EP109

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Carta 109 (AG 110)

Getafe, sin fecha

EJERCITANTAS

Sanlúcar de Barrameda

Jesús nos abrase en su santo amor.

Mis muy queridas hijas Ejercitantas: Con cuánta satisfacción acabo de leer vuestras cartas, pero significativas palabras! ¡Que Dios os las recompense como se lo pido, y haga os penetréis bien de lo que decís! Gracia es y muy singular la que Dios os hace en llamaros a esos Ejercicios y grandísimos, altísimos son sus designios al así hacerlo. Haga El mismo se cumplan en vosotras y nunca los frustréis. Yo en todo esto veo lo fiel que es el Señor a su palabra de no dejar sin recompensa ninguna de vuestras buenas obras. Por la misericordia de El mismo os prestáis dóciles a su llamamiento y a pesar de lo que el enemigo trabaja y ha trabajado por apartaros del buen camino que seguís, os esforzaréis por adelantar más en él, y ahí tenéis ya la recompensa temporal, Hijas de mi alma, anuncio de la eterna que os espera. ¡Cuántas jovencitas hay en esa población de vuestra misma edad y prendas, y que, sin embargo, no son favorecidas de ese modo, por no haber correspondido a otras gracias! No desperdiciéis ninguna, os ruego por vuestro bien; que nada hay que tanto a Dios ofenda como la ingratitud a sus beneficios. Derrama a manos llenas y quiere seguir derramándolas sobre vosotras; no le opongáis ningún obstáculo, que la correspondencia a una gracia del Señor es un reclamo para que os dispense otras mayores. No tengáis más que un solo corazón, que una sola voluntad; el corazón y la voluntad del dulcísimo Jesús que ahí os ha reunido para que forméis más y más vuestro corazón por el suyo, para que encaucéis vuestra voluntad por la suya, para que templéis vuestro amor por el infinito amor que os tiene y está manifestándoos.

Hijas mías, amor con amor se paga. Fijaos mucho en todos los ejercicios, lecturas espirituales y veréis cuánto hizo un Dios por vosotras: que os compró con su preciosa sangre, que dio por vosotras su propia vida; que nada tenéis que no le pertenezca con el mejor derecho, que sois todas suyas en cuerpo y alma, y que, como cosa suya, os está alimentando durante esos días diariamente con su propia carne, con su preciosa sangre. Nadie, pues, tiene los derechos que El sobre vosotras, y si a otro dais un solo pensamiento, una sola palabra, o entregáis vuestro corazón por un solo instante o algunos de sus efectos, vuestra alma y sus potencias, vuestro cuerpo y sus sentidos, un acto siquiera de vuestra vida o de vuestra voluntad, será un robo que le hacéis, pero un robo sacrílego, por ser de una cosa sagrada, sólo de Dios; un robo enormísimo, por ser de un valor infinito lo que le robaréis, que será el precio de la sangre de todo un Dios. No, no lo permita el Señor para vuestra desgracia, para el mayor de los disgustos que pudierais darme, para que no corráis la suerte de tantos infelices que, arrastrados por la corriente de sus pasiones y del mundo, van a zambullirse por toda la eternidad en las penas del infierno. Seguras podéis estar de que tiene el demonio mayor empeño en la ruina de una sola de vosotras que la de cien de otras no tan favorecidas. Desea con toda su saña poder echar en cara a Dios, que con tanto distinguiros y mimaros, con tanto colmaros de gracias y singulares beneficios, no consigue ganar vuestro corazón para sí ni poder hacer de vosotras unas dignas siervas y esposas suyas. Que con ser todo un Dios el que así os ama y se da todo a vosotras, no logra que lo améis a proporción que os deis todas a Él, posponiéndole tal vez a la más miserable criatura, al mismo demonio, acaso; a una vil y miserable pasión que sin ser nunca completamente satisfecha ha de ir seguida de amarguísimos disgustos, de trabajos y penas sin cuento. Quiere el demonio poder decir a Dios que, sin haber hecho sacrificio alguno por vosotras, antes procurado siempre vuestra perdición, se hizo dueño de vuestras almas y de vuestro cuerpo y de todas vuestras acciones, y Dios, con haberse hecho Hombre, padecido tanto y hasta dado su preciosa sangre y hasta su misma vida por vosotras, no consiguió ganaros el corazón ni convertir vuestros cuerpos en sus templos y vuestras almas en su trono. Y, ¿haréis esta afrenta a Dios y volveréis la espalda a Dios y la cara al demonio? Ni recordarlo quiero, hijas mías. Sin embargo, no hay más que estos dos partidos: el partido de Dios y el partido del demonio, o sea del mundo. Dos banderas hay levantadas, la bandera de Jesucristo y la bandera del mundo o del demonio. Hasta ahora os veo alistadas bajo la bandera de Jesucristo, pero también lo estuvo Judas, y cuando oyó la voz del demonio se pasó a la suya. También San Pedro estuvo algunas horas bajo la bandera del demonio, pero así que oyó la voz de J.C.se pasó a la bandera de Este. ¿Quién pagó mejor a sus afiliados?,¿Jesús a Pedro o el demonio a Judas? Ya me comprendéis. Tenéis cien mil permisos y os doy otras tantas bendiciones para eso y para todo cuanto bueno podáis hacer.