EspiritualidadCarisma/2. Que cada uno con el don que ha recibido se ponga al servicio de los demás

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1. Introducción
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Índice

3. Que cada cual mantenga su espiritualidad y la aprecie
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2. Que cada uno con el don que ha recibido se ponga al servicio de los demás

Cuando me preguntaban sobre el tema que me había tocado exponer una hermana me dijo: “Tú lo tienes muy fácil, con decir que las Calasancias aportamos a la sociedad y a la Iglesia en los lugares donde nos encontramos, el que los niños y jóvenes, y de forma muy especial la mujer, se promocionen humana y cristianamente lo tienes todo dicho”. No sé si tenía razón y con esto podía dar por terminada mi exposición. Sin embargo, eso que nos parece tan obvio, porque lo constatamos solo con que una comunidad religiosa permanezca un tiempo no muy largo en un lugar, requiere ser reflexionado. Porque cada Instituto realiza su misión desde el don que ha recibido del Espíritu.
En la promoción humana y cristiana de los niños y jóvenes y en la promoción de la mujer estamos embarcadas muchas congregaciones e instituciones de la iglesia y cada una realiza su aportación característica desde su propia identidad. Cada una puede hacer, también nuestra Congregación, una descripción detallada de sus obras educativas, del número de alumnos, de cómo están organizados sus colegios para que sean plataformas al servicio de la evangelización.
Siempre me llamó la atención el texto de la Primera carta de Pedro: “Cada uno con el don que ha recibido se ponga al servicio de los demás”[Notas 1]. Y me he preguntado no solo qué don he recibido, sino qué don hemos recibido las Calasancias, don que tenemos que poner al servicio de los demás, y de una manera muy especial, en la misión evangelizadora de la Iglesia.
Cuando allá por los años 62 al 67 yo estaba en Salamanca en plena efervescencia del Concilio Vaticano II, no me perdía ninguna conferencia o debate de todo lo que entonces acontecía en Roma. El Concilio nos mostraba una Iglesia desde la perspectiva de lo que unía a todos los cristianos, era una iglesia pueblo de Dios. Todos en la Iglesia, precisamente por ser miembros de ella, se nos decía, recibimos y, por tanto, compartimos la común vocación a la santidad.
“Existe entre todos una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y la actividad común para todos los fieles en la construcción del Cuerpo de Cristo. Todos tienen la misma dignidad por su nacimiento en Cristo, la misma vocación a la perfección, una misma gracia, una misma fe, un amor sin divisiones”[Notas 2].
Yo celebraba con mis compañeros seminaristas, con los religiosos y religiosas y con los laicos. Por entonces estaba muy metido eso del estado de perfección de la vida religiosa, los otros pertenecían a un estado menos perfecto o más bien imperfecto. Y comenté en mi comunidad el descubrimiento de la vocación universal, de la común vocación con cierta pasión y, no con menos pasión, me contestó una hermana: “o sea que mi hermana casada ¿es igual que yo? Pues si ahora todos vamos a ser iguales y tener el mismo mérito no sé qué hacemos aquí, para eso no merece la pena ser religiosa”. Y desde esa lógica dejó pronto la congregación.
También me preguntaba qué sentido tenían las distintas congregaciones, me parecía que todas éramos lo mismo y que no merecía la pena tanta diversidad. Con aquella ingenuidad le comentaba a un religioso formador aquel descubrimiento y me contestó: ¿Cuántos hermanos sois, cuántas familias conoces? ¿En qué se distinguen? ¿No te parece una riqueza que cada hermano crezca desde sus propias cualidades y que cada familia tenga su propia historia de relaciones? Sería terrible que, para que todos seamos iguales se dejara de aportar aquello de lo que cada uno es portador. Ya irás descubriendo lo que significa para la Iglesia la diversidad de carismas de la vida religiosa. Verdaderamente el ir descubriendo esa diversidad de carismas ha sido uno de los gozos que he tenido en mi vida religiosa.

2.1. El carisma calasancio, don especial de Dios a la Iglesia

Nuestras Constituciones al hablar de nuestro carisma lo define como don especial de Dios a la Iglesia[Notas 3], un don que fue suscitado por el Espíritu en el P. Faustino, nuestro Fundador, para dar respuesta a las necesidades de los hombres en un servicio incondicional de caridad[Notas 4] y que nos ha sido dado a nosotras para buscar almas y encaminarlas a Dios[Notas 5].
Es el Espíritu quien ha suscitado en su Iglesia hombres y mujeres en cada tiempo a los que ha comunicado sus dones y carismas para ponerlos al servicio de los demás, en especial de los más débiles. A nosotras nos ha llamado y convocado, nos ha constituido como miembros de una familia en la Iglesia “y nos hace partícipes de modo especial de su misión evangelizadora, en la que colaboramos conforme a nuestro carisma[Notas 6]“.
Bonhoeffer escribía en sus cartas desde la cárcel: “la Iglesia solo es Iglesia de Cristo si existe para el mundo, y no para sí”. Y algo parecido podríamos decir de nuestra Congregación. Nosotras, Calasancias, no hemos sido suscitadas por el Espíritu en la Iglesia para nosotras mismas sino para el mundo. Nos ha suscitado para hacer nuestra la misión de Jesús proclamada en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Noticia, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”. Y añadió después al comenzar su comentario: “Esta escritura que acabáis de oír, se ha cumplido hoy”[Notas 7].
Jesús se siente ungido y enviado por el Espíritu y este mismo Espíritu es el que nos ha ungido y enviado a cada una de nosotras desde el bautismo para anunciar la Buena Noticia a los pobres y, como Instituto, nos ha enviado a los niños y jóvenes para que ellos “respondan con una adhesión personal a Cristo y sean testigos suyos entre los hombres”[Notas 8]. Es el Espíritu quien nos hace testigos de su amor en la realidad de los niños y jóvenes, de los hombres y mujeres que claman en su indigencia por experimentar la fuerza salvadora del amor. Es el Espíritu quien nos enciende en el fuego de su amor, para que veamos a los niños y jóvenes, a los pobres y necesitados como Cristo los ve, les amemos como Cristo les ama y les sirvamos como Cristo les serviría, y quiere seguir haciéndolo en nuestro tiempo, ahora por medio de nosotras. El Espíritu no es algo ajeno y extraño a nuestro ser y hacer, sino el aliento, el latido, el principio vital de cuanto somos y hacemos. El Espíritu es quien hace posible que estemos animadas de un espíritu apostólico y de una abnegación sin límites[Notas 9], para acudir, para buscar, para encaminar, como queda recogido en nuestras Constituciones.

Notas

  1. 1P 10,1
  2. LG 32
  3. C 5
  4. C 1
  5. C 5
  6. C 76
  7. Lc 4, 18-21
  8. C 79
  9. RF I, I