EP139

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Carta 139 (AG 142)

Getafe, 3 de marzo de 1890

A LAS SRTAS. EJERCITANTAS

Sanlúcar de Barrameda

V.J.M. y J.

Srtas. Ejercitantas.

Hijas mías: Dícese que tan saludable es al alma la palabra de Dios, si viene por boca de un cuervo, como por la de un ángel y esto me alienta a dirigiros algo que espero no os perjudique y menos preparadas como estáis por las que os hablan los Ángeles, que, como tales, debéis mirar a los que os dan los Ejercicios.

Cualesquiera que hayan sido vuestras faltas, aún os miro como una cera blanda en que puede grabarse la piedad y todas las virtudes que deben distinguir a una doncella cristiana; aún espero, como dice San Francisco de Sales, que seréis bienaventuradas, porque esa pronta obediencia a la voz de Dios que ahí os ha llamado indica que tenéis un corazón flexible y dócil que jamás se romperá.

Si el buen apetito manifiesta generalmente la salud del cuerpo, esa prontitud con que habéis acudido a oír la palabra de Dios indica la bondad interior de vuestras almas y su salud espiritual. ¡Bendito sea el Señor que os llamó y benditas seréis vosotras si correspondéis a sus designios!

No puedo menos de admirar vuestro valor en romper lanzas con el mundo que es enemigo de Dios y no puede ver a los que le siguen, ni de alabaros si lo habéis hecho como lo espero, con verdadero espíritu y firme resolución de cumplir su voluntad y los propósitos que forméis, porque con ese paso os habéis acreditado de siervas del Señor. ¡Oh, cuántas como vosotras quedan sin ese bien!...

Hijas mías, Dios os llama para haceros felices y el mundo os quiere para esclavas. ¿A quién seguiréis? ¿Al mundo? Y, ¿qué esperáis de él? Miserias, espinas con amarguísimos desengaños es lo que tiene y os ofrece bajo ese mentido oropel con que los cubre.

¿Deseáis la suerte de los santos en el cielo? Es preciso para conseguirla imitarlos en la tierra... ¿Aspiráis a su felicidad? Emprended desde hoy la práctica de sus virtudes. ¿Teméis los trabajos y privaciones de una vida santa? Sabed que, sobre estar compensados con los consuelos interiores, se acaban pronto.

Ni vayáis a figuraros que la vida mundana carece de amarguísimas amarguras y de sinsabores insoportables. Tiene muchos y grandísimos; más, sin comparación, que la virtuosa y, sobre esto, la seguridad de una condenación eterna.

¿Queréis ser de Dios? No lo conseguiréis, y por qué ocultarlo, no lo conseguiréis si no por una continua mortificación de vuestros sentidos y pasiones y una abnegación completa de vosotras mismas; que el reino de los cielos exige violencia y sólo lo consiguen los que se la hacen.

El sacrificio es grande, pero la recompensa mayor. Ninguno que se ha hecho ese sacrificio se ha tenido por engañado a la hora de la muerte en los seis mil años que el mundo lleva de existencia y, cuando se han negado a hacerlo, han maldecido su ceguedad cuando ya no tenían remedio.

¿Queréis que Dios reine en vuestras almas? Purificadla de todo lo que no sea El, que quiere reinar sólo y en ella sola, no entrará en ella si no la encontrase sola y desprendida de todo. Sola, y sin otro pensamiento que desearle; sola, y sin otro afecto que el amarle; sola en fin, y sin otra voluntad que la de hacer siempre la suya.

Pensad siempre en mí, os dice como a Santa Teresa, y yo pensaré siempre en vosotras y cuidaré de cuanto os interese.

Haced como San Francisco de Sales, de vuestra alma el santuario de Dios; vivid siempre en él retiradas con Dios; no le dejéis un momento solo, y seréis purísimas, y seréis humildísimas, sencillísimas, candorosísimas, siempre estaréis unidas con Dios y nada podrá el mundo, ni el demonio, ni la carne con vosotras.

Vuestra patria es el cielo, imitad, pues, al piloto que no mira al mar, si no a la brújula para llegar a su destino. Mirad también a Dios y no al mar del mundo que sólo tratará de anegaros entre los abismos de su corrupción.

Un buen corazón prefiere dar a recibir; dad, pues, a Dios lo que sois, ya que lo tenéis tan bueno. Servid a Dios a vuestras expensas; no rehuséis sufrir si queréis ser coronadas.

No seáis cobardes que, si cuesta sacar el buque del puerto, después navega por sí mismo. También os costará dar los primeros pasos en la senda de la virtud verdadera, pero después os será muy fácil y hasta gustoso el seguirla.

Dad al Señor pruebas de vuestra fidelidad y Él os las dará de su amor. No seáis mezquinas con ese Buen Señor, a quien os debéis en cuerpo y alma. Ofrecedle sacrificios generosos y dignos de Él, que los hizo mucho mayores por vosotras y sólo os lo pide para tener la satisfacción de daros, aún en esta vida, el ciento por uno y después la eterna. El mismo quiere ser vuestra recompensa, aquí reinando siempre en vuestros corazones y haciendo vuestra felicidad temporal, y en el cielo entrándoos en el infinito goce de su gloria.

No sepultéis en un alma disipada tantas gracias como el Señor os ha dispensado. Mirad que el demonio se introduce en las almas por muchas puertas, pero en las de las jóvenes casi siempre lo hace por las de la vanidad, presunción, curiosidad y amor propio. Cerrárselas, entregándoos por completo a Dios, no de palabras simplemente, como lo hacen muchas, desgraciadas, si no en la práctica, con las obras, que obras son amores.

Ni vayáis por esto a desanimaros, creyendo que Dios os pide que hagáis todo lo bueno que puede hacerse; no, si no que hagáis sólo por El. Todo lo que hacéis. Hablad poco por amor de Dios; escuchadle continuamente en vuestros corazones; sufrid con él; pensad en él; hablad, obrad y trabajad con El; andad siempre en su presencia; estrechadle sin cesar contra vuestro corazón; sed humildísimas, y la humildad os tendrá siempre a sus pies; confiad mucho en su infinita bondad, y esta confianza os pondrá en sus divinas manos; amadle muchísimo, y este amor os meterá en su corazón sacratísimo, y en él metidas, y aquí atrincheradas, ¿a quién temeréis? ¿Qué podrá nadie contra vosotras? No teniendo otra voluntad que la de Dios, podréis todo lo que Dios puede, seréis tan fuertes como el mismo Dios, que os bendiga, como en su nombre os bendice su indigno ministro y vuestro inútil Capellán que se encomienda a vuestras oraciones.