DelAlamoBiografia/Preliminares

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CAPITULO I: Primeros albores de una vida (años 1831- 1845)
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Preliminares

La Biografía de cualquier personaje constituye, por sí misma, un riesgo y una aventura. Bucear en el interior de las almas ha sido siempre sugestivo y apasionante, pero preñado de dificultades insólitas

Si, además, el individuo, objeto de nuestra exploración e interés, constituye un foco que polariza facetas extraordinarias por su vertiente científica, o aureola de santidad, entonces la empresa adquiere contornos y dificultades capaces de acobardar al hombre más arriesgado y valiente. Porque cada hombre es un enigma y misterio no fácil de descifrar, cuajado de incógnitas.

Esta es, sin duda, la motivación que me ha retraído durante algún tiempo, a pesar de solicitudes apremiantes de personas interesadas, a poner mis flacos hombros una tarea de tal envergadura y exigencia.

La deferencia y consideración que siento hacia las Hijas de la Divina Pastora ha vencido mi resistencia, y los muchos motivos que me tienen obligados con ellas me han impelido, finalmente, a poner a contribución la buena voluntad, para aunar los máximos esfuerzos en favor de la próxima glorificación de un hermano nuestro en la vida religiosa, y del Padre y Fundador de una nueva CONGREGACION en la IGLESIA CATOLICA.

Introducida la causa de beatificación del P. Faustino Míguez en Roma, con esperanzadores augurios, hemos sentido la necesidad de disponer de una biografía más completa, puesta al día, enmarcada en las exigencias actuales de la crítica histórica, que nos presente una fisonomía más auténtica del siervo de Dios.

Hasta ahora podemos decir con toda sinceridad que los escritos sobre el P. Míguez o no han pasado de ser un mero entretenimiento literario, o han sido muy parcos; simples bocetos de su figura gigante.

Las aportaciones para el proceso diocesano y apostólico el hallazgo de nuevos documentos y escritos inéditos, la clarificación de muchas actitudes por muerte de sus protagonistas, los informes y cuestionarios propuestos por nosotros a los pocos testigos de vista que todavía quedan en vida, han vencido todas las resistencias, en un intento último de salvar muchas manifestaciones y recuerdos, de una pérdida irreparable, que nos echaría en rostro la posteridad.

Pero antes de pasar adelante deseamos aclarar nuestro objetivo y concretar nuestras posibilidades y limitaciones. No nos proponemos escribir una biografía exhaustiva. Ni la limitación de tiempo a esta tarea, ni la precariedad de nuestra salud nos lo han permitido. Esperamos, sin embargo, confiadamente, poder aclarar y perfilar muchas actuaciones en torno a su vida, que rozaban ya los linderos de la fantasía y la leyenda, concretar ya de una manera compendiada muchos rasgos y aportaciones del quehacer y actividad de su vida cotidiana; perfilar su figura, haciéndola más asequible a nuestra admiración y a la devoción agradecida de sus devotas hijas.

Quédese para otros mejor dotados y dispuestos a la obra que nosotros sólo pretendemos esbozar.

Por considerar muy difícil la valoración del complejo humano, si lo segregamos de las circunstancias concomitantes, trataremos de estudiar éstas con la mayor escrupulosidad. No cabe duda que la intuición del conocido filósofo: “Yo soy yo y mis circunstancias “Adquiere una importancia capital, para llegar al conocimiento más exacto de las personas. Desconocer o minimizar estas circunstancias es condenarse a errar lastimosamente en el planteamiento de un problema tan complejo como es la incógnita “Que llamamos hombre”.

Tenemos que precisar, hasta el máximum, el carácter de estos factores ambientales que, si por una parte limitan las perspectivas concretas de cada persona, por otra nos proporcionan una fisonomía más real y auténtica del individuo.

Dios nos ha acuñado en un troquel de geografía, educación y ambiente familiar que forman nuestro pequeño mundo de cada día y de cada hora. Sentimos verdadera zozobra por la deformación de la realidad. Amamos la verdad con pasión en toda su integridad sincera, ya que la consideramos el camino que nos conduce a Dios, sin tropiezos ni desviaciones perniciosas. Más vale un adarme de verdad que muchos quintales de inexactitudes y mentiras. Ignorar, por tanto estos valores, o no considerar el hombre inmerso o influenciado por ellos dentro de su contexto histórico; es condenarse al fracaso, al interpretar una vida cualquiera; o quizá, sin pretenderlo, presentar una caricatura ridícula e inexacta de la persona.

Es manifiesto que los escritores hagiográficos, hasta alcanzar los tiempos modernos, con frecuencia nos han ofrecido auténticas deformaciones del carácter y comportamiento de muchos personajes; lo que ciertamente tenemos que lamentar todos por considerarnos víctimas casi de una superchería piadosa.

No querríamos nosotros tropezar en el mismo escollo y por eso deseamos recalcar, desde el principio, que el hombre, fuera de los casos de excepción por confirmación en gracia, no nace santo, sino llamado a una perfección por vocación divina que debe alcanzarse con la fidelidad a la gracia y la educación constante de la conciencia.

La educación y la santidad, que es educación sublimada, es una obra de orfebrería, donde el hombre, en la perspectiva de la Providencia, va cincelando su personalidad, bajo el soplo de la gracia, a golpe de buril de adversidades tentaciones, gozos y alegrías. Los siervos de Dios fueron hombres de carne y hueso, como los demás mortales, dotados con frecuencia de carácter e inclinaciones, poco apetecibles, que tuvieron que dominar a muy subido precio de mortificaciones y renuncias.

Pretendemos, por tanto, desilusionar de una vez para siempre a los ansiosos de sucesos excepcionales, antes que camuflar hechos o acontecimientos, que si aparentemente pueden decepcionar a algunos, a otros les proporcionan una autenticidad sin paliativos, que hace a los santos más asequibles a nuestra debilidad.

No queremos tampoco desorientar a nuestros lectores con interpretaciones caprichosas o subjetivas que, a la larga no convencen y desdibujan la autenticidad. Sé que no todos piensan lo mismo y hay quienes pretenden velar las imperfecciones y echar un manto de caridad simulada sobre los defectos que hieren nuestra sensibilidad o simpatía. Dejemos que los hechos de la Historia hablen por si mismos con su verdad escueta; y después cada uno deduzca las consecuencias y valorice las realidades la luz de su conciencia.

Pretendemos, por otra parte, con la mejor buena voluntad, no perder la visión de la vida sobrenatural, que con frecuencia queda soterrada en los pliegues de los acontecimientos triviales y no es detectada por la miopía espiritual. Ella constituye la trayectoria de la vida de los elegidos, señalada por la Providencia a través de senderos inescrutables, hasta la meta de las realidades divinas; pero desdibujada a veces en los avatares de la vida.

Escrutar los caminos de la gracia santificante; seguir el desarrollo de la gracia divina; estudiar el medio ambiente que retarda o favorece su floración; planificar la expansión de la savia vivificante, ramificada en múltiples carismas, hasta llegar a la eclosión de la gloria, es la vida sobrenatural de cada alma.

Si logramos clasificarlas simplificarla en sus categorías más sencillas: gracias, virtudes, sacramentos y mociones del Espíritu Santo, habríamos dado en la diana del éxito de nuestras pretensiones. Porque la máxima simplificación de la vida espiritual es enraizarla en el corazón de Dios, cumpliendo en cada instante y momento, el divino beneplácito por AMOR. Esa es la santidad auténtica que han conseguido algunos héroes, sin ruidos y alharacas.

Creemos que nuestro P. Faustino es uno de esos pocos. A través de estas páginas veremos una vida sencilla y monótona en el cumplimiento estricto del deber, durante su dilatada vida de noventa y cuatro años, de la fidelidad a toda prueba a las obligaciones contraídas, de la tolerancia de muchas incomprensiones, desaires e ingratitudes, hasta llegar a configurarse con el Mártir del Calvario y alcanzar en la tierra “la medida de la plenitud de Cristo” (Ef. 4,13).

Queremos dejar bien sentado, desde el principio, que si alguno busca en estas páginas una santidad de relumbrón, quedará posiblemente decepcionado. En vez de fetiches de escayola, se encontrará con una realidad sólida, una recta personalidad cristalizada en anhelos de perfección, que trata por todos los medios a su alcance de instaurar en sí mismo la figura del “hombre nuevo”, según los designios salvíficos de Dios. Son sus obras, sus designios, su amor a Dios y al prójimo lo que nos revelan sus inmensas ansias de perfección y la configuración de su fisonomía espiritual.

Esperamos, por tanto, confiados que la Divina Providencia en el momento oportuno ensalzará a su fiel siervo con la glorificación de los héroes de la Iglesia, para que nos sirva de modelo de perseverancia y fortaleza en los trances difíciles de la vida, de amor a ultranza de la verdad y sinceridad, de autenticidad en medio de un mundo saturado de convencionalismos, de fervor apasionado en la consecución de un empeño sobrenatural.

No en vano los libros santos nos recuerdan que el que hace la voluntad de Dios “Permanece en El para siempre”. Y el P. Faustino Míguez estaba troquelado a machamartillo en la búsqueda y consecución de la voluntad divina.

Si con estas páginas contribuimos, aunque sea modestamente, a perfilar con mayor autenticidad la figura de un hombre excepcional, benefactor insigne de la humanidad doliente, héroe anónimo de muchas virtudes, mártir de muchas incomprensiones, Padre y Fundador de una nueva familia religiosa en la Iglesia de Dios y gloria legítima y esplendorosa de la Escuela Pía, nos consideraremos suficientemente recompensados de la fatigas y trabajos que en la búsqueda de datos y documentos nos hemos impuesto.

Getafe, 14 de septiembre de 1974.

Notas