EP005

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Carta 5 (AG 5)

Guanabacoa, 1859

A Don José Míguez Gonzáles

Acebedo del Río. Celanova

Mi inolvidable hermano: Por la tuya me has tocado una tecla que me arranca involuntario estas cortas letras que me cuestan un sacrificio. Sírvante, pues, de última memoria de éste que nunca olvida ni a los que de él no se acuerdan.

Según dictamen del Médico, estoy atacado del hígado, efecto de los continuos esfuerzos que por necesidad he de hacerme en tantas explicaciones como de continuo exige mi profesión y precisamente de las más difíciles; así pues, pronto seré víctima y muy gustoso, como soldado que quiero morir al pie del cañón.

De la vista ya hace tiempo que también me encuentro mal y ya me hallo en el caso de usar espejuelos de colores; tengo en juego nada menos que tres pares, ¿qué te parece? Basta de lástimas.

A lo que me dices del régimen y desempeño, etc.; lo que de todo me ha de venir ya lo tengo acá. Lo que, sí, me indicas con eso es que ya no reina entre vosotros esa fraternal armonía que tanto se nos recomienda, y mejor, se nos exige, como a cristianos; que ya nuestra anciana madre habrá tenido que lamentar por ello la muerte de nuestro inolvidable Padre; que no me habéis hecho ese favor que tan entrañablemente os he pedido, que no le hicieseis sentir la viudez ya de suyo triste: que ya no me permiten más las lágrimas; soy hijo suyo y sé cuánto debo amarla; estoy ausente y no puedo hacerlo o manifestárselo con mi asistencia, tengo hermanos y con idénticos deberes y me hacen levantar los ojos al cielo y pedir a Dios tenga por obras mis intenciones. Con esto no hacéis más que aproximarme por momentos al fin de mis días. Siempre ha sido cierto que el amor no reconoce distancias y nunca lo he experimentado como ahora. En fin, con la ayuda de Dios yo espero cumplir con encomendarla y encomendarme a Dios y a la Stma. Virgen que es la madre y protectora de los desamparados y afligidos que de todo media entrambos; aunque yo de nada necesito y mejor todo me sobra; porque me sirven por Dios, y no por A Aquél pongo por testigo de mi buena voluntad que intento consignaros en estas letras, para que nunca se me tenga por hijastro.

Ya te dejo indicado, hermano mío, el sentimiento que me acompañará a la vida eterna, éste, éste y el no haber servido más a Dios serán los que a largarán mis cortos días, porque el vivir con tamaño sentimiento, es morir continuamente. Así es el mundo: el amor a la que me dio el ser mortal, es el que me quita este mismo ser y los que antes me juraban sólo amor, no me quieren amar ahora a quien yo tanto amo. He hecho todo lo que he podido por no veros sumergidos acaso en la mayor miseria y lo he logrado: esperaba tuviesen mis padres una feliz vejez y no creo poder lograrlo: por mis pecados sin duda me sucede esto; ¡castigad, pues, Señor, castigad al culpable y no padezca el inocente! Y si no y de todos modos hágase, Dios mío, vuestra divina voluntad. Dirás a mi madre que sólo me acompañarán a la otra vida los sentimientos anteriores y el deseo de no poderle mandar el pañuelo que he empapado en lágrimas mientras he escrito este último Adiós, Adiós, Adiós, madre mía.

Y vosotros, hermanos míos, perdonadme lo mucho que os he ofendido, porque no os ofenderé más.

H. Faustino Míguez de la Encarnación.