DelAlamoBiografia/CAPITULO XXIX: CURACIONES SORPRENDENTES Y EFECTOS MARAVILLOSOS DE SUS ESPECIFICOS

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CAPITULO XXVIII : FENÓMENOS CONCOMITANTES DE LA SANTIDAD
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CAPITULO XXIX: CURACIONES SORPRENDENTES Y EFECTOS MARAVILLOSOS DE SUS ESPECIFICOS

Comenzamos este capítulo exponiendo que la mayor parte de las curaciones y efectos portentosos atribuidos al S. de Dios hallados en los específicos, son de origen natural. Se deben, sin duda ninguna, a los elementos salutíferos, integrados en las plantas, tallos o raíces y conocidos en su mayor parte en la antigüedad. La originalidad consiste en la combinación de esos elementos, y en su estudio más científico y aplicación más empírica. Pero no descartamos que algunas de las curaciones obtenidas por el P. Míguez no tienen explicación natural o lógica, aún en la actualidad, de los conocimientos científicos, a juicio de algunos médicos y personas competentes. Ya hemos tratado el caso sorprendente, único, que el siervo de Dios nos ha consignado directamente, de la curación de un síndrome clarísimo de esquizofrenia en grado avanzadísimo, en el término de veintiún días, después de haber sido tratada la paciente por las eminencias más célebres de España y Francia. Ahora vamos a trasladar al papel un número elevadísimo de curaciones extrañas y sorprendentes de las que los testigos deponentes en el Proceso Oficial hacen mención. Advertimos de nuevo que existen y conservamos en nuestra carpeta especial otro número muy numeroso de curaciones que no ha sido controlado por la Comisión del Proceso Diocesano, pero que confirman igualmente que el carisma de las curaciones fue y continúa siendo, después de la muere, el don más espectacular de nuestro venerado padre. Un testigo cualificado declara: “Tengo la convicción de que estas medicinas tenían base científica, porque el Siervo de Dios era muy inteligente y muy estudioso”.[Notas 1] Su conducta y su comportamiento con los clientes era: “Cuando el S. de Dios era visitado por algún enfermo procedía siempre a base de preguntas, siendo recatadísimo, hasta el extremo de que ni siquiera les tomaba el pulso”[Notas 2]. “Su vida era ejemplar; observaba todas la distribuciones de las Reglas y de la Comunidad de tal manera que yo nunca le vi cometer ni una sola falta. Ninguno podíamos apreciar externamente que se ocupase de los específicos y ni esta ocupación le servía de pretexto para dispensarse de sus obligaciones religiosas”[Notas 3]. A base, pues, de algunas noticias que nos precisen mejor su personalidad religiosa y científica, avalada por sus curaciones excepcionales, vamos a entretejer este capítulo, tomándolo íntegramente de las aserciones juramentadas ante el Tribunal eclesiástico: “Se acredita su caridad, en el trato que tenía con los enfermos, a los que proporcionaba sus específicos; para él no había distinción de ricos ni pobres; más aún, entiendo que tenía preferencia por los pobres, y me consta que él nunca exigía nada ni por las consultas ni por los medicamentos, lo cual estimo que es practicar la caridad para con el prójimo en un grado nada común”[Notas 4].

“En Sanlúcar fue donde se dedicó de una manera habitual a preparar los específicos; esto sería por el año 1860[Notas 5]. Al principio no daban gran importancia a estos preparativos, atribuyendo las curaciones que realizaba más a la virtud y bondad del Siervo de Dios que a las condiciones curativas de dichos específicos; sin embargo, estos eran preparados después de un maduro estudio de las plantas, teniendo siempre como base firme un carácter científico”. “Entiendo que estos productos los fue consiguiendo el Siervo de Dios tras un maduro y escalonado estudio de las propiedades de las plantas y que la misma práctica le fue aleccionando para llegar a su elaboración definitiva. Desde luego el S. de Dios estaba bien documentado, pudiendo decir que conocía y manejaba los mejores textos y las revistas extranjeras y conocía lo último que se hubiera publicado, en particular en Botánica Aplicada, y en general de todos los conocimientos que sobre esto existían, todo lo cual lo sometía a su fina y delicada observación”[Notas 6].

Difusión muy notable y extensa de las Medicinas:

“Los específicos del Siervo de Dios eran muy solicitados en España y hasta en América y algunos de ellos lo son todavía en la actualidad, curando diversas enfermedades, en particular la diabetes”[Notas 7]. “Así, por ejemplo puedo referir la curación de una hermana mía a quién yo mismo acompañé, hacia el año 1920, a visitar al S. de Dios; por las preguntas que le hizo, ella pudo hacer apreciar a fondo la dolencia que tenía, y los remedios que le mandó ciertamente fueron de un excelente resultado”.

“Cuando trataron de apoderarse de los secretos del Siervo de Dios, él para prevenir su desaparición, escribió un libro cuyo título era precisamente ese”. “SECRETOS”, donde anotó las diversas fórmulas que habían de utilizarse para la elaboración de los distintos específicos y que entregó a la M. Natividad y a otra Religiosa, instruyéndoles de cuanto procedía hacer”.

En otra ocasión en otra ocasión le llevaron para su análisis un frasco conteniendo orines. Se trata de la época en que tuvo más enemigos, puesto que la Prensa de Madrid se desató en contra del que llamaban el “Fraile Curandero”. Y, sin duda, para desprestigiarlo acudieron a él llevándole el frasco, de referencia. Apenas lo vio, el Siervo de Dios, sin acercarse a los individuos y sin tocar el frasco, les dijo serenamente: El Veterinario vive en la Plaza, se han equivocado ustedes. Y, en efecto, la orina que habían llevado era de un caballo. Por esa época, y por el mismo motivo indicado (de desprestigiarlo y quizá ponerle en compromiso grave, para someterle a los tribunales, acusándolo de provocar la muerte con sus curanderías…) sus enemigos le llevaron una enferma para que la curase; apenas la vio, el Siervo de Dios, sin tocarla ni acercarse a ella, dijo: Yo podré curar enfermos, pero no resucitar muertos. La enferma quedó muerta en la misma habitación”. Hay, sobre este caso, otras versiones que procuraremos depurar posteriormente con los datos fehacientes[Notas 8].

“Lo que encuentro más notable en los productos elaborados por el Siervo de Dios es que él se los aplicaba antes a sí mismo, con lo que tenía la garantía de que no podían ser nocivos según él mismo nos manifestó”. Yo apoyaba su eficacia en el gran conocimiento que tenía de las virtudes de las plantas, que conocía a la perfección; tenía muchos textos, algunos muy antiguos, nacionales y extranjeros, que él estudiaba asiduamente y muchas cosas las tomó de la Biblioteca de El Escorial en la época en que estuvo de Bibliotecario, sobre todo de autores como Avicenas y otros. Aparte de esto, adquirió este conocimiento por la propia observación de las plantas del campo que analizaba cuidadosamente. El mismo me refirió que estando en Sanlúcar, dando un paseo por el campo, oyó a unos labradores que le referían cómo una vaca que al saltar un arroyo se había producido una herida en el vientre con una rama cortante, hasta el punto que se le salían los intestinos, se iba todos los días a pastar al prado una hierba llamada “univana” (creo sinceramente que debe tratarse de una lectura defectuosa de la palabra que debe ser “unciana”) lamiéndose la herida y a los pocos días sanó contra lo que todos esperaban” “Encontró una oposición enorme y tenaz, prolongada y artera por parte de los médicos, sobre todo de Madrid y de Getafe en orden a la producción de sus específicos, porque se negaba a revelar el “Secreto de ellos”., especialmente el de la Diabetes, porque entonces no había ningún remedio para ella y el específico del Siervo de Dios era tan eficaz que en quince días me quitó a mí la diabetes”[Notas 9].

“Tengo varios datos recogidos de labios del mismo S. de Dios que acreditan como el fin que perseguía era favorecer a los necesitados” el dueño de la peletería, sita entonces en la Calle Mayor de Madrid, denominada”. El Oso Blanco”, era extraordinariamente obeso, sin que los médicos acertaran a darle una medicina eficaz para regular su organismo. Fue a visitar al Siervo de Dios y le pidió con mucha instancia que viera la manera de curarle. El S. de Dios le dijo que sí pero que no tenía la medicina conveniente, la cual le costó estar toda una noche entera sin dormir para vigilar la reacción de la elaboración de la misma y el tiempo libre de que disponía al día siguiente, consiguiéndola al fin y suministrándola con excelente resultado, puesto que quedó curado de su enfermedad”[Notas 10].

Otro caso ha ocurrido en Daimiel, del que he sido testigo presencial: “Una señora llamada Facunda Ayuga, de esta Parroquia, tenía, según decían, un cáncer en la lengua bastante abultado, que desde hacía algún tiempo el médico se lo venía quemando con ácido crómico, y sin que se advirtiese en el mismo una mejoría, antes al contrario, cada vez aumentaba más. Coincidió en aquella ocasión en mi casa el Siervo de Dios y, precisamente el día en que ya se marchaba a Getafe, me acordé de aquella pobre enferma. Mandó llamarla, y al ver cómo tenía la lengua y decirle los procedimientos que usaban para su curación, el Siervo de Dios le dijo muy resueltamente que dentro de ocho días estaría completamente curada, sin tomar ninguna medicina, con lo que todos quedamos sorprendidos. Solamente le mandó friccionarse con agua fría el bajo vientre, durante media hora todos los días con lo cual iría decreciendo el supuesto cáncer, cada día el canto de un duro, como así fue, puesto que todos los días venían a que yo la viese y comprobé que todo lo que había dicho el Siervo de Dios se cumplía exactamente y a los ocho días estaba curada completamente, como había dicho el Siervo de Dios”.

Otra feligresa de esta Parroquia, llamada María Martín, de Consuegra, que actualmente, creo, vive en Villarta de San Juan, a consecuencia de un parto, quedó tan gravemente enferma del vientre, con dolores agudísimos, que los médicos no encontraban manera de remediarle el mal ni de calmárselo, a pesar de que acudió a los médicos de Ciudad Real, y aún creo a Madrid. Se agravó de tal manera, que llegaron a desahuciarla. Una hermana de esta enferma me llamó diciéndome que el Siervo de Dios podía curar a su hermana que llevaba un mes con grandísimos dolores y sin poder descansar. Me rogó que yo le escribiera; yo le dije que hiciera una relación detallada del proceso de la enfermedad y diagnóstico de los médicos, poniendo yo a continuación unas letras al Siervo de Dios diciéndole se trataba de una pobre, para que me dijera su parecer. La misma noche en que la carta se depositó en Correos la enferma durmió y descansó tranquilamente. El Siervo de Dios contestó que se aplicase al bajo vientre un cocimiento de hierba llamada “cola de caballo” y al tercer día de tratamiento la mujer quedó completamente útil para levantarse y cocinar, como la encontró el médico, señor Suárez, quién al verla se quedó enormemente sorprendido sin saber a qué atribuir aquel cambio inesperado. Pocos días después quedó completamente bien”.

Al poco tiempo vino el Siervo de Dios y, al enterarse de que en el pueblo consideraban el hecho como milagroso, se marchó enseguida a Getafe y me escribió diciéndome que estaba por no volver a Daimiel, porque lo consideraban como milagroso. El Padre no circunscribía su tratamiento a una sola enfermedad, sino que era multiforme y casi universal:

“Los específicos curaban, entre otras enfermedades, la diabetes, angina de pecho, pulmonías y otras, como se dieron varios casos en mu familia y una vez en mi misma persona. En ocasión en que estaba en mi casa el S. de Dios, yo fui afectado con una pulmonía doble, con dos tomas de sus globulillos que él mismo me dio disueltos en agua, empecé a notar el alivio, rápidamente después de haber estado toda la noche sin poder dormir y sin reaccionar ni sudar; al día siguiente por la tarde, después de la doble toma, ya me levanté. Las gentes sencillas, como ya lo he dicho antes, más que ver la eficacia natural de los específicos, atribuían las curaciones a la santidad del Siervo de Dios, como lo demostraban acudiendo a la Casa Parroquial, cuando el Siervo de Dios venía para manifestarle su afecto”.

“Otro caso de curación fue el de la esposa de un fondista de Daimiel llamado Guijarro, que padecía una fatiga constante, de tal manera que desde su casa a la Casa Parroquial, que distaba doscientos metros, hubo de sentarse dos o tres veces antes de llegar. Observé que le suministró unos globulillos y a los diez minutos una segunda toma, y se volvió a su casa sin fatiga. A mi propio cuñado Francisco Alvear, ya difunto, afectado también por una enfermedad de tipo pulmonar, también le suministró en su casa unos globulillos y quedó en el acto fuera de peligro. Ese mismo cuñado mío, en otra ocasión en que no estaba el S. de Dios en Daimiel, se vio aquejado de una angina de pecho, pensando todos incluido el médico que se moría. Cuando a mí me avisaron fui precipitadamente, mientras el médico salía en busca de una medicina, pues decía que era cosa de minutos el fallecimiento, yo le día unos globulillos del Siervo de Dios y el enfermo sintió un dolor grande en una pierna, efecto de la sangre que descendía, y al regresar el médico le encontró que había desaparecido el peligro”[Notas 11].

¿No es verdaderamente sorprendente que a distancia observe a los enfermos dictamine las enfermedades y dolencias y proponga los remedios convenientes? Pero continuemos en la exposición de casos tan reiterativos, tan variados. Nos llena de admiración la figura de este hombre, en apariencia vulgar, pero que obtiene con sus fórmulas empíricas de medicina resultados tan sorprendentes como inexplicables a los expertos en medicina. “Para mí no hay duda de que, después de muerto, el Siervo de Dios ha concedido gracias extraordinarias, que no dudo de calificar de verdaderos milagros, como la siguiente de la que he sido testigo. Vivía en la población de Daimiel una señorita llamada Joaquina Pinilla, soltera, con su madre y hermana, también soltera la cual fue solicitada en matrimonio por un joven, a lo que se opuso terminantemente su padre; y tanto le afectó esta oposición que desde entonces se recluyó en su casa y aún en su habitación sin querer relacionarse con nadie, ni con su familia, provocando altercados, con el consiguiente disgusto de sus padres y familiares que veían que era una enfermedad terrible la que se iba apoderando de su hija, sin encontrar remedio para ella. Esta vida de continuo sobresalto subsistió hasta que falleció a la edad de ochenta y tantos años; luego estuvo cerca de sesenta años en estas condiciones sin preocuparse para nada de cumplir con sus deberes religiosos y menos de confesar y comulgar. Estando ya muy grave, en sus últimos tiempos, vino junto a mí un sobrino de ella llamado Don Federico Pinilla, que me expuso el caso, y yo fui a verla, abrigando cierta esperanza, por ser yo el Párroco, a quién ella había conocido de niño en la misma población. La visité, aprecié lo mal que se encontraba y que ella no ocultó. Al insinuarle que si estaba tan grave era menester pensar en arreglar sus cuentas con Dios, ella se opuso, replicando que en cuanto a confesar y comulgar de ninguna manera, que no insistiese en ello, porque no estaba dispuesta a hacerlo. Al no conseguir nada hube de retirarme con la inquietud consiguiente; al día siguiente, al salir de la Iglesia, tomé la resolución de ir nuevamente a visitar a Dña. Joaquina y en el trayecto que medía entre la Iglesia y su Casa avivando el recuerdo del Siervo de Dios, a él me dirigí en plegaria diciéndole: “Padre nuestro, por el cariño que me tenías en vida, yo te suplico que interpongas tu mediación para que esta alma no muera sin Sacramentos; si lo consigo no dudaré que ha sido cosa tuya.”.

Seguí mi camino hacia la casa; me recibió la enferma como el día anterior con cierta indiferencia, y al indicarle que debía confesar y comulgar, me contestó: COMO USTED QUIERA, SEÑOR CURA, ESTOY DISPUESTA A ELLO. Con lo que comprobé el cambio rápido experimentado, que yo personalmente atribuyo a la intercesión del Siervo de Dios. La enferma se confesó, le di el Viático y la Extremaunción y murió tranquilamente[Notas 12].

Predicamento del Siervo de Dios entre todas las clases sociales:

“El prestigio que adquirió el Padre en el ejercicio de la medicina bien pronto llegó a ser extraordinario, de tal manera que, cuando iba a Daimiel era un verdadero jubileo los enfermos que iban a consultarle; de aquí que sus productos eran muy solicitados, puesto que curaban diversas enfermedades, como la Diabetes, Reuma, Forúnculos, etc. creo que tenía veinte o treinta específicos diferentes y que en la actualidad conservan las Pastoras de Getafe”. Quizá pasen de un centenar las curaciones llamativas de que hay constancia: “Las gentes sencillas atribuían las curaciones, unos a la eficacia de los medicamentos y otros a la santidad del Padre, de aquí que le visitaran tantos enfermos. Entre las curaciones obradas por los específicos del P. Míguez referiré en primer lugar, una que me afectó personalmente. Padecía yo un divieso o forúnculo en un pie, el médico que me visitaba me recetó un ungüento, que no apreciaba yo que fuese eficaz, por lo que pedí el antiforúnculo del P. Míguez, y a los cuatro o seis días estaba curado; el médico, convencido de que era efecto del ungüento prescrito, me mandó seguir con él, pero yo lo raía apenas el médico se marchaba, y lo que me curó no fue el ungüento sino el antiforúnculo. También sé por habérmelo dicho el interesado, Abogado de Daimiel, Sr. Briso de Montiano, que estando su señora gravemente enferma y no teniendo mucha confianza en los médicos de Daimiel, fingió un viaje a Ciudad Real, con gran disgusto de sus familiares que entendían que en tan graves circunstancias no debía salir de casa. El, sin embargo insistió y en vez de ir a Ciudad Real vino a Getafe, le explicó el caso al P. Faustino, manifestándole éste lo que debía hacer, como lo hizo, curándose bien pronto su señora”[Notas 13].

Aunque lo hemos narrado anteriormente, queremos confirmar la aserción con las mismas palabras del testigo de vista, P. Manuel Pinilla, de quién son estas comunicaciones juramentadas en el Proceso: “Estando yo en el Colegio de San Fernando, de Madrid, vino a verme un matrimonio de mi pueblo rogándome que le acompañase a Getafe para consultar con el P. Faustino una enfermedad que el esposo padecía. En efecto nos recibió el Padre, prescribiendo lo que a su juicio, procedía para que el marido se curase. Antes de retirarnos, el P. Míguez me llamó aparte para decirme que la que estaba peor era la esposa; efectivamente a los dos meses falleció y el esposo se curó completamente”. “Apoyándose en el principio de que la ciencia es el mejor medio para incrementar la Piedad en sus almas, inculcaba a los alumnos el amor de Dios, valiéndose de las maravillas de la Naturaleza.” “Con respecto al conocimiento que tengo del Siervo de Dios puedo manifestar que, encontrándome en cierta ocasión enferma, fui a consultar con el Siervo de Dios; me sentí afectada por la SOLITARIA, que me causaba los consiguientes trastornos. El Siervo de Dios, sin tomarme siquiera el pulso, me dijo que tenía que tomar un medicamento compuesto por raíces de granado hervidas, siendo eficacísimo su medicamento y quedando libre de esta dolencia. He de añadir que hace poco más de dos años mi marido fue operado de úlcera de estómago y, al sacarlo del quirófano para la habitación fue afectado de una fatiga tan grave, que parecía se iba a morir por momentos, y él mismo así nos lo comunicaba. Yo entonces le puse una estampa del Siervo de Dios, P. Faustino, con una reliquia que yo había llevado prendida en el pecho, y antes de pasar diez minutos quedó libre de aquella fatiga que tanto nos preocupaba, en lo que yo aprecié un verdadero milagro por intervención del Siervo de Dios” “Con relación a las curaciones practicadas por el Siervo de Dios, en cierta ocasión una señora, vecina de Getafe, cuyo nombre no recuerdo, nos dijo a nosotros que el Siervo de Dios había devuelto la vista a un hijo suyo, sin que se sepa más detalles de esta curación”[Notas 14].

Caso auténticamente llamativo de una Religiosa de su Congregación:

“Viniendo ahora a mi caso he de decir: estando yo en el mes de octubre en 1927 en nuestra Casa de Orense me empecé a notar que me dolía mucho el estómago y perdía el color y las fuerzas, que no podía comer, y si comía lo devolvía. Yo no me quise quejar porque me parecía que aquello era falta de mortificación, hasta que lo advirtió la Superiora y me mandó que fuera al médico. En esto, estando yo en la cocina, al partir un jamón, como no tenía fuerzas, me corté y me salió agua del dedo en lugar de sangre por las grandísimas hemorragias que había padecido y que yo no quería descubrir por vergüenza y por parecerme falta de mortificación. Me dijo que tenía el duodeno casi abierto por la grandísima úlcera que tenía. Me mandó meter en cama y durante un mes estuve sólo a leche y ya no me daban sino suero.

Y así estuve tres meses, empeorando de día en día, pues las hemorragias seguían. El día 4 de febrero, era tal la gravedad, que hubo junta de médicos y me desahuciaron, no quisieron hacerme ni la transfusión de sangre, pues decían los médicos que para vivir unas horas no merecía la pena. El mismo día me administraron todos los Sacramentos, incluso la Extremaunción y la recomendación del alma. Perdí el pulso completamente y en uno de esos colapsos ya me iban a amortajar, y el médico dijo que esperaran un poco y que si no volvía que me amortajaran. Las Religiosas en Comunidad empezaron a hacer novenas a distintos Santos y no logré mejoría, antes seguía la gravedad.

El día 10 de marzo yo, en sueños, en delirio, no sé, soñé que hacía una Novena a la Santísima Trinidad pidiendo, por intercesión del Siervo de Dios, la curación, si era voluntad divina. Pero luego no hacía caso de ese sueño y no hice la Novena. Unos días después volví a soñar lo mismo, y cuando vino el Padre a confesarme perdí el conocimiento y el padre asustado, creyendo que había muerto, avisó a las MM. Vino el médico, me puso una inyección de aceite alcanforado y recobré el conocimiento. Volvió el confesor por la tarde para terminar de confesarme y yo entonces le dije que por la mañana no me había terminado de confesar, porque me había quedado dormida y había soñado otra vez lo de la novena. Y se lo referí. El entonces me dijo que aquel mismo día empezara la Novena. Empecé ese día que era 11; Yo rezaba mentalmente tres Padrenuestros a la Stma. Trinidad, pidiendo por intercesión de S. de Dios que no me muriese, que por lo menos me pudiese levantar de la cama.

El día 18 volví a soñar lo que otras veces y vi a un Padre arrodillado delante del altar de la Stma. Trinidad. Estaba de espaldas y yo no le conocía, pero creía que era el S. de Dios porque le veía el ceñidor de Escolapio. Y este Padre me intimó a que me levantara al día siguiente.

Se lo dije a la Madre y al médico y me dijeron que si había perdido la cabeza, pues yo en efecto, no podía ni levantar la cabeza. Yo a ellos les dije nada más que quería levantarme, pero sin decirles lo de la visión. Y ya tanto insistí que me vistieron y me pusieron en una butaca con almohadas. Yo pedí que me dejasen sola. Cuando me quedé sola, estando despierta aunque con los ojos cerrados, vi, oí una voz que me decía: “Levántate y anda”. Yo abrí los ojos y no vi a nadie, porque no podía levantar la cabeza; creí que era la hermana y volví a cerrar los ojos.

Entonces volví a oír la voz: “Levántate y Anda, que puedes Andar” Y sentí que me tocaban en el hombro. Volví la cabeza y vi como una sombra y reconocí al Siervo de Dios vestido de Escolapio, sonriente, con mucha claridad y un perfume que no acierto a adivinar cuál es; lo vi un instante y que hizo ademán de bendecirme y desapareció enseguida, estando todas las puertas cerradas. Yo entonces salí corriendo, como para alcanzar al S. de Dios y tropecé con la Comunidad, que venía rezando el “Miserere” Pues era la hora de comer. Me dirigí a la Comunidad y le dije a la madre Superiora que quería comer pues tenía mucha hambre.

Sentía un vigor y una fuerza extraordinaria. Tenía las encías desprendidas de no masticar en tanto tiempo y de momento se me quedaron bien y como las tengo ahora mismo. He de hacer notar que la figura que vi del Siervo de Dios no era de un viejecito, como lo representan algunas veces, sino como la de un hombre maduro, pero todavía con vigor.

Me fui al comedor y tomé un plato de sopa, un poco de paella, una tortilla francesa y medio vaso de leche, sin sentir ninguna molestia ni dolor de ninguna clase.

Ese alimento me sentó bien. Yo misma llamé al médico y vino pensando que estaba moribunda. El médico quedó asombrado. Al preguntarme que había comido, me dijo que era una imprudencia que me sometiera al régimen que él me pondría. Me puso régimen a base de purés, pescados y carnes blancas etc. y estuve así cinco o seis días y luego ya viendo que recobraba las fuerzas de día en día prescindí del régimen y ya hice vida normal, sin que desde entonces haya padecido nada de estómago, a pesar de haber tenido otras enfermedades graves, como pulmonía, pleuresía y un ataque de apendicitis. El médico, doctor Julio García, me ha escrito una carta cariñosísima que entrego al Tribunal… Antes de mi curación me hicieron radiografías de estómago, análisis y el médico me dijo que era una úlcera abierta, las hemorragias empezaron a disminuir desde el tercer día de la Novena. Pero después de la curación no me hicieron radiografía ni análisis de estómago. El médico está convencido de que mi curación es un milagro”[Notas 15].

Otro suceso espectacular:

“Una sobrina mía, llamada Conchita de la Cruz, que vive en Madrid, cuando tenía once años, estando interna en Orense en nuestro Colegio, donde yo estaba de Superiora, se puso enferma con fuerte dolor de cabeza y otras manifestaciones. El médico dijo a otras religiosas que aquello no tenía remedio, pues tenía cinco enfermedades, entre ellas la meningitis.

Así estuvo hasta las cinco de la tarde. El médico repitió muchas veces que no había remedio. Yo pedí a las niñas del Colegio que pidieran conmigo a Dios por la intersección del Siervo de Dios la curación de la niña. Por la tarde, en efecto, la niña suspiró y me dijo que había dormido muchas horas y que no le quitara lo que tenía debajo de la almohada; pero ella no lo había visto, cuando me dijo a mí que no se lo quitara. Yo le pregunté al médico que le parecía aquello y él, que no era muy católico, no me dijo nada en concreto. El caso es que le hicieron análisis, que daba cuatro enfermedades graves, y a su curación rápida le hicieron otro análisis y ya no tenía nada y luego le han repetido, los análisis y tampoco han dado nada. Yo tengo la seguridad de que esto fue una gracia del Siervo de Dios. El médico me dio un certificado con la especificación de las enfermedades que tenía mi sobrina. Y se hizo una relación del hecho que firmó también el médico[Notas 16].

Otras gracias singulares:

“Respecto a las gracias especiales, puedo referir lo que me hizo a mí misma, aun viviendo; durante todo mi noviciado yo tuve las rodillas muy hinchadas, seguramente por no tener costumbre de estar de rodillas. Y al decirme él que no tenía nada me toqué la rodilla y noté que ya no tenía hinchazón. En otra ocasión, viviendo aún el Siervo de Dios, teniendo un gran dolor de músculos con hinchazón de la cara me puse un trocito de una carta del S. de Dios en la cara y se me quitó la hinchazón. Después de muerto el S. de Dios, en el año 1943-44, estando yo de Superiora en Getafe se nos escapó una niña de las que allí teníamos encomendadas por la Diputación Provincial. Estuvo perdida cinco días, y los familiares armaron gran alboroto, diciendo que nosotros habíamos matado a la niña y otras atrocidades por el estilo, hasta el punto que la Autoridad Gubernativa estuvo registrando nuestro huerto y el pozo. Yo, muy apurada por la actitud de estas gentes, fui al cementerio y pedí al S. de Dios ayuda, poniéndole como condición el que la niña había de aparecer aquel día. Al regresar al Colegio me llamaron por teléfono desde Yeserías, en Madrid y me dijeron que la niña está allí hacía cinco días y que no había querido decir de donde se había escapado, a pesar de los castigos, pues hasta la habían cortado el pelo. Y que justamente en el momento en que yo rezaba al Siervo de Dios ella había hablado, diciendo que se había escapado de Getafe. Conozco todas las gracias que se refieren en la vida del S. de Dios. Yo tengo la convicción de que son gracias especiales del Siervo de Dios”[Notas 17].

Investigaciones y curiosidades prácticas:

“El Siervo de Dios aprovechaba las conversaciones de los hombres que cultivaban la tierra para hallar la composición de sus específicos; en una ocasión en que mi padre le hablaba de una planta que tenía las virtudes de excitar la secreción urinaria, el Siervo de Dios le rogó que le enviase cantidad de esta planta.”

“El Siervo de Dios sostenía que el Creador había dado los miembros al hombre para que los conserve y por ello en las enfermedades de éstos había que ayudarles hasta el último momento, siendo la operación quirúrgica la última solución. A mi entender, los médicos criticaban al S. de Dios por envidia. Yo he presenciado curaciones admirables: una realizada en mi madre y otra en mi persona. En una ocasión en que mi madre sintió malestar, se hizo consultar por un especialista, de corazón. Al dirigirse a Madrid se detuvo en Getafe para visitarme y yo entonces le dije que, sin perjuicio (de que la viesen los médicos), quería que la viera (completamos la frase porque da la impresión de estar incompleto el sentido) el S. de Dios, quién en efecto, solo mirar a la enferma la cara, sin pulsarla, le dijo que como efecto de un susto sufrido, le había venido una paralización de la regla. Mi madre lo confirmó estando mi padre y yo delante; Los médicos le decían que padecía del corazón. Sólo entonces el Siervo de Dios le tomó el pulso, añadiendo que el corazón funcionaba normalmente, y recetándole unos globulillos de hematosamuntor y aconsejándole en contra de las prescripciones facultativas que diese un paseo todos los días, que había de aumentar progresivamente : durante hora y media, acompañada en ellos por mi padre. <mi madre, siguiendo las instrucciones – sin hacer caso de lo que le había mandado un especialista del corazón, llamado doctor Mariani, entonces muy famoso- recuperó al cabo de un mes su normalidad; muriendo al cabo de tres años no del corazón, sino de pulmonía”

“Mi propia curación, a la que hice alusión antes, ocurrió de esta manera; encargado de predicar la Semana Santa en Getafe, advertí un día, a las ocho de la noche, que me encontraba muy afónico, de modo que no podría predicar al día siguiente, debido al esfuerzo que realicé en el primer sermón y por eso decidí encargar el predicar a otro compañero mío. Así se lo comuniqué al Siervo de Dios, el cual me dijo: “No se lo encargues a nadie, que tú predicarás”. Me dio unos globulillos y con gran sorpresa mía, al día siguiente, a las cinco de la mañana, pude predicar con toda normalidad. Por mi parte he oído decir al S. de Dios ha puesto en la naturaleza Dios los medios suficientes para curar todas las enfermedades, sobre todo en las plantas. Y esto es lo que a mi juicio logró el S. de Dios por su competencia al elaborar sus específicos”[Notas 18].

Otros testigos especifican:

“Yo mismo experimenté los efectos de estos específicos, porque en una ocasión, estando en la sacristía, me encontraba muy fatigado y apenas pude subir las escaleras. El Siervo de Dios me dio unos globulillos, me acosté y al día siguiente me encontraba bien. El Siervo de Dios me dijo que me había cortado una pulmonía doble.” “Otra señora, doña Isabel de Requena, afectada por un tumor que los especialistas habían dicho que era de vientre, acudió a visitar al Siervo de Dios; este le mandó poner un enema de hiel y en dos días desapareció el tumor”.[Notas 19]

“Los específicos del Siervo de Dios eran muy solicitados, no solo de España, sino del extranjero. Cuando nosotras marchamos a América llevábamos un pedido de medicinas para una señora de allí, La gente sencilla, mas que a la eficacia de los medicamentos, atribuía las curaciones a la santidad del Siervo de Dios.

“Estando yo de Novicia aquí en Sanlúcar, el Siervo de Dios, estando un día en la Jara, vio a un niño en un cochecito y le dijeron que estaba paralítico; él entonces le dio unos globulillos y al día siguiente quedó perfectamente curado. Y yo vi como al día siguiente vinieron todos los familiares a manifestar su agradecimiento al Siervo de Dios”.[Notas 20]

“Cuando el Siervo de Dios se hallaba enfermo se medicaba él a sí mismo” “Iban muchos enfermos a visitar al S. de Dios, hasta tal punto que se pusieron trenes especiales para este fin desde Madrid, además de los muchos coches que con este fin iban a Getafe”[Notas 21]. “Hizo muchas curaciones. A mí misma me curó de la diabetes en un mes; y respecto de la nefritis, me dijo que no podía curármela porque estaba muy avanzaba, pero que viviría muchos años tomando la medicina. Y así es, con un par de veces que tomé la medicina se me pasó el ataque. Mi madre estaba diabética, y estando ya muy grave, hasta el punto que se moría, llamó al Siervo de Dios; éste le dio la medicina y se curó”. “La hermana de la demandadera del convento, llamada María Fermera, estaba gravísima de un tumor en el vientre y la tenían que operar. El Siervo de Dios le mandó hacer una radiografía y, una vez que vio lo que tenía, le dio la medicina correspondiente y a la semana, cuando volvió a que la viera el médico, éste le dijo que no tenía nada.” “Yo explico estas curaciones tanto por la virtud de la medicina como por la virtud del Siervo de Dios. Ahora recuerdo que en una ocasión vino un caballero de Sevilla a consultar al S. de Dios porque estaba totalmente sordo de un oído, habiendo sido inútiles las consultas a los médicos. El Siervo de Dios le administró la correspondiente medicina y a los quince minutos comenzó a notar un ruido especial en el oído; a los ocho días estaba totalmente curado; “Se de una niña que andaba con muletas y sus padres la habían llevado por todo el extranjero sin resultados. La vio el Siervo de Dios y le dio unos globulillos y le mandó que dejara las muletas y se curó instantáneamente. Y cuando los padres de la niña quisieron mostrar su agradecimiento el Siervo de Dios se escabulló y los dejó a todos allí plantados. Esto lo presencié yo”[Notas 22]. “Después de muerto ha hecho también muchos milagros”[Notas 23].

Aún después de la muerte continúa su poder taumatúrgico. —”Yo he tomado medicina del Siervo de Dios y eran muy eficaces para la cosa del riñón. Se, por referencias, que curó el brazo a un niño que dijeron los médicos que había que cortárselo, el Siervo de Dios lo curó en una noche con un líquido. Y dicen que esta curación del brazo del niño fue la causa de que el Siervo de Dios tuviera que marchar a Getafe, porque los médicos se dieron cuenta del ridículo que habían hecho al decir que había que cortarle el brazo”[Notas 24].

No sé cuándo comenzó el Siervo de Dios a elaborar los específicos; a nosotras en el Colegio, nos curaban todas las enfermedades con los globulitos… Había muchas personas que le consultaban en sus enfermedades y adquirió mucho renombre porque curaba a muchas gentes. Yo tengo al Siervo de Dios por un sabio y un santo”[Notas 25].

Motivos determinantes de la salida del Padre de Sanlúcar:

Es interesante poder de nuevo constatar, entre los numerosos testigos que dictaminan el Proceso, otro que también proclama que el motivo de la salida del Padre de Sanlúcar fue la curación extraordinaria de un muchacho a quien habían dictaminado los médicos que había que amputarle el brazo. He aquí la exposición de don Vidal Gutiérrez , comerciante de Sanlúcar, y que estuvo más en contacto con los medios informativos del suceso y con el trato del P. Míguez: “La mayoría de la gente atribuía las curaciones a la virtud de los específicos, aunque algunas gentes, muy pocas, especialmente algunos médicos, trataron de que se fuera de aquí y lo desprestigiaron precisamente por el caso de un muchacho que se había roto un brazo y los médicos dijeron que había que amputarle el brazo; pero el Siervo de Dios le mandó uso fomentos con un medicamento y a los pocos días estaba curado. Esto movió la campaña de esos médicos que determinó, al parecer, el traslado del Siervo de Dios”. … “Era un hombre todo de Dios y la bondad personificada; no creo que cobrara nada por atender a los enfermos”[Notas 26].

Testimonio de un discípulo agradecido:

“Conocí al Siervo de Dios, P. Faustino Míguez, la primera vez cuando yo tenía ocho o nueve años; en esta época él estaba en la Residencia de los Escolapios de Sanlúcar. Más tarde llegué a conocerlo más íntimamente con motivo de una enfermedad que aquejaba a mi abuelo, don Juan Martínez, que tenía el mal de piedra sobre lo que, previas consultas médicas y en concreto con un especialista de Jerez, había sido ya emplazado para practicarle la operación”.

“Llegó a nuestro conocimiento que el Siervo de Dios, a pesar de que no quería ver enfermo alguno, entre otras cosas porque era perseguido por algún médico, había hecho curaciones prodigiosas que trascendieron hasta nosotros. Vio, en efecto a mi abuelo, le mandó unas hierbas y a la mañana siguiente, cuando el médico vino a sondearle, le dijo que estaba curado y que no necesitaba operación alguna. Ya se comprende la alegría que esto produjo en toda la familia y la ocasión que ofreció para que le consideráramos como algo muy allegado a nosotros, manteniendo desde entonces con él relaciones muy íntimas de veneración y respeto. Después lo seguí tratando, además, porque yo fui alumno suyo posteriormente en el Colegio de los Escolapios. En mi casa siempre hemos considerado al Siervo de Dios como un sabio y un santo”.

“El Siervo de Dios, cuando estaba aquí en Sanlúcar, comenzó a elaborar sus específicos. Había uno llamado la “Medicina Verde”. Y la suministraba para remediar la inapetencia. Cuando hubo una epidemia de cólera todos en casa tomamos una medicina preparada por el Padre”

“Había uno o dos médicos que, cuando podían, decían algo contra el Siervo de Dios; pero oposición verdadera no hubo ninguna”[Notas 27]. “Tuvieron mucho éxito los productos del Siervo de Dios. Nadie lo tomó por un Curandero; antes al contrario, siempre contó con el cariño y el respeto de todos; es más, aunque era general el odio y desprecio que entonces se tenía a los sacerdotes y religiosos, el Siervo de Dios era cosa aparte, pues todo el mundo le conocía. El fin que movía al Siervo de Dios era de hacer el bien. Puedo referir, además, la curación de Francisco Lindres, nuestro dependiente, aquejado de la misma enfermedad que mi abuelo y que fue curado por el Siervo de Dios. También curó a un torero y he oído que iban muchos al Colegio de Escolapios a visitarlo”[Notas 28].

Asertos de una religiosa muy famosa y notable de su Congregación:

“Cuando yo ingresé en el Instituto ya estaba el Siervo de Dios dedicado a la elaboración de sus específicos (sic) (parece que quiere decir y otras muchas dolencias o enfermedades). Yo he probado todos esos específicos y me han curado de mis enfermedades[Notas 29]. Él era Químico y Profesor de química, y entendía mucho de medicina que había estudiado[Notas 30]. Acudían muchos enfermos a visitar al Siervo de Dios; cuando venía aquí (Sanlúcar) en el verano, toda la calle se llenaba de coches y de gentes que venían a ver al Siervo de Dios para que los curara. Recuerdo que la Hermana Francisca que está ahora en Albelda, tenía cólicos hepáticos y estaba gravísima, tomó la medicina del S. de Dios y se curó enseguida. Yo atribuyo estas curaciones más a la santidad del Siervo de Dios que a la eficacia de las medicinas. El Siervo de Dios no comentaba con nadie las curaciones que lograba con sus medicinas, ni buscaba, porque era humildísimo, honores ni aún siquiera recursos; sino únicamente hacer el bien”. “Desde el principio siempre lo hemos tenido por Santo. Y esta opinión y fama de santidad se ha extendido después de su muerte aún más”. “He oído que tuvo una revelación del Señor, diciéndole que fundara la Congregación”[Notas 31].

“Cuando yo conocí al Siervo de Dios se ocupaba de la medicina y no sé cuándo había empezado a tener esas actividades. En esto recuerdo que estando mi madre enferma, mi padre le escribió explicándole que mi madre que era diabética, tenía un ántrax en el brazo, que había empezado a gangrenarse. El S. de Dios mandó una medicina y se lavó con ella la herida y al tercer día se encontraba fuera de peligro”. “La gente atribuía las curaciones que realizaba a la virtud del Siervo de Dios y no a la eficacia de los específicos. Todas las personas que yo he oído le consideraban al Siervo de Dios como un santo. Ya he dicho antes que estoy convencida que el Siervo de Dios interpretaba las conciencias”[Notas 32].

“Sé que el Siervo de Dios preparaba unos específicos, pero no sé cuándo empezó con estas actividades. Precisamente estando un hermano mío enfermo de tuberculosis, yo vine a consultar con el Siervo de Dios y él me dio unas hierbas en alcohol para que las tomara, las tomó, en efecto, y se puso bueno; tanto que fue militar y murió en la guerra. Cuando el Siervo de Dios se marchó de Sanlúcar (violentamente y por la presión de los médicos y religiosos, que no veían bien sus actividades fuera del Colegio) no le vi triste y eso que asistí a la despedida. Él tranquilizaba a todos diciendo “Que así lo quería el Dios”. He oído referir a algunas personas hechos prodigiosos realizados por intercesión del Siervo de Dios. Y ahí está el caso de mi hermano que ya he referido y que nosotros hemos considerado como milagroso”. “Actualmente le tengo por un santo”[Notas 33].

“He oído contar que un hombre de Tembleque, que estaba ciego, lo curó el Siervo de Dios con un cocimiento de unas hierbas y que el que había estado ciego decía que después de Dios, le debía la vista al Siervo de Dios; también oí cuándo yo tenía unos catorce años, que una señora que vivía en Madrid estaba muy agradecida al Siervo de Dios, porque había quitado a una hija suya unos dolores fuertes de cabeza. También he oído a mi hermana Pilar que, después de muerto, el Siervo de Dios curó a una mujer que estaba baldada o algo así y que además esta mujer, que estaba apartada de la religión, fue desde entonces muy piadosa. Yo mismo, que estaba aquejado de fuertes dolores en la espalda, pecho y por todo el cuerpo, le hice una Novena, pidiendo por intercesión del Siervo de Dios que me quitara los dolores fuertes. Y me lo ha concedido el Señor, pues he pasado un invierno como nunca, sin que me hayan molestado esos dolores”[Notas 34].

Persecuciones y añagazas de los émulos y enemigos.

“A mi entender, la primera vez que el Siervo de Dios ejerció la medicina de una manera pública fue en Sanlúcar; desconozco si antes la ejercía con personas aisladas… aquí ya adquirió gran fama, pero la época de verdadero entusiasmo popular se dio durante el tiempo que permaneció definitivamente en Getafe. Él dirigía personalmente el Laboratorio y enseñaba a dos religiosas y ellas se ocupaban de la confección de los específicos, y puedo asegurar que, aunque trabajaba en él, esto no le impedía cumplir con sus deberes religiosos, porque, llegada la hora, lo dejaba todo y marchaba al Colegio. La opinión de los médicos seglares de aquella época era contraria al S. de Dios, tratándole de curandero y trataban de probarle llevando enfermos desahuciados, con ánimo de ver si se morían, como era de esperar, con ánimo de procesarlo y encarcelarlo”. “Creo que las gentes sencillas, atribuían estas curaciones más que a la eficacia de los específicos a la virtud y santidad del S. de Dios, pero él se valía de los específicos para ocultar su virtud. Fue visitado de muchos enfermos, de tal manera que, habiendo venido un señor a esta Casa para ingresar a una hija suya en el Colegio, al ver el retrato del P. Faustino se puso a llorar emocionado diciendo que el Padre le había devuelto la vista[Notas 35]. “Según me contó el Arcipreste de San Miguel de Jerez, hace pocos días, el P. Faustino curó milagrosamente a su padre, cuando el Arcipreste era niño. Estaba este señor muy enfermo, y como eran pobres no podían llamar a los médicos; al fin recogieron algo de dinero y antes de que celebrasen la consulta un amigo de casa les dijo: “¿Por qué no llamáis al P. Faustino que lo vea? Este P. hace curaciones milagrosas. “Efectivamente vino el Padre, preguntó por el enfermo y a la señora del mismo le dijo: “El dinero que había de emplear en los médicos, gástelo en gallinas y vino de Jerez; denle estos globulillos y se curará”. Efectivamente el enfermó se curó y pudo seguir trabajando muchos años después con admiración de los médicos que no supieron explicarse lo sucedido”.

Actitud del Siervo de Dios:

“Tengo oído que, habiendo intervenido en la curación del Rey Alfonso XIII, siendo a un niño, la Reina le ofreció una recompensa y él no le pidió a la Reina sino que le dejasen hacer bien a sus enfermos. La reacción del S. de Dios contra toda esta persecución de médicos y periódicos fue pasar por encima de ello y seguir haciendo el bien sin que en ningún momento se le haya oído hablar mal ni quejarse de nadie, ni de médicos ni de nadie. Él pretendía hacer bien a la humanidad y prueba de ello es que nunca se quejó de las molestias que esto le ocasionaba; teniendo que estar constantemente bajando a ver a los enfermos, lo que hacía con muchísima paciencia”[Notas 36] .

Caridad universal y generosa:

“Cuando había alguna muchacha que quería ser religiosa, yo iba a pedir al P. que la ayudara. Como ocurrió a una muchacha que estaba mal de la vista y quería ser Religiosa. La lleve al Padre para que la viera, le dio unas medicinas y al mes estaba curada y la admitió en la Congregación de las Pastoras. A mi padre también lo curó con un solo frasco de antiforúnculo”. “Recuerdo que una señora de Getafe, estuvo muy enferma de un dolor en la cara; se encomendó al S. de Dios, que ya había muerto, y curó por completo, pudiéndose dedicar a las faenas de la casa”. “Las gentes del pueblo tenían al Siervo de Dios como un sabio y un santo”[Notas 37].

Reafirmación de la fama de santidad entre todos los estamentos de la sociedad.

“No tuve con él otra relación que la del confesonario, y en una ocasión en que estuve enfermo con úlcera en los ojos, y después que me trató por mucho tiempo el doctor Conce, pensé que si me viera el S. de Dios me curaría, y efectivamente me vio, me dio unos globulillos para ponerme en los ojos y otros para tomar. Lo hice y a los dos días se me quitaron las úlceras y no me ha quedado ni señales. Por eso lo tuve siempre como un sabio y un santo por sus muchas virtudes, sobre todo en el confesonario”. “Recuerdo que un chico que vivía en Getafe, que se puso ciego casi repentinamente, fue tratado por el Siervo de Dios y en pocos días recobró la vista”[Notas 38].

Damos por concluido este bosquejo de los hechos que pueden tener visos de sobrenaturalidad en la vida de nuestro venerado Padre, dejando para otra ocasión la relación de gracias múltiples obtenidas por sus devotos y curaciones sensacionales atribuidas al Padre, antes y después de su muerte, pero que por no estar avaladas por los testimonios jurados del Proceso nos parecen de valor más ínfimo, aunque no menos espectacular. Tenemos que tener presente que las exigencias jurídicas, seriedad, y demás exploraciones que impone la Santa M. Iglesia en los Procesos de Beatificación y Canonización de sus Hijos son de un rigor y seriedad proverbiales. Sin duda ninguna mucho mayores que las que rodean a cualquier proceso civil. Se nombra un postulador de la causa, que debe presentar un informe, en el caso de nuestro padre son 158 artículos con la información que deben avalar los testigos, muchas veces muy numerosos; en nuestro caso, 31 testigos, la mayor parte de ellos de vista, otros de oficio. Se nombra un Tribunal formado por varios oficiales de Curia o personalidades competentes. El Tribunal formado en Madrid estuvo compuesto por las siguientes personalidades:

1° Juez Delegado y Presidente: Ilmo. Dr. D. Moisés García Torres, Provisor y Teniente General Vicario de la Diócesis; D. Julio García García y D. Lorenzo Niño, Jueces sinodales, como jueces adjuntos; M.I. Sr. D. Doroteo Martín Berzal, Promotor de la Fe y el M.I. Sr. D. Enrique Valcacer Alfayete, como sustituto; y los muy ilustres Sres. D, Hipólito Vacchiano, Notario, y como Notario adjunto D. Juan Fernández Rodríguez y D. Virgilio Tapias como Cursor.

2° En la actuación del Tribunal, a solas con cada uno de los testigos se les exige Juramento Solemne de decir la verdad, según su conciencia y no dejarse influir de ninguna presión ni de ninguna afección favorable o desfavorable hacia el sujeto sobre el que versa la Causa.

3° Se le obliga a guardar igualmente Secreto Absoluto sobre sus declaraciones, para que no se comuniquen sus impresiones unos a otros entre los Declarantes. En esta relación omitimos exprofeso las referencias que hace de casos notables el P. Otal en su folleto informe, páginas 25-31, por los motivos que hemos expuesto anteriormente; así como otras varias de los 30 testimonios aportados por otras tantas personas a las que envié un cuestionario particular y de las que solamente seis intervinieron en el proceso de Madrid pero que transmiten datos y sucesos que contribuyen a esclarecer más profundamente la personalidad y los entornos de la vida del venerado padre.

Ante todos estos sucesos, tan diversos, tan espectaculares y procedentes de lugares y personas tan diferentes y sin posible comunicación ni conocimiento anterior cabe formularnos legítimamente un interrogante. ¿Es posible que curaciones tan diversas, tan instantáneas, sin medios apropiados para producir esos efectos, después de haber sido tratados muchos de ellos por personas especializadas, pueden tener como causa, el azar, la parapsicología u otras motivaciones más desconocidas entonces y ahora? Sólo la Santa Madre Iglesia puede emitir un Veredicto Competente; pero nosotros también podemos considerar que hasta que Ella no se pronuncie, pueden constituir señales del Señor en favor de la Santidad de vida del Siervo de Dios.

Notas

  1. Testimonio del P. David Álvarez (Sum Proc. Ord. Matriten., pág. 4)
  2. Idem. Pág. 5
  3. Testimonio del P. David Álvarez. (Summarium pág 8)
  4. Idem pág. 11.
  5. Creemos que por lo menos hasta 1870 no pudo dedicarse a esos menesteres, puen en 1869 llegó a dicha ciudad por primera vez, y en 1872 publicó su libro sobre el Análisis de las Aguas, que con toda seguridad señala el inicio de sus experimentos.
  6. Testimonio del P. J. Olea Montes. (S. Proc Ord. Matriten, pág. 24.)
  7. Idem.(Pág. 28)
  8. Idem (Pág. 29-49 y 61). Después de fatigosas indagaciones en la Hemeroteca Municipal hemos podido ofrecer en los capítulos anteriores algunas aclaraciones a estas campañas de desprestigio sobre la persona y actuación de nuestro biografiado. Pero todavía esperamos poder completarlas con algunas noticias aclaratorias.
  9. Testimonio Don Tiburcio Ruiz… (Sum. Proc. Ord. Matriten pág.75)
  10. Idem (pág. 79).
  11. Diversos testimonios del mismo testigo, el Arcipreste de Daimiel D. Tiburcio Ruiz de la Hermosa (Summarium Proc. Ord. Matriten, págs. 79-80-81)
  12. Idem. (págs. 106-107).
  13. Testimonio del P. Manuel Pinilla de la madre de Dios (Summarium Proc. Ord. Matriten págs.. 115-118 )
  14. Testimonio de Dña Mercedes Benavente y Benavente. (Summarium Proc Ord. Matriten pág. 126 )
  15. Testimonio de de Sor Francisca de Jesús Calero. (S. Proc. Ord. Matriten pág 129-134
  16. Testim M. Antonia amor Fernández (Sum Proc Ord. Matritem. , pág. 138).
  17. Testimonio de M. Presentación Ceballos Montaño. (S. Proc Ord. Matriten Pág.143)
  18. Testimonio del P. Eusebio Gómez de Miguel (Sum. Proc. Ord. Matriten, págs. 151-152 )
  19. Testimonio Hermano Cirilo Vázquez(Sum., pág. 163)
  20. Testimonio de M. Aurora Rea (Summarium Pág. 176)
  21. Es muy probable que la declarante se refiera a que debido a la mucha afluencia de público pusieran un tren especial que llamaban el el tren tranvía de Madrid a Getafe a ciertas horas. Nosotros no hemos llegado a conocerlo todavía; pero no parece lógico que solo lo pusieran por ese motivo.
  22. Este mismo suceso extraordinario y llamativo lo relatan dos testigos del proceso de la manera siguiente: “estando en Sanlúcar con ocasión que en que le presentaron una niña de catorce años, que no podía sostenerse sobre las piernas y que np encontraba medico para curarla, después de haber visitado muvhos médicos en distintas capitales, los padres la llevaron al Siervo de Dios, quien, al apercibirse de ello, le hizo tomar unos globulillos en su presencia, y, a ala segunda toma las piernas ya la sostenían y pudo caminar, con la consiguiente alegría de sus padres, que explotó en un verdadero entusiasmo, aclamando al siervo de Dios, quien, al apercibirse de ello, salió precipitadamente y se recluyó en su celda”. (Testimonio de D. Tiburcio Ruiz de la Hermosa . Summarium Proc. Ord. Matriten, pág 104)
  23. Testimonio de la M. María Amada García Yepes. (S. proc. Ord. págs.179-180-181-195)
  24. Test. de Dña. Basilia Argüeso González (S. Proc. Ord. Matriten pág.197).
  25. Test. de Dña Josefa Delgado Otaolaurruchi (S. Proc. Ord.Matriten pág. 198)
  26. Testm. de D. Vidal Gutiérrez Diez (Sum. pág. 199)
  27. No parece muy exacta esta apreciación. Son muy numerosos los testimonios de diversas procedencias que señalan la oposición de algunos médicos a la actuación del Padre en el ejercicio curativo como la causa primordial de su salida de Sanlúcar de Barrameda. Algunos puntualizan esta hostilidad en loss médicos D. Juan Durán y D. José López. (Cf.Testimonio de la M. Superiora de las Dominicas de la Madre de Dios de Sanlúcar de Barrameda, que obra en mi poder).
  28. Test. de D. Jerónimo Angulo Martinez . (Sum. Proc. Ord. Matriten Págs.200-1-2).
  29. Parece que le curó de una hepatitis o ictericia muy pronunciada, cuando menos; pues de esto hay constancia en alguna crónica de Sanlúcar.
  30. Aún hoy dia se conserva en la Habitación- Museo que se ha habilitado en Getafe, de recuerdos del Padre, unas 150 Obras de medicina general y aplicada en diversas lenguas.
  31. Testimonio de la M. María Casáus de los Ríos (en el siglo, Flora) que fue la principal protagonista de los sucesos ocurridos a la muerte de la M. General Julia Requena. Es interesante el testimonio que presta en favor de la santidad del Siervo de Dios, aunque por la lógica de las circunstancias podía haberse mostrado reticente. Asi tenemos que interpretarlo al decir hija legítima de Francisco y Vitoria, cuando su ilegitimidad, constatada por múltiples testimonios (alguno llega a insinuar que era hija adulterina) fue el motivo legal para el conato de cisma en el gobierno de la Congregación, que trajo tantos transtornos y sinsabores morales en el instituto y de manera singular al siervo de Dios. Hasta ahora no se ha ahallado la aprtida de bautismo ni el atestado matrimonila de sus padres; lo que no deja de prestarse a múltiples sospechas, que en casod e confirmarse, abonarían en favor de la actitud del P. Fundador en los sucesos provocados por su negativa a renunciar al cargo de general.
  32. Testimonio de Dª Victoria Florido y Sáenz (summarium Proc. Ord. Matriten, pág 208-210)
  33. Testimonio de Dª Rosario Delgado Ñudi., primera de las niñas internaas que tuvieron las Hijas de la Divina Pastora en Sanlúcar, en la calle de la bolsa. Hizo su primera confesión con el siervode Dios y mantuvo con él correspondencia frecuente en los primeros tiempos. Ha sido siempre muy devota del Padre y de su Institución, y por dos veces nos ha transmitido noticias y datos interesantes respecto de los primeros años de la fundación de la Obra. (Summarium Pro. Ord. Matriten, pág 213).
  34. Testi. de Sor María de la Stma. Trinidad Valtierra Tordesillas, Religiosa de la orden de la Orden de las Concepcionistas Franciscanas de Alcalá de Henares. (S.Proc. Ord. Matriten págs. 216-217)
  35. Testificación de la M. Gema Martinez de Jesús, Superiora General de las Hijas de la Divina Pastora en la época de la iniciación del Proceso Diocesano y su principal promotora (Summarium Proc. ord.Matriten págs. 221-22-23)
  36. Test. de Dña María del Pilar Valtierra Tordesillas.(Sum. Proc. Ord. Matriten. pág. 236)
  37. Test. de Dña.Purificación Benavente (Summ. Proc. Ord. Matriten. pág. 237 )
  38. Test. de Dña.Purificación Benavente (Summ. Proc. Ord. Matriten. pág. 237 )