anteriormente relación con nuestro padre Míguez y algunos otros escolapios, que esa relación de conocimientos provino por medio del cardenal Fray Ceferino González, de quien se consideraba Pidal y Mon discípulo predilecto. Por otra parte, ya hemos visto en capítulos anteriores la protección y amistad que dispensó a nuestro venerado Padre el eminente purpurado de Sevilla.

Más detalles y circunstancias aclaratorias será difícil aportar. Sin embargo, en su correspondencia posterior hemos encontrado algunas alusiones al trato y confianza con la Reina –madre, que sin estos precedentes sería imposible explicar. Citaremos algunos textos: “Tengo un gran disgusto, y es que no sé si el señor obispo (de Madrid) dará licencias para el Noviciado. Fui a verle y me contestó: que ya lo pensaría; que le presentase la solicitud. No se la he querido presentar hasta que me vea con la Reina – madre, para que la apoye. Ya pedí una audiencia, al efecto, a dicha Señora. Veremos cuando puedo verla. Por aquí conoceréis cuánto tengo que sufrir”[Notas 10]. Se refiere a una denuncia que una religiosa había entregado al obispo de Madrid por el traslado del Noviciado sin los debidos requisitos, y el obispo se negaba a conceder la autorización conveniente, escudándose en vanos pretextos para no dar su brazo a torcer. Más adelante trataremos de este percance, que produjo al Padre notable disgusto.

En otras dos cartas posteriores dirigidas a la M. General; Julia Requena, le dice: “No sé si me llamará la Reina Madre; si lo hiciere, iré y le contaré todo, pero no insistiré – por no proporcionarle un disgusto- por la negativa”[Notas 11]

Antes había escrito al general Azcárraga, Presidente que había sido del Gobierno y entonces lo era del Senado, que estaba muy agradecido al Padre por haberle tratado y curado de cierta enfermedad (quizá diabetes). Veamos lo que insinúa sobre dichas gestiones: “Como ya te dije, escribí, o primero hable con el presidente del Senado, general Azcárraga, para para que lo hiciese al señor obispo de Madrid sobre lo del Noviciado. Lo hizo y me contestó que el señor obispo le dijo que no podía, no quería, porque la Santa Sede lo prohibía. No hay tal cosa. Lo que prohibió fue admitir fundaciones de nuevas congregaciones sin permiso de la Santa Sede. Esta no es nueva, lleva veintidós años (Se refiere, naturalmente, a la Congregación de las Hijas de la Divina Pastora).

Por la siguiente referencia de otra de sus cartas se deduce que efectivamente fue a visitar a la Reina – Madre: “La Real Orden que me pedías para Aspe, me dijo la Reina -- Madre no hacía falta y por eso no me ocupé ya de ella”[Notas 12].

Estos son los datos que podemos aportar por ahora a la intervención del siervo de Dios en la curación del Rey Alfonso XIII, que la Reina –Madre y la ex Reina Isabel II. Su augusta abuela, consideraron como milagrosa

Por aquellos años ocurrió otra curación, casi portentosa, en cuya tramitación y comportamiento podemos observar con toda puntualización las reacciones del Padre en el sentido de la más absoluta humildad por su parte y de la huida, casi morbosa, de todo lo que pudiera redundar en su honor o servir de reclamo a un suceso que pudiera acrecer su fama, como hombre de ciencia o sencillamente la eficacia de sus métodos curativos, que en ésta como en otras ocasiones semejantes, por desgracia, han quedado sumidas en el más absoluto desconocimiento.

Una joven inglesa pretendió ingresar en la Institución de las Hijas de la Divina Pastora. Después de haber pasado algún tiempo el Noviciado tuvo que abandonarlo ante la presión de su familia, que era protestante, y la aparición de ciertos trastornos nerviosos. Se llamaba Mary Gadner. Con este motivo escribe al padre una carta, que no tiene desperdicio y es quizá la más expresiva en detalles de todo su epistolario. La transmitimos literalmente, porque sin duda nos puede explicar la reserva y mutismo respecto de su intervención y comportamiento en la curación del niño- Rey.

“he visto y curado a una joven, que entrara religiosa en París y se puso por el estilo (de Mary Gardener) a los trece meses, hasta el punto de tener que llevarla a la Salpetrerie o casa de locas, donde la estuvieron asistiendo las notabilidades médicas de París, además de los médicos del grandioso establecimiento y después de tanto tiempo la dieron por incurable.

Fue su padre, que era de Madrid, con dos doncellas que había tenido antes a buscarla; la trajo, y por cierto que cogió dicho padre una pulmonía en el camino y de ella murió a los dos días de haber llegado, y trasladándose a Carabanchel Alto, donde tiene una casa de verano. ¡Cuál estaría la hija, que vio a su padre enfermo y muerto y ni aun remotamente se dio ni de cuenta de ello!

Por oídas del padre Provincial, Eugenio Caldeiro, escolapio, que era mucho de la familia, me escribió la madre de la joven pidiéndome la buscase en esa de Sanlúcar una casa de confianza para trasladarse allí con ella, a ver si en ese clima le aliviaba. Le dije entre otras cosas que no me parecía prudente hasta que no lo viesen los médicos de Madrid.

La buena señora no quiso la viese más médico que este sesentón. Fui a los pocos días, la víspera de Navidad; por cierto que no comí aquel día. La estuve observando unas dos horas; loca rematada; se subía a las sillas, mesas… y se tiraba, como al agua para bañarse, quería tirarse por los balcones…, y esto de día y de noche; lo hubiera logrado sí no fuera por las dos doncellas que la cuidaban. Le daban tales ataques, que estaba hasta ocho horas con sus convulsiones horribles. En fin, la mar. A los veintiún días justos y cabales, la joven estaba ya buena y en PLENO USO DE SUS FACULTADES MENTALES. Como era natural, hizo ruido. Tuve que cortar toda comunicación y ni aún les escribo. La vi una sola vez y ésa cuando estaba loca. Tiene especial interés por conocer AL QUE DESPUES DE DIOS LE HIZO ESTE BIEN, y no lo ha conseguido. Sigue buena, sin haberse resentido más. Es de una familia casi francesa. La madre, que sólo tiene un diente en son de campanilla, habla y escribe perfectamente el francés, español, italiano, etc. Es una filósofa. La joven habla francés como el español. Su padre era escritor y alto empleado. La joven es una notabilidad en piano y no sé qué más. El que la hubiera visto loca, la tendría por posesa”[Notas 13].

Respecto de la fama que adquirió a principios de siglo y de los múltiples personajes y muchedumbre de gente del pueblo que acudían a consultarle, como si fuera un oráculo, podemos añadir, además de los varios testimonios ya reseñados, esta consignación de su necrología oficial, tan parca en detalles, por otra parte, como obra del padre Bruno Gil, cronista entonces de nuestra provincia y que honraba a su santo patrón con la austeridad de su vida y la parquedad de su comunicación. “En aquel tiempo de su vida, nadie pudo computar los innumerables enfermos que se llegaban a él para buscar la salud, a los que podía comparar, por su muchedumbre y fe, con los peregrinos que visitan un santuario”[Notas 14]. Pero he aquí otro aserto convincente transmitido por el mismo interesado, de una manera incidental, en una carta escrita a M. Concepción, Superiora de Chipiona, y que juzgo es de principio de siglo: “Amada hija en Ch.: Gran satisfacción tendría en poder corresponder al R.P.V. en algo por lo mucho que hace por vosotras. Dios se lo pague, accediendo a lo que me indicas (parece le suplicaba fuera a visitarle); pero me está prohibido y, por tanto tengo que obedecer. He tenido los mayores compromisos en este sentido y nada pude hacer por satisfacer a las personas que mediaban. Se dio el caso de mediar un Ministro de Estado y otro de la Rota, porque fuese a ver a un enfermo a París, poniéndome tren especial, y…nada. Para dentro de España habrá pocas provincias de donde no haya venido alguna pretensión por el estilo con recomendaciones de personajes de alta categoría, y… nada. Si abriese la puerta para uno…no me dejarían parar un solo día en el colegio, sería un judío errante, un pájaro sin nido…, todo menos religioso…Aún para venir aquí tienen que hacerlo en son de visita y con RECOMENDACIÓN de mucha confianza… ¿Qué tal será este pájaro cuando así lo tratan?”[Notas 15].

Por lo expuesto se deduce cuánto habían coartado los Superiores su actividad para evitar las denuncias y susceptibilidades de los médicos, como luego hemos de tratar, y cómo habían regulado sus viajes y salidas, aunque ya no estaba ligado por obligaciones docentes… Pero el mero hecho de alejarse de su colegio sin discriminaciones pertinentes lo consideraban, él y los superiores, perjudicial y contra las REGLAS que entonces condicionaban su vida RELIGIOSA. Antes de terminar este capítulo no queremos dejar de consignar otros detalles de una MISIVA escrita a una de sus sobrinas, que demuestra patentemente dos verdades: qué se preocupaba también de sus familiares, cuando se ofrecía la ocasión, y la diversidad y categoría de los innumerables personajes que acudieron a consultarle en su residencia de Getafe. He aquí el texto de la misiva a su sobrina Obdulia Míguez: “Por de pronto, esperaba la venida de tu hijo José, que por cierto lo hizo en un día en que por verme agobiado de consultas y visitas apenas pudimos hablar de nada. No habrían pasado diez minutos de su salida cuando llegó a verme el Capitán General de Madrid, a quién manifesté cuánto sentía no haberle podido presentar a tu hijo, por sí algo se podía hacer por él”. (Getafe, 1-13-1925)[Notas 16]. ¿Hasta qué fecha perduró la visita a Getafe de enfermos en busca de la preciada salud? ¿Podíamos decir que hasta su muerte; si bien en el último decenio no podía atenderlas, como hubiera sido su deseo, por su edad tan avanzada y los achaques inherentes a ella? Sin embargo, de 1914 tenemos esta carta donde dice que no quiere ausentarse de Getafe, porque son muy frecuentes las visitas y consultas: “El faltar aquí en ese tiempo perjudica mucho a vuestros intereses. Es cuando más viene más gente forastera, que tiene después más consumo (de medicinas). Y si no encuentran al que buscan, se van y no vuelven. ¡Quieren ver al bicho raro!”. (Carta de 25 de marzo de 1914).

Notas

  1. Análisis grafológico sobre el P. Faustino Míguez, realizado por la Sra. Matilde Ras, Madrid, 1966.
  2. Cf. María Cristina de Austria, J. Cortés Cabanillas, pág. 158, Barcelona, 1961.
  3. Testimonio de d. Tiburcio Ruiz de la Hermosa. Proc. Dioc., pág. 101.
  4. A su debido tiempo hemos escrito a dicho historiador, para ver si en sus investigaciones había encontrado alguna referencia sobre la intervención de nuestro biografiado en la enfermedad del rey-niño. Hasta el momento presente no ha tenido la amabilidad o la gentileza de contestarnos.
  5. Vida de D. Alfonso XII , Julián Cortés Cavanillas, págs.30-31, Editorial Juventud, S.A., 1965.
  6. Cf. Testimonio de M. Consuelo Miranda . “Aclaraciones sobre la Vida y Virtudes del S. de Dios”, P.A. del Álamo, p. 36
  7. Cf. Testimonio de la Rvda. M. Sagrario Martín, ex consejera General. “Aclaraciones a la Vida y Virtudes del S. de Dios”, P.A. del Álamo pág., 36.
  8. Testimonio de Doña Margarita Artime, religiosa que fue de las Hijas de la Divina Pastora, muy estimada de la Rvdma. M. General Julia Requena y del P. Funddor. Intervino en la famosa crisis de 1924 como una de las principales protagonistas. (Cf.. Custionario N° 20. “Aclaraciones a la vida y virtudes del Siervo de Dios”, P.A. del älamo, pág 37.)
  9. Testimonio de R. P. José Olea. (Summarium Proc. Ord. Matriten., pág, 57)
  10. Carta del Padre a M. Julia Requena (octubre, 6- 1907.)
  11. Carta del P. Míguez a m. Julia Requena (noviembre, 13-1907)
  12. Carta del Padre a destinataria desconocida. ¿M. Julia? (diciembre,16-1907).
  13. Carta a M. Superira desconocida y sin fecha. (Por algunas alusiones que hace al P. Provincial Eugenio Caldeiro, juzgo que debe ser de los alrededores del año 1891.)
  14. Consueta sufrafgia: Catalogum Religiosorum Sch. P. Hispaniae et ultramaria, qui pie in Domino obierunt anno 1925 (págs. 20-25, Barcinone,1926).
  15. Carta a la Rvda M. Concepción de Jesús, Superiora de Chipiona; sin fecha (quizá de 1903-1904).
  16. Carta a su sobrina Dª Obdulia Míguez (Getafe, 13-I-1915)