EP003

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Carta 3 (AG 3)

Madrid, 17 de Marzo de 1857

Padres y hermanos

Amantísimos padres y hermanos: La bendición del Señor sea sobre todos, la suya paternal sobre mí y la mía sacerdotal sobre VV. PP. y hermanos míos, tres cosas agitaban mi espíritu: el naufragio que los amenazaba, o sea, el asunto consabido; la inadquisición del objeto de Antonio que constituyó nuestros deseos y la salvación de nuestras almas que debe llamar toda nuestra atención y ocasionar nuestros desvelos.

Obtenidas las dos primeras, casi a medida de nuestros deseos, réstanos solamente la tercera que pende de nuestra voluntad acompañada de las obras prescritas en los Mandamientos y obras de Misericordia, que todo buen cristiano debe saber y practicar.

El ardiente amor que les profeso y encendido deseo que tengo de verlos, si no en esta vida, en la patria celestial, me mueven a recordarles que ya que estamos pisando de continuo los umbrales de la muerte, que no dista mucho de nosotros, procuremos reglar nuestra vida, como deseáremos haberlo hecho en aquella hora decisiva, para así obtener la perseverancia final, que al Sr. pido nos conceda a todos. No desechen les ruego tan buena inspiración; pues de despreciarla o acogerla con todas veras pende nuestra salvación o reprobación eterna. No intento, ni siquiera ser profeta; pero mucho nos pesará de no haberlo hecho así. Amados padres míos, no puedo menos de sentir con VV. el gozo en que rebosaran sus corazones por ver a dos hijos suyos Ministros del Altísimo, y rodeados de otros dos que abundan, según supongo en buenos sentimientos, señales de predestinación; pero de nada nos servirán estos goces temporales, si preceden a estos ayes y lamentos, consecuencia del abuso de los tesoros de la divina gracia en esta vida.

Yo me creería el más feliz de los nacidos, si supiera que algún día me había de ver con VV. en la celestial morada; al par que reputaría el más infeliz de los mortales si previese que había de faltar alguno de nosotros a aquel completo gozo de la eternidad: los amo mucho y por eso no puedo menos de desengañarlos, óiganme por María Santísima.

El asunto del Sr. Abad de Rubias lo evacué al día siguiente en que recibí su comisión; su resultado lo sabrán ellos primero que yo: el anterior de Celanova también; lo que he averiguado se lo participé al interesado, que no me ha contestado, juntamente con lo que debía hacer.

Sus preces no llegaron a ésta ni a la ida ni a la vuelta; por lo tanto se hace necesario, si quiere obtener su pretensión que las remita de nuevo con anuencia del Sr. Obispo y por correo extraordinario, avísenme de antemano, de haberlo hecho así para activar su misión y recomendarlas, por no haber en esta Nunciatura ni Delegado con tales facultades. De Cándido nada he sabido; esto es lo que más desanima.

De aquí en adelante estimaré en el alma no me den ocasión de negarme a cosa alguna; lo haré sin reparo, no siendo cosa suya.

Va muy mal como viejo con anteojos, valga la comparación.

S.A.H.

Faustino Míguez.