DelAlamoBiografia/CAPITULO XXXIII: TRANSITO DEL SIERVO DE DIOS

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BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES HISTORICAS SOBRE EL SIERVO DE DIOS P. FAUSTINO MÍGUEZ DE LAS ESCUELAS PIAS.
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CAPITULO XXXIII: TRANSITO DEL SIERVO DE DIOS

Año 1925, 8 de Marzo (noventa y cuatro años menos diecisiete días de edad)

El Siervo de Dios era, ya en la cúspide de sus noventa y cuatro años casi cumplidos, una fruta en plena sazón, que se disponía el Señor a trasladar a sus divinas Moradas; un árbol cargado de ramas potentes en las que habían encontrado cobijo multitud de almas, con una floración maravillosa de 15 Colegios en España y en América, más de 200 religiosas consagradas al estado de perfección bajo las Reglas que sabiamente había concebido y miles de niños y jóvenes de ambos sexos, que habían recibido su influencia protectora directa o indirectamente y habían encontrado el camino de su justificación. Como soldado valeroso de Cristo, había luchado “El buen combate”, “había cumplido su carrera” y “había guardado la fe”. También como el Apóstol de las Gentes, esperaba de un momento a otro la Corona de Gloria y el galardón celeste con el que había de coronarle el Justo Juez. Últimamente había permitido el Señor aquella terrible borrasca en su amada Congregación, que le había purificado de los resabios de las debilidades humanas y aún del disfrute del amor sincero de muchas almas que había engendrado en Cristo. Era ya como un holocausto, para ser consumido por el Amor. El Sr. Visitador, D. Eliseo R. Queveda, le había humillado inconsideradamente y sin miramientos, insinuando a sus Superiores que fuera extrañado de su Colegio de Getafe y apartado de toda comunicación con sus propias Hijas religiosas.

El P. Provincial, Clemente Martínez, rehusó tomar esas determinaciones tan draconianas e inmisericordes con un anciano venerable por sus virtudes, de noventa y tres años de edad, y con un pie ya en el sepulcro, como se lo oí relatar personalmente. ¡Pero el Señor purifica a sus predilectos hasta el último momento, en que liberados de sus escorias, los encuentra aptos para presentarse en su divino Acatamiento! Así ocurrió a su Santo Fundador San José de Calasanz, con edad similar, cuándo fue destituido y depuesto del cargo de General de la Orden que había fundado con tantos dolores y fatigas, por las intrigas de hijos ambiciosos y desleales. ¿Y qué sucedió a San Alfonso María de Ligorio, que tuvo que pasar por la humillación aberrante de ser expulsado de la Congregación del Divino Redentor, de la que había sido, en la presencia del Señor, su Padre y Mentor? ¡Qué bellos y sublimes ejemplos de humildad y paciencia! ¡Pero cuánta sangre del corazón hay que derramar para permanecer fieles hasta el fin! Sólo lo comprende y experimenta el que se hace digno de ese martirio, y el P. MÍguez se firma en muchas de sus cartas: “El Mártir sin Corona”.

A nuestro Padre Faustino le cupo la dicha de poder asemejarse a estos maravillosos ejemplares en los últimos trances de su purificación postrera. ¡No dudamos que también un día, no muy lejano, alcance como ellos la suprema glorificación en la tierra de manos de la Madre Iglesia! ¡Ojalá tengamos la dicha de poder contemplarle en la Gloria de Bernini, antes del final de nuestra peregrinación, para Gloria del Señor y consuelo de muchos miles de almas, que sueñan con esa jornada de exaltación del Siervo del Señor!.

Ya había insinuado en distintas ocasiones “que su defunción sería como la de un pajarillo que deja de piar, sin que se den cuenta”. Desde un año antes su salud inspiraba serias preocupaciones, pero su fortaleza natural y el régimen de vida sana y ordenada que fue siempre su norma de conducta, se sobreponía a todos los achaques. Así, sus Hijas de Sanlúcar consignaban en sus Crónicas, el día 24 de febrero de 1924: “Después se dio gracias y toda la Comunidad, con nuestra M. Superiora, dimos principio a un Triduo en el día por la salud de nuestro amado P. Fundador, que hacía dos días que guardaba cama. El Señor lo ponga bien, si así es su Stma. Voluntad” Y un año después volvemos a encontrar una pequeña referencia el día 15 de febrero de 1925, en el que celebraba el Padre su fiesta onomástica: “Fiesta de nuestro meritísimo y amado Fundador, hubo Misa con Motetes cantados; las niñas tuvieron Comunión General, que ofrecieron por él” ; y en la misma página la escueta consignación de su muerte con estas palabras: “9 de marzo – Telegráficamente nos comunican el fallecimiento de nuestro anciano y santo Fundador; a las once y media recibimos tan triste noticia e inmediatamente se comenzó a doblar las campanas; hasta el día siguiente, que se celebró una Misa De Requiem, con responso cantado”[Notas 1].

En realidad , desde hacía unos meses la vida del venerable Padre se iba consumiendo poco a poco, como lámpara del Santuario que se extingue en un lento parpadeo; constituía un auténtico caso privilegiado para poder llegar a edad tan avanzada en la plenitud de sus facultades. Pero ya no le era posible hacer aquellas visitas tan agradables y apetecibles a sus dilectas Hijas en aquel Colegio y casa del “Pensamiento” que había levantado por amor al Señor y en favor de las niñas más desvalidas. Desde sus comienzos recibían allí educación un grupo de niñas huérfanas que se sostenían con los emolumentos provenientes de los famosos específicos. ¡Cuántas criaturitas tenían que agradecer diariamente la alimentación y la educación a la caridad de este sacerdote venerable, imagen viva del Divino Pastor, preocupado siempre de las almas más desvalidas y necesitadas! Todas las tardes, mientras sus fuerzas y posibilidades se lo permitieron, a través de nuestro hermoso parque, en gran parte obsequió de su providencial perspicacia, acudía a solazarse con sus amadas Hijas, a resolver algún problema pedagógico o de conciencia, o a darles algún consejo adecuado a sus necesidades espirituales… Pero llegó un momento en que aquellas visitas se hicieron imposibles…, sus piernas se resistían, sus fuerzas se negaban a proporcionarle aquel solaz espiritual y se vio precisado a quedar recluido en su amado Colegio. Eran ahora sus Religiosas las que solían acudir, de manera especial los domingos y días de fiesta, a acompañarle, comunicarle las novedades más importantes de la marcha del Colegio y Congregación y recibir agradecidas su bendición sacerdotal.

También sus manos insensiblemente se fueron agarrotando por un reuma articular que le tenía imposibilitados los dedos, menos el “pulgar y el índice”, según su expresión, “Por una misericordia del Señor para que pudiera decir todavía la Sta. Misa”. Pero llegó un momento en que fue materialmente imposible sostener la Sgda. Forma sin peligro de caérsele, debido a la extrema dificultad que experimentaba por el reuma articular deformante que atenazaba sus miembros. Entonces su Superior el P. Felipe Estévez, le indicó la conveniencia de abstenerse de celebrar el Santo Sacrificio. Así lo hizo obedientísimo, sin duda con inmenso sentimiento de su alma, ya que por las referencias que conservamos, unánimes y constantes, había sentido durante toda su vida una devoción profundísima y extraordinaria a la celebración de la Sta. Misa. Tuvo que rendirse a la Santísima Voluntad del Señor, manifestada por sus Ministros y por los “signos del cumplimiento en su propia carne” de la benevolencia del creador, que es la “ola del vaivén de nuestra existencia”.

En realidad hasta fines del mes de octubre de 1924, cuando sólo le restaban cuatro meses de destierro de la Patria, no cesó de ofrecer al Altísimo la Víctima propiciatoria. Pocos mortales en este mundo han obtenido un favor y consuelo tan singular, tener entre sus manos consagradas y ofrecer el Cordero Inmaculado durante sesenta y nueve años continuos como oblación expiatoria por los vivos y difuntos.[Notas 2] Pocos sucesos dignos de mención nos consignan los Anales del Colegio en estos últimos años de su “destierro de la patria”. Quizá el último y más significativo, como señal o índice del amor y veneración que se le profesaba los relatan estas palabras del día de su 91 aniversario: “Se celebra también la entrada del P. Faustino Míguez en la edad de nuestro Santo Padre. El sermón lo predicó el P. Rector, aludiendo a todos estos motivos. Hubo Te Deum entonado por el P. Faustino. Después de la Misa fue toda la Comunidad a felicitar al anciano venerable por su virtud y por sus canas. El P. Pedro Díaz leyó un tierno y bello romance” (25 de marzo de 1922, folio 34-35, Libro IV de secretaría.).

En vista de ello los Superiores habían puesto a disposición particular para atenderle, además del Hno. enfermero Cirilo Vázquez, al Hno., entonces todavía aspirante, Nicolás Díaz de la Divina Pastora. Se impuso este apellido de Religión por insinuación y deseo del mismo P. Míguez, que en una de sus charlas frecuentes le dijo: “Todos los del norte de Burgos se ponen de la V. de Montesclaros, ¿Por qúe no se pone Ud. bajo la protección de la Divina Pastora? Tales fueron los razonamientos del Padre, que se dio por vencido y aunque tenía el propósito de haberse honrado con el título de Montesclaros, tan sugerente para las gentes de aquellas montañas, aceptó la insinuación del venerado Padre y optó la decisión de ponerse bajo la protección de la Divina Pastora, con cuyo título se siente, hoy día, orgulloso. Con el Hno. Nicolás de Guía –Interprete he querido reproducir todos los acontecimientos y situaciones referentes al tránsito y género de vida del Padre, anteriores a este suceso. El Padre, me dice el Hno. al iniciar el recorrido, tenía su residencia en la primera habitación de la izquierda del cuarto Rectoral, en la Galería de entrada a la clausura por la escalera principal, que hoy día está convertida en Biblioteca de la Comunidad. “Durante cinco meses estuve casi exclusivamente a su servicio. En los últimos meses le sacaba a oír Misa los domingos a la tribuna que hay en la galería del Coro y donde podía estar bien atendido y resguardado del frío y oír la Sta. Misa y hacer sus devociones, sin ser molestado y con comodidad y recogimiento. Últimamente dormía en la misma habitación del Padre, por indicación del P. Rector y del Maestro P. Bonifacio Sainz, para que le atendiera durante la noche ante cualquier eventualidad que surgiera de improviso. Y así lo hacía con solicitud…, En cuanto el pobre anciano se movía o intentaba incorporarse para cualquier necesidad perentoria allí estaba el buen Hno. para ayudarle ante el temor de una caída o cualquier otra indisposición eventual, dada su avanzada edad y los achaques inherentes a ella. Pero el Padre era tan discreto y mortificado, indica el interlocutor que no quería que me levantara para nada y le manifestaba su desagrado por producirle esa molestia. Después a la hora de levantarse reglamentariamente marchaba el Hno. al Noviciado para tener la oración con los demás Novicios y asistir a la Sta. Misa. A continuación le subía el desayuno. Durante este lapso de tiempo anterior, un religioso sacerdote subía la Sagrada Eucaristía a su habitación al ancianito venerable. Hacia el mediodía le traía la comida a él solo y le leía la correspondencia y las noticias más salientes de la prensa del día, que solía ser el Debate. A continuación de la comida rezaba una parte del Sto. Rosario, y posteriormente a veces se quedaba traspuesto un ratito, sentado en un sillón. Los domingos y días de fiesta bajaba el Padre a la Iglesia del Colegio y recibía la Sgda. Comunión en el presbiterio y de allí él solito se iba al comedor de Comunidad y desayunaba.[Notas 3] He querido hacer hincapié en estos detalles nimios, porque se han publicado algunas versiones inexactas o con divergencias notables sobre los últimos días y circunstancias de la muerte de nuestro hermano. Así por ejemplo, el P. Calasanz Bau escribe: “El 7 de marzo de 1925 era sábado; el P. Míguez se confesó aquella tarde con la regularidad de todos los fines de semana. A la mañana siguiente, domingo celebró como de costumbre”.[Notas 4] El P. José Olea nos refiere “Aquel día se había levantado tan animoso como de ordinario; había oído la Stma. Misa, había comulgado fervorosamente”[Notas 5] Por su parte el P. David Álvarez en el proceso diocesano testifica. Por su parte el P. David Álvarez en el Proceso Diocesano testifica: “Había celebrado aquel día la Sta. Misa y no recuerdo si le dieron la E. Unción”[Notas 6]. .. ¿Qué hay de exacto en estas descripciones? Por de pronto ya hemos indicado sin género de dudas que la Sta. Misa no había vuelto a celebrarla desde finales de octubre. Los demás detalles que consigna el P. Bau y que creemos provienen de una relación que le hizo el P. David Álvarez y que se halla consignada en la deposición del Proceso diocesano, no responden a la realidad, teniendo presente que el P. David Álvarez no fue testigo presencial, ya que no se hallaba en el Colegio aquel día, a la muerte del Siervo de Dios.

A mayor abundamiento tenemos la suerte de poder corroborar estos datos con la aportación que nos han hecho verbalmente y por escrito dos testigos presenciales e inmediatos del deceso de nuestro querido Padre. Se trata del Hno. Cirilo Vázquez, enfermero de la Comunidad en aquella ocasión y bajo cuya dirección se hallaban todos los religioso ancianos y enfermos, y del antes citado Hno. Nicolás Díez. “Era el 8 de marzo de 1925, domingo y fiesta de S. Juan de Dios.”, yo estuve con él el día que murió hasta la hora de comer la Comunidad (él ya había comido) y como hacía un día estupendo de sol me dijo que podía ir a la huerta un rato, después de comer; a eso de las tres estaban citadas las monjas y las niñas, a quienes recibiría en la enfermería… y cuando llegaron las primeras se corrió por todo el Colegio que el P. Faustino estaba muy mal; me avisaron subí a la habitación, pero ya el P. Rector Felipe Estévez y el Hno. Cirilo estaban actuando y no fui testigo de sus últimos momentos; después le vi en la enfermería amortajado. Estas son las últimas palabras de la relación del Hno. Nicolás, que ponemos ensamblada para poder cotejarla mejor, con la que nos ha transmitido el Hno. Cirilo, y que dice así: “Los servicios ordinarios que solía prestar al Padre eran subirle la comida, hacerle la cama. Todas las tardes le acompañaba, hasta los últimos meses a visitar su Colegio de las MM. Hijas de la Divina Pastora. Allí mientras resolvía sus asuntos le esperaba para la vuelta, y mientras, me solían obsequiar con algún refrigerio. Para mí era un placer hacerle este servicio. Su comida era sencilla y frugal. Después de ella solía rezar el Rosario. Yo le subí la comida el día de su muerte y después me marché al examen de conciencia y al comedor. Después salí a dar unas vueltas por el parque y en esto vi llegar a las monjas que venían a verle. Sería poco después de las dos de la tarde. Me adelanté para avisarle y le encontré sentado en el sillón, como si estuviera dormido y aún caliente. El calor del cuerpo duró bastante tiempo, y se lo hice constar al médico cuando vino. Era éste el Dr. Morate. Tenía el rosario entre las manos y una placidez y serenidad grande. Yo mismo llamé urgentemente al P. Rector Felipe Estévez, que le dio los Santos Óleos y la recomendación del alma. Yo creo que hacía muy poco que había expirado con la máxima placidez. Yo mismo le amortajé, y se le puso, si no recuerdo mal, un alba y casulla que tenían preparada anteriormente sus Religiosa[Notas 7].

Creo que ante estas manifestaciones tan claras, tan fehacientes y directas se disuelven todas las demás conjeturas y suposiciones propaladas como pompas de jabón. Como complemento de todas estas incidencias clarificatorias de los últimos instantes del Siervo de Dios nos es agradable aportar estos testimonios que hemos podido salvar del olvido y obtenido de algunas religiosas, aún con vida, y que oyeron o fueron testigos de los acontecimientos. Una de ellas nos relata: “Al entrar el Hno. a decirle que las Religiosas Pastoras estaban para verle, vio que acababa de expirar. Estaba sentado en la enfermería con el Sto. Rosario en los dedos. Le sorprendió la muerte rezando. En aquellos momentos le fueron administrados los Santos Óleos. Comulgó por la mañana[Notas 8].

Otra puntualiza: “Tuve la suerte de estar en la puerta de la enfermería cuando se dieron cuenta de que el Padre había expirado. Porque precisamente nos dijo que fuéramos a verle a las dos de la tarde; cosa que no solía mandarnos a esa hora tan intempestiva. Yo vi que el P. Felipe Estévez llevaba la estola, entró en su habitación y le administró los últimos Sacramentos. Por la mañana estuvimos con él hacia las once y se hallaba en la tribuna oyendo Misa y no nos recibió, pero nos dijo: Venid a las dos, y le dijimos; ¿Padre a las dos? Pareciéndonos una hora muy rara, porque no acostumbraba a recibir a esas horas. Fuimos por la tarde Sor Catalina, Vicenta y una servidora. No recuerdo más. Nosotras salimos de nuestro colegio a las dos, fuimos rezando el rosario por el camino y al llegar allí nos encontramos con lo relatado ya”[Notas 9].

Por fin, otra religiosa puntualiza estos detalles: “Estuvo celebrando Misa hasta poco tiempo antes de du muerte, ya que últimamente se la caía la Forma de las manos, hasta que el P. Rector le dijo que no celebrase y comulgase, y él obedientísimo la oía desde la tribuna. El día 8 de marzo de 1925 murió. Unos días antes fue a visitarnos y se despidió de nosotras hasta el cielo. “Allí en el Cielo nos veremos”. Todos los domingos iban dos religiosas a verle y al salir de Misa y atravesar para su cuarto le saludaban, pero no se detenía con ellas, porque el Rector le había mandado ir pronto a desayunar y por la tarde cuando iban salía a la enfermería y hablaba con ellas. Íbamos aquella tarde a verle M. Soledad, sobrina del P. Salvador del Oro, Hna. Vicenta, Hna. Dolores Carrillo y una servidora; llegamos a la galería desde donde se divisaba el cuarto y esperábamos verle a la puerta de su cuarto de un momento a otro, cuando vimos entrar al P. Rector con el roquete y la estola morada y el acetre con agua bendita. Cuando salió el P. Rector, Felipe Estévez, nos dijo: Hijitas, el Padre ha muerto, y un médico que salió con él también añadió: Certifico que el P. Faustino ha muerto”[Notas 10] .

No queremos cansar a nuestros lectores con nuevos testimonios, que ya poco o nada añaden a lo relatado aunque detalles nimios tengan alguna importancia. Tal la suposición que suscita alguna religiosa de que mandarles ir a aquella hora tan intempestiva de las dos de la tarde”. Era que tenía el presentimiento o revelación por parte de Dios de su tránsito aquella hora”[Notas 11].

A algunos les dejará una sensación amarga, o una desilusión instintiva comprobar que un Siervo de Dios abandona esta vida, sin testigos presenciales, sin signos especiales que abonen su santidad de vida y se lanza a las tinieblas insondables de la Eternidad, sin testigos presenciales, sin signos especiales que abonen su santidad de vida, éxtasis anticipados de la felicidad eterna…, pero deben tener en cuenta que sufren inconscientemente, sin duda, un desenfoque de la autenticidad de la santidad que consiste en esencia en cumplir en todo tiempo, lugar y hora, la santísima voluntad de Dios. Cuan esclarecedoras son a este respecto estas palabras de Santa Gertrudis la Magna: “Deseo recibir los últimos Sacramentos con todo el corazón, pero me atrevo a preferir a todos los Sacramentos la Providencia de mi Señor y Dios, creyendo que esto constituye la mejor preparación para la muerte. Poco me importa que la muerte sea o no repentina; me basta que sea del agrado de Aquel a Quién la muerte me ha de conducir… Sea cual fuere mi muerte, confío en la misericordia de Dios, sin la cual me sentiría perdida, cualquiera que fuese la disposición en que me hallase para morir. Así a S. Ignacio de Loyola le encontró el Hno. enfermero difunto en su habitación sin testigos, mientras él se ausentaba momentáneamente; Sta. María Magdalena Sofía Barat fue hallada igualmente postrada sin sentido en su habitación; S. Andrés Avelino murió en las gradas del altar al iniciarse el Sto. Sacrificio, repentinamente, y por fin, a San Juan de Dios cuya festividad se celebraba el día de la defunción de nuestro padre, le hallaron los religiosos en su celda con el crucifijo en sus manos, de rodillas, pero exánime, sin testigos ni halos luminosos. De una manera similar vino el Divino Esposo a llevarse a su Siervo bueno y fiel. Sentado en un sillón, después de su frugal yantar, con el balcón abierto y mirando a los límpidos horizontes castellanos del Cerro de Buena Vista, con el Sto. Rosario entre sus dedos, inclinó suavemente su cabeza en el regazo de su Santísima Madre la Divina Pastora. Así mientras musitaban sus labios las últimas Avemarías en la tierra desgranando las cuentas del Rosario, que según la canción popular –son escaleras- que conducen al cielo- las almas buenas- entregó su espíritu a su Divino Redentor. Muchas veces en su vida había dicho con palabras y con obras aquellas hermosas palabras que luego haría clásicas Sta. Teresa de Lisieux: “Yo no deseo más morir que vivir; si el Señor me ofreciera escoger, no escogería nada; no quiero más que lo que Él quiere. ¡Lo que El hace es lo que yo amo! De la misma manera nuestro hermano, sin estertores ni agonías delirantes, inclinando suavemente la cabeza al Divino Beneplácito, se despidió de nosotros para ir a disfrutar de las alegrías eternas, como si nos dijera: “Hasta luego. Allí os espero”.

Pronto cundió por todos los rincones y galerías del Colegio la triste nueva, mientras las campanas de la torre con sus doliente sones anunciaban a la población el óbito de uno de los más esclarecidos varones de que puede gloriarse en su Historia, por haberse constituido en guardiana y custodia de sus restos mortales hasta el día de la Resurrección. Las angustiadas Religiosas que habían acudido a visitar a su Padre y Fundador y a recibir su bendición, según costumbre, quedaron desoladas, como huérfanas que han perdido a su progenitor. Volvieron a su Colegio con la máxima rapidez para comunicarlo sus hermanas y consolarse mutuamente de pérdida tan irreparable. El dolor profundo que las embargaba íntimamente se hizo ostensible con lloros y gemidos que por unas horas convirtieron su Capilla en velatorio improvisado de rezos y lágrimas por el Padre ausente. La Rvda. M. Julia Requena, que tan profundamente había amado a su Padre y Fundador, había obtenido con antelación y previsoramente, de Roma, un escrito para poder ingresar en clausura en nuestro Colegio, con el fin de atender al insigne ancianito y recibir las últimas palabras y bendiciones para sus Religiosas e Hijas. Pero, ¡inescrutables designios del Señor!, Dios en su admirable Providencia tenía reservado que ella lo esperara en las Eternas Mansiones, “Cantando el cántico nuevo, que nadie puede cantar más que aquellos que se preservan inmaculados y siguen al Cordero donde quiera que va” (Apoc. 14,4).

El P. Secretario del Colegio consigna escuetamente estas noticias: “ Día 8 a las dos de la tarde pasó a mejor vida el R.P. Faustino Míguez de la Encarnación, a la avanzada edad de noventa y cuatro años, siendo esta la principal causa de su muerte. Murió confortado con los sacramentos y tan piadosamente como había vivido”. Y al día siguiente: “Día 9 A las diez y media se tuvo el funeral y por la tarde a las cinco se verificó el entierro, al que asistieron la Comunidad, Jóvenes, Novicios y los Internos; además de las Madres de la Divina Pastora y sus niñas, una representación de las Ursulinas y varias personas del pueblo. También estuvieron representados los tres Colegios de Madrid y el de Alcalá”[Notas 12].

Por muchísimas razones, me inclino a creer que la muerte sobrevino hacia las dos de la tarde, aunque el acta de defunción pone la data de las 15,30. Entonces se solía comer a la una menos cuarto y fue durante este tiempo cuando quedó solo en su habitación, y por su insinuación marchó el Hno. Nicolás a comer y después a descansar un rato en la huerta.

Igualmente a las dos de la tarde las Religiosas Pastoras empezaban el rezo de las Vísperas en la Capilla de su Colegio y precisamente a esa hora salieron las Religiosas que aquella tarde iban a visitarle. El máximum de duración de este desplazamiento, aunque iban despacio y rezando, puede ser de un cuarto de hora y cuando ellas llegaron, el Hno. Cirilo, que se adelantó para avisarle, le halló exánime en su habitación. Por otra parte es la hora que señala la CONSUETA OFICIAL, y M. Natividad Vázquez en su alocución a las Religiosas sobre este evento y asimismo otros testigos oculares[Notas 13].

Habíamos perdido un Hermano y modelo en la tierra, pero habíamos ganado un Santo y Protector en el Cielo. ¡Ojalá un día no lejano podamos venerarlo con la suprema Glorificación que la Sta. Madre Iglesia concede a sus hijos predilectos para su exaltación y consuelo! Su vida de entrega generosa a un ideal de perfección y su tránsito devoto y confiado en manos de Ntra. Señora, de quien se consideraba amanta Hijo y solícito esclavo de amor, nos aseguran confiadamente que un día no muy lejano el veredicto de la Sta. Iglesia le exaltará a la suprema Gloria de su Coronación entre los Santos.

12 de octubre de 1974. (Nuestra Señora del Pilar).

A.M. P. I.

Notas

  1. Libro de Crónicas del Colegio de Sanlúcar, día 21 de Febrero de 1924 sin numerar . Las dos referencias siguientes están en las páginas del mismo Libro de Crónicas. Dias 15 y 9 de Marzo de 1925.
  2. Hasta el mes de octubre de 1924 consigna el P. colector de Misas de nuestro Colegio, Manuel Galán, de la M. de Dios, que el Padre celebró 24 Misas, pero desde el mes de noviembre hasta su óbito, ya no hay ninguna otra consignación. (Cf. Racional de Misas del Colegio que se conserva en nuestro Archivo Local).
  3. El Hno Nicolás Díaz de la D. Pastora, residente desde hace muchos años en el colegio de Villacarriedo me ha hecho todas estas aclaraciones verbalmente y por escrito que conservo, año 1966.
  4. P. Calasanz Bau, “Resumen de su Vida y Bosquejo de su Obra” mecanografiada y que debe conservarse en el colegio de Valencia, donde yo pude compulsarla antes de la muerte del autor (Pág.258).
  5. P. J. Olea Montes. ( Vida del Venerado P. Faustino Míguez Sch.P. Salamanca 1954. pág. 146)
  6. Cf. P. David Álvarez (Proceso, fol. 29 v.)
  7. El Hno. Cirilo Vázquez residente en el colegio de San Fernando de Madrid, cuando me hizo la relación que estamos comentando. En efecto, fue mortajado con las vestiduras sagradas que le habían preparado la religiosas, entre ellas una hermosa casulla de color negro con bordados de oro, que se encuentra en la actualidad en la habitación –museo de su casa de Getafe. (Cf la relación que me hizo y que obra en mi poder. Igualmente en el Proceso Diocesano. Ad. 13, f. 220).
  8. Testimonio de Sor María de la Caridad España, religiosa dominica del convento de la M. de Dios de Sanlucar de Barrameda. (cuestionario núm 3)
  9. Testimonio de Sor Dolores Carrillo, religiosa de las Hijas de la Divina Pastora, residente en el colegio de Daimiel. (cuestionario núm. 4 que obra en mi poder).
  10. Testimonio de Sor Catalina C. de Jesús, residente en Monóvar. (cuestionario n° 5 que igualmente hizo, a insinuación mía, para aclarar conceptos).)
  11. Testimonio y apreciación que me han manifestado tanto la Hna. Dolores Carrillo, citada anteriormente, como M. Soledad Sanfeliz, que entonces era la Superiora de Getafe. Igualmente depuso en el proceso diocesano (folio 178 V.), donde expone: “Respecto a la muerte del Siervo de Dios puedo referir lo siguiente: Yo era la superiora de la casa de Getafe y como el Siervo de Dios ya estaba muy anciano y no podía salir de la casa, íbamos nosotras todos los domingos a verle pasar hacia la clausura y recibir su bendición. Aquel domingo, 8 de marzo de 1.925, cuando llegué ya había pasado el Siervo de Dios y me dio mucha pena no recibir su bendición, y le mandé recado diciendo que por la tarde volveríamos para pasar un rato con él en la enfermería. El siervo de Dios contestó a mi recado, diciendo que esperara; esperé un rato y viendo que no bajaba y temiendo que por mi culpa se pusiera enfermo. Le volvía a ,andar recado, diciéndole que por la tarde volveríamos, y por tercera vez me mandó esperar,(Proceso Diocesano ad., 3 fol. 179. V )
  12. Libro de Secretaría del Colegio de Getafe Tomo III, pág. 79. En el archivo del colegio de Getafe he encontrado entremezclados con otros documentos dos que vamos a transcribir fielmente y que clarifican en parte nuestra legítima curiosidad por saber todos los detalles conexos con la defunción del Siervo de Dios. El acta de defunción dice textualmente: Luis Francisco Cifuentes, Juez Municipal y encargado del Registro Civil de Getafe: Certifico que en el libro 40, sección defunciones del registro civil de mi cargo, folio 280 aparece el acta que die así: N 276- Distrito de Getafe, Nombre y apellidos: Manuel Faustino Míguez González. En la villa de Getafe, Provincia de Madrid a las 11 del 9 de marzo de 1925, ante D. Luis de Francisco Cifuentes, Juez municipal y D. Faustino Martín Velazquez, Secretario, se procede a inscribir la defunción del R.P. Faustino Míguez González de noventa y cuatro años (sic) natural de Acebedo, Provincia de Orense… falleció en su domicilio el día de ayer a las 15.30 minutos a consecuencia de esclerosis cardio venal, según resulta de la certificación facultativa presentada… etc.
  13. Hasta la hora de su muerte estuvieron algunos creidos de que había hecho testamento como lo indica él en algunas ocasiones y se lo insinúan desde la Congregación General. En 1927 salieron dudas con este certificado. Ministerio de Gracia y Justicia-Dirección General de los Registros y del Notario- Letra M, núm. 961. D. Manuel Azaña y Díaz, Jefe del Registro General de Actos de última voluntad…CERTIFICO: que consultados los antecedentes que obran en este registro desde el 1 de enero de 1886, referente a D. Manuel Faustino Míguez González, natural de Acebedo, hijo de Benito y María no aparece testamento- y para que conste, expido la presente en Madrid, 11 de febrero de 1927. Hay sello y dos firmas ilegibles. Vº Bº Director General (¡Quien iba a decir a nuestro P Míguez que el famoso hombre público, presidente de la República posteriormente, se tenía que preocupar de aclarar sus argucias galaicas sobre testamentos que tuvieron en vilo a muchas personas y que solo existieron en su imaginación!).