DelAlamoBiografia/CAPITULO XXII: DIMISION DEL PADRE COMO DIRECTOR DE LA OBRA (AÑOS 1891 – 1897)

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CAPITULO XXI: RELACIONES CON LA CLASE MÉDICA
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CAPITULO XXII: DIMISION DEL PADRE COMO DIRECTOR DE LA OBRA (AÑOS 1891 – 1897)

Solamente haciendo honor a estas dos sentencias: 1° “En materia de principios la transigencia, no se llama transigencia, sino apostasía”, y 2° “La verdad es intrínsecamente intransigente; unas gotas de insinceridad la desvirtúan”[Notas 1]. Defendidas en tantas ocasiones por todos los que aman la verdad, nos atrevemos a descorrer estas páginas tan íntimas del P. Míguez, que, únicamente llegaron a conocimiento, durante su vida, de su predilecta Hija M. Ángeles y de los Superiores Mayores de la Orden, a quienes en descargo de su conciencia tuvo que poner en antecedentes de este atropello innoble de la dimisión forzosa de su Obra.

Han transcurridos muchos años, han desaparecido de la escena, hace muchos lustros, todos los protagonistas del drama; estamos hilvanando retazos de historia, y si, viviendo sus actores, la caridad y la prudencia podían exigir cortapisas a su conocimiento y difusión, ahora a despecho de algunas almas pusilánimes, pueden y deben servirnos para conocer mejor la personalidad de nuestro biografiado, puesto que la “personalidad no es lo que aparece, sino lo que se esconde dentro”. Es menester percatarnos más concienzudamente de sus virtudes y defectos, calibrar mejor su carácter, violento de por sí, pero “enamorado intransigente de la verdad”. Es obvio, que a veces estos impulsos quedan soterrados en la penumbra de la subconsciencia por medio de la mortificación, pero no es menos cierto que el amor a Dios y a la Verdad es lo único que puede evitar la frustración de un ideal generoso, que se centra en apartarnos de nuestro propio mundo para integrarnos en los demás, aún a costa de grandes sacrificios de la carne y del espíritu.

Expondremos, por consiguiente en este Capítulo una urdimbre de textos tomados de la correspondencia del Padre, donde se sincera sin tapujos, con amargura dolorida por la incomprensión que sufre a destiempo o insidiosamente, de parte de los que menos podía esperar. Es sin duda el cauterio que el Señor utiliza en su Divina Providencia para purificar a sus elegidos con el mismo instrumento con que nosotros hemos herido a nuestros prójimos. Recuérdese en esta Capítulo y en la crisis del año 1924, que el Padre, en su juventud, se sintió adalid de protestas más o menos justificadas. Esperamos que el discreto lector sabrá comprender las razones que en la actualidad nos impelen a exponer estas, que podíamos llamar debilidades de la naturaleza humana”. Y ¿Quién se ve libre de ellas, y aún entre los selectos? Son pruebas de madurez de espíritu que exige el Señor a los que le buscan, para que entre incomprensiones y desengaños, sólo se apoyen en El, que su temple espiritual troquelado en la Fe ilustrada por la razón y ponga de relieve lo que decía el Apóstol: “Todas las cosas cooperan al bien de los que aman a Dios”. Y S. Agustín añadía “aun nuestros pecados”. Transcribimos primeramente las cartas enviadas por nuestro Padre al Rvdmo. Padre General, Mauro Ricci de S. Leopoldo, vertiéndolas al español, para ambientarlas y ponerlas al alcance y asequibilidad de nuestros lectores.

Interpretamos en su verdadero y justo sentido estas cartas, que pueden hacernos calibrar los caminos ocultos del Señor en la educación y santificación de sus elegidos.

Rvdmo. : El 16 de diciembre pasado escribí a vuestra Paternidad una carta del siguiente tenor: Rvdmo. Padre: Cosa nueva y extraña parecerá a V. P. que un hijo desconocido le haga llegar una carta; pero no tardará en comprender que voy más allá de cuanto ahora me propongo.

Para conseguirlo a un tiempo, aprovecho ahora la ocasión de una cuestión personal, que ha surgido entre mí y los PP. Provincial y Vicario General (Marcelino Ortiz y Manuel Pérez) y que quisiera saber si llevada a la jurisdicción de V. Paternidad, tendría a bien resolverla.

Tengo la audacia de ser el primero en plantearla, luego me seguirán otros. Estoy dispuesto a todo lo justo; mandad y os seguiré en todo.

Vuestro humildísimo hijo en Cristo”.

Por cuánto a esta breve carta no he tenido contestación alguna, quiero suponer que no ha llegado a sus manos; y por lo mismo antes de recurrir a los tribunales civiles, me permito remitir a V. P. la adjunta apelación, para que resuelva conforme a derecho.

Humildísimo hijo en Cristo.

Faustino Míguez de la Encarnación.

Hay que advertir, antes de adelante, que estos recursos ante autoridades civiles eran por aquellas calendas muy frecuentes y no estaban en entredicho hasta la aparición del Derecho Canónico, que promulgó Benedicto XV en 1918[Notas 2].

Texto de la Apelación:

Rvdmo. P. General de las Escuelas Pías. Roma.

Rvdmo. Padre: El 12 de noviembre del pasado año (documento), (sic. en el texto por equivocación) envié al R. P. Vicario General de las mismas Escuelas Pías en España una Epístola del tenor siguiente: Escuelas Pías de Getafe, 12 de noviembre de 1890.

Rvdmo. P. Vicario General: Con fecha 10 del corriente he recibido del M.R.P. Provincial, Marcelino Ortiz, que copiada a la letra, dice: Real Colegio de Escuelas Pías de S. Antonio Abad de Madrid, 10 de noviembre de 1890.

Mi estimado P. Faustino: Ayer oí leer una carta de Sevilla que produjo en mi ánimo indignación y lástima a la vez, y de ello quizá sea V.R. instrumento inconsciente o quizá tenga toda la culpa, creando a los Superiores un grandísimo disgusto y conflicto. De una u otra manera su honra de buen religioso le obliga a protestar e insistir con los recomendadores, a que desistan de tales recomendaciones. Allá en el mes de agosto vinieron diferentes cartas al Rvdmo. P. Vicario General, alguna a mí y otra al P. Rector de este Colegio, de personas influyentes, para que vuestra R. fuera trasladado al Colegio de Sanlúcar o al de Sevilla[Notas 3]. Este modo indirecto de obligar al Superior, quitándole la libertad de disponer de sus súbditos como crea conveniente en el Señor y privando al súbdito del mérito de la obediencia, me desagradó en sumo grado, porque es contrario a nuestras leyes.

Supongo a V.R. enterado de todo, porque no se concibe tal movimiento de influencias sin que llegara a su conocimiento. Yo no creí conveniente el traslado de V.R. a ninguno de los dos Colegios por lo que diré luego y a todos los recomendantes di una atenta negativa, dejando a V. Reverencia en muy buen lugar.

Como las cosas parece que se han enredado algún tanto, voy a hablarle con toda claridad, como sabe que acostumbro. El religioso que busca recomendación o no la rechaza, quiere hacer su voluntad y va directamente contra el Voto de Obediencia; en esto creo que estamos conformes. Siempre he tenido a V. R. por buen religioso y tenaz en el trabajo. EL CELO POR EL BIEN DE LAS ALMAS INSPIRÓ A V. R. LA CREACIÓN DE UNA ASOCIACION DE MUJERES, CUYA ORGANIZACIÓN DESCONOZCO; ESTO FUE EN SANLÚCAR. NO SOY OPUESTO A QUE TRABAJE POR TODOS LOS MEDIOS POSIBLES EN BIEN DE LAS ALMAS. (Todos los subrayados son nuestros.) Pero nosotros los Religiosos Escolapios no podemos perder de vista el fin principal de nuestro Instituto y todo cuanto se haga ha de subordinarse a este fin esencial de nuestro ser. Lo que un escolapio haga prescindiendo de los deberes de tal escolapio, no puede ser acepto a los ojos de Dios; es una ilusión, es un engaño del demonio, que se vale de un medio al parecer bueno y laudable para conducirle a la perdición, pues bien; apenas fundada dicha Asociación (supongo con autorización de los superiores), V. R. vivía más para ella que para la Escuela Pía. Pasaba casi todo el día, el tiempo posible, en casa de las Asociadas, escatimando los minutos al Colegio, lo que dio que decir dentro y fuera; aflojaron o disminuyeron los bríos que siempre desplegó V.R. en sus clases, hasta el punto de haber tenido quejas formales de los exámenes, probando que lo único que le preocupaba era lo de las Hermanas, o como se titulen.

Prescindo de las quejas llegadas a la superioridad por haberse constituido V.R. en CURANDERO (subrayado nuestro). Enterado de esto, llegaron las cartas recomendaticias, que fueron MUCHAS y FUERTES (Subrayado nuestro). Yo comprendí (o me malicié si quiere V. R.) que todo era movido por V.R. mismo. Porque ellos ¿Qué interés podían tener en que V.R. se halle en este o aquel Colegio? Veo y vi el peligro que hay en que vuelva V.R. a Sanlúcar, y por eso no accedí ni accederé a un traslado a dicho Colegio, ni a ninguno, pidiéndolo seglares muy dignos en verdad, pero que no saben ni están obligados a saber de nuestras leyes, que prohíben valerse de recomendaciones. Por conclusión: Ahora que V.R. está enterado que el Rector de la Universidad de Sevilla, el Sr. Deán, el Sr. Arzobispo, el Sr. Mochales, el Sr. Sánchez de Toca, que yo sepa, tratan de conseguir el traslado de V.R. desde el Colegio donde le puso la Obediencia a otro, es ocasión de pedirles, como buen religioso, que desistan de tales recomendaciones[Notas 4].

Así lo espera de su religiosidad su afmo. H. en Xto.

Marcelino Ortiz de la Natividad.

Son acusaciones que contra mí lanza en esta carta tan graves por lo que en ella se contienen y tan gravísimas por la persona que me las dirige, que creo un deber de conciencia ponerlo en conocimiento de V. Rvdma. a quién no puedo suponer le sea indiferente el que uno de sus súbditos, siquiera sea el más indigno, viva con la tranquilidad hija de sus acciones o con la inquietud o desasosiego consiguientes a las calumnias que contra él se lanzan. Cuál sea en estricto derecho el camino que yo debiera emprender, por fortuna o por desgracia, lo conozco perfectamente; pero conste que aún indignado y hondamente herido por la carta transcrita, no quiero dar paso alguno ante Tribunales que depuren la verdad, sin antes consultar y apelar a V. Rvdma. que ambas cosas hago presente.

Queda esperando su contestación con la impaciencia que puede suponer V. P. Rvdma. Al ver que una Autoridad de la Corporación se ha dedicado a la tarea, en mi concepto poco envidiable, de recoger de en medio del arroyo inculpaciones no disculpaciones, ni aun de mis mayores enemigos, si es que los tengo.

De V. R. humilde hijo en J. C. Faustino Míguez de la Encarnación.

El día 14 del mismo mes el propio P. Vicario no me contestó otra cosa, sino que expusiera al P. Provincial los hechos tal cual a mí me parecían; lo que hice el día 19 en una carta comparativa, que desearía exigiera V.P. para juzgar con justicia las injurias y calumnias que se me han inferido, examinando la causa y explorando las pruebas aducidas para evidencia de la verdad. (De estas cartas por desgracia no queda ningún rastro en nuestros archivos, aunque se hallan otras de mucho menor interés y poco favorables al Padre). Pero el día 22 de noviembre escribí al P. Vicario que había ya cumplido sus consejos y que esperaba la resolución de la apelación; mas como no me contestara, pidiéndole la sentencia pertinente en la apelación interpuesta, sentencia que me denegó el 10 de diciembre con estas palabras:

Mi estimado P. Faustino; en el asunto en cuestión, no hay motivo y por consiguiente lugar a apelación ninguna, pues el P. Provincial ni siquiera un P. nuestro le ha impuesto a V. R. aun cuando nuestro Santo Padre nos dice: Cumplan todos cualesquiera penitencias aunque sean impuestas por defectos no culpables. En esta cuestión de puro amor propio la solución es obvia, natural, facilísima para un religioso que hace profesión de humildad, para un Sacerdote que por su carácter esta aún más obligado a ello, a imitación del Gran Sacerdote Nuestro Señor, para un director de almas que enseñando a las mismas la humildad con sus palabras, debe ir delante con el ejemplo, quedar tranquilo después de las explicaciones respetuosas del propio proceder, dadas al P. Provincial. Da con esto terminada la presente cuestión y no escribirá más sobre ella. Su afmo. Hno. en J.C., Manuel de la Madre de Dios.

Mas como para justificar así los yerros del Superior, se vilipendia la fama del súbdito, demandé ante el mismo P. Vicario causa criminal contra dicho Padre Marcelino, el 13 de diciembre en la forma siguiente:

Rvdmo. P. Vicario General de las Escuelas Pías de España: Prohibiéndome los Sagrados Cánones renunciar a mi honra gravísimamente ajada por el M.R. P. Marcelino Ortiz de la Natividad, en carta que me dirigió con fecha 10 de noviembre próximo pasado y transcribí a V. Rvdma., en 12 del mismo mes en consulta y apelación que no se ha dignado aceptar, entablo demanda criminal ante V. Rvdma. Contra dicho Padre y pido en justicia pruebe todas las acusaciones que en la referida carta lanza contra mí, para que, de ser ciertas, se me aplique el tanto de pena que merezca y a la que desde luego me someto gustoso y, de lo contrario recaigan sobre el mencionado P. Marcelino las penas que contra el que calumnia e injuria imponen nuestra Constituciones la Constitución de San Pío V, de 25 de marzo de 1556, que no hacen distinción de personas. Esperando se dignará acusarme recibo de esta demanda para los fines consiguientes, es de V. Rvdmo. Inútil hijo en J.C. Faustino Míguez de la Encarnación

Lo que el P. Provincial afirmando falsamente al P. Vicario General de que él no tiene Superior, me escribiera una carta, por cuanto éste no había tomado en cuenta la apelación y demanda criminal para no condenase así mismo, escosa que se desprende del comienzo de aquella carta y lo pregona sin temeridad la fama.

Siendo esto así y no dignándose ni aún escribirme sobre esta causa criminal el P. Vicario, a pesar de habérselo pedido formalmente solicitado, y siendo sumamente graves e indecorosos los delitos de injuria y calumnia, que me ha inferido el P. Marcelino Ortiz de la Natividad y persistiendo la negativa del P. Vicario General a hacerme justicia, de ambos apelo respectivamente a V. P. y pido lo que en derecho procede:

Y en tanto tenga lugar la precedente apelación, recabo ante v. Paternidad acción criminal contra dicho P. Marcelino, pidiendo que dicho Padre pruebe todas las acusaciones que contra mí lanzo en dicha carta del 10 del pasado noviembre y principalmente: 1°.) Que yo pedí insistentemente recomendaciones de alguien y particularmente de alguna persona influyente. 2°.) Que yo he creado gravísimo problema y conflicto a los Superiores 3°.) Que yo me haya descuidado o relajado en mis obligaciones. 4°.) Que haya habido quejas de mí ante los Superiores 5°.) Que mi modo de proceder dentro y fuera de casa haya dado pie a murmuraciones. 6°.) Que yo sabía que mis traslados eran solicitados por tantos y tan influyentes magnates. Si logra la prueba, yo sufriré los castigos que haya que sufrir, de lo contrario, súfralos él. Por último, ante V. Paternidad reclamo la misma lite contra el P. Vicario por su nuevo abuso de Autoridad y pido lo que proceda en derecho. Getafe a 5 de enero 1891.

Vuestro hijo humildísimo en Cristo. Faustino Míguez de la Encarnación. (El Rector de Getafe, Pompilio Díaz, legaliza la copia de las cartas con su firma y sello del Colegio)

Antes de pasar adelante queremos dejar constancia que este afán de recursos a tribunales especiales en apelación de justicia por reales o supuestas injurias era muy frecuente en aquella época. Hay abundante literatura sobre ello y parecen unas calcadas de las otras. Lo que hoy , después de la promulgación del Derecho Canónico, supondría falta sancionada con penas, hasta graves, entonces se tenía como un derecho natural y práctica corriente aún entre personas de sólida virtud. Veamos una carta caída en mis manos por casualidad, de 1870 y que plantea a los Superiores un problema de apelación semejante al que nos afecta.

Se trata del P. Ramón Cabeza, Maestro que fue de Novicios y Juniores durante muchos años y después el que primero intentó trasplantar las Escuelas Pías a América del Sur.

M. R. P. Vicario General de las E.P. de España…, el P. Ramón Cabeza de la Virgen de los Dolores… expone; que el M. R. P. Julián Viñas de la v. del Carmen, Provincial de las Dos Castillas, etc. hace unos meses que viene injuriándome, calumniándome y difamándome…etc.

“En vista de los cual y para poner término a la maledicencia a mi persona dentro y fuera de la Corporación ante V. Paternidad demando al dicho P. Provincial para que justifique estos asertos o en caso contrario se desdiga, reparando de esta manera mi honor altamente ultrajado. Dios guarde a V. P. muchos años. Yecla, y mayo 2 de 1870.”.

Estas cartas constituyen el clima más desconcertante y turbulento de la Vida del P. Míguez, por ser un reflejo fiel de su carácter temperamental y por verse señalado como víctima indiscriminada de un atropello muy doloroso en lo que constituía todo su Gozo e Ilusión en el Señor, con perjuicio de terceras personas absolutamente inocentes.

Era muy grave la determinación de “apartarle” de su OBRA, ya en marcha hacía seis años con todos los requisitos legales religiosos y canónicos. Tenían que interponerse muy graves y trascendentes razones para tomar los Superiores una determinación de este relieve y no meras suspicacias o antagonismos de religiosos muy sospechosos de antipatía o celo indiscreto.

Añádase a esto la hostilidad de algunos médicos, no de todos, que antiguamente le habían admirado y colmado de elogios, pero ahora reaccionaban con iracundia mal reprimida sobre la sombra de desprestigio que proyectaba el Padre con su actuación, que ponía en entredicho su talla profesional.

Si además sólo se hubiera tratado de la solución de este accidente o actuación del Padre, fácilmente se hubiera podido subsanar, prohibiéndole los Superiores dedicarse a esta faceta de su proyección humana, él sin duda hubiera acatado humildemente sus determinaciones. Pero en realidad era su misma presencia la que turbaba e intranquilizaba a algunos religiosos y seglares de la clase médica, porque era un mudo reproche constante a su ramplonería científica o religiosa. Por lo tanto, juzgaron que aunque fuera conculcando legítimos y sagrados derechos de conciencia, la única solución eficaz era su extrañamiento lejos de Sanlúcar y de sus proximidades.

Por eso, años después, pudo el Padre escribir al Padre General Romano sincerándose y doliéndose de ese atropello:

“Muchas y muy grandes satisfacciones me han proporcionado, gracias a Dios, los buenos resultados de mis específicos; pero he sufrido tantas y tan grandes las amarguras que me han hecho devorar los nuestros principalmente, que varias veces, Reverendísimo Padre, estuve por dejarlos.”

Don Santiago Magdalena, Provisor del Arzobispado y muy adherido al P. Míguez hizo la visita reglamentaria en nombre del Prelado y pudo comprobar de “visu” que aunque había perfecta unión, laboriosidad y entrega a su apostolado entre las Asociadas, se echaba de menos la Dirección del Fundador, que alejado en Getafe no podía acudir a la solución de tantas necesidades ni con la urgencia ni con la adecuación que impedía la distancia y la falta de perspectiva. Por eso insinúa al Prelado la conveniencia de que solicitara la Vuelta del Padre a Sanlúcar o a Sevilla para desde allí atender a aquella Institución que tan fecundos resultados proporcionaba a una parcela de las más abandonadas de la sociedad.

A esta sugerencia se debió sin duda las gestiones que iniciaron las Religiosas entre las personas conocidas y simpatizantes, ya que el Padre gozaba de gran prestigio y agradecimiento entre muchas de ellas, para que suplicaran con delicadeza a los Superiores Mayores, Vic. General, Provincial, etc. que se tramitara el retorno del Padre para seguir al frente de la Institución. Es posible que llegaran a sus oídos algunas de esas intervenciones… pero él no hizo ni el menor impulso; aún más se receló que traerían muchos inconvenientes y hasta alguna reacción en contra, como así sucedió. Sin duda esto fue motivo para uno de los disgustos más lacerantes de su vida.

Ya hemos podido disfrutar de la Ceremonia de la 1°. Emisión de los Votos de la 1° tanda, que no fueron las cinco de la 1° Vestición, sino solo tres de aquellas: M. Ángeles, Antonia Marín y Ceferina; las otras dos, Concepción y Ana, ingresaron posteriormente

Todo marchaba a pedir de boca Los Superiores de Getafe se mostraban complacientes y llenos de deferencia con el Padre, de lo que él mismo se muestra maravillado, diciendo “QUE DIOS ESTA EN TODAS PARTES”, cuando acuden todos los Padres y Hermanos a felicitarle el día de su Santo y a honrarle con todo cariño en tan fausto acontecimiento.

Pero en el verano de 1891 había sido elegido Provincial de Castilla el P. Marcelino Ortiz de la Natividad, compañero de curso y de tareas durante algunos años en su primera estancia de Comunidad en Getafe (1860-1867). Pero ya conocemos que no congeniaban y hasta parece que había algún distanciamiento temperamental entre ellos.

La realidad fue que empezaron inmediatamente las pobres religiosas, ignorantes de estas tensiones, a promover cartas, comunicaciones, etc. una verdadera ofensiva de la vuelta del Padre a su Obra y a ponerse al frente de sus HIJAS que le esperaban ilusionadas en su Casa de Sanlúcar.

Las personas eran de una influencia decisiva; el Card. Arzobispo, el M. I. Sr. Deán, D. Santiago Magdalena, el Arcipreste de Sanlúcar y Fundador del Colegio, El Sr. Bedmar, Rector Honorífico de la Universidad Literaria de Sevilla y Académico de Bellas Letras, el famoso diputado y después Presidente del Consejo de Ministros, Sr. Sánchez de Toca, Don Miguel López de Corrizosa y Giles, Marques de Mochales, diputado y Senador del Reino y subsecretario del Ministerio de Hacienda, etc. A estos había que añadir otros muchos de los conocidos y amantes del Padre; los Marqueses de Bustillo; los famosos banqueros Sres. Ridruejo y otros muchos del estado llano. No cabe duda de que los Superiores sufrieron un impacto muy fuerte con todas estas solicitaciones. El P. Marcelino se malicio, como él mismo declara, que todo era movido por el mismo P. Míguez para presionar a las Jerarquías y eludir el cumplimiento de una OBEDIENCIA.

Mal aconsejado y dejándose llevar de su animosidad al Padre, muy indisimulada en algunas actuaciones anteriores, quiso sentar su autoridad con una misiva altamente vituperable.

“La carta del P. Provincial – dice el P. Bau (obra cit. pág. 165) – era realmente ofensiva. Reconocía que el Padre había sido siempre buen religioso y tenaz en el trabajo; pero por malaventura suya se le ocurrió hacer historia de cosas que no sabía más que por las intencionadas sugerencias, y de los gavilanes de su pluma cayeron palabras mortificantes, conceptos depresivos y desprecios innecesarios, envueltos todos en la suposición temeraria y absolutamente falsa de la intervención directa y positiva del Padre en la organización del tinglado.

De una forma u otra u otra le decía con imprudente ligereza; su honra de buen religioso le obliga a protestar e insistir con los recomendadores que desistan de tales recomendaciones… El religioso que busca recomendaciones o no las rechaza quiere hacer su voluntad y va directamente contra el Voto de Obediencia… Apenas fundó usted la referida Asociación, vivía V.R. más para ella que para la Escuela Pía. Pasaba casi todo el día en la casa de las Asociadas, escatimando los minutos al Colegio, lo que dio que decir dentro y fuera…, aflojaron los bríos que siempre desplegó V.R. en sus clases…, hasta tuve quejas formales de los exámenes de los alumnos… Prescindo de las quejas por haberse metido a curandero… Comprendí o malicié que todas las recomendaciones eran promovidas por usted mismo…Veo el peligro que hay en que vuelva V.R. a Sanlúcar… No accedí ni accederé a su traslado… Ha creado V.R. un gravísimo disgusto y conflicto a los Superiores…

De este tono eran las recriminaciones violentas y virulentas del P. Marcelino, que se pueden comprobar en las relacione textuales que de ellas hemos transcrito para mejor comprensión de este trance doloroso y desconcertante del P. Míguez. La reacción del Padre fue sin duda también violenta, por tratarse en primer lugar de un condiscípulo, a quien hubiera sido fácil enterarse por él mismo compañero, constreñido por la realidad de todos los supuestos y porque afectaba no sólo a su persona privada, sino a su carácter de Director de una Fundación Religiosa puesta en marcha con todos los requisitos legales de los que se había hecho tabla rasa. Y los súbditos no sólo tienen la obligación de obedecer en lo legítimamente ordenado según Reglas y Constituciones, sino el sagrado derecho de ser defendidos en su fama y honra, cuando éstas se vean atropelladas por las insidias de otras personas extrañas –objetivo que brilla por su ausencia en el caso presente--, donde un grupo nutrido y de relevancia sale por su defensa y el Superior se une a sus émulos para tirarle por los suelos. Por esos responde el Padre con santa entereza e intransigencia: “No es que trate de vindicar el de la Institución Religiosa que y dirigí contra mi voluntad, reclamado por el Eminentísimo Cardenal Fray Ceferino González y por mis Superiores, a quienes pedí no me dejaran acceder a aquellos ruegos, porque preveía cuánto había de suscitar contra mí la envidia y malevolencia”. Ahí está la clave de todos estos manejos, dicterios y manipulaciones bajo la capa de un celo indiscreto de su bien y reputación religiosa.

Sabemos que a su llegada a Getafe se abstuvo de intervenciones y curaciones en personas de la población—según su testimonio—unos cuatro años, si bien es verdad que por carta continúa reiteradamente estos temas, de tal manera que apenas habrá una sola en donde no proporcione a sus Hijas y personas conocidas de Sanlúcar y Jerez sus fórmulas empíricas para las más diversas enfermedades, ordinariamente con resultados satisfactorios.

Pero llegó un momento determinado en que tuvo que soltar amarras a su contenido ímpetu y atracción irresistible hacia la Medicina, de una manera providencial. Su mutismo e inacción se concluyó ya para todo el resto de su vida.

En el infausto invierno de 1891, como hemos narrado en el capítulo correspondiente, cayó enfermo el regio personaje Alfonso XIII, cuando frisaba cuatro años y medio. Un amago de meningitis o una gripe virulenta en aquella figurita que se había criado enclenque puso toda la nación en vilo y en alerta permanente a todas las eminencias médicas de Madrid. La Regente, Doña María Cristina de Augsburgo, presa del dolor y el desconcierto más enloquecedor, hizo que nuestro Padre fuera trasladado a Palacio, y sometido el reyecito a su inspección y cuidado…, y por cierto con resultados sorprendentes. Parece que el intermediario fue el ex Ministro D. Alejandro Pidal y Mon, que conocía al P. Míguez y había tenido trato con él por medio de su profesor y amigo de ambos el Cardenal Fray Ceferino González. Los resultados fueron altamente satisfactorios, y la Reina Madre quedó desde entonces muy agradecida al venerable religioso, como hemos narrado en su lugar correspondiente.

El Padre lleva cuatro años viviendo en Getafe, con sus clases y ocupaciones que llenan su vida de contento y satisfacción, entre aquellas venerables paredes que habían contemplado en el transcurso de su existencia los esos trabajos y anhelos de varones tan eximios como el P. Juan García de la Concepción, que fue el Padre de la Provincia de Castilla; los dos PP: Scío eximios hombres de letras y ciencias y profesores de príncipes y reyes, etc. Aún en estas fechas convive con hombres tan notables como los PP. Calixto Soto, Carlos Lasalde, Pompilio Díaz, Enrique Torres. etc. El Colegios se hallaba en pleno auge espiritual y educacional. En total compone la Comunidad 18 sacerdotes cinco clérigos, que llevan clases, y una veintena de novicios, bajo la dirección del P. Carlos Lasalde. Aquí y bajo su patronazgo se gestó el nacimiento de la famosa Revista Calasancia, máximo exponente de nuestro quehacer pedagógico y anhelo de proyección hacia el exterior de nuestra Comunidad educativa, hasta ahora, desgraciadamente, no superado.

Los seminaristas colegiales llegaban en estos años a 150 alumnos de segunda enseñanza, de ellos unos cien internos de diversas regiones, y otro centenar de externos, y algunas decenas de internos en primera enseñanza; en total, por lo tanto, unos doscientos cincuenta.

En este venerable Colegio permaneció el P. Míguez hasta su muerte, durante treinta y siete años consecutivos, dedicándose a la enseñanza hasta casi entrado el siglo XX, si bien desde 1895 ya apenas tenía clases regulares y se dedicaba con mayor intensidad a sus aficiones de Medicina Natural, llegando en esta época a su máximo esplendor y fama multitudinaria.

No se conformó el P. Míguez con la solución que a su pretensión diera el P. Provincial y acudió como hemos visto al Vicario General en petición de recurso formal contra aquella tropelía. Este era el M.R. P. Manuel Pérez, fundador del colegio de Sevilla y con el que había convivido nuestro Padre en las jornadas revolucionarias de Sanlúcar de Barrameda, durante los Cantonales de 1873. El P. Vicario, que se hallaba en Barcelona, le contestó con unas palabras de consolación y unas breves reflexiones de vida espiritual, pero no aceptó el recurso y calificando el asunto de mera cuestión de amor propio, sobre el que tenía que saberse sobreponer uno que debía predicar la humildad no solo de palabra sino con el ejemplo. Donosa manera de echarse de sí disgustos y temas que importunan porque no los sufre él en su propia carne…

Finalmente acudió en demanda de justicia al Supremo Jerarca Romano de nuestra Orden, pues aunque sabía que la Vicaría española era completamente independiente de la Curia Romana, desde la bula “ÍNTER GRAVIORES” del año 1804, sin embargo, quería tantear el terreno y exteriorizar el espíritu que cada vez con mayor empuje se manifestaba en muchos religiosos españoles, que ansiaban la UNION COMPLETA con la CABEZA de la ORDEN y la vuelta a la UNIDAD, desgraciadamente escindida por la injerencia de los regalistas borbónicos en los asuntos de la Iglesia y congragaciones Religiosas.

Con estos antecedentes el P. Provincial y Vicario General y con su recurso a Roma, ante el Rvdmo. P. General, en los meses posteriores no tiene nada de extrañar que se incube en su alma una terrible tempestad de insospechadas amarguras. Al llegar el mes de julio y aproximarse los exámenes vuelven sus queridas hijas a suplicarle con solícita insistencia que, como en años anteriores, se acerque a Sanlúcar para presidir los exámenes de las niñas y tener las religiosas el consuelo de su presencia y las enseñanzas de sus acertados consejos. Pero el Padre, dolorido de todas estas tramas y recelos por parte de los Superiores y sin tener ante quien desahogarse, escribe a su confidente y querida M. Ángeles estas páginas que sangran amargura y dolor reprimido, ante un abuso de poder de los Superiores:

“Con muchísimo retraso he recibido, leído y releído el último párrafo de las efemérides del 11 al 23 del pasado (junio) y por más que vuelvo a leerlo, no se me alcanza la significación de ciertas frases ni es empeño de que un pobre viejo, como yo, emprenda un viaje tan caro y no exento de molestias.[Notas 5]

Seguro que no había de concedérseme permiso al efecto (Se explica teniendo conocimiento de las cartas anteriores, que las religiosas ignoran) y conociéndome un poco, no quise proporcionar al que pudiera darlo, el placer de negármelo, ni ponerme en el caso de tener tal vez que decirle, que me lo otorgaría si no fuese para honra y Gloria de Dios y bien de las almas. Esto aparte de que tendría que trabajar más en los dos meses que estuviese en esa, que en nueve de curso con mis clases.

Pero no es el trabajo ni la negativa, que tenía segura, ni el mismo fango que, según costumbre podría sacudir sobre mí (parece que se refiere al P. Corrales, Rector de aquel Colegio y del que ya nos es conocida la opinión del P. Míguez ante los Superiores Mayores). No, nada de eso me arredraría de ir a dar una vuelta y hacer por eso lo que pudiere; sino el temor de que se renueven las calumnias de antaño, culpándome de ir a ésa sólo, para proporcionar disgustos y conflictos a mis Superiores, con las altas recomendaciones que mendigo, haciéndoles violencia para que me vuelvan a ésa, donde no conviene mi presencia. No por educación ni por principios he creído nunca decente el dejar de corresponder agradecido a las dignísimas personas que sin merecerlo, y donde quiera que he estado, me han honrado y honran con su amistad, ni tengo yo la culpa de que esas atenciones y deferencias que, Dios se lo pague, me dispensan, no quepan en el menguado ánimo de ciertas personas, siempre pesarosas de la estima y bien ajeno.

Y como merced a no muy santa y discreta influencia de dicha persona sobre los Superiores, que sólo transmiten sus oráculos, como los ídolos los de los que hablan dentro; en fuerza de palparlos con simpar falsía, contra mí no hay más arma ilícita que la razón, ni especialista alguno que pueda curar a los primeros la afección oftálmica que les impide ver la verdad, por más que se les faciliten todos los medios al efecto, sin duda por no tener que corregir. No he encontrado otro recurso para evitar los dardos envenenados de aquella lengua… que poner tierra por medio y “RENUNCIAR AL CARGO”, CUYO HONOR DESEO Y EL TRABAJO; ABRIGANDO SIN EMBARGO, LA CONVICCIÓN DE QUE NI ASÍ PERDONARÁ SU LENGUA AL DIRECTOR Y LAS DIRIGIDAS… (El subrayado es nuestro).

Me hubiera guardado de manifestar lo dicho si no se desprendiera del referido párrafo; que ya mi Superior lo ha hecho y te lo ha comunicado, y me reservo mucho más para cuando me pongas al corriente de todo lo que te han dicho, Que si mi Superior Jerárquico no tuvo reparo en exteriorizar lo que sus leyes le prohíben bajo severas penas ni en llevar el agua a su molino; YO ESTOY EN EL DEBER “DE DECIR LA VERDAD”. Y CONFIRMARLA CON DOCUMENTOS AUTENTICOS E IRREPROCHABLES; para mirar POR EL DECORO DE LAS DIGNÍSIMAS PERSONAS QUE POR MI SE HAN INTERESADO; VOLVER POR VUESTRO HONOR QUE SE HA TRATADO DE MANCHAR… “PARA QUE CADA UNO OCUPE EL PUESTO QUE LE CORRESPONDE Y POR SU CONSTANTE PROCEDER HA MERECIDO. (Los dos últimos subrayados son nuestros).

En la carta del 8 de julio vuelve sobre el tema y dice:

El 3 de abril recibí las efemérides del 11 al 23 y el 4 las contesté. Sí no las has recibido ¿Qué voy a hacerle?

No pienses ni siquiera que yo vaya por esa, según te decía en la del 4, aunque no ando muy allá, es la enfermedad la que lo impide, y eso que ayer noche mismo recibí carta de mis hermanos, pidiéndome que vaya a restablecerme y que al momento les ponga un parte para salir a recibirme a la estación, etc., etc.

¡Hará 14 años que ni me escriben ni les escribo y me vienen con esas! No sé por dónde habrán sabido mi indisposición, que yo no se la he participado. Como tengo que morir y pronto, y tengo la sepultura esperando este cuerpo de tierra, me es indiferente que sea antes o después, que al fin hay que hacerlo.

Disgustos no faltan, como podrás haber observado por la mía del 4, que no tengo por qué repetirlo. Tampoco yo sé si es el demonio, si quién ha movido la lengua que más en el corazón pudo herirme.

Muchísimo deseo os aprovechéis bien de los Ejercicios y quedéis todo lo fortificadas que necesitáis estar para cuanto os sobrevenga, que no creo sea poco, ya no os puedo dar licencia para renovar los votos ni nada para nada. Mientras el Sr. Arzobispo no provea otra cosa procura tu asumir las facultades que el reglamento te concede. “Qué yo ya no soy nada para vosotras; desde el nueve del pasado en que viendo no es voluntad de mis Superiores que siga al frente de eso, mandé mi renuncia al Sr. Arzobispo por conducto del mismo Provincial que fue a llevárselo en persona”. , como ya lo habrás sabido y a disculparse sin duda para con aquel, a su modo por supuesto. Y termina la carta con esta súplica: “Me darían una grandísima satisfacción si todas quemaseis hasta la última letra mía que tengáis en esa y no sea oficial. Tuve intención de mandárselo antes de hacer mi renuncia y se me pasó; ahora solamente os lo suplica vuestro ex – Director que se encomienda a vuestras oraciones y os pide perdón de todas sus faltas y escándalos que os haya dado”.

Es preciso ponerse en su caso y situación para vislumbrar las angustias y zozobras por las que tuvo que pasar nuestro P. Míguez. Por segunda vez sin que se perciban causas que lo justifiquen es privado de la Dirección de la Obra que ante Dios y ante los hombres tienen a él como principal Promotor. Es preciso, ante estas incoherencias e incomprensiones flagrantes, recordar algunas palabras de la Sagrada Escritura, donde, ante la injuria, y villanía de obra o de palabra, la resistencia en la verdad y la justicia no está reñida con el Evangelio: “Si he hablado mal, demuéstralo donde; si bien, ¿Por qué me hieres?” dijo el Señor ante el que lo abofeteaba. Y S. Pablo, en un caso similar, cuando expresó ante el Consejo de los Ancianos y Sumos Sacerdotes: “hermanos, a lo largo de mi vida yo he servido a Dios, hasta el día de hoy, y tengo tranquila mi conciencia. “Entonces el Sumo Sacerdote Ananías ordenó a los que estaban junto a él que le taparan la boca, dándole un bofetón. A lo que respondió Pablo”. A ti te pagará Dios, pared blanqueada. Tu estas ahí sentado para juzgarme, según la Ley. ¿Cómo te atreves a mandarme pegar, contraviniendo la misma Ley?” (Hechos 23,2-3).

Consideremos que hay injusticias e injurias que hieren más que una bofetada, y la impunidad de los excesos de las Jerarquías en el trato de los súbditos claman al cielo tanto o más que negar el alimento al necesitado. Los Libros Santos nos mandan conservar” la honra y el buen nombre”, porque son con frecuencia preferibles a la pérdida material de la vida, que al fin y al cabo alguna vez tienen que rendir su tributo a la naturaleza, y no constituye una vergüenza, sino a veces un alto honor, perderla por un ideal; “Más vale morir con honra que vivir con vilipendio”, proclamaban nuestros caballeros antiguos. Por eso el Padre amortigua su malestar en la carta del 9 de julio y dice:

“Comprendo cuanto me quieres decir: Yo no os abandono. Me habéis costado mucho para que os olvide. Pero es preciso imitar a la caña, cuando pasa el huracán. Si el Sr. Arzobispo nombra a otro, ya no podré haceros ni deciros; que ninguna casa debe ser gobernada por dos cabezas, y como espero que será uno mucho más capaz que yo, quedaré dando mil gracias al Señor, porque todo ha de ser para su mayor Gloria, por más que el infierno brame y hagan coro con él algunos. Y si quieres que te diga la verdad, deseo saberlo; porque mientras no sepa que ha nombrado a otro, ni me avisen, no sé si me admite o no la dimisión o renuncia y es una situación ambigua y perjudicial y poco agradable; como ya sucedió , cuando la mandé desde ésa al Sr. Cardenal por conducto del Sr. Provisor, Magdalena y no me la admitió, antes amplió y generalizó las facultades, según oficio y carta que obran en mi poder y creo viste alguna vez.”

“… Creo que el SR. Arzobispo nombrará al Sr. Vicario o al P. Oliva y de todos modos ganaréis el 100% y con tal que acepte cualquiera de los dos Lo que os encargo es que no le deis disgusto alguno… Parece que el P. Provincial y el Vicario General tienen empeño en hacer creer en ésa que yo no voy porque no quiero. ¿Pero cómo podía ir yo el 15 pasado, no habiendo examinado hasta el 29? ¿Cómo voy a pedir un permiso que no me han de dar o lo han de interpretar como medio para ir a buscar empeños, para que vuelva por allá? ¿No recuerdas lo que te contesté cuando me dijiste el empeño del Instituto de Sevilla? Pues fue lo que más les picó; como yo me lo temía. Puedes decir a Don Manuel Bedmar las razones por las que no voy. ¡Qué grande sería mi satisfacción en hacerle una visita!

¿Qué pensar de esta cuestión tan vidriosa y delicada? No hemos podido encontrar las cartas a que hace referencia el Padre, dirigidas al P. Provincial, Marcelino Ortiz, y al P. Vicario, Manuel Pérez, que sin duda ha desaparecido, mientras, por paradoja se conservan otras anteriores y posteriores de menor trascendencia… Parece que había interés en hacerlas desaparecer, como cuerpo del delito. Tenemos que atenernos a estos extractos de su correspondencia y a las cartas que obran en el Archivo de S. Pantaleón, de Roma. De todo ello parece deducirse que las acusaciones del P. Marcelino no tenían fundamento consistente y pecaban de ligeras, mortificantes e insidiosas…

Si el Padre obraba con todos los requisitos exigidos y estaba al frente de una OBRA que, según la misma expresión del P. Provincial, tenía finalidad apostólica : “No soy opuesto – decía—a que se trabaje por todos los medios posibles en bien de la salvación de las almas (¿ No era éste uno de ellos?) Y que el celo por la salvación de las almas inspiró a V.R. la creación de una Asociación de Mujeres.” ¿Cómo se justifican, por lo tanto, las cortapisas y dificultades qué se ponen en su Actuación y Dirección de una Obra, inspirada en el celo de la salvación de las Almas? Parece que intereses bastardos, envidias disimuladas y celotipias poco edificantes y hasta cierta cobardía por parte de los Superiores, que tienen obligación moral, como padres espirituales que son y se llaman, de defender a sus hijos, que lógicamente no cuentan con otra protección, se conjuraron para producir esta situación lamentable y conflictiva. La razón obvia de la petición y solicitud de las Jerarquías Eclesiásticas y Civiles para el retorno del Padre a Sanlúcar o Sevilla (Si había algún inconveniente en aquella población, como la oposición de la clase médica), no encierra otra motivación que haber surgido dificultades, como es natural, en el desenvolvimiento de la Institución, que se hallaba todavía en ciernes, y las religiosas pretendientes eran todas jóvenes y sin madurez y experiencia. Por otra parte, experimentaban estrecheces económicas, había deficiencias en la educación y formación de las futuras aspirantes y fallos en la consolidación y estabilidad de la Obra.

En medio de su orfandad, es lógico que suspiren por su P. Fundador, que es el único que puede transmitirle su espíritu, sin elementos espúreos. Ellas fueron, sin duda, las que promovieron aquella avalancha de solicitudes apremiantes, muchas y muy valiosas, que quedaron defraudadas en su pretensión desinteresada, ante los Superiores. ¡En su miopía juzgaron una presión intolerable en los asuntos internos de una Orden Religiosa! El P. Míguez en este asunto se mantuvo al margen y ya veremos, por una referencia tangencial, cómo había previsto que no darían resultados favorables, de manera especial las presiones que había hecho el mismo Instituto de Segunda Enseñanza de Sevilla, del que no hace referencia el P. Marcelino, pero sí la del Padre. No deja de llamarnos la atención y causarnos verdadero pasmo admirativo, en medio de esta desagradable tramitación, la movilización de tantas personalidades de noble alcurnia en su favor, así como la aseveración que, sin pretenderlo, nos proporciona el mismo P. Míguez sobre sus éxitos en la enseñanza, para reputarle como un caso Insólito de Primera Magnitud, digno de muchas y grandes cruces de Alfonso X el Sabio, de haber existido entonces es condecoración, por no haber tenido durante más de treinta y cinco años de docencia más que Tres suspensos en la multitud de alumnos presentados a examen y en tan diversas asignaturas…¿Quién podía entonces y puede ahora obtener un éxito tan clamoroso y llamativo de docencia, como pedagogo y educador de primerísima magnitud? ¡Qué verdad es que Dios exalta a los humildes! Cuando indiscriminadamente le infieren algunos una humillación gratuita, como decir de él que “había aflojado y descuidado las clases”, el Señor exalta a su Siervo dándonos a conocer un hecho insólito, que hubiera permanecido ignorado, si no hubiera sido por esta defensa forzada del mismo interesado. ¡Acatemos los altísimos juicios de Dios, que sabe sacar bien del mal![Notas 6]

Ahora sólo nos resta responder a algunos interrogantes que quedan flotando en el aire sobre el comportamiento del P. Míguez en estos incidentes, donde es tan difícil mantener el equilibrio, aún con buena voluntad. Pero, aunque creo que el lector tiene ya elementos suficientes para formarse ya un juicio valorativo, me parece muy conveniente, a trueque de que resulte un capítulo algo desmesurado y algunos conceptos reiterativos, que responda a ellos el P. José Olea, uno de los testigos más calificados del Proceso, que, por haber sido prácticamente el primer Historiador del Siervo de Dios y por haber conocido personalmente a los protagonistas y su comportamiento, está en condiciones inmejorables para ser objetivo y pragmático. Oigamos algunos de los asertos formados del Proceso Diocesano sobre el Siervo de Dios y estos incidentes:

“Preguntado cuál fue la manera de conducirse y los criterios que tuvo el P. Provincial, P. Marcelino Ortiz, durante la época de su provincialato, responde: Este Padre Marcelino procedió de una manera autoritaria; era sumamente parcial y acentuó esta parcialidad con su antiguo compañero de Noviciado y estudios P. Faustino Míguez, a quién siempre había mirado con poca simpatía, dada la capacidad del P. Faustino, muy superior a la del P. Marcelino… (378). El P. Marcelino, Rector del Colegio de Villacarriedo, ascendió al provincialato, sin sospecharlo siquiera, porque no tenía, en mi concepto, ni talla ni merecimientos para ello, por un acto autoritario y como fuerza del entonces Vicario General de España, que era la máxima autoridad de hecho de la Orden en España. El P. Marcelino iba el último de la terna, y como había pugna entre los otros dos religiosos, que eran eminentes, el Vicario General resolvió la cuestión nombrando al último, que, como he dicho, no tenía, a mi juicio, cualidades para ello” (378 r.).

Preguntado: ¿Cuál fue en concreto la actitud del P. Marcelino como provincial para con el P. Faustino?, contesta: “Apenas elegido Provincial empezó a recibir cartas de los amigos del P. Faustino, que los tenía muchísimos en Sanlúcar, desde Getafe (sic.). Estoy convencido que en estas recomendaciones el Siervo de Dios no tuvo parte alguna, pues hasta creo que él se alegró de su traslado a Getafe, para quitarse muchos inconvenientes que en Sanlúcar tenía. De consiguiente, estimo calumnioso lo que dice el P. Marcelino en su carta de que el Siervo de Dios se buscaba recomendaciones. Lo que ocurrió, a mi juicio, fue que al recibir todas estas recomendaciones, revivió en el P. Marcelino la antipatía que, como hemos dicho, profesaba siempre al P. Faustino, y sin conocer nada de las Pastoras, ni de las actividades del Siervo de Dios respecto de ellas, únicamente movido por esa antipatía, le escribió la carta que me ha sido leída.

Preguntado ¿Por qué el P. Vicario General no accedió a resolver y esclarecer los hechos denunciados por el Siervo de Dios? , dice: “A mi juicio, el P. Juan Matra, que era el Vicario General (Entonces lo era sin duda, el P. Manuel Pérez de la Madre de Dios, (aclaración nuestra), con autoridad plena e independiente de hecho de Roma, se encontraba algo delicado y no quería mezclarse en estas cuestiones de Provincias. Por eso nada resolvió, como de ordinario no resolvió nunca nada. Como Vicario General, muy escolapio, recordó al Siervo de Dios una sentencia de Ntro. Padre encargando la humildad.” (No tiene valor ninguno la explicación, porque, como hemos indicado antes, no fue el P. Martra, sino el P. Manuel Pérez, el que intervino en este asunto).

Preguntado: ¿Por qué, dado que el P. Vicario General, como acababa de indicar el testigo, tenía la máxima autoridad de hecho en España, el Siervo de Dios, no obstante (acude) – parece falta esta palabra –al R. P. Prepósito General de Roma?, contesta: “Porque muy versado el Siervo de Dios en el Derecho, estimaba un absurdo esa separación de Roma; además, porque quería resolver esa cuestión dentro de la Corporación, por todos sus trámites legales, antes de acudir al Tribunal de la Rota”.

Preguntado: Sobre la actitud del P. General, según se desprende de la carta del S. de Dios, dice: “El P. General se encontró entre la espada y la pared, y como de hecho la autoridad la tenía el Vicario general de España, no pudo tomar decisión alguna, si no es la de recomendar paciencia y humildad” (págs. 380 – 81).

“Esta situación anormal dentro de nuestra Corporación quedó resuelta en 1902 ó 1903, al restablecerse la jurisdicción del General de Roma sobre toda la Escuela Pía del mundo”.

Preguntado sobre la actitud del Siervo de Dios en este asunto, tal como se manifiesta en las cartas dirigidas a sus Superiores, contesta: “Conociendo la manera de ser del Siervo de Dios, puedo afirmar que en todo ese episodio no hay manifestación alguna de soberbia, de la que el Siervo de Dios era incapaz. No hay sino una manifestación, como hemos dicho, de su manera de ser: El Siervo de Dios, cuando entendía cuál era el camino recto, que había que seguir, lo seguía sin titubeos, y en este caso, él creyó que debía salir por su honor de religioso y sacerdote gravemente ofendido y actuó de acuerdo con este convencimiento” (pág. 381).

“Por otra parte, lo de solicitar el juicio criminal contra el P. Provincial y el Vicario General está muy de acuerdo con los conocimientos del Derecho que tenía el Siervo de Dios y con el ambiente de la época, muy propicio a estas reclamaciones. Pero repito que en todo ello no puede verse ni de lejos que obedeciera a soberbia o desmedido amor propio del S. de Dios; ni lo uno ni lo otro, porque el S. de Dios era humildísimo y nunca contó para él su amor propio, sino únicamente la Gloria de Dios, y seguramente entendiendo, como dice en su carta, que era de su deber el salir para (sic) su honra, obró de la manera que lo hizo…” (381-r,-382).

¿Estima fundada la acusación de que el S. de Dios había ocasionado graves conflictos a los Superiores? Responde: “De ninguna manera: Todos los conflictos se redujeron a que algunos médicos se quejaron al Rector de Sanlúcar de que el siervo de Dios con sus curaciones les quitaba la clientela e ingresos económicos” (pág. 382). ¿Estima adecuado el título de CURANDERO que da en su carta al Siervo de Dios el P. Marcelino? Responde: “Esa es la palabra con que motejaban al S. de Dios los periódicos de izquierda de aquella época (--no creo correcta esa aseveración, porque hasta 1900, poco más o menos, no se preocuparon los periódicos de la dedicación del Padre a la Medicina, y estas cartas del P. Marcelino son de 1890 a 1891. Aclaración nuestra--). Y estimo improcedente que un Superior se haga eco de ella, cuando la realidad es que ya en esta época el Siervo de Dios estaba considerado por personas de mucho relieve y talento como hombre muy documentado y enterado en estas cuestiones de Medicina” (pág. 382 r).

¿Es cierto qué ocupándose el Siervo de Dios de las Religiosas descuidaba sus obligaciones cómo Profesor y Religioso? Responde: “A esto yo puedo contestar con testimonios de religiosos que convivieron con el Siervo de Dios en Sanlúcar y eran eminentes, que el Padre Faustino estaba considerado como el PRIMERO EN EL CUMPLIMIENTO DE SUS DEBERES RELIGIOSOS Y LITERARIOS – subrayado nuestro—Y, por lo tanto, no es cierto que para atender a las Religiosas faltase a sus obligaciones, aunque bien pudiera ser que el Rector de Sanlúcar, para lograr de los Superiores el traslado del Siervo de Dios, se apoyara en esta acusación, cosa no infrecuente en aquella época” (382r).

¿Juzga verdadera la acusación de que el proceder del Siervo de Dios se prestó a murmuraciones dentro y fuera de la Comunidad?

Responde: “Fuera de la Comunidad no hubo murmuraciones más que en el sector médico y por las razones dichas, dentro de la Comunidad en el Rector y algún otro Padre muy allegado al Rector. Y la razón de esta antipatía del Rector era congraciarse con los médicos, a los que estorbaba el Siervo de Dios y el mismo carácter del Padre Faustino, que, siendo obedientísimo, no iba nunca al Rector a darle cuenta de nada” (pág.382).

¿Cree usted que el Siervo de Dios conocía las recomendaciones que se empleaban para procurar su traslado y qué no las evitó? Contesta: “Creo que la primera noticia que tuvo el P. Faustino fue por la carta del P. Marcelino.” (Parece que alguna noticia de que se hacían ciertas gestiones llegó a conocimiento del Padre, y hasta indicó a M. Ángeles que resultarían contraproducentes, como así sucedió; pero él no intervino en procurarlas: Aclaración nuestra).

“Quiero añadir que una prueba del desconocimiento que el Padre Marcelino tenía de la Obra del P. Faustino y de su animosidad contra él es la manera despectiva que se refiere a una carta a la Congregación de las Pastoras, llamándola. “Asociación “o lo que sea. Y esto además indignó santamente al Siervo de Dios, que creyó su deber salir al paso en la defensa de la Congregación (sic.), además de su honor sacerdotal y religioso.”[Notas 7].

Preguntado, finalmente, si hay algún otro religioso que pudiera dar testimonio de estas cosas, dice: “Apenas quedan ya religiosos de aquellas épocas y los que quedan o son ancianos o están lejos. Pero además he de hacer constar que por haber tenido que escribir la VIDA DEL SIERVO DE DIOS, he tenido necesidad de investigar y he hablado con los religiosos que fueron compañeros del Siervo de Dios, y que estoy perfectamente enterado de todo” (pág. 383 r. )[Notas 8].

Con este colofón terminamos este capítulo sobre las relaciones de nuestro Padre con los Superiores, que marcan el período álgido y más delicado de la situación del P. Míguez; fue quizá la pugna más dura y sangrante de su lucha interior, de su carácter inflexible en su doble vertiente de enfrentamiento entre la Atención y DESVELOS A UNA OBRA QUE CREE PROVENIENTE DE DIOS Y COMENZABA CON TENER TODOS LOS REQUISITOS EXIGIBLES Y GARANTÍAS LEGALES, Y LAS INSIDIAS E INCOMPRESIONES DE HOMBRES BUENOS Y CELOSOS DE LA GLORIA DE DIOS, PERO INSTRUMENTOS INCONSCIENTES DE SU JUSTICIA PARA LA PURIFICACIÓN DE LOS ELEGIDOS Y LLAMADOS A UNA VIDA DE MAYOR UlNIÓN CON EL SEÑOR CRUCIFICADO. Es sencillamente la famosa PERSECUCIÓN DE LOS BUENOS, que, según el testimonio de la Santa de Ávila, es el trance más doloroso y desconcertante de la vida de los llamados a una más alta perfección.

Notas

  1. Cf. Ciencia Tomista, núm. de noviembre – diciembre de 1913, pág. 342, Alejandro Pidal y Mon.
  2. Como modelo de apelación ante los Superiores Mayores, podemos considerar lo que transcribimos posteriormente del P. Ramón Cabeza, contra su Provincial. A este respecto queremos dejar constancia de esta frase escrita por el P. Calasanz López al P. General Romano, M.R.P. Csanovas. Madrid, 14 de mayo de 1872: “P.D. Nada extrañe de lo que digan aquí del P. Cabeza, porque hay una animosidad muy grande en todos contra él”. Cf. Archivo de S. Pantaleón. Carpeta referente a la correspondencia del P. General José Calasanz Casanovas.
  3. El colegio de Sevilla fue fundado por el Rvdmo P. Manuel Pérez de la Madre de Dios, en 1887, bajo los auspicios de la Vicaría General de España con vistas a las fundaciones de ultramar. Fue el primer rector el P. Francisco Clerch, y, debido a la benevolencia y amistad del Card. Frau Ceferino González, se noa signó la iglesia que estaba próxima al palacio de los Duques de Arcos y Osuna y que perteneció a los Religiosos Terceros de S. Francisco de Asis. Es curiosa a este respecto la narración que hace la Revista Calasancia (nímero 2, seguda época, año I, 27 de febrero de 1.913) de la inauguración de la iglesia, que se llamó de la Consolación, bellamente restaurada por nuestros padres. Copiamos: Cantó misa el P. Francisco CLerch, ayudado por los PP. Modesto Garcí y Faustino Míguez, de la comunidad de Sanlúcar de Barrameda, y el P. Alejandro Corrales, Rector del mismo colegio, fue el orador, dejando imperecederos recuerdos a los muchosoyentes por su vigorosa elocuencia…” (Parece ser que en el libro de crónicas del colegio no consta la asistencia de nuestro P. Faustino).
  4. En efecto los comendatarios fueron muchos y muy influyentes. El Rector de la Universidad de Sevilla era D. Manuel Bedmar, muy amigo y adicto al P. Míguez y a las Religiosas, ¿quizá porque fueel catedrático deshauciado por los compañeros de la Universidad y curado por nuestro Padre? El sr. Mochales era D. Manuel López de Carrizosa (Marqués de Mochales), Senador del Reino y Subsecretrio de Hacienda. El Sr. Sánchez de Toca era Diputado Conservador, Subsecretario de Gobernación y Presidente del Gobierno.
  5. Las efemérides de las que trta en diversas cartas eran unas referencias que le hacía M. ängeles día por día de los acontecimientos más importantes del colegio de Sanlúcar y de la comunidad, una especie de diario que mantenía en constante unión e interés al Padre con su Obra. Lástima que no se hayan conservado algunos de esos ejemplares, que serían tan reveladores de muchísimas incidencias.
  6. Carta del P. a M. Ángeles, de 1891. Según la opinión del Sr. Arzobispo de Murcia- Cartagena, que consigna el P. Cerdeiriña. “El P. Míguez era un yunque en el trabajo”. Y como él mimo testimonia en su carta al P. General Ricci, “en cuarenta años de enseñanza no había tenido más que 3 suspensos, en la misma asignatura de las múltipes que explicó”, menos que lñas que el P. Marcelino o el P. Manuel Pérez han tenido en cada asignatura y en cada año. Y en cuanto al colegio de Sanlúcar, el P. que se encargó de sus asignaturas el año de su salida tuvo nada menos que 28 suspensoos.
  7. En realidad , jurídicamente no era entonces más que una Pia Unión, ni siquiera Congregación Diocesana, que no alcanzó hasta 1899; sin embargo, la manera de expresarse el P. Marcelino implica un sentido altamente despectivo. (aclaración nuestra).
  8. Testimoio del M. R. P. José Olea Montes, Delegado General de España, Rector de diversos colegios y autor de la primera Biografía notable del Siervo de Dios. Cfr. Proc. Ord. Matriten págs. 62-70. Summarium págs. 238-a, 238-b, 278-b, 280-81-b, 282, 282—b, 283.