EP240

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Carta 240 (AG 237)

Getafe, 4 de julio de 1891

M. ANGELES GONZALEZ LEON

Sanlúcar de Barrameda

Con muchísimo retraso he recibido, leído y releído el último párrafo de las efemérides del 11 al 23 pasado, y, por más que vuelvo a leerlo, no se me alcanza la significación de ciertas frases ni ese empeño de que un pobre y viejo, como yo, emprenda un viaje tan caro y no exento de molestias.

Seguro de que no había de concedérseme permiso al efecto y conociéndome un poco, no quise proporcionar al que pudiera darlo el placer de negármelo ni ponerme en el caso de tener tal vez que decirle, que me lo otorgaría, si no fuese para honra y gloria de Dios y bien de las almas. Esto, aparte de que tendría que trabajar más en los dos meses que estuve en ésa que en nueve de curso con mis clases.

Pero no es el trabajo, ni la negativa que tenía segura, ni el mismo fango que, según costumbre pudiera sacudir sobre mí el que está cubierto de él desde los pies hasta la cabeza, si está por ahí, no, nada de eso me arredraría de ir a dar una vuelta y hacer por eso lo que pudiese; si no el temor de que se renueven las calumnias de antaño, culpándome de ir a ésa sólo para proporcionar disgustos y conflictos a mis superiores, con las altas recomendaciones que mendigo, haciéndoles violencia para que me vuelvan a ésa, donde no conviene mi presencia.

No por educación ni por principios he creído nunca decente el dejar de corresponder agradecido a las dignísimas personas que sin merecerlo, y dondequiera que he estado me han honrado y honran con su amistad, ni tengo yo la culpa de que esas atenciones y deferencias que, Dios se lo pague me dispensan, no quepan en el menguado ánimo de cierta persona siempre pesarosa de la estima y bien ajeno.

Y, como merced a la no muy santa y discreta influencia de dicha persona sobre los Superiores que sólo transmiten sus oráculos como los ídolos de los que hablan dentro; en fuerza de palparlos con sin par falsía, contra mí no hay más arma ilícita que la razón ni especialista alguno que pueda curar a los primeros la afección oftálmica que les impide ver la verdad por más que se les facilita todos los medios al efecto, sin duda para no tener que corregir. No he encontrado otro recurso para evitar los dardos envenenados de aquella lengua infernal, que jamás respeta sagrado ni profano, que poner tierra por medio y renunciar al cargo, cuyo honor deseo y no el trabajo, abrigando, sin embargo, la convicción de que ni así perdonará su lengua al Director ni a las dirigidas.

Me hubiera guardado de manifestar lo dicho si no se desprendiese del referido párrafo que ya mi Superior lo ha hecho y te lo han comunicado, me reservo mucho más para cuando me pongas al corriente de todo lo que te han dicho.

Que, si mi Superior jerárquico no tuvo reparo en exteriorizar lo que sus leyes le prohíben bajo severas penas, ni en llevar el agua a su molino; yo estoy en el deber de decir la verdad y confirmarla con documentos auténticos e irreprochables, para mirar por el decoro de las dignísimas personas que por mí se han interesado; volver por vuestro honor que se ha tratado de manchar, embadurnando el mío de repugnante porquería, y devolver ésta a su procedencia para que cada uno ocupe el puesto que le corresponde y por su constante proceder ha merecido.