EP143

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Carta 143 (AG 146)

Getafe, marzo de 1890

SRTAS. EJERCITANTAS

Sanlúcar de Barrameda

Aunque era muchísimo lo que deseara deciros, la prudencia me aconseja os mande sólo este despido, toda vez que a falta de confianza de vuestra parte, corresponde la sobra de reserva por la mía. Sin embargo, no creo haber tenido toda la que debiera, porque el deseo de vuestro mayor bien me hizo traspasar los límites que me prefijara, ni me arrepiento de ello por más que hayan pasado desapercibidas algunas de mis palabras por ir heladas como el pecho de que salen, porque la intención ha sido buena.

Al consideraros ahí reunidas bajo el manto sagrado de la Divina Pastora para el negocio más importante, único que debe llamar toda vuestra atención y ser la aspiración constante de vuestra vida. ¿Qué había de desear el que más se interesa por vuestro bien temporal y eterno, si no que os aprovechaseis y salieseis de ahí abrasadas en amor de Dios y en vivísimos deseos de contribuir por todos los medios posibles a la salvación de tantas y tantas almas, no de otro modo que los Apóstoles y discípulos de J. C. salieron del Cenáculo?

Que no vayáis a figuraros que no es ésta vuestra obligación, en concepto de cristianas. Recordad las promesas bautismales y veréis lo que al Señor prometisteis y debéis ratificar con frecuencia y cumplir durante vuestra vida. De haberlo hecho o no, se os exigirá estrecha cuenta en el tribunal de Dios. Si en el bautismo renunciasteis al demonio y a sus obras. ¿Cuál no será vuestra responsabilidad, si por intereses mezquinos, placeres viles y satisfacciones momentáneas, os dejareis llevar de vuestras pasiones, rindiéndose a las sugestiones, manchando vuestra alma y acaso vuestro cuerpo, borrando vuestro nombre del libro de la vida, desheredándoos de la gloria eterna, cerrándoos, en fin, las puertas del cielo y abriéndoos las del infierno?

No os dijera tanto si no fuera una parodia de lo que San Jerónimo decía a unas jovencitas de su tiempo para preservarlas de los mismos peligros que os amenazan a vosotras. ¡Y pluguiera a Dios no fuesen incomparablemente mayores los vuestros! ¡Oh! si lo conocierais, si las ilusiones de esta vida miserable os dejaran ver la realidad de lo que muy pronto os espera. ¿Cómo os aprovecharíais de lo que sólo os indico en son de enigma?... Ya tenéis edad, aunque sea la que de solas ilusiones se alimenta; ya debéis comprender vuestros intereses.

Si el maldito qué dirán y las pasiones ahogasen los gritos de vuestra conciencia que son otros tantos impulsos o llamamientos del Señor... vuestra alma, vuestra palma; en el pecado llevaréis la penitencia.

Ni os creáis autorizadas para seguir las máximas del mundo a que también renunciasteis, ni entregaros a sus pompas y vanidades que entonces condenasteis y no podéis justificar ahora. Si ajustareis vuestra conducta a las máximas del mundo, en el acto renunciaréis a la salvación eterna, porque el Señor no ha de juzgaros según esas máximas por muy halagüeñas que parezcan y mucho que se las dore, si no por su santa ley y por el divino modelo que nos presenta en J. C. primero, y después en su Santísima Madre, y posteriormente en todos aquellos que siendo de carne y hueso como vosotras siguieron sus huellas, sin duda, con mayores dificultades, sin tan buenos principios y gracias tan abundantes. Allí veréis, pero tarde, que lo que ellos pudieron e hicieron obedeciendo a los llamamientos del Señor y agradecidos a sus beneficios, debisteis y pudisteis también hacerlo vosotras que hicisteis el papel de puertas que dejasteis pasar a muchos y no entrasteis... ¡Con su pan se las coman las que ese gusto tengan!

Y ¿qué diré del lujo? Que de seguro contribuirá a animar otras familias y a perder vuestras almas por los mayores peligros que habrá de proporcionaros. Será, por así decirlo, como vuestra mortaja en vida, o sea la de vuestra honra, porque a los ojos de Dios estaréis muertas y sólo llamaréis la atención, poco apetecible y menos honrosa, de los lascivos, que a guisa de cuervos os mirarán como carne podrida. Pero no esperéis que ningún joven honrado y que tenga un dedo de frente os mire si no con lástima, llevar para vuestra desgracia el cartel de otra ignominia.

¿Sabéis los adornos que mejor dicen y embellecen a una joven? Sí, lo sabéis, que no es la primera vez que me lo oís: el aseo, la sencillez, la humildad, la laboriosidad... la modestia y la virtud. El aseo del cuerpo que revela la pureza del alma y hermosea el traje más humilde. La sencillez que pone de relieve las cualidades del espíritu y los nobles sentimientos del corazón. La humildad que os elevará a los ojos de Dios y aun a los de los hombres, que este nombre merezca, cuanto os abajen a los propios. La laboriosidad que os ofrecerá ocasión de estar siempre alabando a Dios en todas las cosas, si por El las practicareis y os librará de ofenderle. La modestia y la virtud... ya sabéis son las únicas prendas que pueden embellecer a una joven, según la opinión de un gran filósofo y santo a la vez. ¿Cuáles son, le preguntaron, las prendas que más realzan a una joven? La modestia y la virtud, respondió. ¿Y después? La virtud y la modestia... Y nunca le sacaron de esto; porque, dijo, la joven que reúna estas dos virtudes, será excelente en todos los conceptos, y la que carezca de ellos, detestable.

Al caso. Cierta joven rica, hermosa y muy dada al lujo, trataba como su familia de engatusar a un joven no tan rico, pero buen cristiano y trabajador, que trataba de casarse con una lugareña pobre, pero muy virtuosa y trabajadora. Preguntado por un hermano suyo por qué no se casaba con la rica y más hermosa, le respondió: «Yo, al casarme, no busco una señora que me esclavice, sino una compañera que me ayude. La hermosura de aquélla está compensada con usura con las virtudes de ésta cuyas manos son preferidas a todas las riquezas de aquélla que sólo para alfileres no tendrá bastante con lo suyo y con lo mío.»

«Si me casase con la rica me obligaría a mantener sus insaciables caprichos, so pena de nunca tener paz y a sostener el ostentoso tren de criadas y otras zarandajas para su servicio; a la par que, casándome con la pobre y virtuosa, tendré paz, sin tanto trabajo y en vez de gastar me ayudará a ganar.» Cual lo dijo, así lo hizo, y vive y bebe muy contento de haber obrado de ese modo.

A propósito. Pregunté yo a un antiguo discípulo mío que sabía había obrado con la prudencia del joven anterior: ¿Qué tal te va? Perfectísimamente, Padre; en siete años que llevamos de casados aún no hemos tenido un disgusto. He encontrado un tesoro, no sólo de virtudes, si no de intereses materiales. Lejos de malgastarme nada, hasta de lo que mensualmente le doy para alfileres, como suele decirse, va formando un capital que me entrega para que se lo guarde, a pesar de las limosnas que hace. ¡Cuánta razón tenía V. al decirnos que no nos prendásemos, al tomar estado, de las riquezas ni de la belleza, si no de la virtud! Aprovéchese la que quiera y no creáis que atestiguo con muertos, que pudiera citar los nombres.

Así como Dios al crear libre al hombre le dio a escoger entre el agua y el fuego, como dice la Escritura, o entre el bien y el mal; así también yo os dejo en la encrucijada para que sigáis el camino que os parezca. Únicamente os aconsejo que elijáis el que Dios os inspire; porque, dada la flaqueza humana, sólo por éste podréis llegar a la felicidad eterna para la que habéis sido creadas y conservadas.

Quiero decir que Dios sólo se compromete a ayudaros con especiales auxilios y gracias eficaces para seguir el camino que Él os trace o inspire, y no para otro.

Guardaos, pues, de emprender el que Dios no quiera, si no habéis de veros entregadas a vuestras solas fuerzas y seguras de perderos.

El yugo de J. C. es ligero y tiene alas, como dice San Agustín, y el que se lo impone con gusto, cuenta en su favor con todo el poder de Dios para llevarlo; pero el yugo del mundo es pesado y lo hace más pesado todavía el demonio que sobre él se sienta para que se desespere el que se lo impuso, fiado en sus propias fuerzas.

¿Cuánto no se encomendaría a Dios y a su Santísima Madre una joven a quien obligasen a sacar una bola de una caja, donde sólo hubiese dos, una blanca y otra negra, con la seguridad de que si sacaba la blanca, se casaría con el rey más santo, más hermoso y poderoso del mundo; el cual había de hacerla feliz por unos sesenta años, y si sacaba la negra, se había de casar con un verdugo negro, asquerosísimo y de la peor entraña que le hubiera de maltratar diariamente y apalear por el mismo tiempo? Pues... leed en vez de Rey, J. C.: y en lugar de verdugo, mundo, y veréis otra situación añadiendo que si sacáis la blanca a la felicidad de esta vida, seguirá la eterna: y si la negra vuestra desgracia temporal se empalmará con la del infierno. Me parece que no tiene pelos en la lengua el viejo.