EP144

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Carta 144 (AG 147)

Getafe, marzo de 1890

A LAS SRTAS. EJERCITANTAS

Sanlúcar de Barrameda

Srtas. Ejercitantas.

Amadas hijas en N. S. J. C.: Vuestras cartitas, que aprecio mucho porque quiero muchísimo a las que me las escriben; pero en Dios, de Dios, por Dios y para Dios, me obligan a tomar de nuevo la pluma para recordaros algunas sentencias, y no para haceros reflexiones que no me permite el tiempo escasísimo de que hoy dispongo. Sin embargo, hijas mías, Dios nos habla de muchos modos, como dice San Pablo, y siempre para nuestro provecho; por eso conviene aprovecharnos de cuanto nos dice y eso os ruego hagáis vosotras, pero siempre dispuestas a hacer, pese a quien pese, y aunque todo el mundo se ponga por delante, todo lo que os inspire hagáis. Para mejor sentir y conocer sus inspiraciones y santísima voluntad habéis de poneros en sus manos santísimas sin preocupaciones de ningún género; quiero decir, sin inclinaros vosotras a una cosa más que a otra, por muy buena que sea, si no a hacer solamente lo que Dios quiera, cuando Dios quiera y como Dios quiera. Porque, si como dice San Ligorio, Cristo nuestro bien, antepuso nuestra salvación a su vida, ¿no será justo, hijas mías, que vosotras prefiráis su gusto a vuestros bienes? Si teméis los trabajos que han de seguirse y el demonio los abulta para que no sigáis la voz de Dios, ¿dudáis por ventura que el que se resigna tranquilo a la voluntad del Señor aun en los mayores trabajos corre en posta hacia Dios? ¿Ignoráis lo que pasó a Santa Berzocana? Era una jovencita como vosotras, y tan delicada como la que más; pero deseaba mucho servir y seguir al Señor y se guardaba de ofenderle aún en las cosas más pequeñas. Donde veía una imagen de J. C. se le derretía el corazón y ardía en vivísimos deseos de abrasarse con El, como con su amantísimo Esposo y de jurarle fidelidad eterna, por más que el mundo trataba a todo trance de llevarla por otro camino con las promesas más halagüeñas... Me han interrumpido.

Un día en que más embebida estaba en Dios y resuelta a lo que le inspirase, parecióle ver ante sus ojos a J. C. agobiado con la cruz a cuestas camino del Calvario... Verlo y echarse a correr tras El para ayudarle a llevar su cruz, todo fue uno, pero estaba descalcita a la sazón y donde quiera que ponía los pies se le clavaban desgarradoras espinas que le ocasionaban unos dolores horribles que le arrancaban las lágrimas, y más al ver que no podía seguir de cerca a J. C. lloró de lo íntimo de su corazón y le pidió fuerzas para seguirlo hasta el Calvario donde quería dar su vida por El que allí la diera antes por ella.

Miróla el Señor compadecido y le dijo con el mayor agrado: «Hija mía, pon tus pies en mis huellas y me acompañarás.» Hízolo así la bendita joven y siguió a Jesús de allí en adelante, siempre abrasada en su amor, estrechándole siempre contra su corazón, y deseando ocasiones de sufrir más y más, para más y más acreditarle su amor, a aquel amor que la hizo siempre feliz en la tierra y la llevó a cantar para siempre las inefables prendas de su amantísimo Esposo en el cielo.

¿Pagan así las criaturas, hijas mías? Hasta ahora por la infinita misericordia de Dios, no lo sabéis; pero, siento decirlo, algunas pronto veréis, para vuestra desgracia, que pagan, como el demonio a quien le sirve, y, cuando menos, volviendo las espaldas.

Si, pues, no queréis os las vuelvan a vosotras, abandonadlas antes y abrazaos con J. C. que os está diciendo, desde esa cruz, donde le veis clavado por el infinito amor que os tiene: Yo soy vuestro Esposo amantísimo; el amor que os profeso me tiene en este trono de dolores. Yo soy vuestro Esposo coronado y noble sin igual. Pero, ¿veis esta corona?, me la formáis vosotras con los pensamientos que dais al mundo; con vuestros actos de soberbia; con vuestra presunción; con esa vanidad en que cifráis vuestra dicha y ha de ser la causa de vuestra perdición, con esos adornos postizos que en vez de mejorar la obra de mis manos la afean a mis ojos que no la reconocerán por suya en el día de la cuenta...

¿Veis estos ojos, más hermosos que mil soles, ahora ensangrentados? ¿Sabéis quien así me los ha puesto? El mal uso que hacéis de los vuestros que os di para que admiraseis la belleza de la naturaleza y por ella os movieseis a merecer las inefables que tengo reservadas en el cielo para todos los que aquí me sirven y aman como a su único bien.

¿Veis estos labios acibarados?

Vosotras me los acibaráis cuando empleáis los vuestros en lo que mi santa ley prohíbe y, cuando menos, en palabras ociosas de que os he de pedir estrecha cuenta, y conversaciones inútiles en vez de rendirme continúas alabanzas.

¿Veis estos clavos que así traspasaron mis sagradas manos? Representan las acciones y obras que practicáis contra mi ley y renováis con más frecuencia de lo que os imagináis.

¿Veis esta llaga de mi costado, la de mis pies, la de todo mi cuerpo? Esto es obra de vuestras complacencias, la anterior, de los pasos que habéis dado para ofenderme y la primera de los deseos desordenados... Vedla abierta, para que por ella entréis en mi corazón.

Perdonadme que así os hable; os quiere santas vuestro indigno Capellán.

Os bendice