EP070

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Carta 70 (AG 71)

Getafe, 4 de abril de 1889

A las Srtas Ejercitantas

Sanlúcar de Barrameda

A mis muy queridas hijas Ejercitantas. Pretender primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás que le pedís os lo dará por añadidura. Poned toda vuestra fuerza en la oración y no le pidáis más de lo que fuere de su mayor agrado, que es vuestra salvación y os dará también cuanto os convenga. Cerca está, en el mismo corazón se halla de las que le pedí sólo vuestra salvación y la de vuestra familia. Cumplirá vuestra voluntad, oirá vuestra oración, os salvará; que guarda es de los que bien le quiere. Está a satisfaceros y concederos lo que tal vez ni os habrá pasado por el pensamiento y es lo que más os conviene. Oídle con atención, obedecedle con puntualidad. No sabéis todo el valor de esas inspiraciones; pero él lo sabe y por eso os las da para que lo sigáis: no lo despreciéis. Si sólo le siguiereis lo que más le agrada y os convenga, con resolución absoluta de cumplirlo, se habrá con vosotras como con Salomón que por haberle pedido la sabiduría le concedió todas las demás cosas. Si después fue desgraciado y pudo decir que nada del mundo le había satisfecho con haber agotado la copa de cuanto en el mundo puede gozarse, y que todo es vanidad de vanidades, fue porque se apartó del único que puede hacer feliz al hombre; del único que puede llenar su corazón, fue porque buscó su dicha en los goces de esta vida, y la única, la verdadera dicha está en parecerse, está en seguir, está en imitar al Autor de la dicha, al Esposo de las almas que le aman, a sólo Jesucristo y después de Jesucristo a su Santísima Madre al pie de la Cruz que es la escala para subir al cielo y la llave con que hemos de abrir sus puertas. O abrazarse con la Cruz en esta vida o padecer eternamente en la otra. Buscad a Dios, buscad a Dios, servid a Jesucristo aquí para gozarle y alabarle por siempre en la Gloria. ¡Que vale más un día en la gloria, que cien mil años de goce en la tierra! Mejor es vivir aquí despreciado como hormigas para ser alabado por Dios y por todos los bienaventurados en el cielo, que muy adulados aquí, sólo por algunos días y baldonados y olvidados para siempre después en los infiernos, o cuando más mirados como los últimos bienaventurados en el cielo, si no os apartareis del camino verdadero. Dijo S. Enrique Susón, que fue un religioso muy observante, a otro a quien se apareció después de muerto: ¡oh, cuánta es la bondad de Dios! Cuanto más humilla aquí más ensalza en el cielo. ¡Oh, cuánta gloria es la mía! El mismo Dios y todos los bienaventurados me dan sin cesar el parabién. Ya Felipe II, que tanto adulaban aquí, apenas se le hace caso allá. Tan desgraciado yo aquí, como alabado allá Tan alabado él aquí, como insignificante allá. A buenos entendedores...

La bendición de Dios descienda sobre vosotras todas y permanezca siempre.