EspiritualidadCarisma/2. María, Divina Pastora

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1. Introducción
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EspiritualidadCarisma/2. María, Divina Pastora
Índice

3. Presencia de María, Divina Pastora, en la obra de nuestro fundador
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2. María, Divina Pastora

Conocer e imitar a María como modelo de respuesta y crecimiento en la fe[Notas 1].

2.1. ¿Quién es María, Divina Pastora?

María, Pastora es una mujer como nosotras, pero una mujer de cualidades excepcionales. Poseía, en grado eminente, virtudes humanas y sobrenaturales: sencillez, amabilidad y simpatía; humildad y generosidad; esperanza, caridad y fe. En consecuencia, su capacidad de amar, de entrega, de equilibrio personal, fueron notablemente mayores que la de cualquier ser humano. ¡María! es la llena de gracia.
Tal fue la Madre, tales deben ser sus hijas[Notas 2]. María escucha a Dios. Guarda un silencio activo y por ello va interpretando rectamente y cumpliendo lo que Él señala, lo que Él le pide. Hoy cuesta tanto escuchar a Dios porque la prisa, el activismo, el ruido, y el exceso de conversación y muchas veces las redes sociales, impiden relacionarnos con Él y con María; incluso con nuestras propias hermanas de comunidad. Este alejamiento nos debilita y nos hace caer en faltas de caridad y entrega, que nos confunden, nos quita claridad para el discernimiento, disminuye nuestras capacidades, nos obstaculiza la comunicación con Dios y con el prójimo.
La Virgen no pone trabas en el amor y por ello es nominada experta en humanidad y también en humildad ya que en medio de su grandeza, ha actuado en silencio, en la sobriedad y en la sencillez de una vida semejante a la que debiéramos llevar cada una de nosotras. Nos podemos preguntar, ¿somos expertas en humanidad dentro de nuestras comunidades? Necesitamos muchas veces, hacer silencio; mirarnos con cariño; con respeto, sin envidia, valorar nuestros trabajos, alegrándonos de los triunfos de nuestras hermanas, ver al Cristo dentro de ellas. Quizá necesitemos volver a lo esencial de la vida consagrada y de vivir en profundidad la Fe en Jesucristo como María la vivió en plenitud.
María como modelo de toda Hija de la Divina Pastora, es modelo de seguimiento de Jesús ¿De qué manera?... Siendo esclava, haciéndose esclava del Señor[Notas 3]. María, Pastora, es signo de la mujer, de toda mujer: de las activas y fuertes; de las acogedoras y serviciales; de las intuitivas y humildes; de las sonrientes y de las serias, de las tímidas y de las extrovertidas. María es vocación y es tarea. Con su estilo sencillo, su compromiso eterno y su amor puro debe ser nuestro paradigma de mujer consagrada.

2.2. María, Divina Pastora, es Madre Virginal

María es Virgen por el amor de Dios. Es un estilo de vida, un comportamiento que nace del corazón, de un corazón que no niega al hombre sino que lo incita a la presencia del Señor, a estar a su servicio, una mujer libre para pronunciar el Sí, “hágase como tú has dicho”[Notas 4].
María fue libre para decidir como nosotras, libres para decidir con libertad el sí de nuestra vocación, para entregarnos con generosidad, con bondad y sin complejos.
La Virgen, una mujer delicada, llena de detalles para con los demás. Frente a las necesidades que experimentan sus hijos, ella se adelanta para pedirle a Jesús que salga por ellos. Una mujer que no tiene distracciones que la alejen del Bien Amado, una mujer equilibrada en sus afectos, sin querer posesionarse del corazón de los demás, no tiene amistades exclusivas. María jamás se expuso para mirar a los demás con ojos que la alejaran del amor a Jesús, era cuidadosa de su persona frente a los afectos, no desconfiaba del otro. Para nosotras debe simbolizar un ideal de vida: camino y estímulo para un amor puro y bello en nuestra consagración religiosa a través de nuestro voto de Castidad.
La Virginidad de María es una virginidad que abarca todo lo que la persona es, todas sus dimensiones. María era Virgen, no solamente en el cuerpo, sino también en el espíritu...[Notas 5]. María fue elegida por Dios y a Él se consagró totalmente... Su amor virginal la convierte en Madre de todos los hombres y es para nosotras, Hijas de la Divina Pastora, modelo de fidelidad en la entrega[Notas 6]. Propio es de hijas bien nacidas honrar con su ejemplo el que su madre les dejara en sucesión… [Notas 7].

2.3. La Virgen María, Divina Pastora, nos une en una misión maternal

María es la Madre de Jesús tanto en su aspecto biológico como en el sicológico, es gestado en su seno durante nueve meses, dando a luz, alimentado y cuidado por ella. Y esta maternidad perdura sin cesar. Pues una vez recibida en los cielos continúa alcanzándonos, por su múltiple intercesión, los dones de la eterna Salvación.
María es brazo de Madre que nos acoge y entrañas que se conmueven y aflige ante nuestros males[Notas 8].
María es nuestra Madre y Protectora[Notas 9]. “Nos mantenemos unidas a María, la Madre de Jesús. Ella es también Madre nuestra y mediadora de la Comunidad ante su Hijo”[Notas 10].

Ahí tienes a tu Madre, te dice, a fin de que tú en la aflicción, peligros y dificultades de la vida, acudas a mí llena de confianza, porque en mí, en mis manos, está la plenitud de todos los bienes y de las gracias celestiales. No dejes de acudir a mí, que soy tu Madre celestial, la dispensadora de las divinas gracias, la tesorera de las riquezas de Jesús[Notas 11].

“Amar a María, Divina Pastora, primera colaboradora en la obra de la Salvación, sublime ejemplo, el más acabado y en el que se ven reunidos todos los rasgos de la perfección cristiana”[Notas 12]. María, Divina Pastora, presente en nuestra vida en el aquí y en el ahora. “Ponte toda en manos de Dios y bajo la protección de su Stma. Madre”[Notas 13].

2.4. María, Divina Pastora, en Pentecostés

“Toda la vida de María fue un si incondicional al Padre”[Notas 14].
Ella crece hasta la madurez y por ello entra el conocimiento de Pentecostés. Entonces, puede descorrer el misterio de Dios, en cuanto ello es posible en este mundo. Es en Pentecostés cuando María reconoce el contenido indecible de su vocación.
Pero quien realiza esto, es el Espíritu Santo. Él realiza en el ser de María, una inmensa apertura, dándole una fuerza y una plenitud que no podemos compartir nosotras. Las llamas de este Pentecostés se encendieron con mayor claridad en ese ser, el más puro de todas las criaturas. Y por lo que toca a las lenguas de fuego, al poder decir, lo hasta entonces indecible, la fuerza y autoridad de la manifestación; todo ello vuelve a encerrarse en el ocultamiento que forma parte de la naturaleza de María “todo lo guardaba en su corazón”[Notas 15]. El acontecimiento de Pentecostés dio a María la claridad sobre su Hijo: que era hombre auténtico y auténtico Hijo de Dios, y no sólo como hombre sino también como Dios. Asimismo, la claridad sobre sí misma y sobre su posición respecto de Él: que era su madre y a la vez la primera persona redimida por Él.
Nosotras debiéramos preguntarnos si tenemos tan claro, como María, ¿Cuál es nuestro Pentecostés?, ¿quiénes somos?, ¿a qué fuimos llamadas?, ¿por quién fuimos elegidas?, ¿qué debemos hacer?, ¿Cuál es nuestro rumbo?, ¿Qué fuego tenemos en nuestro corazón?, ¿Qué viento nos sopla?, ¿Cuál es nuestro silencio para escuchar el mensaje de Jesús? sí no lo tuviéramos claro, pidámosle a nuestra Madre que ilumine nuestra mente y sensibilice nuestro corazón, para darnos cuenta que somos co-creadoras y co-redentoras con el Hijo de Dios.

2.5. María, Pastora nos conduce a Cristo y a la Iglesia

“Descubrimos la voluntad de Dios a través de la Iglesia, de nuestras Constituciones y Reglas, de la Comunidad y de todos los acontecimientos de la vida y del mundo”[Notas 16].
La primacía de Cristo en todo es un desafío en nuestra fe. Implica una realidad de vida: hacer que Cristo sea verdaderamente el centro de mi vida, de nuestra vida y ayudar para que Él esté en el centro real de la vida de nuestros alumnos y por tanto de toda la humanidad. Porque la existencia y vitalidad de la Iglesia, y de cada consagrada o cristiano, se expresa en definitiva en una doctrina, en un comportamiento claro y definido, pero su raíz más profunda está en la adhesión personal al Señor Jesús. Del amor a Él, del seguimiento a Él y a su Evangelio, brota toda la vida de la Iglesia.
Con no poca frecuencia, debemos decirlo, nos encontramos con un cristianismo vivido, principalmente, a través de prácticas externas. Pero para nosotras, el mero cumplimiento de nuestras Reglas y Constituciones, no es demostración de una auténtica vida consagrada. Ellas adquieren valor y sentido cuando son signos de un verdadero amor y compromiso con el Señor, como nos dice el Evangelio: “No todo el que dice Señor, Señor... sino el que hace la voluntad del Padre”[Notas 17].

El P. Faustino hablando de María en el mes de Mayo nos dice: Más no creáis cerradamente que la devoción a María consiste en dirigir, multitud de palabras, en practicar muchos actos exteriores, en rezar innumerables oraciones. Nada menos que eso, la devoción a María consiste en imitarla, y para imitarla es preciso conocer sus virtudes y esforzarse por practicarlas; procurar conformar nuestra conducta con la de la Virgen, inflamar nuestros corazones en el amor divino, desechar la tibieza de nuestro pecho, destruir en nosotros el hombre viejo de imperfección y de pecado y hacer que nazca en nuestro interior el hombre nuevo, según Jesucristo... ya ‘empezará’ nuestra alma a germinar[Notas 18].

La nueva vida a que nos llama la Iglesia es hundir más radicalmente las raíces de la fe en la adhesión vital y total a Cristo, en un nuevo compromiso de vida con ÉL, que nos lleve permanentemente a buscarlo a Él, mirarlo a Él, seguirlo a Él. Si Jesucristo es el centro real de nuestra vida, tendremos una participación auténtica y fructífera en nuestra vida comunitaria. Nos sentiremos estimuladas a construir una sociedad nueva a partir de su Evangelio, convencidas que allí encontraremos los valores fundamentales de una convivencia comunitaria verdaderamente humana como ha querido y quiere nuestro Fundador y como nos lo dice en Constituciones. “En la comunidad eclesial nuestra vida fraterna es signo de amor, unidad y entrega que estimula a los demás a hacer realidad en su vida estos valores”[Notas 19].

2.6. La Familia, con María, Pastora, formadora de personas

“En una sociedad que corre el riesgo de considerar absoluto los valores transitorios y superficiales, educamos en una escala de valores evangélicos”[Notas 20].
Los 30 años que vivió Jesucristo en su casa de Nazaret, junto a María, su Madre, son un testimonio claro y convincente del valor de la familia como formadora de persona en todas sus dimensiones fundamentales: en su relación con Dios, con el prójimo, con la creación, con el trabajo. Aquel que siendo niño era Dios, quiso enfatizar la vida en la familia natural como la célula social básica de todo hombre. Tal como nos señaló el Papa Juan Pablo II, en Chile: “La familia es el ambiente fundamental del hombre, puesto que ella aparece unida al mismo Creador en el servicio de la vida y del amor. Así podemos comprender que el futuro de la humanidad se fragua en la familia”.
En los tiempos modernos en que los síntomas de despersonalización se muestran con tanta frecuencia y en algunos casos con repercusiones tan desastrosas para la sociedad, es más que nunca necesario insistir en la familia como formadora de personas. Pocas veces como ahora se habla tanto sobre el hombre y sus derechos y, sin embargo, no hay rincón del mundo donde no existan atropellos contra la vida humana, incluso desde antes de su nacimiento. María, la Madre de Dios y de los hombres, sabrá despertar en cada hogar cristiano una nueva decisión en favor de una vida más digna para el niño, para el hombre y para la mujer.
Nosotras también debemos cuestionarnos si nuestro comportamiento en nuestras comunidades es testimonio de ser realmente una familia Calasancia, formadora de personas. ¿Será cada una de nuestras comunidades una verdadera familia en donde reina la paz, el amor, la confianza, delicadeza en los gestos, en alentarnos, animarnos y respetarnos? ¿Serán nuestras comunidades en donde se dignifica a cada uno de sus miembros? En nuestras comunidades reclamamos nuestros derechos sin pensar en nuestros deberes?
Para poder dar fruto en nuestra Misión, debemos vivir en íntima comunidad de amor y de vida. Debemos asumir nuestra responsabilidad de concentrar lo mejor de nuestras energías en cada uno de los miembros que la componemos y así será más fácil construir una comunidad educativa o donde nos ponga la congregación para que así, podamos construir una sociedad auténticamente más humana. Es en este espacio comunitario donde cada religiosa aprenderemos a conocernos a nosotras mismas y a las demás, a reconocer sus talentos y limitaciones; donde aprenderemos a valorizarnos y a valorizar a las demás, en donde debe haber comprensión, respeto y misericordia, evitando así esclavizarnos en complejos de insatisfacción afectiva que son causa de paralización en las comunidades. Es en la comunidad donde cada una de nosotras aprenderemos a relacionarnos con las demás y con los demás, como personas consagradas, al igual que María, Divina Pastora.
“Nuestra Comunidad se reconoce como grupo que tiene debilidades y limitaciones. Por ello se considera una familia en búsqueda de continua renovación y conversión interior, que le exige constante ascesis personal, pues si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él sólo, pero si muere da mucho fruto”[Notas 21].

2.7. María garante de la dignidad humana

“Su sensibilidad le hace captar la situación de abandono e ignorancia en que vive la mujer en la sociedad de su época”[Notas 22].
La Virgen María, la mejor imagen de persona humana que se ha dado y se dará, es capaz de cuidar de que cada persona en la familia y sociedad, sea dignificada.
Cuánto necesita este tiempo, por ejemplo, de que la mujer sea valorizada por su femineidad, con gestos educados, que la convierta en centro y alma del hogar, capaz de crear un ambiente acogedor, con su rica sensibilidad personal y con su demostrada capacidad de servir y comprometerse con la vida de cada persona! Cuánto necesita ser valorizado el varón, como padre que con su vigor gesta la vida, la cuida y desarrolla con sabiduría, quien la protege y la impulsa hacia los grandes horizontes!
Cuánto necesita ser valorizado el niño, la niña, signo de renovación de la vida, que nos abre a la esperanza con su inocencia y alegría, y con su ánimo permanente por conocer lo nuevo, nos remueve del peligro de instalarnos, de estancarnos. Cuánto necesita ser valorizado el anciano, el enfermo, el limitado.
Vivir realmente en espíritu de familia nos enseña a mirar a la persona de otra manera: como hermana o hermano, como ser querido o querida, como el Cristo que debe vivir entre nosotras.

2.8. Con María, Pastora, una escuela de amor

“María, mujer fiel al Padre en su diario quehacer, es para nosotras, modelo de entrega y de servicio de amor”[Notas 23].
María, Pastora, entregó un amor incondicional en la familia de Nazareth, el que se prolongó durante toda la vida del Señor y culminó, con su felicidad, junto a la cruz. Es la que mejor nos educa a hacer de nosotras una escuela de amor.
El amor es la fuerza espiritual que confiere mayor plenitud al hombre, que incide más radicalmente en su alegría, o en su desgracia. Es la fuerza que rescata lo mejor de cada persona. Es el antídoto del odio, de la violencia, de los rencores, de las ironías, de la indiferencia, de la explotación. Nada hay más noble y satisfactorio que sentirse personalmente amada o amado. Nada es más realizador que amar generosamente. Nada produce mayor felicidad que procurar el bienestar del otro o de la otra. En este tiempo pareciera que cada cual se encierra en sí misma o en sí mismo, buscando su propio bien, que, pareciera es poco rentable darse con generosidad y hasta risible o absurdo el hecho de simplemente servir por amor, perdonar por amor, construir por amor, valorar por amor.
María, Divina Pastora, quiere de nuestra Congregación, educar una Iglesia, una Comunidad, una Escuela, que sea constructora de una civilización del amor. María, Pastora quiere estar en el corazón de cada religiosa para enseñarle a descubrir, en su propia experiencia de intimidad, la máxima riqueza de la humanidad. Ella es la gran educadora del amor. Sólo en la medida que cada religiosa nos sepamos educadas en el amor, creceremos y estaremos dispuestas a reconocer nuestras faltas y emprender una vida nueva, reconciliada con Dios, con las hermanas y con la sociedad.
María, Pastora, nos enseña a descubrir el rostro de Dios en cada miembro de la comunidad y de la sociedad que educamos.

2.9. María, Divina Pastora, una escuela de Oración

“María, la Virgen fiel, que vivió a la escucha de Dios, concibió y dio al mundo la Palabra de Vida, nos enseña a confiar en el Señor y a hacer todas las cosas con el único fin de agradar a Dios, siempre en su presencia y deseando darle en cada una toda la honra y gloria que se merece[Notas 24].

María nos enseña a convertir cada comunidad en escuela de oración. “El amor a Dios suscita en nosotras la necesidad de comunicarnos con El. Al conocer a Dios en la oración descubrimos también el misterio del hombre, aprendemos a amarlo como hermano y nos sentimos urgidas a llevarle el mensaje de salvación”[Notas 25].
La oración es la que cala hondo en la vida de la religiosa, pasando a constituir una experiencia de fe inolvidable, capaz de superar todas las etapas de debilitamiento espiritual, y nos lleva a un encuentro personal privilegiado, con el Dios que nos ama como un Buen Pastor y que nos “conduce hacia fuentes tranquilas y guía por el sendero justo”[Notas 26].
Nuestra comunidad debe ser un lugar de oración; una comunidad que participa gozosa con Cristo. Debemos convertirnos en un pequeño Cenáculo con María desde donde seamos apóstoles del Evangelio y servidoras de las necesidades de los hermanos.

2.10. María, Divina Pastora, firme en la fe, hasta la cruz

Contemplamos a María firme en la fe, pronta en la obediencia, sencilla en la humildad, jubilosa al glorificar al Señor, ardiente en la caridad y constante en cumplir su misión hasta el holocausto de sí misma, en plena comunión de sentimientos con su Hijo, que se inmola sobre la cruz para dar a los hombres una vida nueva.
Toda la vida de María transcurre entre luces y sombras. María se abandona en la Misericordia del Padre Dios y en Él afirma su fe, aunque muchas veces no entendía completamente los designios de Dios hacia ella. Se abandona frente a las dificultades de la vida diaria, ante el silencio después de la Anunciación y ante un camino que tuvo que recorrer poco a poco. Un camino de ‘Fiat’ y una senda áspera y difícil. Si Dios a su propio Hijo no le ahorró el sufrimiento de la cruz, tampoco a María le quitó la dificultad de vivir en la oscuridad y dureza de la fe.
María es consciente en el escándalo de engendrar un hijo sin estar casada. Sufre la incomodidad de tener que dar a luz en Belén, o en el camino si no llegaba. Tuvo que sufrir el desencanto de no ser recibida en las posadas. María una vez más, calla y se abandona. De nuevo se hace presente su ‘Hágase’. Vivió el destierro por causa de su Hijo. Sintió en su carne el miedo, la persecución, la huida... Desterrados a un país extranjero, lejos de su tierra, de sus tradiciones, del templo... María de nuevo en vez de rebelarse se abandona, confía... estoy a todo lo que Tú quieras.
Nosotras nos podemos preguntar ¿somos capaces de vivir un destierro como el de María? o ¿aceptamos con generosidad los traslados y los cargos?
Ella, experimentó el silencio de Dios durante treinta años en Nazareth. María habitaba una pequeña luz que alumbraba su existencia y que sostenía su esperanza: “Será grande, le llamarán Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su Padre”[Notas 27].
Y nosotras ¿cuántas veces le pedimos a Dios respuestas claras cuando tenemos la cruz en nosotras?, ¡quizá queremos que se nos manifieste de forma inmediata y no aceptamos el silencio de Dios en nuestra vida, confiadas, serenas, con paz!

La prueba más dura que vivió María fue el calvario. “Junto a la cruz de Jesús estaba su madre”[Notas 28]. Este fue el final de un proceso de desprendimiento de su propio Hijo. María fue de Cristo la seguidora incondicional. Tuvo que descubrir las enseñanzas de su Hijo, escuchar su palabra, cumplir la voluntad de Dios. Creer en Él. Tuvo que dejar a Jesús ser él mismo y cumplir su misión. María estuvo de pie junto a la cruz. De nuevo, silenciosa, aturdida, viviendo el sinsentido y el absurdo.

María mantuvo su ‘hágase’ al pie de la cruz. Allí en el silencio más doloroso, en el absurdo más profundo, en el abandono más absoluto, en la impotencia y en la pobreza más desgarradora... María una vez más calla y se abandona. Y es allí, al pie de la cruz donde Jesús le entrega la maternidad de todos los que creen en su nombre y se reúnen en torno a Él. No habrá un amor más generoso a prueba de sacrificios, que el amor de María.
No sé si nosotras estamos tan dispuestas a seguir a Jesús hasta experimentar la cruz, a permanecer fiel, en silencio cuando palpamos el dolor. ¿Seremos capaces de llegar hasta el anonadamiento?
María de Jesús Resucitado nos interpela a que llevemos una vida más comprometida y esperanzada.

Notas

  1. R 96
  2. R 52
  3. CF 50
  4. Lc 1,38
  5. RF 50
  6. C 19
  7. RF 50
  8. Cfr. Ep 255, 112; CF VI, pág.169
  9. Ep 5
  10. C 51
  11. MSC 230
  12. C 6
  13. Ep 5, 89
  14. C 38
  15. Lc 2,52
  16. C 43
  17. Mt 7,21
  18. P. Faustino, mes de Mayo 1881
  19. C 52
  20. C 82
  21. C 63
  22. C 4
  23. C 85
  24. C 75
  25. C 66
  26. S 22
  27. Lc 1, 32
  28. Jn 19,25