EspiritualidadCarisma/2. ¿Qué implica la centralidad en Cristo en la vida cotidiana?

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1. Introducción
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EspiritualidadCarisma/2. ¿Qué implica la centralidad en Cristo en la vida cotidiana?
Índice

3. ¿Cómo lograr que Cristo sea el centro de nuestra vida?
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2. ¿Qué implica la centralidad en Cristo en la vida cotidiana?

Toda vocación en la Iglesia tiene su fundamento en el amor de Cristo, que como Buen Pastor, ha dado su propia vida. La centralidad en Cristo es esencial a nuestra identidad de Hijas de la Divina Pastora. El seguimiento consiste en tener a Cristo como centro de la propia vida y de la vida de la comunidad, por ello la centralidad y la supremacía del Señor son el eje, el centro, y la llave de nuestra vida y de nuestras Constituciones.
Tener a Jesucristo en el centro de nuestra vida es hoy lo más decisivo; no podemos vivir de doctrinas, no podemos alimentar nuestra fe, ni tener una fe sólida, sin el contacto vivo con El; contacto que ha de ser una experiencia tan fuerte de amor y de amistad con el Señor, que nos dé fortaleza para superar el miedo y la soledad, el desaliento y el cansancio, los fracasos y los conflictos, que nos dé valor para entregar, si es preciso, la misma vida[Notas 1].

2.1. El Señor fundamento de nuestro existir

Ante todo, que Él es el fundamento de mi vida, mi punto de apoyo para tomar mis decisiones, para resolver mis conflictos, para aclarar mis dudas, para enfrentar mis luchas, mis cansancios, mis desánimos. Significa que Él es la tierra donde pongo mis raíces más hondas, el motor que impulsa y dinamiza mi quehacer diario. De ahí depende todo, el ser, el hacer. Todo está referido a Él porque me sé amada; y porque me experimento como un sueño del amor de Dios, me apoyo en ese amor. En su amor fundo mi existencia. Nuestra consagración religiosa es una entrega total a Dios que nos amó primero[Notas 2]. Todo lo demás en mi vida, se puede caer, pues tengo donde pararme. No se trata de ponerlo de primero en la lista de muchas otras cosas, significa que Él, es el corazón de mi vida: “allá donde está tu tesoro, allá estará tu corazón”[Notas 3]. Seguimos a Cristo como lo único necesario[Notas 4].
Si Él es mi fundamento, todas las dimensiones de mi vida estarán ordenadas en torno a Él, estarán articuladas desde el centro como los radios de la bicicleta; podré ir haciendo ajustes a mi vida, pues tengo un punto de referencia para alinear, tensar, reconducir mi existencia, con todo lo que ella comporta. Reconocerlo como el fundamento de mi vida, va poniendo en orden mis deseos, mis sueños, va a definir en qué gasto mis energías, a qué le apuesto en la misión.

Vivir la centralidad en Cristo pasa por preguntarnos qué es para Él lo más importante, el centro de su vida, la causa a la que le entregó todo su ser, su preferencia absoluta. Para Jesús solo el Reino de Dios es absoluto, todo lo demás es relativo, y de ello da testimonio hasta dar la vida.

Y de la misma manera pasa por acercarnos a Él desde nuestra realidad, desde nuestras preocupaciones, angustias, miedos, alegrías, esperanzas, carencias, deseos e insatisfacciones; desde los gozos y sufrimientos de quienes nos rodean. Ninguna realidad es un obstáculo para poner en Él nuestro corazón.

2.2. Vivir un amor esponsal

Vivir un amor esponsal es lo que nos da identidad como mujeres consagradas, es la relación amorosa de exclusividad con el Señor y su proyecto, relación esponsal con un Señor que se define a sí mismo como un Pastor que da la vida por sus ovejas. Nos consagramos a Él tan de lleno que nada pueda distraernos de su amor[Notas 5], para amarlo con corazón indiviso[Notas 6]. Se unirán por completo a Jesucristo y a Él solo tratarán de agradar en todos sus actos[Notas 7].
Amor esponsal que tiene su raíz última en el Misterio Trinitario. Dios, que es en su mismo ser, es decir, en su esencia, comunión de amor. Nos crea para hacernos partícipes de su amor. Esta fue la gran revelación de Jesús, el Señor, el Cristo, el Mesías prometido, el Ungido, el Alfa y Omega, Amor absoluto que nunca pasará, como nos dice San Pablo en su carta a los Corintios.
Un amor esponsal que nos da una forma peculiar de vivir, como lo define el Papa en su encíclica: “El amor consiste en salir del aislamiento del propio yo para encaminarse hacia la otra persona, para construir una relación duradera; el amor tiende a la unión con la persona amada. El amor verdadero, unifica todos los elementos de la persona y se convierte en una luz nueva hacia una vida grande y plena… la luz del amor se enciende cuando somos tocados en el corazón, acogiendo la presencia interior del amado, que nos permite reconocer su misterio”[Notas 8].
Vivir un amor esponsal que es posible prometer para siempre: “Prometer un amor para siempre es posible cuando se descubre un plan que sobrepasa los propios proyectos, que nos sostiene y nos permite entregar totalmente nuestro futuro a la persona amada”[Notas 9].

2.3. Fiarse del Señor

Vivir centrada en Cristo implica que me fío de Él, como la oveja confía en el Pastor, como Él confía en el Padre. Una fe que no consiste en aceptar verdades, en formular un credo, en una aceptación mental de unas verdades abstractas. Sino una fe como dice Benedicto XVI: “la fe no es un hecho que interesa sólo a nuestra inteligencia, el área del saber intelectual, sino que es un cambio que involucra la vida, la totalidad de nosotros mismos: sentimiento, corazón, inteligencia, voluntad, corporeidad, emociones, relaciones humanas”[Notas 10]. Fe que es acogida del poder del resucitado en nuestro interior, y que nos supone a la vez que nos conduce, a un conocimiento profundo, amoroso, del Señor, un conocimiento que se da en el corazón. Conocer no tanto sus enseñanzas, cuanto experimentar que Él centra toda nuestra energía vital, nuestros afectos, nuestros deseos, nuestra mirada, nuestros sueños y desequilibrios. Implica alimentar mi Fe en la Fuente de la Vida: la Palabra, para que no se nos arrugue el corazón con los golpes y las frustraciones, para que la vida no pierda su calor y su color, y la cotidianidad no nos vuelva pusilánimes, no nos robe la abnegación sin límites[Notas 11] que despertó nuestra generosidad cuando nos embarcamos en el seguimiento del Señor, ni el deseo de darle en cada acción toda la honra y gloria que se merece[Notas 12], para que el cansancio del camino no nos paralice o nos lleve a buscar en otros pastos y otras aguas. Es un gran drama buscar en el lugar equivocado.
Vivir la centralidad en Cristo implica una Fe que es entrega del corazón: nada le has dado a Cristo, si no le has dado tu corazón” nos dice el P. Fundador. La fe, dice el Papa, “consiste en la disponibilidad para dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios. Fe en el Amor pleno, en su poder eficaz, en su capacidad de transformar el mundo e iluminar el tiempo”[Notas 13]. Alimentamos nuestra oración en la Palabra… ella es fuente de vida[Notas 14].

2.4. Actitud de apertura y docilidad al Espíritu

La centralidad en Cristo implica actitud de apertura y docilidad al Espíritu[Notas 15], no oponerle resistencia a la acción de Dios, dejarnos inundar de su Amor. El Espíritu Santo es quien suscita, sostiene y acompaña nuestra libre cooperación para cumplir el Plan que tiene para cada una, para la humanidad. Necesitamos estar abiertas a la fuerza del Espíritu para seguir a Jesucristo con fidelidad, para vivir en comunión con Él y ser testigos creíbles de su Evangelio. Vivir el seguimiento de Cristo no consiste en muchas acciones, sino en una dependencia absoluta de Dios, y una apertura para que el Espíritu de Dios nos conduzca.
Vivir abiertas al Espíritu es abrirnos a la novedad. La novedad, dice el Papa, “nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos.
Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos. Pero, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad -Dios ofrece siempre novedad-, trasforma y pide confianza total en Él”[Notas 16].

2.5. Formar Comunidad

La centralidad en Cristo implica formar comunidad donde quiera que me encuentre. La comunión que se construye en la relación con Jesucristo va abarcando poco a poco todas nuestras relaciones, Él nos va convirtiendo en una comunidad, es decir, en un espacio donde cada una se da a todos, un espacio donde todas y cada una están en función de los otros, donde cada una está saliendo de sí en favor de los demás, pues Jesús construye la comunidad sobre la base del compartir. La comunidad que se crea en torno a Jesús, no instala, produce movimiento, forma servidoras de Jesús. Vivir en comunidad es una vocación, no un conjunto de obligaciones. El amor preferencial a Cristo da un nuevo sentido y profundidad a nuestras relaciones interpersonales y nos une en comunidad de vida[Notas 17].
Formar comunidad es tarea divina que requiere de nuestra colaboración; es tarea ineludible en el seguimiento del Señor; la comunidad evangélica ofrece una alternativa al modelo de convivencia y de sociedad basadas en el tener y el poder, construyendo una comunidad basada en el compartir, el servicio y la solidaridad. Nunca podremos obtener por nosotras mismas una comunidad evangélica, es acción de Dios. La comunidad es el espacio donde uno tiene oportunidad de darse cotidianamente; es la resultante de la comunión con Jesucristo, de vivir centradas en Él; teniéndolo como único absoluto se construye la comunidad, no en torno a nosotras, sino en torno a Él. Nos llama a vivir en comunidad el seguimiento…[Notas 18]nuestra vida fraterna es signo de amor…[Notas 19], compartimos en comunidad nuestra vida y misión[Notas 20].

Notas

  1. Cfr. C 5
  2. C 13
  3. Lc12,34
  4. C 7
  5. C 14
  6. C 18
  7. C 24
  8. LF 31
  9. LF 52
  10. Audiencia general, 17 de octubre, 2012
  11. C 5
  12. C 75
  13. LF 15
  14. C 67
  15. C 47
  16. Homilía del domingo 19 mayo 2013
  17. C 23
  18. C 49
  19. C 52
  20. C 53