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Se me ha propuesto en este marco del año de la Fe y de la beatificación de M. Victoria, testigo de la fe hasta el martirio, compartir con ustedes, mis hermanas, mis reflexiones acerca de este apasionante tema de la centralidad en Cristo y la espiritualidad del Buen Pastor. La figura de Jesucristo, Buen Pastor, y de María, Pastora me resultan muy cordiales, muy entrañables.
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:Quiero comenzar agradeciendo el que se me invitara a preparar mi aportación a este encuentro, porque ante todo me hace bien a mí. El hecho de tener que reflexionar para poder ofrecer algo, el tener que compartirlo suele dar, como fruto, el recibir mucho más. Y esto que para mí ha sido un bien, os lo ofrezco con la confianza de que yo pongo el agua y el Señor la pueda convertir en vino. Porque no tengo enseñanzas importantes que compartir con vosotras, excepto mi absoluto convencimiento de que la vida consagrada, y concretamente la vida consagrada calasancia, será siempre importante, significativa y profética en el presente y en el futuro si nos atrevemos a vivirla con pasión por Jesucristo y compasión creativa con todo el pueblo de Dios.
  
:Me dispongo a compartir algunas reflexiones, sin pretender ser exhaustiva, sobre mi experiencia de fe en este camino que juntas recorremos confiando en que como dice el Papa en su reciente encíclica: “La luz de la fe está vinculada al relato concreto de la vida, al recuerdo agradecido de los beneficios de Dios y al cumplimiento progresivo de sus promesas”<ref group='Notas'>LF 12 </ref>.
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:Estamos aquí hoy porque llevamos este futuro dentro de nosotras. El Espíritu Santo está guiando a la iglesia, y en ella a la vida consagrada, para hacer, en este tiempo, lo que tenemos que hacer para alimentar y renacer la vida consagrada en las realidades cambiadas y cambiantes de nuestra Iglesia y de nuestro mundo. Hay unos versos, no sé de qué poeta son, que dicen “es bello en la noche creer en la luz/ hay que ayudar a la aurora a nacer/ creyendo en ella”. Yo creo que ésta es la forma de situarnos hoy en el momento actual de la Iglesia, en este momento de cambio.
  
:Al preparar este tema me pregunté: ¿Por qué hablar de centralidad en Cristo? ¿Qué es lo que queremos decir al hablar de centralidad en Cristo? ¿Cuál es el Cristo que tenemos como centro de nuestra vida? ¿Qué es lo que supone la centralidad en Cristo, Buen Pastor, en nuestra vida? ¿Cómo lograr vivir centradas en Cristo?
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:Se me ha pedido el tema: “Nuestra aportación, como Religiosas Calasancias, a la evangelización de los pueblos”. Cuando empezaba a prepararlo leí un cuentecito que recoge Joan Chittister: “Antes de morir, el rabino Zusya de Hanipol dijo: En el más allá no me preguntarán: ¿Por qué no has sido Moisés?, sino ¿Por qué no has sido Zusya?”. A nosotras, Calasancias, no se nos va a preguntar por qué no hemos aportado a la tarea evangelizadora de la Iglesia lo que aportan los jesuitas, los maristas, las hijas de la Caridad, las escolapias…Se nos va a preguntar sólo si hemos sido Calasancias, si hemos vivido en plenitud lo que somos, aquello que Dios soñó para el Instituto y, desde eso que somos, lo que hemos aportado a la misión evangelizadora de la Iglesia.
  
:La reciente encíclica del Papa, Lumen Fidei, me puso en contexto: “El Año de la fe nos ha invitado a poner de nuevo en el centro de nuestra vida eclesial y personal el primado de Dios en Cristo. Porque la Iglesia nunca presupone la fe como algo descontado, sino que sabe que este don de Dios tiene que ser alimentado y robustecido para que siga guiando su camino”<ref group='Notas'>LF 6</ref>.
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:Por ello, reflexionar sobre lo que aportamos supone reflexionar sobre lo que somos, sobre aquello que hemos recibido. Lo que somos y tenemos es lo que podemos poner al servicio de los demás. En este Año de la Fe, a los cincuenta del Concilio Vaticano II, se nos ha repetido que era esencial para todo el Pueblo de Dios volver a la “fonte donde todo mana”<ref group='Notas'>S. Juan de la Cruz</ref> Y lo es para nosotras Calasancias porque podemos descubrir, en muchas ocasiones, cómo “gradualmente la vida se va diluyendo en mero compromiso”<ref group='Notas'>H. de Lubac</ref> y, por tanto, va disolviéndose lo nuclear de nuestro ser.
 
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:“En la fe, reconocemos que se nos ha dado un gran Amor, que se nos ha dirigido una Palabra buena, y que, si acogemos esta Palabra, que es Jesucristo… nos transforma, ilumina nuestro camino hacia el futuro, y da alas a nuestra esperanza para recorrerlo con alegría”<ref group='Notas'>LF 7</ref>.
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:Vivimos en una época en que los cambios se han intensificado velozmente, y ello repercute en todas las dimensiones de nuestro ser; todo cambia para poder sobrevivir, el entorno cambiante nos hace requerimientos de los que podemos hacernos conscientes o no; la creación de objetos y creencias que modifican nuestro comportamiento individual y colectivo son en gran parte resultado de la dinámica de cambios en el mundo. Se modifican las expresiones de afecto y la sexualidad de los jóvenes, cambian los roles de las mujeres y los hombres al interior del hogar, se diversifican las creencias sobre lo sagrado, se trasforma la manera de desempeñarse laboralmente y el tipo de organización en los hogares y en las instituciones, los vínculos, antes inquebrantables, ahora pasan por una profunda fragilidad. Estos cambios veloces modifican la manera de percibir y de entender la realidad. La inmediatez en las comunicaciones junto con la globalización de la información, pueden fácilmente conducirnos a la globalización de la superficialidad.
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:Una consecuencia, entre otras muchas son los problemas relacionados con la identidad. Los roles mutantes, los desplazamientos constantes, los núcleos familiares que se diluyen y recomponen, es probable que nos hayan conducido a otra manera de concebir nuestra identidad, que nos hayan conducido a desarrollar identidades múltiples, más adaptativas y versátiles en la cambiante sociedad que nos está tocando vivir. Por ello es ineludible reflexionar sobre nuestra identidad, para clarificarla y sostenerla en medio de los cambios radicales y veloces a los que no somos ajenas, pues aunque lo quisiéramos, no podemos vivir como si esos cambios no se estuvieran dando.
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Última revisión de 21:30 30 dic 2017

Aportaciones de las calasancias a la evangelización. Julia García Monge
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EspiritualidadCarisma/1. Introducción
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2. Que cada uno con el don que ha recibido se ponga al servicio de los demás
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1. Introducción

Quiero comenzar agradeciendo el que se me invitara a preparar mi aportación a este encuentro, porque ante todo me hace bien a mí. El hecho de tener que reflexionar para poder ofrecer algo, el tener que compartirlo suele dar, como fruto, el recibir mucho más. Y esto que para mí ha sido un bien, os lo ofrezco con la confianza de que yo pongo el agua y el Señor la pueda convertir en vino. Porque no tengo enseñanzas importantes que compartir con vosotras, excepto mi absoluto convencimiento de que la vida consagrada, y concretamente la vida consagrada calasancia, será siempre importante, significativa y profética en el presente y en el futuro si nos atrevemos a vivirla con pasión por Jesucristo y compasión creativa con todo el pueblo de Dios.
Estamos aquí hoy porque llevamos este futuro dentro de nosotras. El Espíritu Santo está guiando a la iglesia, y en ella a la vida consagrada, para hacer, en este tiempo, lo que tenemos que hacer para alimentar y renacer la vida consagrada en las realidades cambiadas y cambiantes de nuestra Iglesia y de nuestro mundo. Hay unos versos, no sé de qué poeta son, que dicen “es bello en la noche creer en la luz/ hay que ayudar a la aurora a nacer/ creyendo en ella”. Yo creo que ésta es la forma de situarnos hoy en el momento actual de la Iglesia, en este momento de cambio.
Se me ha pedido el tema: “Nuestra aportación, como Religiosas Calasancias, a la evangelización de los pueblos”. Cuando empezaba a prepararlo leí un cuentecito que recoge Joan Chittister: “Antes de morir, el rabino Zusya de Hanipol dijo: En el más allá no me preguntarán: ¿Por qué no has sido Moisés?, sino ¿Por qué no has sido Zusya?”. A nosotras, Calasancias, no se nos va a preguntar por qué no hemos aportado a la tarea evangelizadora de la Iglesia lo que aportan los jesuitas, los maristas, las hijas de la Caridad, las escolapias…Se nos va a preguntar sólo si hemos sido Calasancias, si hemos vivido en plenitud lo que somos, aquello que Dios soñó para el Instituto y, desde eso que somos, lo que hemos aportado a la misión evangelizadora de la Iglesia.
Por ello, reflexionar sobre lo que aportamos supone reflexionar sobre lo que somos, sobre aquello que hemos recibido. Lo que somos y tenemos es lo que podemos poner al servicio de los demás. En este Año de la Fe, a los cincuenta del Concilio Vaticano II, se nos ha repetido que era esencial para todo el Pueblo de Dios volver a la “fonte donde todo mana”[Notas 1] Y lo es para nosotras Calasancias porque podemos descubrir, en muchas ocasiones, cómo “gradualmente la vida se va diluyendo en mero compromiso”[Notas 2] y, por tanto, va disolviéndose lo nuclear de nuestro ser.

Notas

  1. S. Juan de la Cruz
  2. H. de Lubac