EspiritualidadCarisma/2. La centralidad en Cristo desde la espiritualidad del Buen Pastor

De Wiki Instituto Calasancio
Saltar a: navegación, buscar

1. A modo de introducción: la espiritualidad del Buen Pastor
Tema anterior

EspiritualidadCarisma/2. La centralidad en Cristo desde la espiritualidad del Buen Pastor
Índice

La centralidad en Cristo y la espiritualidad del Buen Pastor. Amanda Valdés Parra
Siguiente tema


2. La centralidad en Cristo desde la espiritualidad del Buen Pastor

“El carisma de cada Instituto animará a la persona consagrada a ser toda de Dios”[Notas 1].
El título de esta ponencia lo expresa perfectamente. No es sólo exponer nuestra espiritualidad, sino meternos de lleno en una pregunta: ¿cómo me ayuda a mí esta espiritualidad a centrarme más en Dios? ¿Cómo me ayuda a ser más de Dios? ¿Cómo me recuerda lo que estoy llamada a ser? Porque es más que obvio para todas, que nuestra vocación es hacer espacio en nuestra vida para que Dios sea su todo y su centro.
Esa es la reflexión que vamos a hacer. Lo realmente precioso es descubrir cómo nuestra espiritualidad del Buen Pastor está constantemente lanzándonos hacia nuestro verdadero centro para centrarnos y descentrarnos continuamente.

2.1. El Centro

De entre las muchas acepciones del diccionario, centro es:
•Lugar o situación donde alguien o algo tiene su natural asiento y acomodo.
•Fin u objeto principal a que se aspira o del que se siente atracción.
Al pensar en el centro de algo o de alguien, irremediablemente lo situamos en lo hondo, en lo profundo, en lo íntimo. El espacio donde somos nosotros de verdad, sin máscaras ni apariencias. Es el espacio donde estamos cómodos, donde nuestra naturaleza se realiza; al espacio al que aspiramos llegar y por el que sentimos atracción. También lo llamamos “lo oculto de la propia habitación” o el “corazón” o las “entrañas”. No importa el nombre.
Lo esencial es que sobre ese centro va a girar todo lo demás. El P. Arrupe decía: “Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación, y acaba por ir dejando su huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama en la mañana, qué haces con tus atardeceres, en qué empleas tus fines de semana, lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón, y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud. ¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera”.
Es como las peonzas de los juegos de los niños. Un punto de apoyo central sobre el que todo gira, pero que necesita impulso y energía. Por eso, no basta con saber quién es nuestro centro. Es necesario mantenerlo en movimiento. Si no, se cae y se para.
Eso de centro, también suena a difícil, a ascesis, trabajo, conocimiento personal, renuncia, encararse con la verdad. Suena a humildad y encuentro con uno mismo, a oración y reconocimiento de la propia miseria y realidad. A descubrir heridas y poner nombre, a acompañamiento y tiempo.
Pero sobre todo suena a sanación, a realización, a encuentro pleno. Decía Teresa de Jesús en las Séptimas Moradas que “siempre queda el alma con su Dios en aquel centro”[Notas 2]. Para ella es el lugar de la unión, del matrimonio espiritual.
El centro es donde la presencia del hombre a Dios es total y donde la presencia de Dios está en la raíz del ser. Ahí es donde se llega a ser uno en Cristo. Ya lo decía San Pablo: “no soy yo, es Cristo quien vive en mí”[Notas 3]. Es, según Vita Consecrata, concentrar de modo exclusivo la existencia en Dios[Notas 4] para hacer de Cristo el centro de la propia vida y así poder reproducir en nosotros a Cristo mismo[Notas 5].
Nuestras constituciones nos recuerdan que nos consagramos a Dios tan de lleno que nada pueda distraernos de su amor[Notas 6], que nada pueda descentrarnos, apartarnos del amor de Dios, que es nuestro centro.
Y el P. Faustino, identificando el corazón con el centro, con lo más profundo de nuestro ser, nos anima a vivir así:

Dios está complaciéndose en tu corazón[Notas 7]. Siempre a Dios presente y a Jesucristo en tu corazón[Notas 8]. Jesús reine en nuestros corazones[Notas 9]. Estréchale sin cesar contra tu corazón[Notas 10]. Se encerraban con Jesús en su corazón y allí se lo consagraban para siempre[Notas 11]. Ni por un instante te dejaré salir de mi corazón[Notas 12]. Unirme contigo de tal modo que nada nos separe[Notas 13]. Tan reconcentrada en Dios que sólo Él viva en ti[Notas 14].

La imagen del Buen Pastor, y su espiritualidad, nos recuerda de una manera muy bella y plástica que nuestro día a día se construye en ese ir hacia dentro, hacer espacio en el centro, dejarnos buscar y llevar a los verdaderos pastos de vida y hacer de Dios el punto en el que se concentre todo lo que somos y amamos, para luego amar sin límites a los demás.

2.2. Yo las llamo una a una. La llamada personal.

Las conozco y ellas me conocen a mí. Intimidad.

Me pertenecen. Sentido de pertenencia.

Habrá un solo rebaño y un solo pastor. Exclusividad.

El corazón no puede estar vacío. Ya decía San Agustín que el corazón está inquieto hasta que encuentra lo que le satisface. Algo o alguien debe ocuparlo. Es una necesidad, una sed, un hueco, un vacío que llenar. Debemos pertenecer a alguien, poner el corazón y los anhelos más profundos en alguien. Si no es en alguien, será el camino equivocado de poner el corazón en algo o en uno mismo; pero necesariamente no podemos vivir sin un centro en nuestra vida.
Además, centro sólo puede haber uno. Si hay otro, ya vivimos descentrados y nos podemos quebrar por dentro, como si tiraran en dos direcciones de nuestra persona. Jesús decía que “no se puede servir a Dios y al dinero”[Notas 15], no se pueden tener dos señores. Es un amor exclusivo y total que reclama intimidad, encuentro y trato amistoso.
El P. Faustino nos lo recuerda poniendo palabras en los labios de Jesús:

Solo yo formé tu corazón, yo solo debo poseerlo. No me ultrajes dividiéndolo con otro[Notas 16]. Ámame como yo te amo y no tengas otro corazón, ni otra voluntad que la mía, y de ambos corazones se hará un solo corazón y de ambas voluntades, una sola voluntad y esta unión que ahora empieza, seguirá por toda la eternidad[Notas 17]. Dios sobre todo[Notas 18].

Lo precioso de la espiritualidad del Buen Pastor es que nos recuerda que hay un Alguien con mayúscula en quien poner el corazón que busca. Que además es un Alguien que ya nos conoce y que nos está llamando con suavidad, con silbos amorosos, como diría Lope de Vega. No avasalla, no obliga, no quita la libertad… y llama una a una, por el nombre, un nombre nuevo quizás, para que el corazón se ensanche y no sólo sea conocido, sino que llegue a conocer a quien merece ocupar su centro. El amor saca del anonimato a la persona amada, da descanso a aquel que estaba extenuado y abandonado.

Dios es el único que puede llenar el corazón[Notas 19]. ¡Vuestro es y desde ahora para siempre nuestro corazón con todos sus afectos; vaciadlo de todo lo que no seáis Vos y llenadlo de sólo vuestro amor, que sólo Él nos puede hacer felices![Notas 20]

Hay otros pastores, otros centros, que no son los que nuestro corazón anhela. No podemos descentrarnos ni distraernos. Dice la esposa del Cantar: “Hazme saber amor de mi alma, dónde pastoreas… para que no vaya yo perdida entre los rebaños de tus compañeros”[Notas 21]. Se trata, pues, de escuchar la llamada del pastor, llamada personal y única, de responderle y estar con él para conocerle tal y como él ya nos conoce, y de no perdernos ni alejarnos distrayéndonos con otros amores. El amor total se expresa con el don total.

¿Queréis que Dios reine en vuestras almas? Purificadla de todo lo que no es Él[Notas 22]. El celestial esposo es celosísimo[Notas 23].

Por otro lado, pertenecer es tener vínculos que nos dan consistencia y confianza en la vida. No basta con saber quiénes somos, sino que es necesario saber a quién pertenecemos[Notas 24]. Los vínculos forjados con el tiempo y las personas que nos han hecho suyas nos dan identidad. Y lo que nos alimenta es sabernos entrelazados con la vida de los demás, regalados por su cariño y presencia, darnos y dejar que alguien se nos dé.
Nos ensanchamos cuando conocemos a alguien y nos vinculamos a él o a ella. A través de los afectos nos “apropiamos” de la otra persona a la vez que le pertenecemos. Es una doble dirección. Este vincularse y apropiarse afectivamente de otro es una bendición y un don que también el P. Faustino vivió:

Te bendice con el alma y el corazón[Notas 25]. Es lo que siente quien más las quiere en el mundo[Notas 26]. Hijas de mi corazón[Notas 27]..

Hay grados y formas de pertenecer. Podemos querer apropiarnos a base de quitar la libertad del otro o, al contrario, potenciándola y ensanchando el corazón.

Lo que nos pertenece y a lo que pertenecemos es siempre precioso, valioso, es el gran regalo que nos hace el Señor de la vida. Y por eso, hay que cuidarlo: abrirnos al otro, respetar, acoger, dejar espacio a la intimidad del otro, responsabilizarnos, comunicarnos desde el corazón.
La adhesión del corazón se cultiva en los espacios de intimidad y en la práctica de la compasión y la ternura. La pertenencia se cuida en la intimidad, para sentirnos de alguien, propiedad personal y amada, vinculados de una manera muy especial. Dóciles a sus inspiraciones[Notas 28].
El Buen Pastor dice que las ovejas le pertenecen. Ha creado un vínculo único e irrompible desde el amor y la entrega. No quita la libertad.
El pastor que presenta Jesús en la parábola de Lc 15 y en la de Mt 18 sabe que las ovejas son posesión suya y las cuida como algo muy querido e importante. Y porque es importante está atento, las conoce, se preocupa, las mira continuamente. Por eso descubre que falta una. Sin vacilar sale a buscarla, deja la seguridad del aprisco para ir a lo desconocido, y sin desfallecer busca hasta que la encuentra. El encuentro provoca alegría y satisfacción por la misión cumplida. No hay reproches; el pastor carga a la oveja y vuelve al redil con ella. Buscar supone salir; encontrar supone acoger.
Aquel a quien pertenece su alma y su cuerpo[Notas 29]. Que toda tu conducta indique de quién eres[Notas 30]. Siempre abrasada con Jesús, de quien eres[Notas 31].
Lo curioso de este pastor es que crea el camino de vuelta. Él también nos pertenece: el Señor es mi pastor. Forma parte de mí, me da identidad como discípula y también como pastora. En el amor no hay dirección única: mi amado es para mí y yo soy para mi amado.

Tener siempre a Jesús en tu corazón o estar en el de Jesús tu Esposo[Notas 32]. Sé toda mía y seré todo tuyo y para siempre[Notas 33].

En este apartado podemos preguntarnos sobre:
Mi llamada personal. Mis espacios de intimidad y oración. Mi pertenencia a Dios y al Instituto. Mi exclusividad y fidelidad personal.

2.3. Doy mi vida por las ovejas. Amor llama a amor Las saca fuera. Descentrarse en los demás

Y como somos suyas, pues el pastor pone su “marca”. No hay pastor que no señale de alguna forma cuáles son sus ovejas. Y no nos debe importar estar marcadas, porque tenemos que mostrar quién habita nuestro corazón y a quién pertenecemos. San Pablo decía que en su cuerpo llevaba las marcas de Jesús[Notas 34]. Jesús quedó marcado para siempre por las llagas de sus manos, pies y costado, y por esas marcas lo reconocieron sus discípulos. La esposa del cantar vuelve a decir “Grábame como un sello en tu corazón”[Notas 35]. Toda de Dios[Notas 36].
La marca de Cristo es la entrega total de su vida, hasta dar la vida, sin límite; no existe la medida en el amor. Y eso marca a quien es amado de tal forma que lo lanza a amar de igual forma. Lo saca fuera de sí para ser de otros. En esto reconocerán que somos sus discípulos, en que nos amamos unos a otros, de la forma en la que aman los amigos, dando la vida, tal y como nos recuerda el Evangelio de Juan.

Sí, Él os amó hasta dar la vida por vosotras, alimentaros con su sangre y apagar la sed de vuestras almas con su propia sangre; siendo Dios no necesita de vosotras y haciéndoos el beneficio inefable de permitiros que le améis, ¿no será honrosísimo para vosotras el corresponderle agradecidas entregándoos por completo a su servicio, empleando en amarle esos corazones excelentes que sólo para eso os dio?[Notas 37].

No es que a Jesús como pastor le quiten la vida, es que Él la da. El amor a la oveja perdida es el que le sube a la cruz, como expresa San Juan. Y la da rebosante, se da a sí mismo, porque darse así significa adquirir la plenitud del propio ser. Por eso, darse es recobrarse; darse es comunicar vida. Donde hay amor hasta la muerte hay vida sin límite. Para quien ama no hay muerte.
“Cristo da a la persona dos certezas fundamentales: la de ser amada infinitamente y la de poder amar sin límites. Nada como la cruz de Cristo puede dar de un modo pleno y definitivo estas certezas y la libertad que deriva de ellas. Gracias a ellas, la persona consagrada se libera progresivamente de la necesidad de colocarse en el centro de todo y de poseer al otro, y del miedo a darse a los hermanos; aprende más bien a amar como Cristo la ha amado, con aquel mismo amor que ahora se ha derramado en su corazón y la hace capaz de olvidarse de sí misma y de darse como ha hecho el Señor”[Notas 38]. Amor con amor se paga[Notas 39]. El amor todo lo vence[Notas 40].

2.4. Voy delante de ellas. El Seguimiento

El pastor siempre está en movimiento. Un pastor que no camina y va buscando buenos lugares para su rebaño no es pastor ni vela por sus ovejas. Y si el pastor va moviéndose, el rebaño debe seguirle. El pastor va delante porque muestra el sendero a seguir. Y si él puede pasar por allí, el rebaño también.
“El Hijo, camino que conduce al Padre, llama a todos los que el Padre le ha dado a un seguimiento que orienta su existencia. Pero a algunos -precisamente las personas consagradas- pide un compromiso total, que comporta el abandono de todas las cosas para vivir en intimidad con Él y seguirlo adonde quiera que vaya […] La persona que se deja seducir por Él, tiene que abandonar todo y seguirlo. […] Su aspiración es identificarse con Él, asumiendo sus sentimientos y su forma de vida”[Notas 41].
El cristiano es por naturaleza un discípulo de Jesús, pero dentro de este seguimiento común hay también diferencias. Lo que Jesús pide a todos sus discípulos es negarse a uno mismo, cargar la propia cruz y perder la vida por Él[Notas 42]. Esto puede ser traducido por un amor centrado en Dios y en los demás y no en uno mismo, por una aceptación de las limitaciones de cada día, por una entrega y una adhesión a Jesús tan grande que hasta la vida queda en segundo lugar porque Él es lo más importante. A algunos les pide ser eunucos por el Reino, no tener donde reclinar la cabeza y no volver la vista atrás tras coger el arado. A algunos, no a todos, les pide un seguimiento más radical, llevar una vida como la suya[Notas 43].
La norma concreta por la que se rige la vida consagrada es un seguimiento de Cristo tal cual está propuesto en el Evangelio[Notas 44], un seguimiento de Cristo mediante la profesión pública de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia[Notas 45] para que este seguimiento sea un compromiso total que lleve a abandonarlo todo por Él, a una intimidad profunda y a una disponibilidad para ir siempre tras las huellas del Maestro, tras las huellas del pastor.
Seguir al Pastor es fruto de una fascinación, de una seducción, hasta ponerlo por encima de cualquier otro bien. Su llamada crea en nosotros un nuevo centro sobre el que gira todo lo demás, y así, todo se abandona, nada queda igual. Ante la irrupción de Jesús en la vida, nos encontramos con una situación nueva, la de colaborar con Él en el anuncio del Reino; y para ello, hemos de ponernos en camino.

La verdadera dicha está en parecerse, está en seguir, está en imitar al Autor de la dicha, al Esposo de las almas que le aman, a sólo Jesucristo y después de Jesucristo a su Santísima Madre al pie de la Cruz que es la escala para subir al cielo y la llave con que hemos de abrir sus puertas[Notas 46].

Aquí entra la confianza profunda de la oveja respecto al pastor. Se fía de él y de su criterio, como un niño en brazos de su padre. Seguir al Buen Pastor es creer en la providencia, es dejarse conducir y llevar. Es intuir su voluntad, sus caminos, y seguirlos aunque no se entiendan, aunque parezca imposible. Y es también docilidad, aunque siempre hay alguna oveja díscola que lleva la contraria. Docilidad es dejarse y va muy unida a la humildad. El seguimiento implica, pues, conocer su voluntad, seguir sus pasos, fiarse de él. Dejarse toda en manos de Dios [Notas 47].

2.5. El lobo. El ladrón. El salteador

El asalariado. Los peligros centrífugos

La vida del rebaño tiene sus propios peligros. El pastor vela y cuida, aunque a veces es la propia oveja la que crea el riesgo. Porque hay peligros que vienen de fuera y otros que vienen de dentro, como en la vida misma. A veces el propio corazón, los miedos, las dudas, las heridas sin curar, son más peligrosas que el rechazo que otros puedan tenernos.

Muchas persecuciones de los enemigos de tu alma[Notas 48].

Cuando Jesús se define como buen pastor es porque también los hay malos. Es como si tuviéramos muchas opciones para vivir. Y uno elige entre la vida y la muerte, entre lo bueno y lo malo, tal y como nos enseña el Deuteronomio.
Jesús nombra, en Juan 10, algunas grandes dificultades o fuerzas centrífugas que nos alejan de nuestro centro:
•El lobo: éste no sólo mata; tiene la capacidad de dispersar y separar. En parte, la fuerza del rebaño está precisamente en eso, en que es un rebaño. Vivir de forma unificada y no dispersa es garantía de salud interior y de paz. Es con-centrar lo que somos y darle sentido de unidad. Sin embargo, hay actitudes que nos separan de Dios y de nuestro centro y que pueden terminar por resquebrajarnos. Por nombrar algunas: el ego (poner mi persona e interés como lo más importante hasta separarme de los demás), la incapacidad de perdonar (y por tanto, de vivir en paz con el pasado y la propia historia), los bloqueos interiores (que impiden que nuestro amor sea auténtico y sencillo y fluya natural), los juicios (que oscurecen nuestra mirada), las máscaras o fachadas (que nos agotan de tanto esfuerzo por mantenerlas robándonos la libertad), etc.

Cuesta mucho romper un cordón de seda bien torcido y formando un solo cuerpo, y poco el hacerlo hilo por hilo[Notas 49].

•El ladrón: es quien se apropia de lo que pertenece a todos. Es lo opuesto a Jesús y los suyos: hacer de todos lo que pertenece a uno. Éste es el peligro de guardar los talentos y no mostrar en comunidad las habilidades. Es el don que no se desarrolla y se entierra, o que no se valora lo suficiente, o que se compara con los dones ajenos hasta hacerlo innecesario desde nuestra mirada. Robamos cuando nos guardamos lo que podría ser de todos y construir la vida común; robamos cuando anulamos o no reconocemos los dones ajenos.

No dar a Dios lo que le corresponde es robar[Notas 50].

•El salteador: según el texto bíblico, el salteador es el homicida, el que usa la violencia y mata. No cuidar la vida es dejarla morir. Si se es consciente, es homicidio e irresponsabilidad. Aquí entra no cuidar la oración, no implicarse en la vida comunitaria, no responder a la misión que se encomienda, no cuidar el descanso y el cuerpo, dejar que el corazón se enfríe o se acostumbre, vivir los sacramentos con rutina, etc.
•El asalariado: es el que trabaja por dinero y en la dificultad huye. La principal diferencia entre el verdadero pastor y el asalariado es la motivación. El pastor presta su servicio por amor, renunciando a su interés, dando la vida. El asalariado lo hace por dinero, y en el peligro deja que las ovejas mueran. Su actitud es de interés, de no complicarse demasiado. Aquí es evidente el peligro de la tibieza, de la falta de autenticidad, de la mediocridad. Es lo contrario al “ser como se debe” del P. Faustino. Ser asalariado es conformarse con ser a medias y que, además, no importe.

2.6. Escuchan mi voz. La fuerza centrípeta

Si todo lo anterior descentra, hay algo que lleva al mismo centro de nuestro ser. Es la voz del Señor desde una actitud de escucha profunda. De hecho, cuando escuchamos con atención, casi de forma instintiva muchos de nosotros cerramos los ojos, como en un acto de reflejo de que no queremos que otra cosa nos distraiga.

Es el mandamiento bíblico por excelencia: “Escucha Israel”[Notas 51]. Escuchar la voz de Dios es descubrir su Palabra presente en todo. Es saber que siempre tiene una Palabra que decirnos. Es confiar en que su Palabra ilumina el camino. Es creer en el diálogo, en la intimidad, en el encuentro y la comunicación de corazón a corazón.

Las ovejas no reconocen al pastor por su aspecto ni por su manera de caminar. Lo deja bien claro: mis ovejas escuchan mi voz, no siguen la voz de los extraños, las llamo y salen y me siguen.

Escuchar la voz de Dios y descubrir su presencia amorosa es lo que más nos acerca a nuestro centro. Por encima de todas las reflexiones, trabajos de conocimiento personal y análisis psicológicos para sanar heridas. Porque hay que escuchar qué dice y cómo lo dice. Y lo que dice es “te amo hasta dar la vida por ti” y te lo digo dándotela. Eso sí que transforma la vida: el amor.

Seguirás la voz de Dios por encima de otras[Notas 52]. Atenta y dócil a la voz y voluntad de Dios[Notas 53]. No debes creer más que su voz. Síguela[Notas 54]. Si prestaras atento oído[Notas 55]. Sigue por esa senda y cada vez más dócil a las inspiraciones del mismo y te irá muy bien, pues le obligarás a que cada día te multiplique su auxilio y libre de los muchísimos compromisos y peligros que ha de presentarte el mundo[Notas 56].

Esa voz se encuentra en la Palabra escrita, en los acontecimientos, en la historia, en las personas. Hay otro texto bíblico que dice “Oigo en mi corazón: buscad mi rostro”. Cuanto más al corazón, cuanto más al centro de nosotros mismos, más nítida será la voz del Señor. A veces nos cuesta dejarnos hablar, escuchar nuestros sentimientos, comprendernos, aceptarnos, querernos, intuir deseos y sueños. Pero en la escucha el camino es bidireccional y proporcional: cuanto más escucho a Dios, más en mi esencia vivo; cuanto más centrada y más me escucho, más puedo escucharle. Y de esa forma, convertirme, de alguna forma, en voz y palabra de Dios para otros.
El mejor, la viva voz[Notas 57]. Ponga en tus labios palabras de vida, ponga en tu corazón un ardentísimo fuego de amor divino[Notas 58].

2.7. Las ovejas me siguen. Vocación de Pastoras

Según los entendidos en el cuidado del ganado (www.granjaonline.com), los cencerros sirven para localizar el rebaño y para intuir qué pueden estar haciendo según el sonido y la intensidad. Y hay principalmente dos motivos por los que a una oveja se le coloca un cencerro, siempre a criterio del pastor que antes de decidir debe conocer muy bien a su rebaño.
•La oveja o cabra rebelde y díscola, para tenerla localizada.
•La oveja más dócil. Sale el pastor, llama a las ovejas y a las primeras que lo siguen, a esas les pone el collar con el cencerro o campanillas porque luego las demás, por inercia y naturaleza, las seguirán a ellas. Así, se convierten en ovejas-pastoras, en guías, que sin dejar de ser ovejas, ayudan a las demás y van delante.
El pastor va delante de las ovejas y éstas lo siguen[Notas 59]. Parece que el P. Faustino intuyó un poco esta dinámica. Las Religiosas Calasancias caminamos delante con el ejemplo, siendo modelo para otros, especialmente para los alumnos:

Conduce a todas por la senda de la virtud, yendo tú delante[Notas 60]. Dar ejemplo de todo cuanto debe enseñar[Notas 61]. Que vuestra vida intachable os recomiende[Notas 62]. Tienes que ser la bandera de otras muchas[Notas 63]. Toda suya y disponerte para ganarle almas[Notas 64].

La oveja con el cencerro es la elegida; es la que escucha la llamada del pastor y responde. Es la dócil y la disponible. La oveja con el cencerro es signo de responsabilidad y de vocación. Es la que guía. Como norma, no todas las ovejas llevan cencerro, sólo algunas. Así queda más patente quizás nuestra elección especial, nuestra misión de buscar y encaminar.

Notas

  1. VC 36
  2. Mor. 7, 2, 4
  3. Gál 2, 20
  4. VC 15
  5. VC 16
  6. C14
  7. Ep 43
  8. Ep 57
  9. Ep 42, 42, 45, 68, etc
  10. Ep 60, 63
  11. Ep 107
  12. Ep 119
  13. Ep 141
  14. Ep 760
  15. Lc 16, 13
  16. Ep 141
  17. Ep 45
  18. Ep 96
  19. Ep 70
  20. Ep 67
  21. Cant 1,7
  22. Ep 139
  23. TE
  24. XAVIER QUINZA, Pasión y radicalidad. Posmodernidad y vida consagrada. Ed. San Pablo, 2004. Reflexión sobre la pertenencia.
  25. Ep 47
  26. Ep 54
  27. Ep 108
  28. Ep 54
  29. Ep 50
  30. Ep 134
  31. Ep 47
  32. Ep 63
  33. Ep 140
  34. Gal 6, 17
  35. Cant 8,6
  36. Ep 136
  37. Ep 140
  38. VFC 22
  39. Ep 109
  40. TE pág. 17
  41. VC 18
  42. Cfr. Lc 9, 23ss.
  43. Cfr. S. Mª ALONSO, La vida consagrada. Síntesis teológica, pág. 175: «Y seguir a Cristo es compartir su misma vida y su misión. Vivir con Él, viviendo como Él. No se trata sólo de estar a su lado, sino de revivir su mismo modo de vida y de existencia en virginidad-obediencia-pobreza, en libertad total y en total autodonación al Padre y a los hombres».
  44. Cfr. PC 2
  45. Cfr. MR 10
  46. Ep 70
  47. Ep 61, 135
  48. Ep 136
  49. Ep 159
  50. Ep 109, 136, 140
  51. Dt 6
  52. Ep 134
  53. Ep 57
  54. Ep 61
  55. Ep 67
  56. Ep 58
  57. Ep 55
  58. Ep 54
  59. Jn 10, 4
  60. Ep 501, 493.
  61. CF XVII, V
  62. Ep 96
  63. Ep 20
  64. Ep 60